LA NOCHE AMERICANA (La nuit américaine)

Película estrenada entre 1973-1975

Director: François Truffaut. 1973. Francia-Italia. Color.
Intérpretes: Jacqueline Bisset (Julie), Valentina Cortese (Sévérine), François Truffautt (Director Ferrand), Jean.Pierre Léaud (Alphonse), Jean-Pierre Aumont (Alexandre), Dani (Liliane), Nathalie Baye (Jóelle)


El director Ferrand comienza el rodaje de su nueva película, la última que será filmada en unos grandes estudios cuyos momentos de gloria se han quedado en el pasado. Envuelto en la nostalgia y la incertidumbre, Ferrand se ocupa de todos los aspectos del rodaje. A veces tiene la respuesta a los cientos de preguntas que se le hacen. Otras, las más, responden sin estar totalmente seguro de que sus indicaciones sean las correctas. Una joven estrella internacional, Julie, se incorpora al rodaje de la cinta. Ella es la protagonista junto con Alphonse, un joven actor cuya inseguridad se transmite al personaje que encarna. Junto a ellos, un grupo de estrellas del pasado, técnicos y personal de apoyo cumplen con el mágico ritual de llevar a la pantalla la historia de Pamela. El resultado puede ser maravilloso o simplemente, una película más que pronto se olvidará..
“Filmar una película es como viajar en diligencia por el Salvaje Oeste: al principio uno espera tener un boniito viaje, pero muy pronto sólo se pregunta si llegará a su destino” (François Fruffaut)

Celebración nostálgica de la alegría de hacer cine, la última de las artes comunales, La noche americana es la película que todo estudiante de cine debe ver obligatoriamente al menos una vez en su vida. Es también, con seguridad, la película que le acompañará, por siempre, en los momentos dulces y amargos de su carrera tras las cámaras.
En La noche americana Truffaut rinde un sentimental tributo a la fábrica de sueños que fue el cine industrial de los años dorados. La filmación de “Les presento a Pamela” será la última que se lleve a cabo en los estudios de Niza, antiguo centro de la abundante producción fílmica francesa. Los estudios serán demolidos y convertidos probablemente en complejos habitacionales o comerciales, despojados de su antiguo esplendor.
La filmación transcurre en medio de innumerables vicisitudes. Las estrellas de antaño ya no emiten el mismo fulgor. Los nuevos rostros, como el de Julie, quizás sean efímeros y no posean la fuerza suficiente para brillar por décadas, como sus antecesores. El equipo técnico y artístico tiene vidas más complejas y emocionantes que las de los personajes de la cinta que se está filmando.
¿Por qué entonces hacer cine? parece preguntarse Truffaut-Ferrand, duplicándose como director al frente y detrás de la cámara. ¿Se ha convertido el cine en una práctica mecanizada, sin la mística del pasado? ¿O es que acaso todo este andamiaje de mentiras que es el cine no posee algún significado?
Truffaut aborda al cine como una obsesión personal. Sus películas, hasta la ridícula “Pamela” del rodaje ficticio de “La noche americana”, están impregnadas de sus sueños y pesadillas de infancia. El Ferrand-Truffaut que deambula por los estudios, resolviendo problemas del rodaje y de la vida personal de su equipo, es un director que vive para el cine. Welles, Hitchcock, Renoir y sus demás héroes están allí, junto a él, en todo momento.
¿Debe ser el cine una misión de vida para el director? Para Truffaut no parece haber otra respuesta más que “por supuesto”. El cine es una mentira necesaria, como el efecto de la “noche americana”, creado por los directores para hacer más amable la áspera realidad de sus espectadores.
Así como se filma sustituyendo la noche por el día, las películas substituyen los momentos de vida intrascendentes y los convierten en recuerdos gloriosos.
Cinta maravillosa e irrepetible, “La noche americana” ha acompañado los recuerdos de millones de cinéfilos en todo el mundo. Gracias a directores como François Truffaut y a películas como “La noche americana” hay por allí, en algún rincón de este planeta, un adolescente que sueña con el cine y que algún día llegará a filmar una película, de esas que se quedan para siempre en nuestro corazón.

