Director: Robert Aldrich. 1971. EE.UU. Color
Intérpretes: Kim Darby (Barbara Blandish), Scott Wilson (Slim Grissom), Tony Musante (Eddie Hagan), Robert Lansing (Dave Fenner), Connie Stevens (Anna Borg), Irene Dailey (Gladys “Ma” Grissom)


Verano de 1931. Kansas City. Estamos en plena depresión y todo escasea. Tres matones tienen como objetivo un collar valorado en 50.000 dólares. El único problema es que tiene propietaria: Barbara Blandish. El trío la sigue, mata a su novio y la secuestra. Pero Eddie Hagan, un elegante miembro de la banda de los Grissom los ve. Después de informar a la cabecilla de la banda, “Ma” Grissom, todo tomará un giro inesperado. Rápidamente verán una oportunidad para un proyecto mucho más ambicioso. Si matan a los tres matones de poca monta y secuestran de nuevo a la chica podrán pedir un rescate de un millón de dólares. Pero lo que no podían esperar es que Slim, el hijo psicótico de Ma Grissom se enamorara de la chica secuestrada.

Aun cuando la corriente gangsteril sufre un cierto retroceso en los años 70 ante el empuje creciente de las otras series (sobre todo las que tienen como protagonistas a policías y. en menor escala, a detectives privados), todavía en estos años se asiste a la producción, dentro de sus márgenes, de una serie de títulos que, casi siempre desde la recreación nostálgica y la mitificación cinematográfica, o bien trazan biografías reales o ficticias de célebres figuras del gangsterismo, o vuelven descaradamente sus ojos hacia el pasado -Chinatown (1974, Roman Polanski)-, o trazan nuevas vías de renovación dentro del género como en el caso de El padrino (1972) y El padrino II (1974), ambas de Francis Ford Coppola.
Dentro de la primera vía se encuentra La banda de los Grissom, donde una sanguinaria banda tiene que secuestrar -para obtener un valiosísimo collar- a la propietaria que lo lleva. La liberación final de la secuestrada, la declaración de amor de Slim a Barbara, que encuentra sorprendente correspondencia en ella, la muerte de Slim y el rechazo de la joven por parte de su padre -que prefería haberla visto muerta antes que casada con un delincuente degenerado- ponen fin al relato. A través de este argumento descrito de manera sucinta, la obra elige como punto de partida una perspectiva menos acomodaticia que las habituales a la hora de tratar estos temas, prescinde de maniqueísmos y de juicios de valor y aporta un fuerte revulsivo en la presentación de los protagonistas y de la situación en la que se ven atrapados dentro de la película.
Aldrich adopta, por su parte, un enfoque múltiple y caleidoscópico, donde da entrada a los puntos de vista de cada uno de los personajes, para conseguir mantener una cierta distancia crítica frente a ellos. El director huye, pues, de cualquier tipo de recreación nostálgica del gangsterismo para mostrar, desde el otro lado, la cara más amarga del sueño americano y la falsificación histórica que anida en las recreaciones míticas de ese universo. Un universo donde los psicópatas y enfermos mentales parecen los depositarios de una forma de amor perdida y donde los padres de las víctimas carecen de un solo gramo de piedad para comprender su infortunio.