Director: François Truffaut. 1970. Francia. B/N
Intérpretes: Jean-Pierre Cargol, François Truffaut, Françoise Seigner, Jean Dasté

En la Francia de finales de XVIII, un grupo de cazadores descubre y captura a un niño de unos doce años que parece haberse criado como un animal. Es enviado a una escuela de niños sordomudos en París donde sufre maltrato y es visto como un simple objeto de curiosidad científica. Un prestigioso médico, Jean Itard, se interesa por el niño y trata pacientemente de civilizarle en solitario…

Uno de los mayores desafíos de la educación en todos los tiempos es la educación de niños en situación de total o parcial marginalidad. Hoy día, en nuestros países civilizados, siguen apareciendo niños que por su abandono, malos tratos, encarcelamiento o aislamiento, tienen todas las características de los niños salvajes, ya estudiados y clasificados por Linneo.
El interés de expertos, pedagogos, médicos y psicólogos de socializar a estos niños es un fenómeno común en todo el mundo. Siempre atormentó esta duda a los filósofos y otros profesionales interesados, despertando el interés desde el siglo XIX. Para que el hombre salvaje ya no provocara miedo y se convirtiera en un ser aceptable, fue necesaria la intervención de la ficción, la creación de un héroe como Tarzán, capaz de conservar su humanidad mientras desarrollaba al mismo tiempo un cuerpo atlético y adquiría sentidos aguzados de los animales.
A partir de la película El pequeño salvaje de Truffaut se entra en esta problemática educativa de la mano del cine.
La época histórica donde se desarrollan los acontecimientos de la película
Los acontecimientos se sitúan en el verano de 1798, como esclarece al principio de la película. La forma de vida que aparece data de esos años ya que no existía luz eléctrica, ni agua corriente en las casas. Los coches de caballos, el vestuario empleado y las costumbres son un fiel rasgo de la época. El momento histórico referido es el final de La Revolución Francesa y esto se destaca por el uso de la palabra ciudadanos para referirse a personas.
Aunque la película se filmó en 1969. Intenta parecer una película muy antigua filmada en blanco y negro y con métodos cinematográficos propios de este género.
Descripción y reflexión de los comportamientos del niño hasta que le capturan en el bosque
El comportamiento de Víctor es el propio de un animal salvaje. Anda encorvado, casi a cuatro patas. Su habla ésta reducida a un sonido gutural y uniforme. Capta su entorno mediante su olfato ya que sus ojos tapados por el pelo no tienen capacidad de fijación muy fuerte. Bebe como un animal y trepa a los árboles. Su órgano de la audición está muy poco desarrollado ante ruidos muy fuertes. Su tacto queda reducido a las funciones mecánicas de aprehensión de objetos. No posee un medio de comunicación aunque sea sólo se limite a aullidos y gemidos. Es un comportamiento normal en una persona que ha sufrido un aislamiento social desde que nace ya que los hombres y mujeres aprendemos por imitación que es un factor clave en el desarrollo de nuestra naturaleza y el único modelo que ha tenido en el bosque son los animales.

En la estancia en el lugar de los sordomudos hay claras alusiones a la controversia sobre la influencia de la herencia y el ambiente en el desarrollo de las personas
Esto sucede en la escena donde el profesor Jean Itard y un compañero miran por la ventana y discuten sobre las actitudes de Víctor.
La primera alusión expuesta es por parte de uno de los compañeros del profesor Jean Itard, que opina de Víctor que es idiota y que a nacido anormal, siendo la razón de su comportamiento y esta anormalidad es fruto de la herencia. Esta idea es propia de la postura genetista la cual apoya que nacemos con un nivel determinado de inteligencia, constante a lo largo de la vida. Las modificaciones producidas por el medio ambiente y el aprendizaje no tienen influencia en la posible mejora de la capacidad intelectual.
Sin embargo el profesor Itard contrasta la idea de su compañero alegando con ideas a favor de la postura ambientalista que apoya que la inteligencia no es algo definitivo, sino que puede ser modificada, lo mismo que la conducta, mediante una adecuada estimulación. Al nacer no están desarrolladas totalmente nuestras capacidades intelectuales necesitando una maduración producida por factores socioculturales. Víctor carece de estos factores para su desarrollo intelectual.
Aspectos del proceso de aprendizaje de Víctor
Durante la estancia en la casa del profesor Víctor comienza el aprendizaje de ciertas habilidades.
-Atrae su atención aquellos aprendizajes los cuales tienen como recompensa asociada a necesidades biológicas como es el alimento.
- Andar en una postura correcta y el uso de ropas, le habitúan a su nueva vida y le hace sensible a la temperatura dando importancia a su ropaje.
-Aprende habilidades mediante ensayo-error (trabajados realizados satisfactoriamente son recompensados, los fallidos son castigados), por repetición (aprender a escribir su nombre o el de varios objetos varias veces) e imitación (aprendizaje a comer con cubiertos).
-Estimulan su memoria cambiando los objetos de lugar.
-Aprende a relacionar objetos con su dibujo en una pizarra y posteriormente relaciona estos objetos con sus nombres y solo con ver el nombre de estos sabe que objeto se trata. Comprende el significado de la palabra respecto al objeto. Esto le ayuda para pedir cosas para sus necesidades.
-Le castiga injustamente cuando ha realizado una tarea de forma satisfactoria, para inspirarle el concepto de justicia. Al rebelarse ante este acto demuestra tener moral, saber juzgar y entender lo que le rodea.
-Posee ingenio ya que es capaz de construir objetos y de inventar.

