Director: Wim Wenders. 1974. Alemania Occidental. B/N
Intérpretes: R√ºdiger Vogler, Yella Rott√≠¬§nder, Lisa Kreuzer, Edda K√∂chl
El periodista alemán Felix Winter recorre los EE.UU. buscando temas para un libro. Al no lograr empezarlo, su editor cancela el compromiso y Felix decide entonces volver a Alemania. En el aeropuerto conoce a una mujer; como no hay vuelos hasta el día siguiente pasa la noche con ella. La mujer desaparece y le deja el recado de que vuelva con su hija de 9 años hasta Amsterdan, donde ella se reunirá con los dos. Pasan los días sin noticias nuevas. Felix, tras intentar desembarazarse de Alicia, alquila un auto y se la lleva con él para intentar localizar la casa de su abuela. El viaje será infructuoso, pero sólo respecto a este objetivo concreto…
Alicia en las ciudades desarrolla el tema de la amistad a través del viaje entre un periodista y una niña de nueve años que casualmente se ve obligado a acompañar desde Nueva York a Holanda, prosiguiendo posteriormente el viaje hasta la comarca del Ruhr donde supuestamente se encuentra la abuela de la pequeña. Una de las cosas que más llama la atención del personaje encarnado por Vogler es la confusión profesional e intelectual que sufre en EE.UU., donde se ve incapaz de escribir un artículo que le han encargado y sólo puede hacer fotografías con su Polaroid, imágenes “que nunca te muestran lo que realmente has visto (…) En EE.UU. perdí mi orientación: todo lo que me podía imaginar eran cosas en movimiento”. Con ello, Wenders representa a un hombre que busca una realidad cuya percepción se le escapa a causa de sus constantes dudas.


Wim Wenders es uno de los directores que más partido saca al espacio físico en el que se desarrollan sus historias. Nadie es inmune a la potencia que consigue con esos paisajes abiertos de desiertos o de autopistas entrelazadas, o el contraste entre “la agresiva verticalidad de Houston frente a la inmensa horizontalidad de Los Ángeles”, o los sórdidos escenarios de “peep-show”
en la soberbia París, Texas (1984); las bibliotecas y las azoteas de Cielo sobre Berlín (1987); las forestas urbanas de El amigo americano (1977) o los hoteles y las salas de espera en la que ahora nos ocupa. Sus películas se recuerdan e identifican a menudo por esos espacios tan concretos, tan personales, tan descriptivos. Esos espacios que nos trasmiten, no sólo el espíritu de los personajes que los habitan, sino también la actitud del mundo hacia ellos. Se nota el interés de Wenders por la arquitectura, no solo de edificaciones, sino de caracteres y sentimientos. En la primera parte de su filmografía, la mejor sin duda, Wenders asocia, y así queda reflejado en nuestra consciencia, lugares y personajes como dos manifestaciones de una única realidad. Es imposible pensar en Travis sin imaginar el desierto de Mohave, en Jane fuera de la habitación impostada del hotel, en Ripley sin verlo pasear por la valla de la autopista con el rascacielos al fondo, en Damiel o Cassiel sin el angelito de la Postdamer Platz.
El protagonista de esta película está perdido en un mundo que le es completamente ajeno: hoteles, oficinas, salas de espera. Ajeno y a la vez familiar, porque es en esos lugares donde ha transcurrido buena parte de su vida. Pero no por ello son más familiares o acogedores. Hoteles baratos impersonales y claustrofóbicos con televisiones que eructan basura en forma de publicidad interrumpida brevemente para dar algo de programación propagandística. Vacío de sentimiento y compañía, al borde de la locura, arruinado y desmotivado, harto de un trabajo que no puede cumplir y de un país que no puede comprender. Harto de no tener nada que compartir con nadie. Personaje por tanto característico de los que inundarían la filmografía posterior de su director (la buena, se entiende), en los que el desarraigo familiar, la necesidad de contacto y comunicación van a ir dando paso, a causa de un encuentro con alguien especial (un hijo perdido, una humana sensible, un caradura con encanto, o una niña maravillosa según de qué película se trate) a un replanteamiento de prioridades y visión de la propia existencia.

Tras una larga estancia en los EE.UU., el deseo y la necesidad de Phil, el protagonista, es volver a su país. Para salir de allí hacia su Alemania natal debe, primero, reconocer ante su jefe que no ha hecho su trabajo, un artículo sobre la América profunda, y después, sortear una huelga del transporte aéreo que no le deja llegar hasta Alemania. Ya en el aeropuerto se encuentra con una mujer y una niña también alemanas en la misma tesitura, y como la mujer no habla bien el inglés, él la echa una mano. Los tres acaban en la misma habitación de un hotel. Pero la mujer se larga a la mañana siguiente dejándole el recado de llevar a su hija a Alemania, donde se encontrarán al día siguiente. Y así comienza la reconciliación de Phil consigo mismo y con el mundo. De la rabia y la torpeza en su relación con la niña del comienzo pasamos, a causa de que la madre no se presente, al fastidio primero y al cariño y el entendimiento después, hasta que al llegar el momento de la separación ellos la posterguen hasta más allá del fin de la película. Entre tanto su relación girará en torno a la búsqueda de algún familiar de la niña que pueda hacerse cargo de ella, transformándose la cinta en una “road movie” de esas tan queridas para su autor.