EL DISCRETO ENCANTO DE LA BURGUESÍA (Le charme discret de la bourgeoisie)

Película estrenada entre 1972

Director: Luis Buñuel. Francia, 1972. Color

Intérpretes: Fernando Rey, Paul Frankeur, Delphine Seyrig, Bulle Ogier, Stéphane Audran, Jean-Pierre Cassel, Julien Bertheau, Milena Vukotic, Michel Piccoli


Un grupo de matrimonios burgueses intentan cenar juntos, pero diversas situaciones imprevisibles lo impiden.

Las repeticiones que fija la vida, pues ¿quién come y duerme y ama una  sola vez?, la repetición y el esfuerzo vano por alcanzar una meta son temas básicos  en muchas pelí­culas de Luis Buñuel porque son estructuras básicas de sueños. En El discreto encanto de la burguesí­a se han convertido en tema por sí­ mismas.

La grandeza presuntuosa del tí­tulo de la pelí­cula caracteriza la propia burguesí­a, el trazo visual del filme y el método analí­tico de Buñuel. Ningún director demuestra semejante distanciamiento, semejante pasividad e indiferencia aparentes frente a sus personajes, ninguno les deja en libertad tan incondicional para que se dejen persuadir por el ambiente, una atmósfera y sean en cada escena algo nuevo, diferente.





Don Rafael Costa, embajador de Miranda, y el matrimonio Thévenot están invitados a cenar en casa del matrimonio Sénechal, pero hay una confusión y los cinco deben ir a un restaurante. Al llegar se dan cuenta de que no podrán cenar porque el dueño del lugar ha muerto. A partir de este momento, las reuniones entre este selecto grupo de burgueses se verán interrumpidas por una serie de eventos extraordinarios, algunos reales y otros producto de la imaginación de los personajes.

En esencia, El discreto encanto de la burguesí­a puede considerarse como una nueva incursión de Buñuel, esta vez con mayores recursos de producción, en los temas que dieron origen una década atrás a El ángel exterminador (1962).

“Buscábamos un pretexto para una acción repetitiva, cuando Silberman nos contó lo que acababa de ocurrirle. Invitó a varias personas a cenar a su casa, un martes por ejemplo, olvidó hablar de ello a su mujer y olvidó que ese mismo martes tení­a una cena fuera de casa. Los invitados llegaron hacia las nueve, cargados de flores. Silberman no estaba. Encontraron a su mujer en bata, ignorante de todo, cenada ya y disponiéndose a meterse en la cama.”

Esta escena se convirtió en la primera de El discreto encanto de la burguesí­a A partir de ella, Buñuel desarrolló una serie de situaciones en las que, sin forzar demasiado la verosimilitud, un grupo de amigos intentan cenar juntos, sin conseguirlo.

El discreto encanto de la burguesí­a fue un tí­tulo escogido tan al azar como lo fue Un perro andaluz (1928). “Realmente no habí­amos pensado en la burguesí­a hasta que, la última noche del rodaje, decidimos encontrar un tí­tulo. Se me habí­a ocurrido El discreto encanto de la burguesí­a, pero Carrií¨re me hizo notar que faltaba un adjetivo, y entre mil de ellos fue elegido “discreto”. Nos parecí­a que, con este tí­tulo la pelí­cula adquirí­a otra forma y casi otro fondo. Se la miraba de forma distinta”.

El evidente tono de comedia de la cinta provocó que más de un crí­tico la considerara como “una sátira feroz de la burguesí­a”. A Buñuel le disgustaban estas apreciaciones. “No es una sátira y mucho menos feroz. Creo que es la pelí­cula que he hecho con un espí­ritu de humor amable. Tampoco busqué que la gente lanzara carcajadas de principio a fin. Me molestó mucho que en la publicidad dijeran: “¡Se rí­e uno como loco!” y se mostrara una boca enorme pintada sobre unas piernas y bajo un sombrero hongo. Yo hubiera fusilado al publicista”.

Quizás fue este sentido del humor amable el que provocó que la cinta fuese un éxito taquillero en el difí­cil mercado de los EE.UU. Cuando en febrero de 1973 se anunciaron las nominaciones a los premios Oscar, la cinta de Buñuel encabezó la lista de candidatas al premio a la mejor pelí­cula en lengua extranjera.

La nominación y posterior obtención de Oscar hicieron que Buñuel regresara a Los Angeles, lugar donde pudo haber desarrollado su carrera cuarenta años atrás, de no ser porque el destino lo terminó llevando a México.

Al dí­a siguiente de recibir el premio, Buñuel fue invitado por el director George Cukor a una cena a la que asistieron Alfred Hitchcock, William Wyler, Robert Wise, John Ford, George Stevens y Billy Wilder, entre otros grandes directores de Hollywood. Buñuel recibí­a de esta manera uno de los tributos más especiales de toda su carrera: el de sus camaradas de oficio quienes le externaron la gran admiración que sentí­an hacia su obra fí­lmica.


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