LA MATANZA DE TEXAS (The Texas Chainsaw Massacre)

Película estrenada entre 1973-1975

Director: Tobe Hooper. 1974. EE.UU. Color

Intérpretes: Marilyn Burns (Sally Hardesty), Allen Danziger (Jerry), Paul A. Partain (Franklin Hardesty), William Vail (Kirk), Terry McMinn (Pam), Edwin Neal (autoestopista), Jim Siedow (anciano), Gunnar Hanner (Leatherface), John Dugan (abuelo), John Larroquette (narrador)

Un grupo de jóvenes viaja a Texas con el fin de verificar si la tumba de sus padres ha sido profanada como otras tantas en la zona. Su estancia en la región les deparará una desagradable sorpresa que traerá consecuencias trágicas.


La localización de la película sitúa la acción en un paisaje rural, árido y seco, rehuyendo de la utilización de parajes preciosistas, y a su vez utilizando una imagen granulada (provocada por la conversión de 16 a 35 mm.), creando todo ello un ambiente incómodo, opresivo y asfixiante. Toda la ambientación de la matanza de Texas se debe a su director artístico, Robert Burns, quien también ha trabajado en otras películas como Re-Animator (1985), de Stuart Gordon o Aullidos (1980), de Joe Dante. Para contribuir al resultado final del largometraje Burns utilizó restos de vacas muertas, acentuando más el tono pseudo-realista/documental del film.

Pero, pese a la temática a tratar, y sobre todo por su título, que puede inducir a error, La matanza de Texas no es un espectáculo gratuito de sangre y casquería. Por curioso que parezca, no hay nada explícito, no fluyen ríos de hemoglobina, todo está sugerido para que sea el propio espectador quien recree en su mente las atrocidades que no se muestran en pantalla. Y, por ello, en ocasiones la cámara centra su punto de atención, no en la mutilación cometida en ese preciso instante, sino en el rostro de otro personaje que observa horrorizado el suceso.

Sin duda, realizar una película así de opresiva e inquietante no resulta nada fácil, y menos sin recurrir a los trucos habituales de este tipo de producciones, como ocurre por ejemplo en los bodrios de Sean S. Cunningham,
que se resumen únicamente en la masacre indiscriminada de adolescentes. Así, mientras las mencionadas producciones son efectistas, La matanza de Texas es atmosférica, creando un halo de locura y demencia gracias a la anteriormente mencionada fotografía, su música minimalista compuesta de retorcidas y chirriantes notas musicales, o sus extravagantes y enfermizos personajes.

Pero son dos los elementos simbólicos más representativos y con más fuerza del largometraje. El primero es la residencia, que, según palabras del propio Tobe Hooper “quería que la casa oliera a muerte y supiera a muerte”, lo cual queda magníficamente plasmado en una escena: La cámara, situada a ras del suelo tomando un plano en contrapicado, sigue a una chica que se dirige hacia la casa, con lo que a medida que avanza la muchacha, la inmensidad del edificio invade todo el plano, envolviéndola por completo. O también otra secuencia en la que otra fémina se introduce en un cuarto, tropieza con algo, cae al suelo y observa detenidamente lo que hay ante sus ojos: restos de huesos humanos formando diabólicas esculturas y adornando el mobiliario.

El segundo elemento es Leatherface, un hombre alto, corpulento, que oculta su rostro tras una máscara confeccionada con piel humana, ataviado a su vez con un delantal hecho del mismo material, y portando una sierra mecánica. Su sola presencia transporta el miedo de los protagonistas al espectador, y ello sin emitir una sola palabra, ya que su aspecto colosal habla por sí solo. Sus movimientos bruscos, su constitución física y, sobre todo, esa máscara le dota de un aire sobrenatural o fantástico, personalizando el mal en estado puro.

La matanza de Texas es un mito del cine de terror, considerado como una de las obras maestras del género, lo cual lo ha ganado a pulso, y Leatherface ha entrado a engrosar la lista de los psycho-killers más aterradores del celuloide. Hoy en día La matanza de Texas es una película de culto difícil de superar… y olvidar.

Orígenes

El origen de La matanza de Texas se remonta nada menos que al invierno de 1957. Ese año la policía local de Wisconsin descubrió una de las mayores atrocidades de las últimas décadas, algo que, de alguna manera, cambió la forma de vida en la sociedad americana. Así pues, cuando las fuerzas de seguridad entraron en la casa de Edward Gein, dieron testimonio al mundo del grado de locura al que puede llegar el hombre. El hogar del citado individuo incluía una decoración de lo más monstruosa y bizarra: sofás tapizados con piel humana, vajillas compuestas por cráneos y demás huesos…

Al instante el hecho cobró gran notoriedad y se difundió como una plaga por el resto del mundo, alimentando las mentes de aquellos que buscaban una historia que contar, o los que simplemente aprovecharon el suceso como excusa para editar libros o producir películas. Había nacido una leyenda que daría lugar a multitud de libros, películas y canciones.

