LA ÚLTIMA PELÍCULA (The Last Picture Show)

Película estrenada entre 1970-1971

Director: Peter Bogdanovich. 1971. EE.UU. B/N

Intérpretes: Timothy Bottoms, Jeff Bridges, Cybill Shepherd, Ben Johnson, Cloris Leachman


En la década de los 50, en una pequeña ciudad de Texas, un grupo de jóvenes afronta el paso de la adolescencia a la madurez marcados por una sociedad reprimida y cambiante en la que el cine y todo lo que representa muere en manos del poder del nuevo medio: la televisión.


Parece que le fastidia no poco a Peter Bogdanovich el que le recuerden que es un caso tí­pico de crí­tico de cine metido a director, como lo fueron en su dí­a los jóvenes franceses de “Cahiers du Cinéma “como Truffaut, Godard y Chabrol. Él prefiere que se le recuerde como un estudiante de interpretación que eventualmente escribí­a, que siempre habí­a soñado con dirigir cine y que mantuvo en su juventud excelentes relaciones de amistad con directores como Orson Welles, a quien realizó una de las mejores entrevistas que se le hayan hecho al genio.

Con precisión, erotismo, melancolí­a desgarradora y sobre todo con una densidad formidable, narra la historia de las hipotéticas oportunidades de la juventud, que se desvanecen con una gran rapidez. Fascinante homenaje al aburrimiento se convirtió en una pelí­cula “de culto” por su seriedad y por la precisión con que están trazados todos sus personajes.


Cuando decidió llevar al cine La última pelí­cula, Bogdanovich habí­a decepcionado profundamente con su bautismo cinematográfico, “Voyage to the Planet of Prehistoric Women”, y también impresionado favorablemente con “Targets”, todo un homenaje al cine de género. Tení­a entre manos un buen material para empezar, la novela homónima de Larry McMurtry, quien también intervino en la elaboración del guión.



La última pelí­cula está ambientada en un pequeño pueblo tejano en los años que median entre el final de la II Guerra Mundial y la Guerra de Corea, tiempos de desconcierto en los que un grupo de jóvenes lucha por salir adelante, por descubrirse como personas en el marco de un entorno poco favorable, hostil, opresivo y asfixiante. A muchos de ellos les falta todaví­a por descubrir el sexo, entre otras cosas, así­ como lidiar con una sociedad tremendamente conservadora en la que todo está dominado por lo masculino. En el reparto, muchas de las jóvenes promesas del cine independiente USA de aquel tiempo, hoy sobradamente conocidos: Cybill Shepherd, Timothy Bottoms, Ellen Burstyn y, destacando sobre todos ellos, Jeff Bridges, para quien La última pelí­cula fue el factor que disparó definitivamente su carrera como actor.

Peter Bogdanovich decidió rodar esta pelí­cula en blanco y negro como el más eficaz recurso para subrayar la a menudo personalidad sombrí­a de la novela. Es un blanco y negro dirigido por Robert Surtees, responsable entre otras de la fotografí­a de tí­tulos como Quo Vadis, The Bad and the Beautiful, Mogambo y Verano del 42.

Bogdanovich huye del artificio y persigue una mirada naturalista mediante recursos como la banda sonora (toda la música de la pelí­cula surge de dentro de la misma, de objetos integrados en ella y no hay músicas incidentales) y no consintió que nadie, aparte de él, se encerrara en la sala de montaje, fase de la que se sintió responsable hasta que la productora practicó dolorosos cortes, felizmente recuperados en este “montaje del director” de La última pelí­cula.

El tí­tulo, La última pelí­cula, alude al último pase cinematográfico en la sala de cine de Anarene, la imaginaria localidad tejana en la que transcurre la acción. Por cierto, que la última pelí­cula no era otra que Rí­o Rojo, elección con la que Peter Bogdanovich deja meridianamente clara su condición de admirador de Howard Hawks.



