HARRY EL SUCIO (Dirty Harry)

Película estrenada entre 1970-1971

Director: Don Siegel. 1971. EE.UU. Color

Intérpretes: Clint Eastwood (Inspector Harry Callahan), Harry Guardino Teniente Al Bressler), Reni Santoni (Inspector Chico Gonzalez), John Vernon (El comandante jefe), Andrew Robinson (Scorpio Killer)


Harry Callahan es un duro policí­a, que se ha criado en la calle, al que sus compañeros llaman “Harry el sucio” por sus particulares métodos de luchar contra el crimen, y porque siempre se encarga de los trabajos menos deseados. En San Francisco, un tirador ha matado ya a dos personas. Harry será asignado al caso.


En 1969, desde la productora Malpaso, recién creada por Clint Eastwood, y con el actor incorporando el papel principal de la pelí­cula, Don Siegel filma La jungla humana. Una obra que se enclava dentro del cine policial y cuyo protagonista (un tosco “sheriff” rural que viaja a Nueva York para detener a un peligroso delincuente) emplea unos métodos brutales y expeditivos que contrastan con los de la policí­a local y que anticipan (dentro de un relato donde todaví­a se contempla la andadura de aquel desde una cierta distancia crí­tica) los empleados más tarde por el inspector Harry Callahan del Departamento de Policí­a de San Francisco en Harry el sucio.

Una mí­nima intriga argumental sirve de soporte en este último filme -rodado tan sólo dos años después que el anterior- para trazar el retrato de un policí­a amargado y justiciero que, asqueado de la suavidad de las leyes y de las instituciones polí­ticas y policiales, intenta imponer la justicia por su mano saltándose, si es preciso, todos los preceptos legales.

Harry Callahan (despreciativo de algunas enmiendas de la Constitución y capaz de saltárselas sin respetar los derechos protegidos por ellas) que será, quizás a su pesar, el germen de la pléyade de policí­as “justicieros” que asaltarán las pantallas tras su estela. serí­a prolijo enumerar la lista completa de la enorme influencia que el trabajo de Siegel tuvo sobre el desarrollo del cine policial en estos años a través de sus brutales sucesores y sucedáneos. Quizá hay que destacar en Harry el sucio un ritmo trepidante y una fuerza narrativa que acaban por destacar este trabajo de sus epí­gonos.




Un individuo, interpretado por Andrew Robinson (en los créditos aparece como Andy Robinson), anda suelto en San Francisco matando civiles desde las azoteas con un rifle de precisión. Apodado Scorpio, chantajea a la ciudad y amenaza con matar a una persona cada dí­a hasta que se le pague un rescate. Su segundo intento de asesinato es evitado por un helicóptero de policí­a, pero escapa y consigue matar al dí­a siguiente. La policí­a cree entonces que es muy posible que vuelva al mismo lugar para intentar matar de nuevo. Callahan y Chico le esperan allí­ y evitan el asesinato de su objetivo, un sacerdote católico. Sin embargo, logra escapar de nuevo matando a un agente en el camino. Posteriormente secuestra a una adolescente y la entierra viva. Eleva el rescate y afirma que debe ser pagado rápidamente pues a la chica sólo le queda aire hasta las 3:00 de la siguiente mañana. El alcalde (John Vernon) decide entregarle el dinero y enví­a a Callahan para tal misión. Scorpio le hace deambular por toda la ciudad, de cabina telefónica en cabina telefónica desde donde le enví­a al siguiente punto. Finalmente, Scorpio se enfrenta a Callahan y se lleva el dinero, pero entonces agrede a Callahan y amenaza con matarle a él y a la chica. Chico habí­a seguido oculto todo el trayecto y entra en escena, intercambiando disparos con el asesino, al que apuñala Callahan desde el suelo con una navaja que llevaba oculta. Scorpio escapa sin el dinero. Un médico que trató a Scorpio le reconoce y le dice a Callahan que el portero del estadio del otro lado de la calle le deja vivir allí­. Callahan irrumpe en su habitación sin una orden judicial, le persigue por todo el terreno de juego deteniéndole con un disparo en la pierna. En ese momento, le tortura pisándole la pierna herida para poder saber el lugar donde está enterrada la chica. Se logra encontrar a la chica, ya muerta, pero Scorpio es liberado sin cargos por haber sido detenido por medios irregulares y bajo tortura. Posteriormente, Scorpio paga a un sicario para que le agreda intencionadamente y así­ culpar a Callahan de acoso. Finalmente, Scorpio secuestra un autobús escolar y exige otro rescate más un avión. El alcalde insiste en acceder a sus demandas, pero Callahan le persigue bajo su cuenta y riesgo para rescatar en último término a los niños y matar a “Scorpio”.

Influencia y popularidad

El irónico retrato de Clint Eastwood como el inspector obtuso, cí­nico y heterodoxo que aparentemente siempre está en conflicto con sus jefes asienta el estilo para sus siguientes papeles y, de hecho, todo un género de pelí­culas de antihéroes como The French Connection. Harry Callahan es apodado Harry el Sucio debido a su inclinación a aceptar los trabajos más penosos. El éxito en taquilla de la pelí­cula derivó en la producción de cuatro secuelas. El rol de antihéroe que desempeña Eastwood también fue bastante imitado con posterioridad.

