MUERTE EN VENECIA (Morte a Venezia)
Director: Luchino Visconti. 1971. Italia. Color.
Intérpretes: Dirk Bogarde (Gustav von Aschenbach), Silvana Mangano (Madre de Tadzio), Marisa Berenson (Esposa de Aschenbach), Mark Burns Alfred), Romolo Valli (Gerente del Hotel)


Tras sufrir una crisis creativa, el compositor alemán Gustav Von Aschenbach llega al Lido de Venecia para pasar una temporada de descanso en solitario, con el fin, no sólo de reflexionar, sino también de dar descanso a un cuerpo extenuado y enfermo. Mientras espera pasar al comedor del hotel, entre un ambiente mundano y lujoso, Aschenbach se fija en un muchacho vestido con traje marinero, que forma parte de una familia polaca.

Luchino Visconti conversa con Silvana Mangano
Silvana Mangano interpreta a la madre de Tadzio
Basado en un relato magistral de 80 páginas de Thomas Mann, centra en profundidad el conocimiento psicológico del ser humano, con la lentitud habitual en él, expresando el sentimiento de la impresión soberana. Al leerlo se da uno cuenta de su magistral inspiración y su enorme poder de sugerencia. Imaginar esta colosal obra intimista traspasado al cine es casi imposible, pero se hizo realidad después de los inconvenientes de las productoras, y de la mano de un hombre que llevaba largo tiempo acariciando ese proyecto, que por fin lo hizo real en el año 1971, en una producción entre Italia y Francia, estrenándose en Italia un 4 de marzo de 1971 y posteriormente el 23 de mayo de 1971 en el Festival de Cannes, donde obtuvo el premio especial XXV aniversario. A su director, en esos momentos le dijeron: “A Luchino Visconti, por Muerte en Venecia y el conjunto de una obra que honra el cine mundial”.

La belleza del adolescente Tadzio –Bjørn Andresen–, fascina y perturba profundamente al músico, sensaciones que se repiten en diversas ocasiones dentro de los salones y en la playa. Sobre Venecia sopla el pesado viento siroco, y la salud deteriorada de Aschenbach se resiente una y otra vez. Pero los momentos en que recibe con plenitud la presencia de Tadzio, jugando con su amigo Tadzio en la playa del Lido, se siente inspirado para crear su música, mientras va reviviendo instantes de la felicidad que vivió con su mujer y su hija. Sobre Venecia se ha abatido una epidemia de cólera y el músico intenta avisar a la familia polaca del peligro que corren, pero no se atreve a hacerlo. Tras una noche de pesadillas, reviviendo la muerte de su hijita, o la fallida relación con una prostituta, Gustav Von Aschenbach desciende a la playa bajo el peso fatal de su enfermedad. Contempla como Tadzio juega una vez más con su compañero y cómo se adentra en el agua. Ve como el adolescente extiende su brazo izquierdo y parece señalar al músico una dirección en el horizonte… Mientras el tinte se deshace en su rostro, Aschenbach trata de incorporarse para seguir la llamada de Tadzio, pero el cólera ha minado totalmente sus fuerzas y cae muerto”.
Conviene darle la enorme importancia que tiene, al adagietto de Gustav Mahler en todo el filme. Tuvieron que pasar casi 70 años para que el mundo se deleitase con esa fascinante partitura y que fuera Luchino Visconti el que no la utilizase ambientalmente, ni tampoco la adaptase a unas imágenes previas, como suele suceder en el cine, sino que convirtiera la música de Mahler en pieza insustituible de la obra que es Muerte en Venecia.
Las descargas que uno recibe contemplando este cuadro fascinante de enorme luminosidad y oscuros penetrantes, son tales que a veces uno como espectador no sabe qué es exactamente lo que está sintiendo, si el cuerpo gozando del más puro arte, si los planos de silencio se te van grabando con lentitud en tu cerebro, o si verdaderamente estás sintiendo el aroma de amor, destrucción y dolor que los “flash backs” que se van repitiendo en tu interior.
Lo que sí puedo decir es que, es una obra de difícil comparación. Por la serenidad con que, desde cerca del final del camino, Visconti contempla la vida y la muerte. Por la lucidez con que sabe trascender un relato; desde la historia de una fascinación hasta la incesante búsqueda de la belleza protagonizada por el artista. Por la tensión interna de quien muestra la decadencia moral, física y social, sintiéndose, a la vez, verdugo y víctima de un proceso cuya única salida es la sensitiva utilización de un lenguaje visual único, donde la imagen y el sonido alcanzan una mutua conspiración que les hace indisolubles.
Dirk Bogarde –que efectuó una impresionante –inolvidable– interpretación de Aschenbach, recordó más de una vez, cómo en él se puso de manifiesto una vez más la minuciosidad y perfeccionismo de que Visconti hacía gala. Bogarde se sintió en ocasiones crispado por el detallismo casi maniático del maestro, cuya exigencia con todos y cada uno de los elementos de la película originaba tensiones, incluso entre sus ayudantes. Pero consiguió dar vida a un hombre en busca de la perfección, en continua lucha por conseguir la belleza para su vida y obras, consiguiéndolo al final de forma patética sobrecogedora.