Hacer una película es estar tomando decisiones durante un año, decisiones acerca del guión, el vocabulario, las elipsis, los actores, los escenarios, las luces, el tamaño de los planos, los tiempos, los cortes, e incluso el calibrado de los rollos; la calidad de una película es a menudo proporcional a la inteligencia de las decisiones tomadas, su lógica, su coherencia. La belleza de este trabajo reside en si disimulación, ya que parece que el director sólo ha grabado estos paisajes sublimes, estos actores magníficos, estos hechos emocionantes; se permite el lujo de no ser el responsable de tantas maravillas. √âl, que lo ha escogido todo, puede decir simplemente: “Ahí tienen lo que yo he visto”, hipocresía sublime e indispensable.

Hacer una película es mostrar a la marquesa que sale a las cinco, trazar una ficción, elegir una parte del mundo y olvidar con gusto el resto, resignarse a pasar por un idiota, por una persona de pocas luces o un frívolo, aceptar que tus contemporáneos te juzguen. Es querer meterlo todo en una película (principio de la amalgama) o no meter nada (principio de la vanguardia), impedir que los demás den su opinión aterrorizándolos con la oscuridad de las intenciones. Cuando la ejecución de la película se acerca a la perfección, al final surge una obra maestra, es decir, una película que ha encontrado su forma definitiva, un objeto misterioso y más bien cerrado; cuanto más deja que desear la ejecución, más visibles son las intenciones, y el resultado nos puede parecer entonces conmovedor o lamentable.



Pensemos en un grupo de hombres que filman cualquier escena de cualquier película. Bueno, bien, pensemos en la filmación de una violenta escena de sexo para llegar más rápido al punto. ¿No tiene el director que gritar “acción” después de haberle indicado al actor cómo debe acariciar a la actriz principal?, ¿no vemos, si somos simples espectadores de ese día de trabajo, a un hombre y a una mujer más o menos desnudos rodeados de luminotécnicos, camarógrafos, asistentes de continuidad que dicen “aquí no deben gritar esto sino esto”? ¿No ocurre una comedia afuera, en el set, mientras el operador les dice a los intérpretes muertos de frío en qué parte de la cama no pueden aparecer cuando la cámara comience a rodar? ¿No hay algo menos erótico, en resumen, que la producción de una acalorada escena erótica? ¿No hay una representación más precisa de todo lo que hacemos por salvar la extrañeza que nos produce vivir?
No, no lo hay. No hay nada más triste -eso es, quizás, lo único malo de los estupendos documentales “detrás de cámaras” que vienen con los DVD- que recordar que el cine es simplemente una ilusión. Un truco de magia. Una misa en la que nuestra fe se pone a prueba desde la primera imagen hasta la última. Querríamos que el cine fuera la vida: eso es. Querríamos que las películas no fueran hechas por gente tan perdida como nosotros. Y la verdad es siempre otra.
La verdad tiene que ser lo que ocurre en La noche americana. Los actores no consiguen aprenderse las líneas, las estrellas hacen lo que pueden para descender al nivel de los demás mortales, los romances entre los miembros del equipo pronto hacen insostenible la atmósfera del set de filmación, el dinero se acaba día por día por día, el director empieza a trabajar con la ambición de filmar una obra maestra y en la mitad del camino se conforma con terminar esa película. Y no, el resultado, cuando uno se asoma a la producción de un largometraje, no es un drama terrible. Es una comedia que nos revela tal como somos: seres incapaces de dejar atrás la infancia, jugadores dispuestos a arriesgarlo todo por una escena que valga la pena, actores sin parlamentos a la mano, que venimos y vamos sin saber muy bien qué es lo que sigue. Sí, saber que por medio de ciertos trucos puede filmarse una noche de día (a eso se refiere el título del largometraje) es tan triste como aprender en dónde viven las palomas que salen de los sombreros de los magos. Pero el único camino que nos queda es, entonces, el camino de la risa. Encoger los hombros ante ese pacto que hacemos cuando entramos a ver una película. Perderse en las imágenes como católicos que sospechan, en le puerta de la iglesia, que Dios es un cuento de sus padres.
El propio François Truffaut lo dijo alguna vez: “me han preguntado cien veces este año ¿no tiene miedo de haber arruinado el misterio de un oficio que usted quiere tanto?, y cada vez les he respondido que un aviador puede explicar todo lo que sabe sobre pilotear un avión pero nunca conseguirá desmitificar la maravilla de volar”.
La noche americana, con los planos más conmovedores de Jacqueline Bisset (¿no es cierto que es perfecta?), ligera como un poema que no podemos olvidar, llena de frases memorables (imdb.com recoge algunas: “dígale que hablo inglés pero que no lo entiendo”, “consíganme un gato que sepa actuar”, “dejaría a un tipo por una película pero nunca a una película por un tipo”), no sólo es, creo, una de las mejores películas sobre cine que uno puede encontrar en esta vida menos importante que el cine: es una demostración de que estamos en el mundo para fingir realidades, para negarnos a crecer a toda costa, para ponernos de acuerdo en cómo no pensar en las peores preguntas de la existencia. Cuesta hallar en los alquileres una obra con mejores personajes: el conmovedor director Ferrand (que, como si fuera poco, tiene la cara del propio François Truffaut), la indescifrable estrella americana, el frío esposo siquiatra, el cinematógrafo con suerte, el actor inmaduro que no cederá hasta que las cosas le salgan como quiere (¿no es este el mejor papel de Jean-Pierre Léaud?), todos, entregados en cuerpo y alma a la excursión que es una producción cinematográfica, nos recuerdan a alguien que conocemos.
Porque La noche americana, con sus planos largos bajo la música, no es sólo un largometraje para los amantes del cine, no, sino el retrato de lo que nos sucede cuando nos entregamos a estar con los demás por mucho tiempo. Los “reality shows” tienen que convertirla, hoy, en una de las obras más relevantes de su autor: porque nos recuerda que, cuando nos vemos forzados a permanecer encerrados con un grupo de desconocidos, tarde o tempranos descubriremos en ellos las cosas que sí conocemos: la necesidad del amor, la presencia del deseo, la esperanza de comenzar a vivir, una y otra y otra vez, las historias que nos han hecho felices.

