Director: Michael Winner. 1974. EE.UU. Color
Intérpretes: Charles Bronson, Hope Lange, Vincen Gardenia, Steven Keats, Stuart Margolin, Stephen Elliott, Kathleen Tolan, Jack Wallace

Paul Kersey es un ciudadano normal y corriente de Nueva York que, tras sufrir su hija y su mujer un brutal ataque, decide vengarse de todos los delincuentes de la ciudad que actúan por la noche.

En pleno siglo XXI vivimos una época convulsa. La falta de valores y el libertinaje más absoluto se conjugan formando una mezcla que arropa a toda la humanidad haciéndola entrar en una vorágine de destrucción imparable. Unido a este hecho, está la nueva concepción de justicia. Todos estamos hartos de ver como los crímenes más aberrantes se arreglan con una palmadita en el cogote y un puñado de horas de trabajos comunitarios. No es de extrañar pues, que la inseguridad ciudadana crezca exponencialmente. Es en este momento, cuando rememorando épocas pasadas, echo la vista atrás y vislumbro a los paladines que hicieron del siglo pasado un territorio mucho más proclive para la vida idílica que todos deseamos llevar. Es por eso que necesitamos a gente diferente. Gente que esté por encima del bien y del mal. Que no se eche azúcar en el café. Que no sepa lo que son los cereales integrales. Que no se ande con pamplinas… Te necesitamos.
Porque ya está bien de mariconadas. No, gracias. Ha llegado el momento de que entreguemos nuestra libertad a gente que, lejos de tener prejuicios morales, apliquen La Ley como Dios manda. Los tiempos del Conmigo o Contra Mí deben volver. Y Charles Bronson es un claro ejemplo. Prototipo de tío-normal-que-paga-sus-impuestos, en todas las películas de los años 70 se ve envuelto en una espiral de destrucción cuando decide vengar la muerte de alguien cercano (ya sea mujer, hija, compañero de patrulla o suegra,… no,… por su suegra no se molesta…) Y cuando digo vengar no es que vaya buscando a los maleantes que causaron su cegazón, no.
Simplemente decide erradicar a toda alimaña andante, sea quien sea, sin preguntar…Y es que si lo hubieran teñido de verde, se podría decir que sus películas formaban parte de algún “remake” casposo de Hulk. Sus películas se pueden resumir, pues, en cinco minutos iniciales de asalto violento de alguien que no sabe con quién está jugando sobre alguien que está a dos números Bacon de Charles, 27 milisegundos de transmutación legionaria y el resto de metraje un dantesco espectáculo de luz, color y pirotecnia. Pirotecnia, sí. Porque, lejos de los amanerados bailes de Van Damme, de los gráciles nudos Windsor de Seagal o de mis patadas giratorias a cámara lenta, Bronson no domina ningún arte letal. Simplemente es rudo. Y un hombre rudo solo necesita una cosa para limpiar las calles de la ciudad: Un Pistolón… O dos.
A pesar de haber empezado su carrera cinematográfica con clásicos intemporales como Los Siete Magníficos, Doce del Patíbulo o La Gran Evasión, que aunque mejor manufacturados son demasiado sensibleros, a principios de los años 70 rectificó sabiamente y decidió ilustrar los deseos de cualquier macho enfurecido. En el año 1972 protagonizó Fríamente… sin motivos personales, película donde se empezó a vislumbrar la que se nos venía encima.
Después de hacer unas cuantas películas más de calentamiento, Bronson inició una de las sagas más famosas en el mundo entero: El justiciero de la ciudad. En ella encarnaba a Paul Kersey, tierno arquitecto hijo del sueño americano, amigo de los niños, donante de sangre y voluntario de la parroquia. Matan irremediablemente a su mujer y violan a su hija, dejándola lerda perdida. Entonces, Paul, entonces Charles, recibe una llamada. Es Dios. Debe vengarse…
Por supuesto, el recibe la misión y la ejecuta con todas sus consecuencias. Pistola en mano, se encarga de borrar del mapa a todo lo que huela a chusma. A partir de este filme, y convertido en icono del justiciero urbano, nuestro coleguita protagonizaría multitud de películas similares, donde la temática pistolón estaría a la orden del día. Me vienen a la memoria muchas escenas memorables de esta saga. Escenas que otra persona, acostumbrada a las basuras de Lars Von Trier o Bergman, no dudaría en afirmar que son producto de fallos del guión o un mal montaje. Pero no, están hechas con toda la intención. He aquí una pequeña muestra:
En El justiciero de la ciudad 3 -la tercera cinta de la saga- Bronson se dispone a coger su coche tranquilamente para ir a un geriátrico a frotar los juanetes a todos los residentes. Al acercarse a su coche, observa como unos adolescentes intentan robar su vehículo. ¿Reacción?: Les saluda y les dispara. Sí amigos, sin mediar palabra. ¿Hacía falta? No. Rotundamente. La ley del más fuerte… ¿Tienes problemas? ¿Te tocan los cojones? ¿Tienes pistolón?¡Pues que ellos tengan problemas en los cojones a la voz de ya! Jeff Bush duerme con esta película debajo de la almohada… Y punto. Nosotros somos los únicos capaces de valorar la afrenta y saber exactamente cómo nos quedaremos a gusto con una sentencia. Y si además somos nosotros mismos los que ejecutamos la sentencia, mirando a la cara a nuestra víctima, sin pestañear, con un colmillo sobresaliendo de nuestros labios, pues mejor que mejor.