Luchino Visconti dijo en una ocasión que ver a Silvana Mangano leyendo en la playa cubierta con sombreros y parasoles con aquel soberbio perfil, distante, sin marido, le produjo la aterradora impresión de estar contemplando a su madre y así su imaginación y la realidad, se confundían una y otra vez en la bella arena del Lido. Al concluir su trabajo, Visconti fue a descansar a su villa de Ischia, y allí sufriría el primer ataque cardiaco que le llevaría a la tumba, –tras rodar Luis II de Baviera, el rey loco, Confidencias y El inocente–, un 13 de noviembre de 1976.
No hay que darle aspectos materiales a lo que es un sentimiento absoluto de recuperación y de busca total de la belleza. Así es Muerte en Venecia, y así debe ser admirada en su totalidad un filme solemne, de raíces profundamente freudianas, pero de una perfección tal que las palabras no pueden definir los planos que se van sucediendo desde el comienzo del filme, hasta el trágico y lógico final que nos deja petrificados en la butaca, sin saber cómo reaccionar ante semejante alarde de maestría y perfección. Y si no, baste recordar la persecución por las calles de Venecia de Gustav, abatido, hundido por el cansancio y la enfermedad en busca del arte perdido.








Mucho se ha hablado sobre la enorme carga homosexual del filme, del sentimiento de Dirk Bogarde hacia el adolescente y otras muchas cosas. Discrepo de este criterio. No existe la menor alusión a la tendencia de su protagonista por esa vía fácil. Tanto la trayectoria de Muerte en Venecia como los sentimientos de Gustav Von Aschenbach hacia Tadzio van sugeridos por la eterna búsqueda de la belleza por la belleza, del arte perdido, por el arte hallado, del pasado lúgubre, por el presente luminoso.
En fin, Gustav encuentra en la playa del Lido, en los alrededores del Gran Hotel des Bains, en la figura del joven, en la sofisticación de la familia polaca, todo lo que el trágicamente había perdido tiempo atrás y que piensa va a recuperar con la misma intensidad que perdió a su hija, o que fracasó en su música. Para mí personalmente ese es el sentimiento de ese gran personaje que interpreta de forma inmensa Bogarde.




“El adolescente extiende su brazo izquierdo y parece señalar una dirección en el horizonte…




