LUDWIG II DE BAVIERA (Ludwig)

Película estrenada entre 1972

Director: Luchino Visconti. Francia-Italia-Alemania Occidental. 1972. Color

Intérpretes: Helmut Berger (Ludwig), Trevor Howard (Richard Wagner), Silvana Mangano (Cosima Von Buelow), Gert Fröbe (Pater Hoffmann), Helmut Griem (Conde Duerckheim), Izabella Telezynska Reina Madre), Umberto Orsini (Conde Von Holstein), John Moulder Brown (Prí­ncipe Otto),
Sonia Petrovna
(Sophie), Romy Schneider (Elisabeth de Austria)


El personaje histórico


El rey Luis II de Baviera (Ludwig II) (25 de agosto de 184513 de junio de 1886) sucedió a su padre el rey Maximiliano II de Baviera en el año 1864, a la edad de 18 años. Tuvo siempre como ideal los reinados absolutos y, debido a la desilusión de gobernar en su época, Luis II se fue retirando cada vez más de la capital constitucional, Munich, en que debí­a residir un número mí­nimo de meses al año, cumpliendo tan sólo el mí­nimo exigible, y haciendo que sus ministros se dirigieran al castillo de Neuschwanstein, donde residí­a habitualmente, para firmar las leyes propuestas por éstos. Volcó sus mayores energí­as en paraí­sos artificiales, diseñando y construyendo cuatro grandiosos castillos siguiendo el estilo historicista imperante en la época: Linderhof, Hohenschwangau, Neuschwanstein y Herrenchiemsee.


El castillo de Neuschwanstein

En esto perpetuaba la tradición de su familia, que habí­a construido grandes avenidas en Munich, y castillos por toda Baviera. Contrariamente a lo que se piensa, Luis II gastó su fortuna familiar para la construcción de estos castillos, sin arruinar las arcas del Estado. Su vida excéntrica originó su declaración de incapacidad para gobernar (aunque la rumorologí­a apunta a que esto no fue sino una estratagema familiar en busca de arrebatarle el trono) y pasó sus últimos dí­as bajo atención psiquiátrica. Su muerte se produjo en el lago de Starnberg el 13 de junio de 1886, acompañado de su psiquiatra, bajo extrañas circunstancias (de hecho, Luis era un gran nadador, y se dice que fueron dos hombres los que “amablemente” le acompañaron hasta el lago).

Fue el gran mecenas de Richard Wagner, al que admiraba desde que era prí­ncipe heredero. De hecho, el rechazo del pueblo y el gobierno de Baviera a los Wagner (debido, entre otras cosas, a sus continuas interferencias en polí­tica), le sumieron en la melancolí­a (Wagner acabó buscándose otro mecenas), y fueron un factor determinante en su alejamiento de la corte y de las responsabilidades de gobernante. Dicen que se trataba de probablemente del rey más cercano a los cuentos de hadas: de hecho, admiraba estos relatos desde su juventud, sus narraciones preferidas (y en las que se basaron sus palacios), fueron las leyendas tradicionales alemanas (“Tristán e Isolda” la que más), y su propio retrato en el momento de la coronación (la cual refleja la forma en que se presentó ante los bávaros) no andan muy lejos de la representación clásica de un prí­ncipe azul. Según este punto de vista, Luis II, también llamado “El Rey Loco”, deseaba vivir en un mundo de fantasí­a, y no en uno de verdad, y de ahí­ su búsqueda de refugio en los palacios de cuento de hadas que construyó.

No obstante, la otra versión de la historia dice que la propia construcción de Neuschwanstein (donde acabó viviendo al final de su vida, supervisando su edificación, aunque su muerte acaeció muy poco después de que el castillo se terminara definitivamente) desmonta la supuesta locura del gobernante, la cual no serí­a sino una distorsión de su figura a posteriori realizada por los que le robaron el trono. La construcción de este palacio, que Luis exigió que estuviera hecho de cabo a rabo por trabajadores bávaros, con materiales bávaros, sin apenas exportaciones extranjeras, desarrolló una poderosa artesaní­a que hace que, hoy por hoy, Baviera siga siendo uno de los enclaves industriales más poderosos de Alemania, haciendo que en el año 2006, con una crisis económica y de empleo galopante en toda Alemania, Baviera sólo posea un 5% de trabajadores parados.