Las condiciones extremas de aislamiento social y emocional sufridas por Víctor son la causa de su deficiente desarrollo ling√ºístico
Eso es cierto porque en los primeros años de vida el cerebro se desarrolla en ciertas habilidades como es el lenguaje; si no se maduran en estos años vitales el aprendizaje no será completo debemos apreciar que el hombre aprende por imitación y repetición. Si en esos años aislamos a un ser humano el cerebro no desarrollará el lenguaje que necesita aprender por el acto de imitar y repetir. basándose su lenguaje a gritos y balbuceos que son debido a la herencia genética.
La comunicación humana implica las reglas del uso de las palabras y su significado. Comprende Víctor ambos factores del lenguaje
Víctor comprende la parte semántica de la comunicación ya que es capaz de relacionar una palabra con un objeto (escribe Lait) con los símbolos de las letras para obtener un cuenco de leche. Conoce el plano semántico del significado (objeto) y significante (fonemas que forman la palabra). Lo que no esclarece la película es si al final Víctor entiende las reglas del uso de las palabras, es una interrogante de la película.

Los niños salvajes que crecen sin contacto humano no pueden hablar después de la pubertad. Relación con las etapas del desarrollo del lenguaje
Debido a la herencia genética se tiene la posibilidad de balbucear. Los niños salvajes sin contacto humano alcanzan los primeros hitos del desarrollo del lenguaje que son vocalizaciones no ling√ºísticas (lloros, gritos…) asociadas a necesidades biológicas (0 – 6 meses es la etapa a la que corresponde esta característica en niños con contacto humano) e inicia un balbuceo que sino es mantenido se acaba perdiendo (6-9 meses).
Un niño salvaje al que se intenta educar, como Víctor, un niño de 12 años de edad que llega a comprender algunas palabras familiares que asocia a objetos (10-12 meses). De aquí surgen los primeros conceptos pero de forma de expresar diferente al lenguaje (Víctor pedía leche mediante unos símbolos) (12-18 meses).
No podemos saber, porque la película no lo esclarece, la aparición de frases y diversas estructuras gramaticales que ayuden a la comunicación (18 meses en adelante).
Valoración personal acerca de lo que significa educar a un niño salvaje hasta convertirlo en Víctor de Aveyron
Educar un niño salvaje implica ciertas dudas morales, como creer que la vida que le vamos a ofrecer es mejor a la que poseía.
Al pensar que una vida con ciertos avances es mejor a la originaria de nuestros predecesores porque estamos acostumbrados a ciertas comodidades, Si se encontrase un muchacho salvaje en la época actual estaría a favor de su aprendizaje ya que no está todo perdido para poder incorporarle a la sociedad aunque su integración no seria total. Sin embargo un ser salvaje que fuera un adulto al cual no se puede integrar en el aprendizaje, seria muy difícil devolverlo a su hábitat natural en estos tiempos que corren. Optaría por tenerlo en cautividad de forma vigilada aunque esta me resulta denigrante, se convertiría en un animal, pero no encuentro una idea mejor.