Robert Bloch fue sin duda quien ayudó a construir todo un mito de la literatura fantástica con su libro Psicosis,
introduciendo variaciones respecto al suceso real, centrándose en la sumisión que sufría Gein a la figura de su madre. A su vez, el escrito de Bloch dio origen a una de las obras maestras del cine, de manos del genial Alfred Hitchcock, y cuyo trabajo, titulado como el libro de Bloch, y estrenado en 1960, refleja parte de la demencia que habitaba la casa.

A su vez hubo una réplica canadiense del fenómeno con el filme Deranged
(1974, Jeff Gillen y Alan Ormsby), más sangrienta e irónica que la mencionada con anterioridad y la tratada en este artículo.

Y así pasamos al año 1974 en el que Tobe Hooper dirigió la película en cuestión. Se contaba con un presupuesto bajo, lo que la catalogó como “clase B”, y por lo que se rodó en poco tiempo y contando con actores amateur. Gunnar Hansen, quien representaba al colosal Leatherface, fue elegido por su altura y corpulencia, sin tener en cuenta otras características. Algunos actores, como el propio Hansen, sufrieron heridas y cortes a la hora de manejar la moto-sierra ya que no contaban con especialistas.

El rodaje fue muy duro; no se disponía de mucho tiempo y a algunos miembros que intervinieron en la producción les daba igual volver a trabajar en otra película (como fue el caso de Robert Burns). Fue tal la presión que se vivió en algunos momentos del rodaje que algunos no pudieron soportarla, y quien más la sufrió fue Gunnar Hansen, que debía llevar puesta la máscara de látex durante largas horas de rodaje, e incluso en los descansos de este, todo ello con temperaturas que alcanzaban los 40 del verano tejano, llegando a desaparecer un día del set de rodaje. Empezaba a afectarle el estar demasiado tiempo debajo de la máscara, y la relación con los otros actores no era la deseada. Si a esto se le añade que Hansen padecía claustrofobia podemos llegar a comprender la situación.

El esfuerzo se vio recompensado, ya que fue todo un éxito; el boca a boca funcionó a la perfección, generando un mito cinematográfico. Algunas personas afirmaban que era lo más espantoso que habían visto en su vida, desagradable y explícito, algo que prueba que la imaginación de algunas personas sobrepasa los límites de la realidad.

En su estreno mundial, mientras se proyectaba la película en la sala, entraba en esta un hombre disfrazado de Leatherface y amenazando a los espectadores con una moto-sierra, lo que provocó infartos y las consecuentes denuncias.

Por tanto, la figura de Ed Gein ha generado todo un fenómeno creador de los más variopintos artículos; desde las películas y libros ya mencionados, pasando por canciones como “Dead Skin Mask” del polémico grupo Slayer, hasta un club de fans de Ed Gein. El mundo se está volviendo loco, y nosotros vivimos en él.


¿Quién no ha oído hablar alguna vez de ese villano de cine de terror que usa como arma (no de defensa sino de ofensa) una sierra mecánica llamado Leatherface (Cara de Cuero)? Este monstruo, y su familia, son los encargados de convertir el plácido viaje de cinco jóvenes en una auténtica pesadilla. Se alcanza en este hito del cine de terror, que ha pasado a ser clasificado entre los más curtidos en el grupo de los llamados “Clásicos modernos”, las más altas cotas de sadismo filmadas (si no se menta el subgénero), que, toma su truculencia del hecho de que sus imágenes muestran acontecimientos supuestamente reales. Se dice que en los primeros pases del filme, la gente salía despavorida de las salas, incapaz de soportar lo que estaban viendo.

Se apunta en el corto metraje del filme la cualidad del director para dar el tono justo a cada una de las secuencias. En ninguna de las escenas truculentas (y son pocas pero las suficientes) cae en el tono exagerado de cualquier película del género. Indaga en primer lugar en las relaciones afectivas de los jóvenes (para que luego sus muertes sean aún si cabe más dolorosas para el espectador), crea un aire expectante durante la primera mitad del filme, en el ambiente seco de las carreteras secundarias, mezclando el calor del verano, la monotonía del paisaje y la suciedad y corrupción de la Norteamérica profunda. Todo esto desemboca donde tenía que acabar, en un trepidante final, una fotografía hinchada y un desquiciante uso de la música.

