EL VIAJE DE LOS COMEDIANTES (O thiassos)

Película estrenada entre 1973-1975

Director: Theo Angelopulos. 1975. Grecia. Color

Intérpretes:
Eva Kotmanidou (Elektra), Aliki Georgoulis (Madre de Elektra), Marí­a Vassiliou (Chrissothemis), Stratos Pachis (Agamenón), Kiriakos Katrivanos (Pilades), Petros Zarkadis (Orestes), Yannis Firlos (Acordeonista), Alekos Boubis (Anciano), Nina Papazaphiropoulou (Anciana), Kosta Stiliaris (Jefe de la Milicia), Greg Evaghelathos (Poeta), B. Kazan (Delator)



Las casi cuatro horas que dura esta pelí­cula de Theo Angelopoulos, premio de la crí­tica en Cannes 75, repasan los años que van desde el 1939 hasta el 1952, en los que Grecia encadenó una dictadura, la ocupación alemana durante la segunda guerra mundial y una guerra civil. Sin embargo, la pelí­cula renuncia a ser un filme didáctico, una entretenida lección de historia que puede ser otra opción válida pero no la escogida por el griego. Si no es así­, el problema es entonces explicar por qué la Historia de Grecia a mediados del siglo pasado tiene un papel tan fundamental por encima de la compañí­a de comediantes que protagonizan esta pelí­cula. Ninguna de las pelí­culas de Angelopoulos que he visto es fácil, pero esta es aún más difí­cil de apreciar, como decí­a un comentario que leí­ en Imdb, a El viaje de los comediantes le pasa como al Finnegans Wake de James Joyce, puedes justificar que sea una obra maestra sin entender ni la mitad y ni siquiera sentir simpatí­a por el libro o la pelí­cula. ¿De verdad se puede? He de de decir ya aquí­ que la pelí­cula no me pareció una obra maestra, porque Angelopoulos volverí­a obsesivamente a los temas e incluso a los personajes de esta pelí­cula en posteriores intentos con mejores resultados. De todos modos, es evidente que en cuatro horas y con un director tan ambicioso es difí­cil que no haya aspectos destacables.

Rodada sin guión, y con libertad de expresión recién estrenada en Grecia, El viaje de los comediantes ya presenta todas las constantes identificables de su cine: planos secuencia, planos generales, ausencia de primeros planos, personajes colectivos -casi ninguno de los miembros de la compañí­a teatral tiene una caracterización dramática más allá de su papel en la Historia, un trabajo de fotografí­a y de localizaciones que llena de vida (apagada) a los fotogramas y una poesí­a un tanto crí­ptica, algo acentuado en el caso de esta pelí­cula por las casi caóticas referencias a la historia y a la mitologí­a griega, las cuales nunca son evidentes.


Pero todaví­a no he dicho qué me ha llamado la atención en particular de esta pelí­cula, pues la manera que tiene de enlazar el viaje o constante inmigración interior de la compañí­a teatral con el mito del Minotauro y el laberinto, o el hecho de que esta compañí­a intente una y otra vez representar su obra -una tragedia, a lo largo del filme descubriremos que la vida de estos personajes termina en tragedia- sin éxito, siempre son interrumpidos por los acontecimientos históricos, como si las convulsiones polí­ticas estuviesen sometiendo a un exilio interior no solo a la población griega sino también a su tradición cultural y por tanto su identidad. Y por supuesto, como ya he dicho, está la localización y la fotografí­a, que nos lleva de paseo por pequeños pueblos y aldeas un tanto decaí­dos, subrayando así­ el sentimiento de desarraigo y desorientación. Desconcierta un poco que el punto de vista esté tan distanciado de lo que ocurre, vemos la Historia a través de los ojos de la compañí­a, y cuando la Historia se fija en la compañí­a, el distanciamiento es aún mayor. De todos modos, yo prefiero al Angelopoulos de Paisajes en la niebla, quizás porque me interesa mucho más ver cómo sacar partido a unos escenarios industriales y urbanos que se parecen mucho a los de mi ciudad, y no me interesa tanto ponerme en relación con la Historia, quizás porque está de momento no se ha fijado en mí­. Una pelí­cula notable.


El viaje de los comediantes (1975, O Thiassos) dura cerca de cuatro horas. Es la parte central de una trilogí­a fí­lmica. Siempre con la historia, la polí­tica y el mito por obsesiones centrales, esa trilogí­a arranca con Dí­as del 36 (1972) y cierra con Los cazadores (1977), abarcando 40 años de historia griega. Como suele ocurrir en los filmes de Angelopoulos (sobre todo en los de la primera época), El viaje de los comediantes es, más que un filme coral, uno con protagonismo colectivo. Hombre con formación de izquierda, ex militante del Partido Comunista de su paí­s, Angelopoulos la filmó durante las postrimerí­as de la dictadura militar conocida como “el régimen de los coroneles”. Hay un primer grupo protagónico en El viaje de los comediantes, y es una troupe de teatro ambulante que recorre los pueblitos de Grecia, presentando un repertorio que se reduce a una única obra, un folletí­n popular. Lo hacen desplazándose, no sólo en el espacio sino también en el tiempo, entre 1936 y 1952. En lugar de la sucesión temporal, Angelopoulos elige la circularidad, dando forma a un continuum histórico, que tanto puede avanzar como retroceder.

Ese grupo protagónico entra en relación dialéctica con los grandes acontecimientos históricos, reproduciendo en su interior los conflictos que desgarraron a su paí­s. Poniendo en lí­nea lo que Angelopoulos narra en forma circular, esos acontecimientos tienen a la segunda guerra como eje. Y van desde la colaboración con el fascismo hasta las elecciones en las que el mariscal Papagos, un ultraderechista que habí­a vencido al comunismo en la guerra civil de fines de los años 40, se presenta como candidato. Aquella guerra civil, en la que partisanos de izquierda combatieron contra los monárquicos, constituye el núcleo central del filme y se ve reproducido en el interior del grupo, donde hay partisanos, derechistas y hasta algún soplón. A su vez, y a través de personajes llamados Orestes o Electra, se plantea una segunda vinculación, en este caso con la mitologí­a griega. Caracterí­sticamente, el realizador cuenta su saga mediante larguí­simos planos secuencia, tanto en sentido temporal como espacial. Desde un único emplazamiento de cámara, ofrece largas escenas sin corte, y las observa, invariable y sistemáticamente, desde una posición lejana. Así­, más que personajes, lo que hay es un colectivo humano anónimo absorbido por un paisaje que es el de su paí­s. La palabra “paisaje” debe entenderse aquí­ tanto en sentido geográfico como histórico. En esos planos, el tiempo transcurre de modo lento y majestuoso. Como todos los filmes de su autor, El viaje de los comediantes es una obra absolutamente exigente, ambiciosa y de extremo rigor estético. Absolutamente única, sin duda.

 


 


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