Director: Bernardo Bertolucci. Italia-Francia. 1972. Color
Intérpretes: Marlon Brando (Paul), Maria Schneider (Jeanne), Catherine Allégret (Catherine), Jean-Pierre Léaud (Tom)

Un descenso alucinante a los abismos de la mente humana
Comentar una producción como El último tango en París es olvidarse de todo por unos instantes y emprender una profunda reflexión sobre cuestiones tan poco inocentes como la soledad humana, la angustia existencial, la desesperación vital, la obsesión psicosexual, el sadomasoquismo, el suicidio y la búsqueda de la muerte. Si reunimos todas estas sustancias, las envolvemos con grandes dosis de poco habitual erotismo, las trasladamos al viejo París de los años 70 y le añadimos la intensidad de uno de los mejores registros ofrecidos al cine por un Marlon Brando en la cima de su madurez y genialidad interpretativas, tendremos ante nuestros ojos el extraño resultado de El último tango en París. Comentar este clásico de Bernardo Bertolucci y Marlon Brando es aproximarse a los mayores tormentos interiores que pueden afligir a un ser humano, hasta conseguir su completa devastación psíquica, su destrucción emocional, poniéndolo en fuga hacia la plena locura. Escribir una opinión sobre “El último tango en París” puede dejarle a uno con una cierta sensación de desasosiego porque es desvelar el retrato íntimo de un hombre norteamericano en París llamado Paul, experto en desesperación.