Muchos aún no se percatan, pero lo que realmente hace de esta película una de las más insoportables en su visionado es la banda sonora y el sonido (amplificado) de la sierra mecánica. Esta técnica queda remarcada en la famosa persecución por el bosque de zarzas y en el minuto final de la película, donde un irritado e impotente Leatherface agita a un lado y otro su preciada sierra, viendo como su gorrino (aquí las víctimas son trinchadas como tales debido a la antigua vocación de la familia de mataderos) se le escapa de las manos.

Es curioso pero nada sobra y nada falta en esta película. Dura lo justo, tiene contadas pero eficaces escenas de pánico y diálogos entrecortados, diálogos superfluos pero que aportan a la película ese toque de locura necesario para adentrarse en lo que cuenta. ¿Hay transfondo? No, no lo hay. ¿Tiene por tanto sentido este tipo de películas? Al hacerse esta pregunta, uno está obligado a recurrir al hándicap más famoso del cine. Esta narración tiene sentido en cuanto a que, aunque no queramos reconocerlo, a todos más o menos nos gusta experimentar sensaciones de agobio, más que nada para romper con el día a día, para quebrantar las horas de sueño, para olvidar nuestras malaventuranzas y para pensar, si cabe, que el mal se puede encontrar donde uno menos se lo espera.

Aquí, en este filme, el mal se plantea en dos polos: la familia de lunáticos que recuerda viejos tiempos de trabajo y el papel de marginado social que queda impreso en el personaje de Leatherface, como fruto de la perversión de estereotipos de la sociedad norteamericana. Quizá lo mejor, como ya he comentado, es el uso sumamente eficaz de la banda sonora, y el montaje sincopado.

También el momento en que uno de los chicos se dirige fuera de la casa en busca de su amiga que le está esperando fuera, y detrás de él sale de una puerta Leatherface (todo esto sin música alguna). Acto seguido, toma su mazo y lo impacta de modo brutal sobre su cabeza. Este momento de shock cinematográfico (perfecto ángulo de cámara) no se ha vuelto a repetir con esta misma destreza.

Es horrendo Leatherface visto como la personificación del más salvaje instinto humano.

La actuación de Marilyn Burns (uno no puedo olvidar la cara de histeria que adquiere su rostro montada en el camión, viendo desaparecer a su torturador, escapando del infierno)

Y sobre todo y ante todo, la persecución por el bosque, es inolvidablemente terrorífica.

Tras el estreno en 1974 de La matanza de Texas, el cine perdería todo resquicio de inocencia. Es divertido pensar en cómo se les atragantarían las palomitas a los imberbes espectadores que acudieron al estreno de esta orgía de terror, pesadilla, barbarie, todo ello barnizado con una vocación surrealista y un sentido del humor enfermizo y apasionado. Película de muy bajo presupuesto, rodada en 32 días por un desconocido documentalista llamado Tobe Hooper, en seguida se convirtió en un mito del moderno cine de terror y en referencia absoluta para el subgénero “gore”.

Y es curioso esto, porque en La matanza de Texas apenas se ve sangre. Acabamos la película con la sensación de haber visto un festín de vísceras y, en realidad, se trata precisamente sólo de una “sensación” provocada por una planificación que juega con cerrar los límites del plano para crear un clima de angustia y que desarrolla, además, una iconografía bizarra de elementos que, puestos todos juntos, cargan el ambiente de la ficción hasta un punto extremo. Los planos de la gallina que se agita en el salón de la casa, llena de esqueletos, de jaulas y de sillones desvencijados nos introducen en una pesadilla inimaginable.

Porque lo más grandioso de La matanza de Texas no es lo que cuenta, sino lo que no cuenta. Los horrores a los que asistimos no son más que una pequeña parte de los que nos imaginamos, y algunos de los asesinatos (como el del chico de la silla de ruedas) están más sugeridos que mostrados directamente. No existe en la película una historia de la familia de caníbales, por lo que se deja al espectador la libertad de imaginar un pasado coherente que haya podido acabar en esa panda de maniacos. La historia en la que se basa el filme, la del asesino Ed Gein, no es más que el punto de partida reconstruido totalmente y que apenas se reconoce como una versión libre de los hechos reales.

La matanza de Texas alude al terror más cercano, a lo más perverso que se esconde en cualquier rincón de nuestro entorno. Una apacible casita con porche, situada en Texas, es la morada de una familia de antropófagos coleccionistas de huesos. En definitiva, una de las familias más perversas que ha mostrado el cine desde el retrato de la familia Trapp de “Sonrisas y lágrimas”.

