CARNE PARA FRANKENSTEIN (Flesh for Frankenstein)

Película estrenada entre 1973-1975

Director: Paul Morrisey. 1973. EE.UU.-Italia-Francia. Color
Intérpretes: Joe Dallesandro, Monique Van Vooren, Udo Kier, Dalila Di Lazzaro, Nicoletta Elmi

El Barón Frankenstein (Udo Kier), un científico loco, casado con su hermana, empeñado en crear una raza de humanos a partir de trozos de cuerpos previamente raptados, mutilados y cosidos. Quiere crear al hombre perfecto y a la mujer perfecta y que entre ellos se reproduzcan pero coge por error el cerebro de un hombre que iba a convertirse en monje por lo que la criatura no demuestra demasiado interés en copular con la hembra. Pero la esposa del Barón tiene una hambre sexual insaciable y pronto se fijará en la criatura, pero el sexo deriva en un trágico resultado para todos.

Paul Morrissey es un maldito del cine que siempre usó los géneros para negarlos. Obligado a vivir eternamente a la sombra de Andy Warhol, su mentor pop desde “La Factory”, y encerrado en el cajón de la producción “underground” pareciera que nunca va a encontrar su lugar.



Su trilogía más famosa conformada por Flesh (1968), Trash (1970), y Heat (1971 intentaba ser una especie de documento veraz que desmontaba la falsedad del cine comercial y se dedicaba a mostrar el lado más cutre del liberalismo sexual y del pensamiento hippy.
En la trilogía, Morrisey se dedicaba a venerar el cuerpo masculino, invirtiendo mucho tiempo en hacer barridos con su cámara fisgona y excesiva por la anatomía de Joe Dallesandro, su actor-fetiche, que en las tres encarnó a hombres-objeto, un procedimiento chocante en un tiempo en que el culto al cuerpo femenino dominaba la cultura pop. Un hombre-mercancía cuyo cuerpo era el instrumento que le permitía conseguir lo que deseaba.

Carne para Frankenstein es un festín “porno-gore”. Pero el cuerpo como mercancía de canje, sigue siendo importante. En Carne para Frankenstein se establece una suerte de comercio de órganos para crear a la pareja que ha de engendrar al hombre perfecto (un principio nazi), pero el experimento falla porque la cabeza del monstruo pertenece a un chico gay.
Paul Morrissey, un cineasta rechazado por los excéntricos de la factoría Warhol por ser demasiado comercial e ignorado por un público que le consideró demasiado vanguardista. El objetivo de su demoledora crítica eran los mismos propagadores de su importancia, era la falsedad y el sustrato mercantil de la cultura pop, de la contracultura y el “underground”.
Teniendo en cuenta que sus películas raramente se exhibieron por otros circuitos que los alternativos y considerando que su solo nombre encarna casi como ningún otro la marginalidad cinematográfica en estado puro, es francamente sorprendente que la obra de Paul Morrissey, prácticamente desconocida en nuestro país, comience a llegar completa al mercado español del vídeo. Este Morrissey que no canta fue durante alrededor de una década el brazo derecho de Andy Warhol en el terreno cinematográfico. Con los pies algo más sobre la tierra que el rey del pop y sus volados adláteres, este neoyorquino nacido en 1939 pasó a ocuparse de la rama fílmica de la famosa Factoría de Warhol a mediados de los años 60.
Fue Morrisey quien pergeñó la idea de que esa fábrica artística tuviera su propio grupo de rock’n roll, descubrió para tal efecto a los “Velvet Underground” (y los administró durante un tiempo), ayudó y aconsejó al platinado gurú del arte pop en algunas de sus realizaciones cinematográficas, y finalmente pasó a dirigir todas las películas por él producidas, desde fines de los años 60 hasta mediados de la década siguiente. La obra de Morrissey conoce dos ciclos esenciales. El primero se remonta a los años 60 -Warhol, se inicia en 1968 con Flesh, continúa con Trash (1972) y se cierra en Heat (1972). A esa trilogía le sucede otra, con Morrissey ya fuera de “La Factory” y filmando en Europa, con producción de Carlo Ponti, una serie de películas de terror que están a medio camino entre lo paródico y lo ultragráfico. Se trata de Carne para Frankenstein (1973), Sangre para Drácula (1974) y El perro de los Baskerville (1978). Luego, su carrera se hace discontinua y errática, con una última película filmada a fines de los años 80 y un anuncio de regreso -amparado por el Dogma danés- que por el momento no se concretó. Como las películas de Warhol, las de Morrissey parecerían pertenecer a un planeta enteramente distinto del que habitualmente se conoce como “cine”. Están filmadas con dos dólares, tienen un aspecto deliberadamente tosco, no rechazan ciertas “fallas” propias del cine amateur (algunas miradas a cámara, eventuales distracciones o cierta desorientación por parte de los actores) y cuentan con elencos heterodoxos que reaparecen de película en película, dando la sensación de que se trata más de una banda de cómplices que de actores propiamente dichos. Si un rostro (y sobre todo un cuerpo) se repite, es el de Joe Dallessandro, uno de los iconos más firmes de la cultura gay de los ’60 y ’70. En Flesh, Dallessandro hace de Joey, “taxi boy” que sale a buscar 200 dólares para pagar el aborto a la novia de … su mujer. En Carne para Frankenstein es la Criatura misma, creada por el barón para procurarle algo de satisfacción a su necesitada esposa.

En el mundo Morrissey, las formas alternativas de sexualidad están totalmente naturalizadas, y al mismo tiempo disueltas en una cotidianidad en la que cualquier intercambio parece posible. En Flesh, una bailarina a gogó puede practicarle una felación, paga a Joey en medio de un salón de belleza, mientras a su lado dos “drag-queens” charlan sin inmutarse sobre viejas divas de Hollywood. Del mismo modo, un veterano de la guerra de Corea declara su amor a Joey y éste lo retribuye con una caricia antes de volver a casa con su esposa e hijo, con el que en una escena anterior jugó amorosamente sobre la alfombra. Casi todo eso lo hace Dallessandro en cueros y con el pito al aire -a veces erecto-, paseándose en cámara con la misma dejadez con que uno de sus clientes le revienta un barrito. Con parecida naturalidad lo filma a su vez Morrissey, logrando un registro que está entre lo documental, el “cinéma-verité” y la cámara oculta, y que le da a Flesh una frescura y espontaneidad que más tarde muchos se ocuparían de imitar, pero pocos lograrían igualar. Carne para Frankenstein es ya una cosa más atrabiliaria, con los Frankenstein como aburrido matrimonio burgués, la Criatura como objeto erótico y una orgía de destripe como pocas veces se vio en cine.


Subscribe to comments Responses closed, but you can trackback. |
Post Tags:

Comentarios cerados.


© Copyright 2005 Claqueta TE RECOMIENDA COCINA Y Recetas de cocina