Director: Michael crichton. 1973. EE.UU. Color
Intérpretes: Yul Brynner, Richard Benjamin, James Brolin, Norman Barold

Ambientada en el futuro, un moderno parque de atracciones ofrece la posibilidad a los turistas de vivir una trepidante aventura ambientada en una época antigua de la historia. Así se puede ser, por ejemplo, un pistolero en el lejano oeste, siendo los oponentes máquinas robots diseñadas para actuar siguiendo unas pautas con el objetivo de complacer la satisfacción de los clientes. Pero en una atracción algo sale mal… Curiosa mezcla de western y ciencia-ficción, una de las primeras películas que trató el tema de la sublevación de las máquinas frente al hombre. Conoció una secuela en Futureworld (Mundo futuro), realizada en 1976 con semejante argumento y también con Yul Brynner.



La obra más redonda y probablemente la única que merece ser recordada de Michael Crichton como director. Incluso el mejor guión tan sólo igualado por “La Amenaza de Andrómeda”.
El director norteamericano James Cameron plagió muchas escenas e ideas de esta película para crear sus famosos “Terminator”. Cualquiera que recuerde a un magnífico Yul Brynner persiguiendo por los pasillos del parque de atracciones a Richard Benjamin lo entenderá.
El secreto de esta película no es otro que el tener una extraordinaria historia. Una historia que cualquier argumentista desearía que se le hubiera ocurrido a él. Y es que cuando un argumento es tan sugerente hasta un director torpe y casi principiante como Crichton sale bien parado.
Y es que se adelanta a su tiempo hablando de la cultura del ocio y de los parques temáticos a los que cada día parece que vamos abocados, además de introducir los temas de la rebelión de las máquinas y el asunto de Gran Hermano. Todo ello a principios de los años setenta.
A pesar de todo la película tiene problemas de presupuesto y eso se nota en muchos momentos. Su historia daba mucho más metraje y las posibilidades que podían haberse desarrollado eran muy sugerentes.
El bajo presupuesto se nota también en una horrible fotografía y una música que te volverá loco ya que no es más que ruido.
Los actores no son tampoco lo mejor que se podía encontrar entonces, aunque por ejemplo un jovencísimo James Brolin raya a buen nivel pero sobre todo las apariciones de Yul Brynner son las más recordadas.
Este western futurista tiene muy buenas escenas de acción donde las peleas y tiroteos a cámara lenta son lógicos teniendo en cuenta que estamos en el año 1973, es decir, en pleno furor Sam Peckinpah y de su forma de filmar.
Almas de metal debido a su buena acogida entre el público (no así la crítica) tuvo una secuela titulada Mundo futuro, donde la cosa ya no tiene tanta gracia.


Bajo la apariencia de producto de entretenimiento ambientado en el futuro, el debut cinematográfico de Michael Crichton encierra más de una capa de posible lectura. Almas de metal es la historia de dos hombres inmersos en una pesadilla mientras pasan un tiempo de diversión en un parque temático donde un error pre-informático convierte la peripecia en monstruosa realidad robótica.
Hay en Almas de metal toda una teoría del entretenimiento en los tiempos modernos e incluso un sólido discurso crítico sobre la casi invisible línea que delimita la realidad de la ficción y sus consecuentes peligros. Pero también contiene la película una curiosa premonición sobre el mundo del cine y su estado actual (no se olvide que va para 35 los años que hace que se estrenó “Almas de metal”): el cine, en su esencia artificio, ha terminado por endurecer y reafirmar su condición de tal convirtiéndose en una forma de entretenimiento en la que cada vez importan más los asombrosos medios técnicos de nuestros días que la imaginación que los alimenta.
El vaquero-robot que interpreta Yul Brynner, no por casualidad vestido como su personaje en Los siete magníficos, no responde en Almas de metal a ningún tipo de lógica, no al menos otra que no sea la de, directamente, el delirio electrónico. Con estos mimbres, al espectador no se le pasará por alto que la que fue primera película dirigida por el singular Crichton, a quien le debemos maravillas como la novela “La amenaza de Andrómeda” entre muchas otras, va más allá de lo que parece.
Almas de metal, por lo demás, conserva la frescura de la autenticidad, a pesar del paso de los años. Sólo para unos 10 segundos de la película fue necesario emplear técnicas digitales. El resto, incluidos por supuesto todo tipo de efectos especiales, fue conseguido con técnicas artesanales muchas de las cuales siguen dejando con la boca abierta a los espectadores. Almas de metal, que está siendo objeto en estos momentos de una nueva versión, dirigida por el propio Michael Crichton, es uno de los grandes títulos de la ciencia-ficción cinematográfica de los 70, cuando la ingenuidad en el género todavía era posible.