El músico trata de incorporarse para seguir la llamada. Pero su enfermedad ha minado ya sus fuerzas y cae muerto”. Dos bañistas conducen su cadáver fuera de la playa del Grand Hotel des Bains.
Aquí termina la eterna búsqueda de Gustav Von Aschenbach por capturar la belleza, aquí finaliza su desesperación al dirigirse a esa dirección señalada en el horizonte, un lugar adonde vamos para nunca regresar…
Envuelto todo con la hermosísima sinfonía de Gustav Mahler, o el final del filme, donde la figura de Tadzio en un soberbio contraluz se adentra en el mar… Son dos momentos de tal intensidad y belleza que no creo que unos ojos puedan frecuentar el percibir fragmentos en la pantalla de semejante magnitud.
Rectitud y autodestrucción
La fugacidad de un tiempo que se nos escapa y el duelo constante entre la razón y la pasión, la rectitud moral y los sentimientos, el arte y la vida… todos los temas que obsesionaron a Luchino Visconti están presentes en Muerte en Venecia, el relato de los últimos días de un famoso compositor, quien, sabedor de que su final –físico y moral– está muy cerca, viaja a la ciudad de los canales para intentar olvidar.
Lejos ya de su etapa más combativa, el Visconti de Muerte en Venecia se erige en el último cronista de una casta social que desapareció con las bombas de la I Guerra Mundial: la rígida aristocracia europea, a la que él mismo pertenecía.
El protagonista de la cinta, que adapta la novela homónima de Thomas Mann, es Gustav von Aschenbach, un compositor –quizá Gustav Mahler– convencido de que la única forma de alcanzar la belleza es a través de la perfección espiritual. Sus teorías, que intentan disfrazar la mediocridad y la ambigüedad de un personaje que reniega de sus pasiones hasta los extremos más enfermizos, se colapsan cuando en el Lido veneciano conoce a Tadzio, un joven de aspecto andrógino, un ángel de cabellos rubios inocente y malvado a la vez, del que se encapricha.
Poco a poco, y con hipócritas reticencias, Aschenbach olvida su rígido código moral para dejarse arrastrar por una espiral autodestructiva que le conducirá hacia lo inevitable. Los juegos de miradas entre el artista y el joven dan paso a unas cada vez menos disimuladas persecuciones por las calles y los canales de Venecia, ciudad que a través de la cámara de Visconti se asemeja más a un desolado y frío panteón, a una urna en la que reposan las cenizas de una aristocracia decadente al ritmo de la música de Mahler, que al paraíso turístico idealizado por el cine en tantas y tantas películas.
El cineasta italiano recrea con gran minuciosidad el artificioso mundo de la élite europea, que pasa su último verano en una Venecia castigada por una epidemia de cólera asiático que bien podría haber sido provocada por Tadzio, convertido en un serafín vengador. Sus personajes de pomposos modales y elegantes vestiduras son poco más que estatuas, restos de un naufragio que pronto desaparecerán entre las turbulentas aguas del siglo de las guerras.
Aunque platónico, el deseo que Aschenbach siente por Tadzio es lo suficientemente fuerte como para acabar con una vida que, cuando llega a Venencia, ya ha fracasado en lo personal y artístico y únicamente aguarda el tiro de gracia.
Los esfuerzos del artista por recuperar lo imposible –la juventud, el tiempo perdido, el amor–, traspasan la frontera de lo mental en el último tercio de la cinta, cuando un peluquero le convence para rejuvenecerse con tinte y productos de belleza. A partir de ahí, y gracias a la excelente composición de Dirk Bogarde, Aschenbanch se convierte en una marioneta de aspecto grotesco, en un títere movido por las fuerzas de la pasión y de la razón, que terminarán por descoyuntarle.
Al amanecer, sentado en la tumbona de una playa casi vacía, Aschenbach muere mientras chorrea tinte y observa a Tadzio perderse en el horizonte. El último grano de arena de su reloj ha caído y, como él mismo dice en otro instante de la película: “No se puede hacer nada”. Sólo olvidar y morir.
BJØRN ANDRESEN (1955, Estocolmo), “Tadzio”, el muchacho de Muerte en Venecia


Bjørn Andresen antes: “El papel de Tadzio me ha perseguido toda la vida. El día del estreno me llevaron a un club gay. Me veían como un pedazo de carne”.