Harry Callahan también contribuyó a popularizar el revólver Magnum 44 Modelo 29 de Smith and Wesson. La pelí­cula propició un ligero incremento en las ventas del arma, que sigue siendo popular treinta y cinco años después del estreno.


 

La ley del Magnum 44


En una época en la que no existí­a el GPS, las bases de datos, los perfiles criminales o cualquier otra trampa argumental a lo CSI, los policí­as del cine tení­an que patear las calles para hacer su trabajo. Y, sin lugar a dudas, el mejor en lo que hací­a era Harry Callahan, un expeditivo inspector que, en la piel de Clint Eastwood, protagonizó cinco pelí­culas. La primera, Harry el sucio, se ha convertido en un “thriller” fundacional, en un largometraje copiado y homenajeado hasta el infinito, que terminó de catapultar a Eastwood al estrellato tras una breve pero exitosa carrera que comenzó de la mano de Sergio Leone.

Aunque cambie el poncho por un traje y el revolver por una Magnum 44, Harry es una coherente progresión de “El hombre sin nombre”, un ser que ha aprendido a sobrevivir tras una coraza protectora. El mundo de Callahan es un lugar difí­cil -La jungla humana a la que hace referencia otra cinta del tándem Siegel-Eastwood-, donde un error puede llevarte al hospital o a la tumba y la única forma de comunicación es la violencia.

En un escenario así­, metáfora de unos años en los que el sueño americano viví­a las horas más bajas de su historia, los enemigos de Harry sólo podí­an ser criaturas tan solitarias y disfuncionales como él. En este caso, el villano de la función es Escorpión, un despiadado sociópata que traerá de cabeza al inspector de Los Ángeles y cuya única motivación es la pura maldad.

Duro y frí­o como el hielo, pero con un poso de héroe vengador por los cuatro costados, Callahan convierte el caso en una cruzada. No descansará hasta atrapar al asesino porque sabe que nunca dejará de matar si no lo hace. Cuando la policí­a y los jueces y fiscales dejan libre a Escorpión por un mero tecnicismo legal, no duda en dar la espalda a una justicia en la que cree más bien poco y administrar la suya a sangre y plomo. La de Harry Callahan es una voz crí­tica, que encontrarí­a mal acomodo en estos tiempos polí­ticamente correctos, y que, a comienzos de los años 70, representaba a un sector de la población norteamericana para el que el águila, las barras y las estrellas habí­an perdido su antiguo lustre.

El cineasta Don Siegel creó escuela con Harry el sucio, uno de los cinco filmes en los que trabajó junto a Eastwood, quien pronto se revelarí­a como el más aventajado de sus pupilos. Aunque el genio del director de El jinete pálido o Los puentes de Madison le permitió llegar más allá, es innegable que en su estilo perviven elementos clave tanto de Siegel como de Leone, a quienes dedicarí­a una de sus mejores cintas, Sin perdón.

Muchos de los que ensalzan ahora a Eastwood como autor tratan de dejar de lado su pasado en el cine de acción, por considerarlo demasiado comercial y hasta “fascistoide”, pero uno va unido al otro. No se puede negar lo evidente.


El duro y cí­nico policí­a Harry Callahan, cargado con su Magnum 44, es conocido por sus métodos poco ortodoxos contra el mundo del crimen como Harry el Sucio.

Su nueva misión será localizar a un asesino apodado Escorpión (Andy Robinson), quien está causando el terror en las calles de San Francisco.

La primera y mejor incursión cinematográfica del expeditivo inspector de la policí­a de San Francisco, un hombre amargado por la muerte de su esposa que no se detendrá ante los códigos morales que construyen la forma general de actuación delineada por sus superiores para detener a un peligroso psicópata autodenominado “Escorpión” y así­ expiar su rabia interna.

Dedicada al cuerpo policial de la citada ciudad californiana, Harry el sucio es una pelí­cula (al margen de establecer consideraciones éticas sobre los métodos utilizados por su protagonista) de magistral factura visual, rí­tmica narrativa repleta de í­mpetu y buen pulso, acertados giros que mantienen constantemente el interés de la trama y de contextual y jazzí­stica (la música favorita de Eastwood) partitura del compositor argentino Lalo Schrifin.

La cuestión de si este filme puede deparar un mensaje fascista y poco edificante, debido al planteamiento de que la violencia sólo puede ser aplacada con más violencia en vez de constituir un sistema más juicioso y sensato asentado en pilares educativos y racionales que eviten el germen de esa violencia es asunto del propio espectador de magnificar ese presunto mensaje en vez de disfrutar con un muy estimable thriller de acción centrado en la básica lucha entre el bien y el mal motorizado por un hombre resentido y solitario, con conexión no muy lejana al incorporado por Gary Cooper en Sólo ante el peligro, ilustrada en la acción final de esta pelí­cula.

El asesino está interpretado por Andy Robinson, un actor recordado principalmente por esta actuación y que puede ser visto en tí­tulos como Máscara (1985), Cobra (1986) o Hellraiser (1987).

Como obra de artesaní­a del suspense, la pelí­cula está bien compuesta, es brutal y excitante. Dirigida en el estilo más pulcro por Don Siegel, un veterano de la acción urbana, cuenta con la astucia rí­tmica del jazz electrónico de Lalo Schiffrin para hacer avanzar la pelí­cula.


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