WALKABOUT

Película estrenada entre 1970-1971

Director: Nicolas Roeg. 1971. G.B. Color

Intérpretes: Jenny Agutter, Luc Roeg, David Gulpilil, John Meillon, Robert McDarra


Dos niños vagan por el desierto australiano, abandonados a su suerte, tras haberse suicidado su padre. Allí­ conocerán a un aborigen.



Así­ es como la he visto. Dos niños atraviesan el desierto con un aborigen. ¿Es o no es una “road movie”? No lo sé, pero hay algo en común con este género: después de la travesí­a nada volverá a ser igual. Tonos cálidos y grisáceos para definir situaciones diferentes: lo natural y lo urbano; la belleza y la cotidianeidad; el recuerdo y el presente. Un ejemplo de lo que llamo amor al cine. Una pelí­cula para siempre.

Hay algo en esta pelí­cula que la convierte en una experiencia única e imposible de explicar con una simple crí­tica. Más allá de las alabanzas a la preciosa fotografí­a, a la sublime sencillez del planteamiento, a las encantadoras interpretaciones o a la infinita elegancia y cariño con que este film ha sido rodado, existe en Walkabout una magia imposible de describir. Esto es la belleza en estado puro, sentir como cada fotograma te hiela la sangre y a duras penas contienes las lágrimas de emoción que esta experiencia única inspira.

El Walkabout, como se explica a comienzo del film, es el viaje iniciático que los aborí­genes australianos deben emprender al alcanzar la edad adulta; deberán sobrevivir en las selvas y desiertos de Australia sin ayuda alguna. Por extrañas e irrelevantes circunstancias, dos hermanos de familia acomodada iniciarán involuntariamente esta fantástica aventura. A través de esta pelí­cula, Roeg nos hace adueñarnos de esa experiencia y conmovernos con las aventuras de la pareja.

Aunque lejana por la distancia geográfica y social, los sentimientos que transmite el film son capaces de afectar a cualquier espectador con un mí­nimo de sensibilidad. Si bien de Walkabout se puede extraer un buen puñado de enseñanzas, no es necesario más que dejarse llevar por su belleza, sentir su caricia en el alma y estremecerse con su embrujo.



Walkabout es el origen. Es difí­cil atender a la razón para explicar lo fascinante de tan ví­vida metáfora. La pelí­cula sólo puede afrontarse desnudo, y si uno es capaz de adentrarse, sale enteramente transformado.

La civilización ha matado algo que Walkabout preserva. No es sólo lo animal. Es lo fraternal. Ante nosotros, un majestuoso llanto donde cada plano es una propuesta de redención. Y también una gran lección de soledad; ese concepto denostado por una civilización que está viciada de tanto verse a si misma. Por eso el walkabout de los aborí­genes es un viaje intransferible ante el cual el hombre-metrópoli permanecerá insignificante.

Superior a un entretenimiento. Este es cine de otras proporciones; elaborado con destellos y pedazos, añicos e inmensidades. La técnica cinematográfica está al servicio de toda la materia y del camino difuso. La pelí­cula tiene el impagable don de lo imprevisible y, como toda existencia revelada, es obstrucción y avance imperceptible.

Un velo de impotencia y de tristeza. La belleza de la vida acompañada de la locura de nuestra sociedad que la niega y nos deja impotentes ante la misma. Una interpretación llena de ingenuidad, espontaneidad y poesí­a. Las imágenes nos transportan a un mundo mágico e inesperado donde todo sucede por leyes que apenas conocemos, llenas de hermosura, palpitando vida, erotismo, silencios y disfrutes. Ver por supuesto y dejarse llevar… Así­ es como se deja huella.