Bjørn Andresen ahora: “Rengo más de 50 años, pero todos quieren ver al chico más guapo del mundo, cuando en realidad soy el chico más viejo del mundo”.
Una vida marcada por la película
Muerte en Venecia
Cuando tenía 15 años, Bjørn Andresen se convirtió en un deseado “sex symbol” por su papel en la película Muerte en Venecia, de Visconti. Su trabajo de adolescente seducido por un hombre maduro marcó su vida.
Mantuvo relaciones homosexuales frustrantes, fracasó como actor y como cantante y siempre renegó de su imagen de icono gay. Recurrió a la terapia para recuperar la infancia que no tuvo. Así fue como la película destruyó al actor. Ahora, la portada de un libro ha recuperado una fotografía suya, y con ella han vuelto los fantasmas del pasado.
Su inquietante rostro está surcado por las arrugas y su cabello, antes dorado, lleno de canas. Los ojos, que fueron de un llamativo y hermoso verde, parecen cansados, y la piel de sus pómulos salientes se nota algo tirante.
Sin embargo, hay en el rostro de Bjørn Andresen una enigmática familiaridad que impresiona a todo aquel que lo conoce. Con más de 50 años, éste es el hombre que hace tres décadas se consideraba el chico más guapo del mundo. Su extraordinaria belleza fue inmortalizada por el mítico Luchino Visconti en Muerte en Venecia, una película de culto estrenada en 1971, protagonizada por Dirk Bogarde en el papel de un compositor de visita en Venecia obsesionado con un adolescente, pasión que acaba destruyéndole.
Sin embargo, en la vida real fue Andresen quien acabó destruido, pues descubrió que su interpretación de Tadzio, el muchacho seductor de la película, sólo le trajo decepciones profesionales y problemas. Y ahora vuelve a sentirse perseguido por su pasado. Su imagen ha sido utilizada, sin su consentimiento, por la feminista australiana Germaine Greer para ilustrar la portada de su libro “The boy”, dedicado a la belleza de los adolescentes.
Esa fotografía es un cruel recordatorio de una época de su vida que Andresen quisiera olvidar. Con ella ha resucitado el fantasma de volver a ser considerado un icono gay, imagen de sí mismo que desprecia. En Muerte en Venecia estaba muy presente la homosexualidad, tanto en el argumento como en el equipo de producción. Además, Bogarde era un conocido homosexual, lo que añadió prestigio al filme entre la comunidad gay.
Desorientado. Tan predominante era el carácter erótico de la producción, que más tarde Andresen se sintió confundido con respecto a sus propios deseos y, aunque no revela los pormenores, confiesa que tuvo experiencias homosexuales después de la película. “Que me hayan calificado como el chico más guapo del mundo”, dice ahora, “me ha perseguido toda la vida. Nadie te toma en serio”.
“Tengo la sensación –continúa– de haber sido utilizado por Greer. En principio estoy en contra de las relaciones amorosas entre adultos y adolescentes. Me inquietan emocional e intelectualmente, porque he tenido oportunidad de ver de qué se trata este tipo de amor. Apenas tenía 15 años cuando se hizo la película, pero Visconti y los miembros de su equipo me llevaron a un club gay de Cannes el día del estreno”.
Perseguido por el pasado, sigue recordando aquellas amargas experiencias: “Sentí que me trataban con desconsideración. Los camareros me hicieron sentir incómodo. Me miraban con descaro, como si fuera un plato apetecible. Sabía que no podía reaccionar, habría sido un suicidio social. Fue el primero de muchos encuentros de este tipo. La gente no comprende el efecto que esto puede tener en un chico. En una ocasión me preguntaron si habría aceptado el papel de Tadzio de haber sabido cómo iba a afectar a mi vida. Dije no casi sin pensar. Reconozco que conocí a personas interesantes pero, considerándolo todo, mejor habría sido que me hubiesen dejado en paz. La película ha tenido una gran influencia en mí. No creo que haya merecido la pena. Fue como una montaña rusa y, definitivamente, no estaba preparado para ello”.
Andresen admite que atravesó un breve periodo de confusión sexual a los 20 años, aunque posteriormente se casó y tuvo hijos: “Tuve una experiencia homosexual en los años 70. La gente estaba descubriendo entonces el mundo gay y los espectáculos de homosexuales se hicieron muy populares en Suecia. Parecía muy moderno, algo que estaba de moda. Creo que hay que probar de todo. Lo hice más o menos para poder decir que había probado, pero en realidad no es plato de mi gusto. Fue una cosa sin importancia”. En su voz se nota todavía resentimiento por la reacción que suscitó su papel de Tadzio, y está claro que le molestó que el equipo de la película, mayoritariamente gay, le viera como una fantasía sexual.