El largometraje de Peter Bogdanovich es la clara referencia de la vital época de cambios que fueron los 70 dentro del mundo del cine. A mi entender la etapa más rica y ecléctica en cuanto a géneros (con sus deconstrucciones totales y visiones más cercanas al clasicismo ya pasado), realizadores y sobretodo pelí­culas, los años 70 fueron una balsa de aceite demasiado calmada en la que sólo aquellos que demostraron valer, siguen demostrándolo hoy (ahí­ están Spielberg, Allen, Coppola, Scorsese, Lucas… por poner los cinco ejemplos más claros) y los que demostraron ser fruta de temporada, se marchitaron con el tiempo (y sus propias pelí­culas) quedando reducidos a meras caricaturas de lo que pudieron haber sido, y si no que se lo digan a Bob Rafelson, William Friedkin y el mismo Bogdanovich.

Aunque si bien es cierto que la tendencia más generalista a la hora de enfocar el cine fue la de romper con el pasado y darle una cara moderna a las pelí­culas en cuanto al tratamiento formal influido sobremanera por el cine Europeo de la época, y en concreto cineastas como Antonioni o la ya lejana nouvelle vague, ciertos cineastas intentaron encontrar su camino retornando a la pureza del pasado, reviviendo sus orí­genes, demostrando que para hacer algo moderno siempre tienes que mirar atrás primero, porque de esas fuentes son las que has de beber para crear un nuevo arroyo. De hecho, las mejores pelí­culas de la década así­ lo certifican. Polanski realizó Chinatown (1974) como si de una pelí­cula de Phillip Marlowe se tratara. Justo antes, Peckinpah volvió al oeste para ofrecernos una elegí­a poética a los tiempos pretéritos como fue La balada de Cable Hogue (1970) para realizar posteriormente el western más triste y poético jamás filmado, Pat Garrett & Billy the Kid (1973), aunque quien se llevó la palma fue el maestro Francis con su saga sobre los Corleone.

Pelí­culas todas ellas en definitiva más modernas que las pretendidamente rompedoras y transgresoras que buscaban el efecto fácil o la innovación por la innovación, frente a la verdadera trayectoria trazada con paso firme por las huellas del pasado que son las que nos hacen guiar el camino hacia el futuro.

Bogdanovich, cinéfilo hasta la médula y consciente de ello, para su primera aproximación seria tras la cámara (su dirección de Targets en 1968 para Corman no cuenta) se apropió de la novela de Larry Macmurtry que bajo el mismo tí­tulo es un desesperanzado retrato de la América de los 50, que el cineasta retoca para hacerlo global a una América actual y futura que despedaza sin piedad dejando la esperanza abandonada en una polvorienta calle de un minúsculo pueblo.

Estructurada en torno al cine y a la vida cotidiana de un pueblucho de la América profunda, Bodanovich rasga con su bisturí­ una cara nada amable de una sociedad en la que él ya no cree, desesperanzada, sin ilusión y sin futuro, siendo lo más coherente el personaje del León (un magní­fico Ben Johnson galardonado con el oscar), el referente del pasado, un pasado que siempre fue mejor (esos “glory days” que nunca van a volver). El León representa todas las tradiciones y significados no ya de América en sí­, sino del propio cine. El cowboy desclasado, tantas veces visto en los westerns crepusculares que no tiene lugar en la nueva vida que se abre, pero que a diferencia de otras veces, ésta vida no es mejor que la anterior, es peor y ni siquiera lucha contra ella, se limita a verla pasar.

La disección que hace Bogdanovich de su paí­s es el claro ejemplo que gente como Springsteen trasladó en su música. Gente olvidada y olvidable, vidas monótonas en las que no pasa nada cuya mejor salida es la guerra de Corea que les espera a los muchachos o esperar proposiciones de ricos hombres en el caso del personaje de Cybill Sheperd. Son perdedores que no dejan la ciudad para ganar, no luchan por salir de su atolladero, siguen y siguen, como el León, viendo la vida pasar hasta que otra generación pasará por delante de ellos y se darán cuenta entonces que ya no son el futuro sino que son el pasado.

Desgarradoramente melancólica, la pelí­cula es un ejercicio de nostalgia elevado al paroxismo. Es tal la agoní­a que desprenden sus imágenes que incluso puede llegar a doler. A través de la vida ordinaria de dos chicos del pueblo y sus relaciones con las mujeres, sus iniciaciones, su separación…su vida, el cineasta no hace otra cosa que poner de relieve el sentimiento existencial del paso de la adolescencia a la madurez. Ese paso que hemos vivido todos, pero que sin duda en ese pueblo en 1951 debió de ser mucho más difí­cil. Una etapa donde cada acto nos marca nuestras decisiones futuras, una época de transición donde el director se preocupa en que entendamos que no va a haber ninguna transición. Eso va a quedarse ahí­ de por vida.

Los personajes son seres perdidos, la mayorí­a perdedores que el que más suerte tiene es un amargado y resentido. Las diferentes relaciones que se establecen entre Sam Bottoms y la esposa de su profesor, o Cybil Sheperd o el amante de su madre, no es más que una búsqueda desesperada de amor y comprensión en un ambiente donde no hay cabida para sentimientos reales, como lo muestra la magní­fica secuencia donde el León “salva” al chico deficiente de las garras de la prostituta por imposición de sus amigos o el momento después de la primera relación sexual (frustrada) entre Jeff Bridges y Cybill Sheperd, esperando todos los coches fuera de la habitación del motel mientras las amigas entran y la encuentran a ella “en las nubes”, mintiendo para salvaguardar el rechazo que ha sufrido por parte de Bridges. Esas apariencias en las que vive un puñetero pueblo perdido de la mano de dios donde la máxima distracción es la escapada de los dos amigos a México un fin de semana, que más que una evasión momentánea es una huí­da en toda regla de un lugar que Bogdanovich filma magistralmente para que nos produzca todo tipo de sensaciones malsanas invitándonos a apretar el acelerador cualquier vez que lleguemos a un pueblucho así­. Esa según Bogdanovich es América, la real, la pura, la genuina.

Devorador incansable de pelí­culas y cinéfilo, Bogdanovich se refugia en el cine como método de salvación. El cine del pueblo que quedará derruido, otra vez ese sí­mbolo del pasado que deja paso a un futuro peor y servirá como la última unión de los dos amigos reencontrados viendo Rí­o Rojo de Hawks, pelí­cula acerca del pasado y del futuro representada por Wayne y Clift y que es un representante claro de esos Glory Days que vivió la vida…y el cine. De vital importancia dentro de la pelí­cula a nivel simbólico, el cine se erige en el último bastión que queda por derrumbar, ese mástil al que agarrarse, pero que una vez derruido todo volverá a su tranquilo cauce, el cauce de la monotoní­a presidido por la angustia de la soledad. Sam Bottoms volverá con su profesora, Bridges se irá a la guerra para seguramente no volver, y así­ sucesivamente. El único que parece haber salido de ahí­ es el León, que ha necesitado morir para alejarse de ahí­.

Rodada en blanco y negro por consejo de su amigo Orson Welles para darle mayor verosimilitud a una época ya olvidada, el cineasta emplea su mayor talento para filmar esos tempos muertos donde no pasa nada, tan solo provocan desasosiego y angustia. Espacios abiertos y vací­os filmados con gran angular para destacar los fondos tan grandes que oprimen, Bogdanovich utiliza el espacio de forma magistral para encerrarnos dentro con ellos y desear en un anhelo de encontrarnos lo más alejados posibles de ahí­, el nunca volver a ese lugar.

Sin no romper el hilo del discurso y de hablar en él sólo cosas que no tengan conexión o í­ntimo enlace con aquello de que se está tratando, sin excesivo sentimentalismo, la crónica de la vida de una pequeña ciudad de principios de los años 50 está narrada con una precisión fascinante. El trabajo de la cámara, al estilo de John Ford, es magní­fico; todos los actores conforman unos personajes-tipo precisos, notables; la descripción del ambiente parece corresponderse a la época por multitud de detalles.

La posterior evolución fí­lmica de Peter Bogdanovich fue una lástima ya que su carrera, a pesar de contener un par de buenas pelí­culas posteriores a ésta, cayó en barrena siendo hoy un cineasta casi olvidado y un director relegado a filmes de TV y pelí­culas de poca ambición.

 


 


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