CONFIDENCIAS

Director: Luchino Visconti

Intérpretes: Burt Lancaster, Silvana Mangano, Helmut Berger, Stefano Patrizi, Claudia Marsani, Elvira Cortese, Dominique Sanda, Claudia Cardinale


Un profesor norteamericano jubilado vive una vida solitaria en su lujoso palacio de Roma. Tiene un enfrentamiento con una vulgar marquesa italiana y sus acompañantes: su amante, su hija y el novio de su hija, y se ve obligado a alquilarles el apartamento del ático del palacio. Su vida hasta entonces rutinaria se verá sumida en el caos por las maquinaciones de sus inquilinos


Tal vez menos pretenciosa que otras de sus películas anteriores –y puede que por ello sea una de las más agradables de ver ahora–, muestra la exquisitez habitual en decorados, fotografía y planificación –rodada toda ella en interiores– y se centra en el impacto que sufre un profesor norteamericano jubilado, en buena posición económica –que lleva una vida solitaria en su lujoso palacio de Roma–, pero que tiene que alquilar la planta de arriba de su palacio a un alocado grupo de gente joven capitaneado por una marquesa amante de uno de ellos.

Tiene un enfrentamiento con una vulgar marquesa italiana y sus acompañantes: su amante, su hija y el novio de su hija, y se ve obligado –para poder seguir cultivando su afición de adquirir cuadros valiosos– a alquilarles el apartamento del ático del palacio. Su vida hasta entonces rutinaria se verá sumida en el caos y por las maquinaciones de sus inquilinos


Aunque Visconti ya había perdido parte de su destreza visual, logra todavía crear imágenes tan bellas como turbadoras; y ahonda en sus personajes, amorales unos; torturados otros; husmeando en sus prejuicios, ambiciones e intolerancias. También en la soledad del profesor –de nuevo– que recrea con abrumador talento un extraordinario Burt Lancaster.


Me parece que es uno de los mejores filmes de Visconti, donde se reflejan muchas de sus claves cinematográficas. Algunos la consideran como una obra en la que el director pierde fuerza; no estoy de acuerdo. El neorrealismo viscontiniano late constantemente en la decadencia de una clase social y de un tipo determinado de gustos y placeres. Los máximos exponentes, desde mi punto de vista, son el profesor –Burt Lancaster– y la marquesa Brumonti –Silvana Mangano–, cada uno de ellos sin entender el mundo que les rodea y con dos posturas diametralmente opuestas, pero igualmente decadentes y descontextualizadas.

Burt Lancaster interpreta magníficamente a este hombre culto y afable, cuya vida sufre un vuelco ante la actitud de sus inquilinos; pero poco a poco surgirá en él un sentimiento de atracción hacia el joven amante de la marquesa –un Helmut Berger cuya actuación es quizá la más ajustada– de su carrera con el director italiano.

Fue la antepenúltima película de Visconti, pero da la sensación –estaba ya enfermo y moriría poco meses después– como si con ella pretendiera despedirse haciendo una especie de testamento.

En Confidencias todo transita sobre la cuerda floja del contraste –la decoración de ambos hábitats (la mansión antigua, de gusto clásico y el piso alquilado, con decoración modernísima), la música (Mozart, contra Mina o Roberto Carlos), la moda, los criterios sobre el amor (los recuerdos “puros” del profesor versus la promiscuidad de los jóvenes), la política–, que al final parece fundirse, sincretizarse en una sola fuente: la soledad y sus variantes. Una vez más, Berger derrocha sus posibilidades para los cambios y gradaciones de carácter, Silvana Mangano exhibe su clase y su virtuosismo confundidos con una deslumbrante belleza, mientras Burt Lancaster (reinterpretando casi su Fabrizio di Salina de El gatopardo) se muestra admirable en su deslumbramiento, esa capacidad de asombro que le devuelve su nueva “familia”.


