PUNTO LÍMITE: CERO (Vanishing Point)

Película estrenada entre 1970-1971

Director: Richard C. Sarafian. 1971. EE.UU. Color

Intérpretes: Barry Newman, Cleavon Little, Dean Jagger, Victoria Medlin, Paul Koslo, Robert Donner


Durante su viaje, Kowalsky conocerá a un antiguo buscador de petróleo, a un hipnotizador de serpientes, a un sanador blanco, a una motorista desnuda y a otros muchos personajes que harán de su viaje una increí­ble aventura. Esta pelí­cula destaca por sus espectaculares acrobacias, una fotografí­a deslumbrante y una de las más insólitas persecuciones de coches. Punto Lí­mite: cero es una pelí­cula única, llena de acción, una aventura que hay que ver.


Nunca he sido un ferviente admirador de esas “road movies” que formaron una considerable corriente dentro del cine norteamericano de finales de los años 60 e inicios de los 70. Tí­tulos en los que al parecer la combinación y presencias de elementos contraculturales conllevaba de forma obligatoria una narrativa caracterizada por el “zoom”, el teleobjetivo y toda una retahí­la de efectismos visuales que hoy quedan como fruto de una de las más infaustas modas que acogió el cine norteamericano cuando engranaje clásico se habí­a desmoronado casi por completo.

De aquel conjunto de pelí­culas, quizá sea Punto lí­mite: cero, una de las más sólidas o que mejor han resistido la prueba del tiempo. Ello no quiere decir, bajo mi punto de vista, que nos encontremos ante un resultado de especial relieve. Es por ello y pese a la consideración generalizada que se tiene de la misma como una auténtica pelí­cula “de culto”, pienso que el filme de Sarafian no alcanza más que un resultado discreto; eficaz en algunos momentos, ciertamente lamentable en otros, pero que en su conjunto se ofrece como una auténtica “pompa de jabón” que rodea la carrera efectuada por Kowalski (Barry Newman) -un ex agente de policí­a condenado y piloto accidentado-, de Denver a San Francisco en quince horas, al objeto de ganar una apuesta.

Evidentemente, la propuesta argumental no es más que el detonante para un viaje iniciático en el que nuestro protagonista se encontrará con una serie de personajes, situaciones y sí­mbolos, caracterí­sticos de esa ya mencionada contracultura y al mismo tiempo en la oposición de esta a los poderes habituales en unos EE.UU. aún definidos por el trauma de la Guerra del Vietnam.

La pelí­cula se iniciará con la plasmación de la situación lí­mite para, de forma repentina, realizar un “flash-back” que rememoren las horas previas de esta carrera desenfrenada, los progresivos desencuentros con los agentes de policí­a de los estados con que discurren, y la indirecta ayuda que le proporcionará un disck-jockey ciego de una emisora de radio -Super Soul (Cleavon Little)-, que bajo las ondas no dejará de alentar a los oyentes, poniendo a Kowalski como auténtico ejemplo de libertad o rebelión contra el orden establecido. Mientras tanto, este conocerá a curiosos personajes y rememorará momentos de su pasado que configuran su actual y escéptica concepción de la vida. En estas circunstancias -que irán entremezcladas por diversas carreras y estrategias de cara a evitar la persecución de los policí­as-, se desarrollarán secuencias de desigual calado, en lí­neas generales muy deudoras de la época de realización del filme.

Entre estas destaca el encuentro con un viejo cazador de serpientes (Dean Jagger) o un joven motorista que ayuda a nuestro protagonista. Pero al mismo tiempo Punto lí­mite: cero no deja de albergar momentos y escenas realmente ridí­culos, como uno de indudable aire “lelouchiano” en la que el protagonista recuerda un lejano romance con una joven a la orilla de la playa, con una melodí­a muy “datada” y una realización al “ralentí­,” o incluso el breve episodio con los viajantes gays, que hoy dí­a provoca vergüenza ajena.

En cualquier caso, el filme de Sarafian -que posteriormente se hundió en una trayectoria cinematográfica sin relieve-, destaca en un montaje muy interesante, una planificación que se sirve al mismo pero que al menos revela un interés en no incurrir en la reiteración y buscar un dinamismo en la resolución de las secuencias y, por supuesto, un intento en no recaer en demasiados efectismos narrativos, que quizá es el rasgo que permite que esta pelí­cula, pese a su reiteración, sea bastante más perdurable que otros productos “contraculturales” de la época -estoy pensando en el fracaso obtenido con Zabriskie Point (1970, Michelangelo Antonioni)- y destaque, eso sí­, por una magní­fica y luminosa fotografí­a de John H. Alonzo, que se erige como el rasgo más perdurable de la pelí­cula -la intensidad de los azules del cielo o la fisicidad con que se muestran los escasos momentos del mar llegando hasta la orilla son, bajo mi punto de vista, los instantes más memorables de la pelí­cula-.

Ya he señalado que “road movies” de estas caracterí­sticas tuvieron su marco de influencia en el cine norteamericano. Pero quizá la más relevante la ofreciera Steven Spielberg, que retomó una idea de similares caracterí­sticas -aunque tamizada por la fuerte referencia al mundo literario de Richard Matheson- en ese quizá un tanto mitificado telefilme titulado Duel (1971, El diablo sobre ruedas), y que quizá logró su expresión más adecuada y brillante en una de las pelí­culas menos apreciadas de su filmografí­a, y que personalmente es la que prefiero del primer periodo de su obra. Me estoy refiriendo a la estupenda Loca evasión (1974).

 


 


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