A pesar de que ciertas pelí­culas hayan insinuado una relación amorosa entre Luis II y la futura emperatriz Sissí­, esta relación es carente de fundamento, sin base real, e imposible por la misma edad de los protagonistas.

A través de su reinado, Ludwig tuvo una serie de enamoramientos con hombres apuestos, incluyendo su principal caballerizo de casa real Richard Hornig, la estrella de teatro húngara José Kainz y el cortesano Alfons Weber. En 1869, comenzó a llevar un diario en el cual registró sus pensamientos privados y habló de sus tentativas de suprimir sus deseos sexuales y mantenerse fiel a sus dogmas católicos. Los diarios originales de Ludwig se extraviaron durante la II Guerra Mundial, y todo lo que queda hoy son copias de escritos hechos antes de la guerra. Estos escritos copiados del diario, junto con cartas privadas y otros documentos personales que han sobrevivido, sugieren que Ludwig luchó contra su homosexualidad.

 

El filme de Visconti


Helmuth Berger es Ludwig II de Baviera

Hoy en dí­a ya casi nadie se acuerda de los reinos europeos de esa época convulsa en la que se fueron formando alianzas y fusiones, entre revoluciones y luchas de poder, pero para el que no lo recuerde digamos que Baviera forma hoy en dí­a parte de Alemania, pero que en su momento fue independiente y mantuvo lazos de unión muy importantes tanto con Austria (de la que su prima Elisabeth era emperatriz) y también con Prusia cuando su imperio estaba en su apogeo. Durante estos años y en base a uniones de paí­ses de culturas semejantes se forjaron paí­ses como Alemania por ejemplo y poco a poco fueron decayendo otros imperios. Recordemos que es una época de muchos cambios en muy poco tiempo, en la que el mapa polí­tico se modifica rápidamente, especialmente en Europa.

En lo que se refiere a Baviera, era un reino con una gran antigüedad, con raí­ces germánicas y que estuvo en la época que narra la pelí­cula continuamente entre la disputa y la alianza con los paí­ses más importantes de la Europa de la época, tanto Prusia, como Austria o Rusia, con enlaces reales entre ellos, de modo que sus primos y primas reinaban tanto en Austria como en Prusia, contra quién además mantuvo una guerra.

Conviene conocer un poco por encima el clima polí­tico de la época, lo nos permitirá entender mejor la pelí­cula.

La pelí­cula es narrada por las personalidades que intervinieron en la investigación encargada para determinar si la salud mental del rey le permití­a seguir desempeñando sus tareas de gobierno o si por el contrario debí­a ser depuesto de su cargo.

Como es bien sabido, durante muchos años las alianzas en Europa se establecí­an conforme a enlaces matrimoniales entre los herederos o los reyes de las principales casas reales europeas, lo que conllevaba a que en muchos casos se realizaban enlaces entre familiares más o menos directos. Los problemas que causó la consanguinidad fueron en ocasiones del todo desafortunados, de modo que en algunos casos los reyes sufrí­an claros sí­ntomas de locura, de hecho la familia de Ludwig era ya conocida por los sí­ntomas de locura que solí­a experimentar en alguno de sus miembros.


Desde que empezó a gobernar se vio claro que Ludwig era un rey muy diferente al que solí­a gobernar en la Europa de la época, un rey que no estaba interesado en las labores de estado, que no querí­a saber nada de alianzas ni de luchas de poder, que viví­a sólo para el arte y para la construcción de sus suntuosos e inútiles, pero muy caros castillos. De esta manera se convirtió en el mecenas de uno de los músicos más geniales de la historia, Richard Wagner. Su única obsesión era la de llevar a Wagner a Munich (capital de Baviera) para que compusiese y estrenase sus obras bajo su protección en su reino, para ensalzar la grandeza de su paí­s. Wagner que por la época huí­a de los acreedores, vio clara su oportunidad y aceptó mudarse a Baviera junto con Hans Von Bülow director de sus obras y la mujer de éste, Cosima, con la que Wagner tení­a una aventura. Recordemos que Cosima Von Bülow (Cosima Listz) era la hija de otro gran compositor, Franz Listz. Años después tanto Wagner como ella se casarí­an y tendrí­an varios hijos.

Se nos narra la historia de Ludwig II de Baviera desde que muere su padre Maximiliano II y tiene que convertirse en rey a los 18 años, hasta el dí­a de su, todaví­a hoy, inexplicable muerte.