En realidad, Esa imagen profesional no era en absoluto para lo que se había preparado. Estudió en el selecto Conservatorio de Música de Estocolmo. Cuando obtuvo el papel de Tadzio, a la edad de 15 años, su gran sueño era ser pianista en lugar de actor. El renombrado director Luchino Visconti lo había descubierto el año anterior al verlo actuar en su primera película, Una historia de amor sueca. Andresen conoció a Dirk Bogarde en la conferencia de prensa celebrada en Roma para anunciar el rodaje de la película, y recuerda con cariño al actor. “Siempre fue muy educado conmigo. Era muy amable, muy británico.
Fue el primer extranjero que se mostró interesado en pronunciar bien mi nombre y lo consiguió. Me parecía encantador. Siempre se comportó de forma correcta. Recuerdo que me alojé en el hotel Connaught con él antes de acudir al estreno en Londres y conocer a la reina. Yo estaba muy nervioso. Dirk vino a mi habitación y me enseñó cómo hacer la reverencia. Lo invitaban con frecuencia al palacio real, por lo que tengo entendido. Nos pusimos en fila y al llegar hasta mí, la reina me preguntó: “Bueno, Bjørn, ¿qué le ha parecido lo más interesante de Londres?”. Respondí: “El Museo de Cera de Madame Tussaud”, y la reina se rió”.
Sin embargo, a pesar de ser uno de los rostros más reconocibles del mundo, le resultó difícil obtener otro papel. En lugar de perseguir sus sueños, se dejó convencer por quienes le propusieron viajar a Japón para iniciar una carrera como cantante pop, que al final fue un fracaso. “En realidad, no quería hacerlo”, confiesa.
“El festival de cine de Cannes me había dado un susto de muerte. Fue entonces cuando descubrí lo que era la fama. Pero mi abuela y mis amigos me dieron la lata para que aceptara, porque era dinero fácil y tenía oportunidad de viajar. Me gustó mucho Japón, pero no lo que hacía. Interpreté dos temas en japonés y también hice un anuncio para la marca de chocolates Excel. Me sentí rastrero, fatal. La verdad es que nunca había querido ser una estrella pop, pero me asediaban las multitudes allá donde iba. Era como la primera vez que los Beatles fueron a EE.UU. Habían fomentado una especie de histeria colectiva en torno a mí. Todo era muy extraño y artificial”. De vuelta a Estocolmo, las cosas no mejoraron mucho. “Puedo resumir mi carrera con una palabra: “caos”. Lo peor de todo es que nadie prestaba atención a mis ambiciones, a mis verdaderos sueños. Sólo veían en mí al chico más guapo del mundo”.
Harto de no poder labrarse un porvenir, decidió enseñar música, pero volvió a sentirse atraído por el cine cuando le ofrecieron el papel de un pianista en una película escandinava. Tenía 22 años. “Buscaban a una persona que tocara bien el piano. Alguien propuso que lo hiciera yo y conseguí el trabajo. Pensé que podría demostrar que en realidad sé tocar el piano, pero nadie lo reconoció. En cambio, la película levantó gran expectación en Suecia, donde entonces no era tan conocido. Recuerdo que en una fiesta organizado por unos amigos toqué una pieza de Liszt, el Concierto para piano número 1. La gente aplaudió al final, pero en realidad no fue nada del otro mundo. Aunque luego se me acercó una chica. Me miró a los ojos y me dijo: “Caramba, realmente eres capaz de hacer algo”.
Huyendo del histerismo, se trasladó a Copenhague con una joven, pero la relación fracasó. Al año siguiente regresó a Suecia y volvió a trabajar como profesor de música. Su sueño de hacerse actor había desaparecido casi por completo. Aceptó un par de papeles secundarios en proyectos de bajo presupuesto para obtener ingresos adicionales. En esta época conoció a Susanna, con quien más tarde contraería matrimonio. “Se me acercó en la fiesta del estreno de una de las películas. Era tan hermosa que me dejó sin aliento”.
Feliz tras el nacimiento de su hija Robine, en 1984, Andresen decidió matricularse en una escuela de teatro. Pese a obtener un par de papeles secundarios en varias películas, al terminar sus estudios en 1988 todo se vino abajo. Su hijo Elvin, que fue bautizado el día que se casó con Susanna, en las Navidades de 1986, falleció de muerte súbita y su matrimonio se deshizo. “Fue la peor época de mi vida”, afirma. “Todo se convirtió en una pesadilla”. Incapaz de desprenderse de su fama de icono gay, que arrastraba desde su papel en Muerte en Venecia, y afectado por la muerte de su hijo, por fin decidió buscar ayuda. Junto a un terapeuta se enfrentó a su pasado, tanto profesional como personal.
Su madre, Barbro, se había suicidado cuando él tenía apenas 10 años, y a los 13 había descubierto que en realidad vivía con su padrastro. “Siempre me sentí muy extraño, como si no encajara en ninguna parte. Ahora sé por qué. Mi terapeuta me enseñó en qué consiste ser un niño. Cannes no era el ambiente apropiado. Convertirme en un objeto de esa manera no me hizo sentirme cómodo. Tenía mucha vergüenza. Me veían como un pedazo de carne y yo me sentía como un animal exótico en una jaula. Incluso hoy en día no sé cómo seducir a una mujer. Cuando sólo tienes que chasquear los dedos, significa que te has saltado el aprendizaje de muchas habilidades sociales”.
Mala suerte. Tras abandonar los ambientes cinematográficos, se centró en
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