Un proyecto cinematográfico concebido y dirigido por el cineasta italiano Bernardo Bertolucci suele ser de por sí una certera aproximación a las pasiones más recónditas de la mente humana, pero si además la formidable intensidad de su papel protagonista es responsabilidad de un actor como Marlon Brando que sufre el dolor de sus personajes, el espectáculo de lo trágico está garantizado en una película en la que el tormento de la mente, el erotismo del cuerpo y los padecimientos del alma se estrechan la mano de manera magistral, en un París donde la muerte y el sexo se abrazan. Porque sin lugar a dudas El último tango en París es mucho más que una película erótica y agresivamente provocadora, en la que un hombre de mediana edad y una jovencita adolescente se entregan bruscamente, en vacío y algo destartalado apartamento parisino, a satisfacer sus instintos más primitivos. El contenido sexual de unas imágenes presididas por la rotunda masculinidad y el atrevido erotismo de Brando, que la convirtieron de inmediato en una de las películas más polémicas de la historia consiguiendo que muchas voces de su época se levantaran para acusarla de provocadora, impidió en muchos casos apreciar la verdadera dimensión humana de la peculiar propuesta de Bertolucci, que no es otra que la de un descenso a los abismos de la mente donde la soledad y la desesperación existencial del ser humano se convierten en los verdaderos protagonistas de una turbulenta historia repleta de salvajes pasiones.
De esta extravagante y atípica idea concebida con el personalísimo ingenio de Bertolucci, son protagonistas Paul (interpretado magistralmente por Marlon Brando), un hombre norteamericano de mediana edad afincado en París, desgarrado por el reciente suicidio de su joven esposa Rosa y cuya psicología se encuentra devastada por profundos sentimientos de vacío existencial gestados durante toda una vida pasada que le resulta insoportable; y Jeanne (Maria Schneider), una joven francesa adolescente, frívola, superficial, que se halla aún en la búsqueda de su verdadera personalidad y apenas acaba de descubrir su fuerte sexualidad, prometida con un joven cineasta pedante obsesionado con hacer una película de la existencia cotidiana de Jeanne y de él mismo juntos.
Las vidas del hombre maduro atormentado y la convencional joven adolescente coinciden cuando ambos acuden por separado a alquilar un rancio apartamento en el viejo París de tejados de chimeneas y antenas. Tras un primer coito que surge de forma inesperada y se ejecuta con rudeza, deciden espontáneamente compartir juntos el apartamento con el fin de aislarse de un mundo que detestan y de ignorar sus propias vidas en el exterior, iniciando a partir de entonces una intensa relación carnal dominada por actos de verdadera pasión animal, tanto en el aspecto corporal como en su comunicación verbal, saturada de bruscas situaciones sadomasoquistas, donde las confusas mentes de ambos encontrarán ciertas conexiones en su fuga de la vida rutinaria, a pesar de sus marcadas diferencias de edad y condición. A medida que la brutalidad de Paul en su comportamiento sexual con Jeanne va en aumento y las miserias de la atormentada existencia del norteamericano quedan al descubierto, la adolescente irá pasando de la atracción y el deseo al rechazo más absoluto hacia su perturbador compañero de apartamento hasta que, después de provocar ebrios un escándalo en un concurso de baile donde las parejas se mecen al compás de la música de tangos y en el que Brando da nuevas muestras de su habitual exhibicionismo ostentoso bajándose los pantalones en público, se producirá la tragedia que hará caer el telón sobre este drama psicológico y erótico.
Esta es en líneas generales la sinopsis de El último tango en París, producción italofrancesa del año 1972, de indudable calidad artística y alta importancia histórica que, sin embargo, la censura franquista propia de la época impidió proyectar en las pantallas de España, obligando a los españoles a acudir en procesión a la cercana ciudad francesa de Perpignan para poder contemplar las imágenes del escándalo, y contribuyendo inadvertidamente con ello a encasillarla de manera injusta como película casi pornográfica sin que existiera nada de razón para hacerlo. Al guión y la dirección de Bernardo Bertolucci, que construyó un drama psicosexual de atractiva extravagancia, y a la mítica interpretación de un imponente Marlon Brando, que tejió a la perfección un papel de trágica intensidad hecho a su medida exacta y a quien el rodaje le dejó extenuado y destruido emocionalmente tras haber convertido el sufrimiento del personaje en su propio dolor, según él mismo asegura en su autobiografía, es obligado añadir la dirección de fotografía a cargo de Vittorio Storaro, responsable de la creación del ambiente sombrío y cadavérico que preside la mayor parte de las secuencias de la película filmadas en interiores, logrando una ambientación emocional propicia para el desarrollo de la historia, y la banda sonora obra del compositor Gato Barbieri, que con sus sugerentes sonidos de saxofón proporciona gran énfasis a la sensualidad y el dramatismo de muchas escenas; valores artísticos añadidos que convirtieron a El último tango en París en un clásico del arte cinematográfico europeo, aunque no sea apta para todos los públicos ni guste a todos los espectadores.
A pesar de que visto con los ojos de hoy en día el erotismo de la película no resulta ya tan agresivo y provocador como en 1972, sus imágenes siguen siendo no adecuadas para menores. Me ha parecido procedente recordarlo en esta opinión para quien pueda leerla porque entre las escenas que más escandalizaron en su época encontraremos la secuencia de una sodomía en la que se utiliza mantequilla, mientras Brando pronuncia violentos desprecios contra la institución de la familia. Aunque El último tango en París no es de ninguna manera una película pornográfica, la cinta está repleta de escenas de sexo fingido (Bertolucci quería que fuera real a lo que Marlon Brando se negó), de desnudos integrales de la actriz Maria Schneider, cuyo vello púbico incluso en primer plano se convirtió probablemente en el más famoso de la historia del cine, y de diálogos que tal vez algunas personas puedan considerar aún como obscenidades. Entre estas escenas se intercalan momentos sórdidos en los que se asiste a imágenes evocadoras del suicidio, pasajes sadomasoquistas, violencia psíquica y otras secuencias en las que se recrean las más bajas miserias humanas tan sabiamente mostradas por Bertolucci. En contraste con esta sordidez, encontraremos también momentos absurdamente grotescos y algunas secuencias magistrales de la historia del cine, increíblemente improvisadas sin que existiera un guión, como las de un largo y dramático monólogo de Brando sentado solo en el mortuorio de su esposa suicidada, ante cuyo cadáver amortajado termina postrado llorando desconsoladamente, y las inolvidables secuencias finales de la película, en las que un chicle es pegado en los barrotes de un balcón abierto con los tejados del viejo París de fondo, poniendo fin al intenso drama.
En definitiva, El último tango en París es una excelente película, pero muy alejada de esa clase de cine comercial que gusta a todo el mundo. Podrá atraer al espectador, generar rechazo, provocar desconcierto o incluso asco, pero raramente dejará indiferente a alguien que se considere un buen cinéfilo o, sencillamente, un buen amante del cine que sepa extraer la esencia de un trabajo personalísimo y acierte con su verdadero significado. Es una sexual extravagancia en la que se nos invita a hacer un alucinante descenso a los abismos de la mente humana. Pero Bernardo Bertolucci y Marlon Brando bien merecen que realicemos el viaje.


