Director: Milos Forman. 1975. EE.UU. Color
Intérpretes: Jack Nicholson, Louise Fletcher, Danny DeVito, Christopher Lloyd, Brad Dourif, Bill Sampson, Vincent Schiavelli

Alguien voló sobre el nido del cuco es una película basada en la novela “One Flew Over the Cuckoo’s Nest” de Ken Kesey.
El título, “Alguien voló sobre el nido del cuco”, es una mala traducción del original en inglés. La frase viene de una rima que recuerda el Jefe Bromden en su estancia en el manicomio. Su abuela decía: “Uno voló hacia el este, uno voló hacia el oeste, y uno voló sobre el nido del cuco”, significando que cada cual sigue su destino en diferentes direcciones de las de los demás.
McMurphy (Jack Nicholson) ha cometido un delito por el que debería ir a prisión. Consigue a cambio que le envíen por un tiempo a un manicomio. Allí se hace pasar por loco y logra que le ingresen en un departamento de cuidados especiales. Tratando de pasar el rato de la forma más agradable posible, organiza con sus compañeros juegos y toda clase de diversiones, hasta el extremo de que infringe las normas de disciplina. La enfermera jefe (Louise Fletcher) no está dispuesta a tolerarlo.




Entrar a la dimensión de este filme es ver una analogía contra el sistema, contra una sociedad que oprime y subyuga al interno, en este caso reflejado en un genial Jack Nicholson como McMurphy, personaje principal de esta adaptación de la obra de Ken Kesey, enfrentado a una tirana enfermera Ratched, símbolo de autoridad interpretada por una verosímil Louise Fletcher.
Entonces, la película empieza con nuestro antihéroe, que aparece con una sonrisa satisfactoria, para luego darnos cuenta del logro que le significó llegar al hospital, cansado del trabajo forzado y anhelando una reclusión más sencilla. Los conflictos que ahí encontraría serían más íntimos, no hay peor prisión que aquella que limita la capacidad de soñar. McMurphy aparece como el peor desquiciado, capaz de romper las normas de una institución asfixiante, donde el orden y las restricciones nos recuerdan las líneas de muchas sociedades.
La individualidad de cada paciente se vuelve conjunta, los actores secundarios pasan a ser un todo, una persona completa que representa a aquella que busca sentirse parte de la institución, de la sociedad, busca tolerancia; tan sólo era el Super Bowl – nunca la locura pudo volverse tan real cuando el espectador veía con ellos un televisor vacío y apagado. En la línea de estos personajes podemos encontrar a un joven Danny DeVito, capaz de sobrecogernos con su gran interpretación, así como Will Sampson, el Gran Jefe que logró entender por fin la ilusión de McMurphy. Christopher Lloyd y Brad Dourif participan también, el primero ubicado en el tiempo de Volver al futuro y el segundo en el de la Tierra Media.
Demás está decir las sensaciones que produce esta obra, la sensibilidad que uno proyecta en cada personaje, en los internos que viven una realidad negada por un centro que omite su función, ayudarlos a progresar. Grupo mismo que armoniza la película y le da una finalidad a McMurphy para rescatarlos, dándoles esperanza. Tal vez termina volviéndose más loco que los demás, pensando que podría cambiar las reglas, anhelando algo diferente. Diferente a su antigua prisión y nuevo para los internos, después de todo, nos referimos a aquel que piensa que todo vale la pena si lo intentas. Jefe indio lo entendió así, cuando un R.P. McMurphy yacía entre sus brazos, víctima total de electroshocks, inmovible para la institución y dándole él, con sus manos, el verdadero escape.
Brillantes actuaciones, oscares tanto para Nicholson como para Fletcher, así como para el director, guionistas y para Michael Douglas (productor), que terminó por completar el proyecto que su padre vio truncado.


Ya se sabe que muchas veces las “adaptaciones” al cine guardan poca semejanza con las obras literarias de las que proceden. En algunos casos, el guión las sigue con gran exactitud. En otros, la coincidencia se limita al título. En Alguien voló sobre el nido del cuco (“One Flew Over the Cuckoo’s Nest”), la divergencia entre la novela y la película alcanza niveles propios de un manicomio. Muy oportunamente, porque la acción se produce en una de tales instituciones.
El presente texto presupone que ha visto usted la película de Milos Forman y recuerda las líneas generales del argumento. El protagonista es Jack Nicholson. Se pasa dos horas haciendo de Jack Nicholson. Llega al manicomio y se encuentra con un indio que no habla, interpretado por Will Sampson. Pone en jaque al aparato de poder y hace su santa voluntad, mientras el público, usted y yo le reímos las gracias.
El libro de Ken Kesey es, bueno, es otra cosa. De entrada, está contado desde el punto de vista… del indio. Que, efectivamente, no habla. Le llaman Chief Bromden. El Jack Nicholson del libro se llama McMurphy y se hace cargo de él. El nudo de la historia es la curación del indio.
McMurphy se enfrenta con el aparato de poder. Cualquier parecido con lo que ocurre en la película es pura coincidencia. El resultado del combate entre el individuo y la institución está decidido de antemano. McMurphy ha estado antes en diversos centros penitenciarios. La gran diferencia entre una prisión y un manicomio es que se entra en la cárcel hasta una fecha fija: las condenas se cumplen en un plazo determinado. En cambio, los locos siguen encerrados hasta que los custodios de la institución decidan que están cuerdos… cosa que puede no ocurrir nunca.
McMurphy lo sabe perfectamente. A pesar de ello, decide luchar. El personaje del libro es unas doscientas o trescientas veces más heroico que Jack Nicholson. Porque no se enfrenta con una actriz, sino con un grupo compacto de enemigos armados con drogas, electroshocks y, como último y definitivo recurso, la lobotomía.