Niño grande
“Esta es la razón por la que soy el hombre más feliz del mundo; realizo mis sueños y me pagan por ello, soy director de cine” (François Truffaut).
Comenzar un texto con una cita y poner otra justo después es algo de dudoso gusto, por más que ésta sea, ya no una de las sentencias críticas más interesantes de Truffaut, sino una de las más importantes de la historia de la crítica cinematográfica. Historia, por cierto, que si bien no nació, sí alcanzó toda su belleza con la revolución ética y estética de la “nouvelle vague”: “No creo que haya buenas o malas películas, creo que hay buenos o malos directores“.
Y entrames ya en materia, aunque evitaré discrepar en demasía con la consabida “política de los autores”, pues si es cierto que muchos buenos directores suelen ajustarse al perfil de autor ensalzado por los jóvenes del “prestigioso” “Cahiers du Cinéma”, no es menos cierto que cualquiera de estos grandes -Hawks, Hitchcock, Ford, Welles, Sirk, Fuller- hicieron también películas mediocres, aunque éstas fueran menos cuantitativamente, y la fuerza de sus grandes títulos pesen merecidamente más que cualquiera de sus filmes menores.
Pero no me quiero entretener en un debate que lleva casi cincuenta años sin solución aparente, y es que con las teorías cinematográficas pasa como con los postulados morales, el sujeto se acoge a aquella que le resulta más necesaria para la pertinente ocasión, seguramente debido a que la crítica hoy en día carece de postulados teóricos propios y son meros hacedores de reseñas caducas, sin mayor interés que el leer los ingredientes de un gel de ducha. Ahí es donde Truffaut me puede, y es que, si soy sincero, admiro mucho más al Truffaut combativo de su primera época como crítico y cineasta, que al apasionado amante del cine y de sus amigos de buena parte de su trayectoria posterior. Aunque también habría que señalar que la rabia con que Truffaut acuchillaba a realizadores como Claude Autant-Lara o Henry Georges-Clouzot, a guionistas como Jean Aurenche y Pierre Bost o a críticos como Georges Charensol y André Lang, nunca llegó a traducirse en imágenes en su cine, y mucho menos a partir de 1964, año de su gran filme: La piel suave (1964). No encuentro tan interesante al Truffaut que se regodea en lo genérico a partir de Fahrenheit 451 (1966) y que llega a hacer películas tan tontas como Una chica tan decente como yo (1972) o El amor en fuga (1978), por más que mi admiración por alguien capaz de entregar su vida al cine no deje de crecer cuanto más leo sus artículos o vuelvo a ver sus películas.
Sin embargo, dentro de esta filmografía menos apasionante que lo que significará el nacer del cineasta con Los 400 golpes (1959) o Jules y Jim (1961), se encuentra una trilogía de rarezas tildada, no sin razón, como la “trilogía de las velas”, integrada por El pequeño salvaje, El diario íntimo de Adela H. (1975) y La habitación verde (1977), cuyo interés ha sobrevivido a la mala recepción obtenida en su época, pasando a ser el conjunto de filmes “post-nouvelle vague”
que más han atraído a críticos cinematográficos de todo el mundo. Siendo La habitación verde un filme mórbido, que entiende el crepúsculo como una forma de existencia de tinte autodestructivo, y El diario íntimo de Adela H., una doble vía de expresión sentimental, que mezcla amor y locura, ambas obras son de un pesimismo existencial que muestran a un director que en su amor por el cine dejaba latente un temor a la vida, quizás por ello se aferraba a la infancia como la etapa más pura de la existencia humana (por más que esto suene a tópico), etapa de la que el propio Truffaut se vio tempranamente expulsado y que recorrió una y otra vez en su cine, bien a instancias de Antoine Doniel con el rostro de Jean Pierre Léaud, bien poblando de niños sus películas, como en La piel dura (1975) o la propia El pequeño salvaje.



El hermetismo de este filme, pese a lo gélido de su puesta en escena y de la propia interpretación de un François Truffaut tremendamente comedido, sin embargo, consigue acabar conmoviendo al espectador de una manera mucho más eficaz que los excesos melodramáticos tan bien dibujados en El diario de Adela H. y del barroquismo ornamental y sentimental de La habitación verde. Esto debería verse como un éxito en una película que llega a emocionar, despojada de todo artificio, cuya única libertad parece estar presente en las escenas en que el joven Victor se alboroza bajo la lluvia. Es por eso que no me interesa tanto el proceso educativo del joven salvaje encontrado en los campos, como la relación paterno-filial que se establece entre el seco doctor y el niño salvaje, o el temeroso recibimiento que le hacen los “jóvenes no salvajes”, insultándolo y pegándolo, incluso rizando el rizo,¡en un hospital de niños sordomudos!. Una magnífica huella de un cineasta que describe la capacidad humana para generar el mal, sin que ésta pareciese que le hubiera importado mucho durante el resto de su carrera, como demuestra el vacío dramático de un filme tan camp como La novia vestía de negro (1967). Así Truffaut se acerca a terrenos propios de Tod Browning -algo de la luz, magnífico Nestor Almendros, tanto de La parada de los monstruos (Freaks, 1932) como de El pequeño salvaje, posee esa alucinante película llamada El hombre elefante (1980. David Lynch)- por más que este cineasta no le interesara en demasía.
Así mismo, El pequeño salvaje pasa por ser una de las películas de estilo más puramente clásico del realizador. Con una puesta en escena muy estilizada, de tono marcadamente realista, con largos (más estudiados que virtuosos) planos secuencia, Truffaut se halla en la antítesis de sus inicios en el cine, pero su desmesurado amor por el cine no se transforma en películas acertadas, sino simplemente interesantes. La belleza, incluso en este filme, parece a veces impuesta ante los ojos del espectador, como el innecesario plano secuencia de Truffaut recorriendo a oscuras su casa, iluminado sólo con una vela. Es en este desequilibrio donde quizás se halle la esencia del Truffaut de los setenta, en la extraña belleza que emana de la imperfección, pues junto a un exceso formal aparece una imagen bella -por sólo citar un par: la del Doctor y Victor tocando el tambor y la del joven obligando al amigo del Doctor a que le lleve en la carreta-, y es que como realizador, Truffaut siempre apostó por conjugar sinceridad y pasión por encima de cualquier gusto artístico.