Si París como ciudad conserva para mucha gente los momentos más bellos de su existencia, si el embrujo de sus calles, sus puentes, su fina lluvia, su atmósfera romántica y su arte e historia son parte fundamental de tanta gente, no podría ser menos uno de los filmes que me marcaron a muchos aficionados de los años 70 que la vimos en el extranjero), Recuerdo perfectamente la oscuridad de aquella sala de ensayo, recuerdo como si fuera hoy la música de Gato Barbieri, la morbosidad brutal de ciertas escenas, el dolor de sus secuencias, la violación de tus deseos traspasados a la pantalla, el sexo más puro, retratado con lente oscilante… Todo ello con la presencia de uno de los hombres más enigmáticos del cine, pues si El último tango en París posee por si solo la fuerza de un clásico, la interpretación de Marlon Brando rompe todo lo establecido… Su monstruosidad como actor esta aquí tan latente, como ese pene erecto que intentamos sea fuente de placer en los momentos en que somos carne, sobre otra carne, consiguiendo traspasar ese mundo interno nuestro.

Marlon fue para este cinéfilo que intenta escribir sobre uno de los filmes más polémicos de toda la historia del Séptimo Arte, su actor fetiche durante muchos, muchos años… Ya desde el comienzo del filme, cuando el actor se tapa los oídos, mientras por encima de él pasa el metro parisino a gran velocidad, o cuando en el rostro de Brando cae esa lágrima, mientras contempla un edificio de Paris… Me vi reflejado, como él deseaba ser presa del deseo, olvidar, descansar del dolor vivido, poseer por el simple hecho de poseer, de forzar por el simple hecho de gozar No creo que ningún personaje, y por supuesto ningún actor como Brando que me hayan podido marcar en este aspecto tanto, es como aspirar al aroma del sexo cuando rozamos con el dedo índice nuestra ingle y olemos los momentos cargados de sudor, amor o pasión. Marlon Brando es la imagen, mis recuerdos pilares en donde aferrar mi vida, el escribir sobre el filme de Bertolucci necesario en la vida de este maduro cinéfilo… Hacerlo con objetividad es ya otra historia.
Dos seres, completamente diferentes en edad, procedencia, educación y visión del mundo, se encuentran en un apartamento vacío. Paul (Marlon Brando), destrozado por una vida sin sentido, y la joven francesa Jeanne (Maria Schneider), fácil y superficial, empiezan una comunicación solo a través del sexo, haciendo de su encuentro una especie de utopía imposible que los va aislando del mundo, de sus problemas personales, de todo lo establecido… Al principio Paul aparece como el espejo rasgado de todas las convenciones. Su encuentro con Jeanne lo afronta como un simple experimento: quiere una relación plena, dura, morbosa, donde no existan nombres que los ubiquen a un contexto social y psicológico. Pero lentamente, muy lentamente Jeanne descubre que él es, en realidad, un hombre banal, víctima del dolor más brutal, crucificado por las circunstancias e incapaz de construir nada nuevo. Cuando Paul quiere intentar, también muy lentamente, una renuncia a sus planteamientos iniciales, atando aquella relación como un amor convencional, teñido de cierto paternalismo, Jeanne siente la necesidad de limpiarse, sufre un rechazo total hacia todo lo que viven y lo mata… Jeanne acaba de jugar a algo que ni ella misma comprende.