Convaleciente aun de su grave dolencia, en Zurich, Visconti se impacientaba. Ya pensaba en un posible film de inmediata realización y cambiaba incesantemente impresiones con sus colaboradores habituales. ¿La montaña mágica? ¿L´quote eletto? ¿El ambicioso proyecto sobre la obra de Proust? Los médicos habían recomendado prudencia, paciencia, reposo… Después, al instalarse en casa de su hermana, de nuevo en Italia, la impaciencia se hizo ya intolerable. Pensaba también en la puesta en escena de una Opera y en terminar y amueblar dos nuevas casas, para su alojamiento en Roma. Fozado por Visconti, el escritor Enrico Medioli se puso manos a la obra, como él mismo nos cuenta, para encontrar algo a la medida de las actuales posibilidades limitadas – físicamente hablando – de Visconti. Y tomando como punto de partida a un profesor encerrado en su lujosa mansión y en si mismo – restos de un proyecto anterior, no realizado –, empezó a madurar la temática y su desarrollo argumental de Gruppo de famiglia in un interno (título original).

Así, poco a poco, el Profesor empezó a tomar cuerpo en el apartamento, en compañía de la fiel ama de llaves Erninia Un apartamento arreglado según sus gustos: bellísimos objetos, libros que se amontonan en las librerías hasta el techo y se desparraman por todas partes, por el suelo alfombrado, en divanes y poltronas…, y los “conversation pieces” en las paredes de toda la casa, cuadros con la imagen repetida en sus variantes de aquella familia que nunca había conseguido o que siempre ha bía renunciado a formar. Un hombre maduro, en el umbra1 de la vejez, de excepcional cultura y sentido humano, superviviente “gourmet” de los grandes valores de la vida. Y, en definitiva, culpable: ha malgastado los diez talentos de la parábola en retirarse a una soledad privilegiada y protegida, en una especie de suntuoso regazo rnaterno (…). Una vez confortablemente instalado, al Profesor era preciso incomodarlo y contradecirle en lo que había sido su elección, hecha de rechazos, en su manera de vivir. Es decir, introducir en su casa una caja de Pandora de relojería. Y la bomba estallará cuando, con un mínimo de imprudencia, el Profesor abre la puerta a sus inquietantes inquilinos…

Resumiendo, el escritor termina de exponer así el argumento de su proyecto: Creerá por un momento haber encontrado la solución a su soledad, que ahora le pesa por ser más consciente de ella, con aquellos jóvenes que podrían ser sus hijos – los hijos son una prolongación hacia el infinito de uno mismo –, pero se equivoca: es demasiado tarde, y lo único que puede esperar, ahora ya, es la llegada de la Muerte. Como Aschenbach en el Lido de Venecia, el hombre había caído en una trampa, victima de un espejismo… La película nació, pues, con un pie forzado: que no exigiese un trabajo considerable a un hombre convaleciente que, como Visconti, había quedado prácticamente condenado a una silla de ruedas. De aquí la simplicidad de la trama y los contados personajes, así como que la acci6n transcurriese en un decorado único practicable. (El hecho de que, luego, por necesidades de producci6n, la parte de decorado correspondiente al estudio transformado tuviera que montarse en otro estudio no cambio el planteamiento en nada.) Incidiendo en la idea de su colaborador, Visconti declar6: Este film es la historia de un intelectual de mi generación que, al no serle posible vivir de acuerdo con su tiempo, choca violentamente con la generación actual y sale de dicha prueba profundamente afectado para el resto de su vida. E1 profesor colecciona las “conversation pieces” , esos cuadros ingleses del siglo XVIII que representan escenas de familia pertenecientes a la aristocracia y la alta burguesía, con sus niños, sus domésticos y sus perritos. Gentes deliciosas, elegantes y encantadoras, acerca de las cuales puede resultar tentador imaginar -más allá de la inmovilidad de las pinturas – las pasiones y los vicios a los que se entregaron. Mi film es, precisamente una ” conversation piece” : un retrato de familia… (Una familia que «pudo» haber sido, pero que no es, podía haber añadido Visconti.) Por un lado, existe la tentación de las personas de edad madura de protegerse de una vida que ya no les ofrece ningún aliciente o ilusión; su deseo de refugiarse en los recuerdos; un bagaje de conocimientos que ya no podrán verse acrecentados. Por el otro, los jóvenes, con su vitalidad, su lado irracional, su voluntad de no creer en lo que había existido antes que ellos y de rechazarlo. Los jóvenes y su fascinación… 


 


 

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