Dos hermanos ingleses (o al menos yo dirí­a que tienen acento británico) se ven inmersos en un Walkabout (rito iniciático de los aborí­genes australianos adolescentes), porque su padre intenta asesinarlos en medio del desierto y no tienen más remedio que huir. Y ahí­ te ves a una jovencí­sima Jenny Agutter y al hijo pequeño del director intentando sobrevivir lejos de la civilización, con una radio y ningún truco en la manga. Y tiene que venir un verdadero nativo a enseñarles de qué va la supervivencia y el pensar. Roeg es antes director de fotografí­a que director a secas, y por eso no sorprende que la estética de la pelí­cula sea tan espectacular. Rodado todo en paisajes naturales casi de pesadilla, con la arena traspasando la cámara, Roeg consigue darles tanta plasticidad que parecen casi artificiales, y la sensación de estar viendo decorados sabiendo al 100% que son localizaciones reales es muy extraña. Más todaví­a por la constante presencia de primeros planos de animales salvajes. No es un canto a la naturaleza ni a la pureza, no es El Nuevo Mundo de Malick; y si pretende serlo no lo consigue, precisamente por esa artificialidad. No es cine contemplativo; el montaje está muy presente y eso rompe cualquier intento de sumergirse de verdad en ese microcosmos agotador. Es como una peli de aventuras que da la sensación de que los personajes lo tienen todo controlado aun estando al borde de la muerte. Que motiva a ser vista una y otra vez para intentar descifrar por qué el negro hace todo lo que hace. Aunque algunas de las ideas que vemos son propias de un hippy un poco pasado y han quedado obsoletas, Walkabout hace que te tires de los pelos por no haber tenido la oportunidad de verla en pantalla grande. Por no haber podido ver a escala monstruosa esos desiertos, esa poesí­a casi infantil pero tan rara; y esas piernas perfectas que asoman debajo del uniforme de Jenny Agutter.de prensa, en Sitges.

Hay algo en esta pelí­cula que la convierte en una experiencia única e imposible de explicar con una simple crí­tica. Más allá de las alabanzas a la preciosa fotografí­a, a la sublime sencillez del planteamiento, a las encantadoras interpretaciones o a la infinita elegancia y cariño con que este film ha sido rodado, existe en “Walkabout” una magia imposible de describir. Esto es la belleza en estado puro, sentir como cada fotograma te hiela la sangre y a duras penas contienes las lágrimas de emoción que esta experiencia única inspira.

El Walkabout, como se explica a comienzo del filme, es el viaje iniciático que los aborí­genes australianos deben emprender al alcanzar la edad adulta; deberán sobrevivir en las selvas y desiertos de Australia sin ayuda alguna. Por extrañas e irrelevantes circunstancias, dos hermanos de familia acomodada iniciarán involuntariamente esta fantástica aventura. A través de esta pelí­cula, Roeg nos hace adueñarnos de esa experiencia y conmovernos con las aventuras de la pareja.

Aunque lejana por la distancia geográfica y social, los sentimientos que transmite el film son capaces de afectar a cualquier espectador con un mí­nimo de sensibilidad. Si bien de Walkabout se puede extraer un buen puñado de enseñanzas, no es necesario más que dejarse llevar por su belleza, sentir su caricia en el alma y estremecerse con su embrujo.

Walkabout es el origen. Es difí­cil atender a la razón para explicar lo fascinante de tan ví­vida metáfora. La pelí­cula sólo puede afrontarse desnudo, y si uno es capaz de adentrarse, sale enteramente transformado.

La civilización ha matado algo que Walkabout preserva. No es sólo lo animal. Es lo fraternal. Ante nosotros, un majestuoso llanto donde cada plano es una propuesta de redención. Y también una gran lección de soledad; ese concepto denostado por una civilización que está viciada de tanto verse a sí­ misma. Por eso el Walkabout de los aborí­genes es un viaje intransferible ante el cual el hombre-metrópoli permanecerá insignificante.

Superior a un entretenimiento. Este es cine de otras proporciones; elaborado con destellos y pedazos, añicos e inmensidades. La técnica cinematográfica está al servicio de toda la materia y del camino difuso. La pelí­cula tiene el impagable don de lo imprevisible y, como toda existencia revelada, es obstrucción y avance imperceptible. Así­ es como se deja huella.


 


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