El último tango en París convierte en farsa cualquier debate sobre la pornografía. Su sexualidad radical carece de especulación.
Las imágenes escogidaspor Bertolucci se alinean formando un ensayo sobre la soledad, una confesión de la desesperanza.

Después se hicieron muchos e infinidad de filmes, siguiendo la trayectoria del maestro Bertolucci, pero permitirme que os diga, y esta es mi verdad, que pocos filmes como El último tango en París, porque nadie supo plasmar el sexo por el sexo, la locura por la locura, y la venganza por un amor irracional como Bernardo Bertolucci. Es una joya de culto total en muchos aspectos que hay que visionar con el cuerpo desnudo y con el castillo de fuegos de artificio en pleno rendimiento. Creo que es la única vez en que éste cinéfilo supo comprender a la perfección el instinto primario del hombre, introduciéndose brutalmente en la vagina húmeda del arte más puro, al que yo siempre denominaré… “cine”
Tengo por costumbre cuando voy a escribir sobre cualquier titulo, si éste hace años que lo descubrí, es verlo ahora detenidamente… Debo confesar que hay algunos filmes que he preferido desecharlos, pues el paso del tiempo ha sido mortal, pero en éste caso concreto de El último tango en París todo me ha revelado lo que yo viví aquel día en mi amado Paris, y he vuelto a sentir treinta años después, afianzando mi total admiración al filme más personal e íntimo que el espectador pueda presenciar… Me atrevería a decir que éste clásico contiene lo que en nuestro subterráneo personal, todos nos gustaría haber vivido alguna vez.






Existen frases que no se pueden olvidar, pues van como unidas a lo que se nos queda forjado con fuego en nuestra tortuosa mente… .docenas de ellas… y a veces uno se sumerge en la tristeza de tiempos pasados, saboreando el éxtasis de momentos ya inolvidables, sintiendo como el cuerpo se estremece de gozo… ..!tremendo!… .pero… !vital!… Dentro de este filme denso, siniestro, poético, desalmado y humano, me bailan las palabras que Brando dirige a Maria a través del teléfono, dentro de la misma habitación….!realmente impresionante!… .demasiado explicito:
“En esta casa no hay nadie… tú no tienes nombre… yo no tengo nombre… tú y yo nos encontraremos aquí… venimos a olvidar todo… es bonito no saber nada el uno del otro”.
O tal vez esa otra, donde nos abre la verdadera condición humana de sus personajes:
“¿Qué hago contigo en este piso?”.
“Yo creo que nos damos gusto”.
No sería justo olvidar la escena que ha pasado a la historia, bien por su fuerza, por su forma de presentarla, por la escena en sí… me refiero a la secuencia cuando Marlon-Paul unta con mantequilla a Maria-Jeanne, penetrando el ano con violencia, masoquismo, dolor y amor al mismo tiempo, pronunciando la frase antológica:
“¿Santa familia?… ¡Templo de los buenos ciudadanos!… ¡La libertad es asesinada ahora por el egoísmo!”.
Se recomienda su visión, os aseguro que la amareis, admirareis a un actor de actores, veréis en Brando al hombre que navega en silencio en nuestro interior sobre canoa de papel, admirareis una vez más un Paris que está ahí, siempre esperándonos… viajaréis en un oscuro amarillo escena tras escena, sintiendo como la obra de Bertolucci se despliega en un bello lienzo, penetrándonos brutalmente, tal vez de la misma forma que emplea Paul con Jeanne en el suelo del desnudo piso parisino, cuando asesina todo un templo de buenas costumbres…

La sexualidad y las fantasías degradantes como gestos antiburgueses sólo pueden existir en un espacio herméticamente cerrado.

Unas palabras de Bernando Bertolucci: