LAS VAMPIRAS
Director: Jesúss Franco. 1971. España-Alemania. Color
Intérpretes: Soledad Miranda (Condesa Nadine Carody), Ewa Strömberg (Linda Westinghouse), Andrés Monales (Omar), Dennis Price (Dr. Alwin Seward), Paul Muller (Dr. Steiner), Heidrun Kussin (Agra), José Martínez Blanco (Morpho), Michael Berling, Beni Cardoso, Jesús Franco

Años antes de que rodase El conde Drácula, la autoproclamada versión fidedigna de la novela de Bram Stoker, Jesús Franco se atrevió a adaptar la historia desde una perspectiva mucho más personal y rompedora. Fue en esta Las vampiras que aquí se comenta, una de las producciones más queridas por los “francófilos” e incluso de las pocas destacables por algunos “francófobos”. No en vano la película se enmarca dentro de su primera época, más fructífera, en cuanto a calidad se refiere, que las sucesivas.
La originalidad de Las vampiras radica en que su estilo no se corresponde con ninguna de las anteriores propuestas fílmicas sobre la novela del vampiro, o con el cine de vampiros en general, por mucho que presente trazas –el vampiro femenino, el erotismo, el lesbianismo– de la coetánea The Vampire Lovers [TV/VD: Las amantes del vampiro, 1970], de Roy Ward Baker, por ejemplo, a pesar de que Jesús asegura que la Hammer nunca ha sido de su agrado. Franco se aleja del terror convencional basado en la oscuridad, las sombras y los monstruos hediondos para centrarse en el horror diurno, no sólo a plena luz sino en pleno verano, y con la belleza como amenaza. No hay un castillo gótico en medio de montañas brumosas, sino una mansión moderna, decorada con tonos claros y situada a los pies de una playa soleada y calurosa. Un lugar aparentemente apacible. Drácula se transmuta en una hermosísima joven (aunque se dice que ésta fue vampirizada por el conde tiempo atrás) y no en el viejo poco agraciado que se describe en la novela. En cierta forma, en esto sí se parece a sus homónimos cinematográficos, especialmente a los interpretados por Bela Lugosi y Christopher Lee, presentados ambos como hombres atractivos, seductores, de fuerte atracción física. Y tiene mucho también, claro, de Carmilla. Sin embargo, la Nadine de Franco va más allá porque éste no se conforma con la insinuación y la desnuda completamente, sin impedirle mostrarse en el goce sexual, ése que el director identifica con la muerte. En Las vampiras la necrofilia adquiere matices poéticos, alejándose así de la truculencia de algunas otras de sus propuestas para mostrar la belleza del horror. En esta película el terror es bello; lujurioso incluso. Una de las particularidades de Nadine es que es una vampira que se burla de la tradición: no sólo no le afecta la luz solar, sino que toma baños de sol en la playa en “top less” o completamente desnuda, y los crucifijos por no afectarle no tienen ni presencia.

Visualmente la película tiene un arranque cautivador, en el que Nadine, observándonos directamente, parece querer hipnotizarnos. A Jesús Franco le gusta romper con la “cuarta pared” (en casi todas sus películas lo hace y casi siempre desde el escenario de un cabaret o un club) y se complace en invitarnos a su ficción de forma directa, mezclándonos con ella aunque casi siempre de una forma perversa: no nos hace héroes, sino víctimas. Soledad Miranda nos mira y nos acaricia a través de un contrapicado casi vertical, expresionista, con el que el director deja patente quién es la dominadora y quiénes somos los dominados. Una vez han pasado los títulos, Soledad-Nadine ya nos tiene atrapados, tal y como hará luego con Linda, que asiste al espectáculo fetichista y macabro del que la misteriosa mujer es protagonista. Más que una función escénica, lo que Nadine hace sobre el escenario es un ritual de su propia existencia: una mujer que ejerce de estatua humana es objeto de los deseos lúbricos y alimenticios de la condesa. Se antepone varios años al Teatro de los Vampiros de Entrevista con el vampiro, donde decenas de no muertos-actores no consiguen estar a la altura de Soledad Miranda, cuyo magnetismo en éste y otros momentos es tan poderoso que se hace comprensible el status de mito que alcanzó en ciertos sectores. En esta escena inicial, que se repetirá hacia el final, la mirada siempre vouyerista de Jesús Franco se hace imprescindible para transmitir toda la carga erótica de la actriz. El número que interpreta la sevillana es digno de la mejor vanguardia escénica europea y la forma en que está rodado es terriblemente exultante. Con Las vampiras el director dejó constancia de sus cualidades para la composición plástica, rematada con exquisitez y cuidado y contenedora, por su talante surrealista, de una simbología que merecería un estudio aparte. En este sentido tan sólo destacar el acertado uso de los colores y la novedosa identificación del vampiro no con un murciélago, sino con escorpión.