Las películas que hablan sobre películas, sobre el cine, sobre el mundo del cine y la gente del mundo del cine han sido desde su creación un curioso género pequeño al principio que ha ido afianzándose año tras año y década tras década, hasta llegar a convertirse en un género propio y reconocido como tal. De este modo llegando hasta la penúltima película estrenada en nuestro país de Woody Allen, Un final made in Hollywood (2002), la cartelera mundial ha sido el espejo que ha mostrado los trapos sucios del negocio del espectáculo, aquello que se esconde tras las bambalinas y que maquilla el glamour mostrando unas realidades demasiado atroces unas veces, muy exageradas otras pero que siempre han atraído al gran público porque en esas ocasiones la ficción siempre supera a la realidad y lo que se cuenta en esas películas se acerca más a un programa sensacionalista que a una disertación sobre el séptimo arte.
Como en todo género el del cine dentro del cine tiene sus taras. Pocos son los países que se han atrevido a mirar dentro de su propia cinematografía y bucear dentro de su sistema de producción para mostrar al público como se hace una película en su país. Por desgracia, en numerosas ocasiones se debía a una censura o una falta de libertad antes que a un ejercicio crítico. Por eso la gran mayoría de películas que se acercan al tema siempre se han referido y han versado sobre el cine de Hollywood, ese cine que todo el mundo ve, que todo el mundo odia y que todo el mundo se empeña en menospreciar, serpenteando siempre hacia la carga más dura posible hacia ese cine que conocemos todos, a veces (muchas) justificadamente, otras por continuar la moda. De entre todas ellas tan solo Minnelli con su díptico Cautivos del mal y Dos semanas en otra ciudad, ambas protagonizadas por Kirk Douglas, y Tom Dicillo con Vivir rodando han sido capaces de ofrecer un retrato más o menos acertado y acorde con sus interpretaciones e ideas a expresar. Con ello me refiero en que no hace falta ser duro con el oficio que realizas si quieres expresar según que situaciones o aproximarte desde un punto de vista no tan dramático o incluso autobiográfico recordando con cariño los años en que empezabas.
Alejado de toda crítica social o empeño en mostrar una causa, Truffaut se acerca al cine con La noche americana desde el amor cinéfilo que ha vivido desde niño.
Con una filmografía extensamente rica que abarca la mayoría de géneros posibles y en una situación cómoda dentro de la industria, afianzado y gozando del prestigio tanto crítico como social después de haber cambiado el cine con la “nouvelle vague” y sus Cuatrocientos golpes (1959), a principios de la década de los 70 decide aproximar su mirada al mundo del cine y lo hace desde una perspectiva totalmente nueva. A diferencia de las demás películas que tratan el tema, Truffaut se adentra con la mirada de un niño, la inocente mirada embriagada del amor que profesa hacia el cine. Por eso se olvida de fronteras, nacionalidades, efectismos baratos para ofrecer un retrato mágico sobre el cine. En vez de enmarcar una película en el contexto del mundo que rodea al cine, Truffaut va más allá haciendo una película sobre una película. De este modo el nimio argumento del devenir diario de un rodaje se convierte en un desfile de situaciones y personajes que ofrecen al espectador una idea mágica de lo que es hacer cine. A Truffaut no le interesa mostrar los aspectos negativos que ocurran diariamente ni los aspectos burocráticos y aburridos, sino que abre las puertas para mostrar un microcosmos que conforman aquellos que viven dentro de este ecosistema.