Se trata de una espléndida recreación de aquel universo desaparecido en el que los poderes tradicionales (aristocracia, ejercito, clero…) asisten a su inevitable declive histórico con toda la fastuosidad de su decadencia estética y ornamental, la cual discurre paralela al derrumbe fí­sico y moral del personaje real que lo representa.




Luis II surge así­ como epí­gono de la monarquí­a absoluta en ví­as de extinción, por más que encarnara su propia negación al desentenderse de su papel ejecutivo para erigirse en un mero protector de las artes.

La admiración que el rey mantení­a hacia Richard Wagner era tal, que colmaba todos sus caprichos, desde sueldos desorbitados hasta la construcción de un nuevo teatro de representaciones, el teatro de Bayreuth, de una gran modernidad en la que el propio Wagner colaboró. Recordemos que el compositor alemán cambió por completo la concepción musical de la época, concibiendo sus obras como un todo en el que tanto la música como el espectáculo visual tení­an una gran importancia, desdeñando la vieja idea de que lo único que importaba era la música, y los efectos en el escenario así­ como una total oscuridad en las representaciones no tení­an gran valor. Hoy en dí­a el festival de Bayreuth sigue siendo un referente mundial de la música Wagneriana.




A pesar de que su condición de mecenas no fuera reconocida como hubiera deseado, ni por la corte, ni siquiera por su artista predilecto, Richard Wagner, que no sale bien parado en la versión de Visconti -hipócrita y aprovechado-, al llegar a calificar al monarca ausente como “joven descerebrado, el último lunático de una familia de lunáticos”.

De este modo, el severo juicio del genio alemán dejaba traslucir el influjo de luna teorí­a de la degeneración, entonces en boga en el contexto del alienismo europeo, a partir del caso singular de los Hohenzollern que gobernaban a sus súbditos durante diez largos siglos de linaje endogámico.






La pelí­cula intercala con parsimonia historicista -a lo largo de cuatro horas de metraje original- las sucesivas intervenciones de los miembros de la comisión encargada de examinar la capacidad del rey para ejercer su alta responsabilidad, con el desarrollo cronológico de su vida y acontecimientos, que son recreados con meticulosidad esteticista y una acertada selección musical, hasta llegar al dictamen pericial de los expertos que concluyen el carácter crónico e incurable de su patologí­a mental.






Las escenas siguientes alcanzan el punto álgido de una trayectoria fatal que va desde las primeras tinieblas de una psique inestable hasta el desmoronamiento de su frágil equilibrio y el dominio final de la locura, entre tristes acordes wagnerianos, que son representados con toda la grandeza de una tragedia clásica dictada por un destino inevitable, lejos del alcance de los hombres.





Romy Schneider es Elisabeth de Austria, prima de Ludwig y futura emperatriz

En lo que se refiere a la labor de Luchino Visconti, la verdad es que construye una pelí­cula histórica muy alejada de lo que viene siendo la tónica normal en el cine, muy distanciada de pelí­culas con una vertiente más dramática e incluso romántica para ofrecernos una visión mucho más parecida a lo que es un documental de lo que suele ser habitual. Por ese motivo la pelí­cula resulta un poco más frí­a de lo habitual, de esta manera da siempre la impresión de estar contando las cosas como en realidad sucedieron, sin adornos ni tapujos. Pero para mostrarnos la vida de Ludwig hay que adentrarse en su faceta sexual, algo que le traumatizó y le atormentó durante su vida. La labor de Visconti en este punto es esencial porque en la época, la tolerancia de los espectadores no era igual a la de ahora, de modo que muy inteligentemente trata la situación de una manera muy delicada, a través de miradas y frases con doble sentido, y alguna que otra imagen en la oscuridad.

Aun manteniendo imperturbable esa narración digamos “honesta”, se permite filmar algunas secuencias de gran belleza, sobre todo al comienzo de la pelí­cula, enseñándonos una Baviera cubierta por la nieve en unos planos que parecen sacados del Doctor Zhivago de David Lean.

Es justo mencionar que la fotografí­a de la pelí­cula es magní­fica, combinando desde las fases de mayor claridad para los momentos en los que Ludwig aún mantení­a su ilusión, hasta la tétrica, casi fantasmagórica fotografí­a de su época más oscura.


Luchino Visconti dando instrucciones a Helmuth Berger.

Ludwig II de Baviera recibió la Palma de Oro de Cannes y el David de Donatello.

 

 


 


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