La película tiene un tono sobrio, más serio que en otras ocasiones, pero esto no impide que el sentido del humor de Jesús se deje ver en algún momento, como cuando Linda narra a su psicoanalista el sueño que la atormenta y del que es protagonista Nadine. Mientras esto ocurre, la cámara nos muestra cómo el doctor se entretiene haciendo dibujos en una libreta, tan en serio se toma Franco el psicoanálisis. Otra de las peculiaridades de Las vampiras se encuentra en el personaje interpretado por Dennis Price, donde se funden el doctor Seward y el profesor Van Helsing, cosa que Franco volvería hacer en Drácula contra Frankenstein. Pero el doctor Seward de Las vampiras desea convocar a la condesa Nadine no para matarla, como haría Van Helsing, sino para unirse a ella y sus acólitos. Seward quiere convertirse en vampiro, algo que también se vería en la película de Neil Jordan citada más arriba, cuando el entrevistador, fascinado por la historia, le pida a su interlocutor que lo transforme.
El sexo, usualmente ligado a la muerte, es tema principal en la obra franquiana, que se recrea sin pudor en los cuerpos desnudos, femeninos preferentemente -y de dos en dos o de tres en tres, o de cuatro en cuatro si hiciera falta-. El pubis, el culo o los pechos suelen captar la atención del objetivo en primeros y hasta primerísimos planos, haciendo que las actrices se coloquen a veces de forma inverosímil para que la cámara pueda captar todo el esplendor de las nalgas. La mirada de Franco baja, sube, se detiene a lo largo de la anatomía de la mujer, a la que, y esto no se le puede negar, sabe captar, cuando lo pretende, en toda su belleza erótica. La obsesión de Jesús Franco por el desnudo femenino lo lleva a tratar casi por norma el tema del lesbianismo, colmando así todas sus necesidades de cineasta-voyeur (¿puede ser esto una redundancia?). A Jesús, como debiera ser común en todo director, le gusta mirar y le gusta que otros, y otras, miren. Y en esta Las vampiras Soledad Miranda hace el espectáculo teatral observándose en un espejo a la vez que decenas de ojos la observan e ella, quien, a su vez, también nos mira a nosotros. Y nosotros a ella. Un círculo vicioso, una cadena interminable de deseos, un espectáculo lujurioso. Una orgía entre la realidad y la ficción. Cine de masturbación intelectual… y física, por qué no.
Anécdotas
− Un “voyeur” fascinado por Las vampiras fue Quentin Tarantino, director que ha reconocido en más de una ocasión su predilección por el cine de Jesús Franco y en especial por esta película. En Jackie Brown (1997), Tarantino recurre a la magnífica banda sonora de la película para entresacar uno de sus mejores temas: “The Lions and the Cucumber”.
− En 2005, Jesús Franco hizo un “remake oficial” de Las vampiras con el título de Snakewoman, aunque realmente ya había llevado el tema a la pantalla en varias ocasiones.
película.
− Las vampiras no se estrenó en España hasta 1973, y con una copia notablemente amputada.
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