LA NOCHE SE MUEVE (Night Moves)

Director: Arthur Penn. 1975. EE.UU. Color

Intérpretes: Gene Hackman (Harry Moseby), Jennifer Warren (Paula), Susan Clark (Ellen Moseby), Edward Binns (Joey Ziegler), Melanie Griffith (Delly Grastner), Kenneth Mars (Nick), Harris Yulin (Marty Heller), James Woods (Quentin)


Un antiguo jugador de fútbol, ahora detective privado, Harry Moseby (Gene Hackman), es contratado por una actriz de Hollywood, decadente y alcohólica, que consiguió sus mejores papeles gracias a su matrimonio con un importante productor. Ofrece una gran suma de dinero a quien encuentre a su hija, Delly (Melanie Griffith), de 17 años, quien pese a su juventud, cuenta con un nutrido historial de hombres y de problemas con drogas.

En 1975 −inesperadamente− el cine negro llega a una de sus cumbres de la mano de uno de los realizadores más interesantes de la época moderna del cine. La noche se mueve, de Arthur Penn, es sin duda una de las mejores películas de serie negra de toda la historia. Encontramos en ella todo lo que se pide al cine negro: corrupción y honestidad, esperanza y fracaso, deseo y frustración, venganza y piedad; todo ello en la atmósfera pesada y húmeda de una Florida carente de glamour y sobrada de codicia. El detective privado Harry Moseby, interpretado de forma impecable por Gene Hackman, confirma un tipo de personaje perdido y digno, capaz de buscar un poco de justicia en todo un océano de ambición desmedida. Para alegría de mitómanos hay que destacar la presencia turbadora de una joven Melanie Griffith, convertida, en una seductora lolita de viva breve y trágica.


Junto al regreso de Sam Spade y Philip Marlowe a las pantallas en cuatro títulos muy desiguales de los que cabe recordar, sobre todo, el trabajo de Robert Altman en El largo adiós (1973), los años 70 ven surgir también, dentro del cine de detectives, algunas películas protagonizadas por unos investigadores privados muy singulares que, tanto en su configuración arquetípica como en los contornos de la actividad que desarrollan en las imágenes, se alejan bastante de los moldes habituales del género.

Entre ellos se encuentran el anciano Ira Wells de El gato conoce al asesino (1977, Robert Benton), el escéptico Moses Wine de Un investigador privado (1978, Jeremy Paul Kagan) y el acongojado Harry Moseby de La noche se mueve, el protagonista del filme que Arthur Penn (por iniciativa del productor Robert A. Sherman) acepta dirigir con la intención de ofrecer su propia relectura personal del género a partir de una ficción enmarcada claramente en los contornos históricos de esos momentos.

Un clima de desesperanza y escepticismo, que traslada a las imágenes la visión pesimista de Arthur Penn sobre la situación política que vive el país en esos años, tras el asesinato de los hermanos Kennedy (con los cuales había colaborado en sus respectivas campañas electorales) y de Martin Luther King y la destitución de Richard Nixon, envuelve a una trama argumental no demasiado original en cuanto a sus presupuestos de partida. En ella Harry Moseby (Gene Hackman), un detective desengañado y escéptico que se interroga, como el protagonista de La conversación (1974, Francis Ford Coppola), sobre el sentido moral de su profesión y que se plantea incluso abandonar ese oficio recibe el encargo de encontrar a Delly (Melanie Griffith), una jovencita que acaba de fugarse de su domicilio. El detective cumple con su cometido pero, tras haber devuelto a la hija a su casa, decide investigar la posterior muerte accidental de ésta sospechando que se trata de un caso de asesinato. Junto a esta labor detectivesca, Harry desarrolla otra paralela en la que intenta descubrir la verdad de su propia vida y hallar a su padre (a quien el detective no conoce) mientras afronta, por otro lado, la crisis conyugal que vive con su pareja, enamorada de otro hombre. Incapaz de llegar hasta el fondo de esta exploración psicológica −cuyos resultados no consigue asimilar−, Harry se verá impotente también para comprender los signos del mundo exterior que lo rodea y ello le conducirá , una y otra vez, al fracaso y, finalmente, a una muerte más que previsible en el cierre definitivo de la película.

Sobre esa dualidad que preside toda la estructura narrativa de la historia, se desarrolla un relato presidido por la soledad y la incomunicación, la angustia y la crisis de identidad. A su vez, el trabajo de puesta en escena se desmarca, voluntariamente, de las claves habituales del género para abordar éstas desde una perspectiva más intelectual y reflexiva, en cuyos contornos no es difícil descubrir la influencia evidente del cine europeo de esos momentos.


El propio Penn hará explícita esta conexión haciendo que Harry descubra la infidelidad de su mujer cuando −tras negarse a acompañar a ésta al cine porque, según afirma, contemplar una película de Eric Rohmer es “como ver crecer una planta”− acuda a recogerla a la sala donde aquella ha ido a ver Mi noche con Maud (1969), una película del director francés con el tema del adulterio en primer plano.

Al igual, por tanto, que sucederá también con la evolución del arquetipo cinematográfico de los agentes de la ley −con el protagonista capitán Wes Block (Clint Eastwood) de En la cuerda floja (1984, Richard Tuggle) como ejemplo paradigmático−, los detectives se encuentran asimismo cada vez más inseguros, tienen su psique y su vida familiar destrozadas y manifiestan en su interior el desmoronamiento moral del mundo en el que viven.

El plano último de la película, con la lancha donde navega Harry dando vueltas y vueltas en la superficie del mar, viene a ilustrar, de este modo, el círculo sin salida en el que se encuentra encerrado el protagonista y del que, como su propio país, no puede escapar porque es incapaz de encontrar una solución tanto dentro como fuera de él. Por ello mismo, la resolución final del caso −mostrada en una original secuencia submarina− deja a Harry casi indiferente, pues este descubrimiento no contribuye a despejar ninguna de las incógnitas que envuelven su vida.

Densa y compleja, La noche se mueve plantea una interesante aproximación al género desde una perspectiva novedosa, con adherencias al cine europeo, con una puesta en escena (presidida por un ritmo vibrante y suelto) de indudables raíces televisivas y con referencias metafóricas al callejón sin salida en el que Estados Unidos se encontraba sumergido en esos momentos, ya que la nación parecía manifestar, en plena crisis de identidad, la misma falta de madurez que dejaba traslucir Harry a lo largo de toda la película.

 




 

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