Porque La matanza de Texas es, en el fondo, un canto de amor a la familia y al trabajo. Sólo tenemos que preguntarnos una cosa: ¿por qué esta familia de salvajes es una familia de salvajes? La respuesta surge al instante: porque falta una mujer. Las más recónditas pulsiones pueden adivinarse en las relaciones entre los miembros de la familia (incesto, gerontofilia, pedofilia) y todo por la falta de una fémina en el hogar. Y la verdad es que en ese hogar no ha habido una mujer en mucho tiempo: la casa está sucia y desordenada, nadie hace la compra y, en consecuencia, se dedican a matar a la gente para comerla cruda, no existe decoro en la mesa, en definitiva, un desastre absoluto. Lo que diferencia a La matanza de Texas de Sonrisas y lágrimas (1965, Robert Wise) es que, mientras en esta última aparece en el momento preciso como una mujer con vocación de madre y ama de casa (las únicas mujeres hasta que llega Julie Andrews son las niñas y la criada), esta posibilidad de redención no aparece en el filme de Tobe Hooper, condenando a la familia a una vida de desorden, canibalismo y pereza. Y es que el capitán Von Trapp no era más que un viudo de un carácter inaguantable que, de no haber aparecido la maternal institutriz en su casa, a saber qué barbaridades podría haber cometido.

Robert Wise tuvo el acierto de salvar a la familia Trapp merced a la presencia de Julie Andrews (a pesar de que, en la vida real, la huida de los Trapp acabó sin éxito), y Tobe Hooper opta por mostrar la otra cara de la misma moneda, especificando las consecuencias de una unidad familiar rota. La falta de cariño que existe en el hogar encuentra su perfecto reflejo en la cara oculta de Leatherface, metáfora de un rostro carente de toda afectividad y valores educativos.

En esta lectura se podría entender el motivo por el que no muere la chica protagonista: su presencia turba la vida cotidiana del grupo familiar. De hecho, es tal la ruptura de esquemas que provoca, que, en lugar de asesinarla de buenas a primeras, le organizan una cena llena de ceremonia, una pequeña fiesta de bienvenida cargada de hospitalidad y reverencia. La ocasión lo merece, y el sacrificio se pretende realizar no de una manera aséptica, sino de buenas maneras y cediendo el honor al abuelo. Se podría pensar incluso que nadie quería matar a la joven, y que todo el ritual retrasa la ejecución como manifestación de un mecanismo psicológico que impide matar a una figura tan ajena a la familia caníbal como lo es la de la mujer-esposa-madre.

Porque, ojo, no olvidemos que los jóvenes que llegan de excursión y que se convierten en víctimas de los asesinatos son unos hippies (viajan incluso en la típica furgoneta hippie) que van de políticamente correctos (tienen a un amigo paralítico del que pasan en cuanto pueden para ponerse a fornicar entre ellos) y que rechazan todo lo diferente, como muestra su expulsión del autoestopista, al que arrojan del automóvil sólo por ser diferente. O sea, que forman el estereotipo de los “rebeldillos” hijos de papá que en cuanto se quedan sin dinero vuelven a su casa y que aseguran la continuidad generacional, como grupo retrógrado que es, de los matrimonios burgueses y yuppies de los años 80.

Fascinante resulta, a modo de conclusión, volver a ver “La matanza de Texas”. El terror se manifiesta en varios niveles y constituye una cinta que gana con el paso del tiempo, adquiriendo tintes de profecía de las figuras que se crían en esa zona de EE.UU., cuna de vigorosos presidentes norteamericanos. Que se utilice una sierra mecánica o una silla eléctrica poco importa. Lo importante son los afanes asesinos, las causas de la demencia, y las consecuencias de las acciones.

La matanza de Texas no trata el tema de la violencia, sino que la hace perceptible. Tobe Hopper no analiza las causas, sino que transmite la vivencia sensorial de topar con ella…
La película estuvo prohibida en Noruega (se estrenó sin censuras en 1997), Suecia (hasta 1984, pero luego censurado hasta 2001), Chile (hasta 1978), Irlanda y Alemania.
El director logró convencer para aceptar a los papeles a una gran mayoría de estudiantes en la Universidad de Texas.

Con tan solo un presupuesto de 140.000 dólares, el filme logró recaudar 35 millones de dólares.

En un principio no se optó por el título deLa matanza de Texas hasta casi su estreno. La cosa se inclinaba más tanto “Leatherface” como “Headcheese”.

La película ha dado lugar a diversas secuelas: La matanza de Texas II (1986, Tobe Hooper), La matanza de Texas III (1989, Jeff Burr), La matanza de Texas: La nueva generación (1994, Kim Henkel) y La matanza de Texas (2004, Marcus Nispel).


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