El espectador es compañero del equipo técnico que realiza el largometraje dejándose atrapar en las redes de una ambiente hasta ahora desconocido. Pero Truffaut es muy cauto y como director se preocupa mucho en no ser objetivo al retratar el entorno y sus pobladores. Filtra todos los aspectos reales bajo un prisma de ternura provocando en el público una complicidad cada vez mayor. Es inevitable no reírse con las aventuras sexuales de la script, las borracheras de la actriz madura o la inestabilidad psicológica del actor encarnado por Jean-Pierre Léaud. Estos detalles que en la realidad son mucho más duros y mucho más crueles Truufaut los convierte en pequeñas salidas de tono de unos personajes que viven en otro mundo, el mundo del cine.
Quizás ahí devenga la grandeza de la capacidad del cineasta francés para engañarnos desde un principio, puesto que cuando antes se había conseguido que detalles como personas alcohólicas, los conocidos desvaríos de los actores, la promulgada promiscuidad del mundo del cine y demás devinieran en tiernas sonrisas a manos de gente que seguramente antes los criticaba porque no los conocía. Truffaut se guarda en este aspecto una pequeña broma. De todo el equipo, no se salva de la quema ni el director (encarnado por el propio cineasta) el cual es sordo, tan solo la persona más serena y con más sentido común será la estrella norteamericana que viene a rodar (una bellísima Jacqueline Bissett), todo y eso a pesar de su berrinche en el camerino, acercándose muchas veces a un tono cuasi “felliniano” debido a la explícita comicidad que destilan algunos pasajes. Una comicidad para nada absurda ni grotesca, sino sincera y hecha con mucho cariño, cuya unión es un fresco entrañable sobre lo que significa pertenecer a esa raza aparte que es la gente que hace películas.
La noche americana, no es otra cosa que una película realizada por un cinéfilo. Cada uno de los fotogramas emana una pasión que la empareja a aquellos directores que siempre se han considerado antes cinéfilos que cineastas, y para Truffaut éste es su tributo. Todo el amor que siente por el cine lo plasma en el largometraje, pero así mismo tal y como la pretendida subjetividad le otorga ese halo lírico al relato, también juega en su contra. Como ejemplos de ambas vertientes, señalar el magnífico inicio con los ejemplares títulos de crédito que van apareciendo sobre la banda de sonido de la propia banda sonora que suena, un apunte cinematográfico excelente, o pequeños detalles como la calle principal del decorado llamada calle de Jean Vigo. Pero opuestamente en ese ímpetu de mostrar todo, Truffaut cae en gestos innecesarios y totalmente gratuitos como aquel plano detalle en el que el director recibe un encargo de libros, todos ellos de cine, Hitchcock, Dreyer, Rossellini…y el cineasta aguanta el plano hasta que hemos podido observar todos y cada uno de los libros.
Dejando de lado lo comentado arriba y si nos olvidamos del “look” extremo de la época en que fue realizada, cuyo vestuario y peluquería es el reflejo de la década de los años 70, y ciertos dejes técnicos de la moda cinematográfica imperante como los continuos zooms, el visionado de La noche americana es un disfrute continuo y obligado para todo cinéfilo y/o cineasta.
Fácilmente podría afirmar para concluir que pocas veces la academia de Hollywood había acertado tan de lleno en premiar este película, pero estaría muy equivocado, igual de equivocado que lo estoy escribiendo estas líneas sobre las películas conocidas vulgarmente como “extranjeras”, porque La noche americana es una película sin fronteras se mire por donde se mire, sin nacionalidad ni patria, es un tesoro de toda la cinefilia.


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