Director: Richard Fleischer. 1975. EE.UU. Color
Intérpretes:
James Mason, Susan George, Perry King, Roy Poole, Richard Ward, Ken Norton, Brenda Sykes, Lillian Hayman, Ji-Tu Cumbuka

Año 1820. En una plantación del sur de Estados Unidos, propiedad de uno de los muchos blancos que compraban esclavos, Warren Maxwell (James Mason) enseña a sus esclavos a ser campeones de lucha. Pero Maxwell ignora que su sobrina, Blanche, vive un romance con el mejor de sus luchadores…
Nadie puede poner en duda la irregularidad que envolvió la trayectoria de Richard Fleischer a partir de los primeros años 70, y que le llevó con el tiempo a productos tan indignos como El cantor de Jazz (1980) -por citar uno que he tenido oportunidad de ver-. Es algo que fue bastante común a realizadores de sus características o incluso otros más veteranos -la lista sería larguísima: Huston, Donen, Fulller, Aldrich – a las que los nuevos y tristes rumbos del cine norteamericano confinó a unos modos mucho menos estimulantes que los que sirvieron como telón de fondo los mejores instantes de su trayectoria.
Pese a esa reconocida irregularidad, no es menos cierto que el paso del tiempo ha permitido una relativa valorización de algunos títulos de Fleischer en este periodo, y que en su momento pasaron desapercibidos. Ni que decir tiene que Cuando el destino nos alcance (1973) o la previa El estrangulador de Rillington Place (1971) gozan de status de culto. A ellas personalmente añadiría las cualidades de Tres forajidos y un pistolero (1974), título de escasísimos medios de producción, pero que revela intermitentemente el talento de su realizador. Muy cercana a esta última película se sitúa en el tiempo Mandingo (1975), que en el momento de su estreno se despachó como una superproducción decadente y anacrónica, desfasada en un cine como el de los 70 que -lamentablemente-, prefería intereses aparentemente más loables.
Sin embargo, más de tres décadas después de su realización, Mandingo emerge como una de esas ignoradas perlas cinematográficas de la primera mitad de aquella década -como El hombre clave (1974, Robert Mulligan), Loca evasión (1974, Steven Spielberg), y aquí que cada uno ponga los títulos de sus preferencias- formando parte destacada de lo mejor legado por el cine norteamericano de estos años de transformación y decadencia.

Pocas películas me han resultado -en bastantes momentos- tan incómodas de ver como esta aportación cinematográfica al terreno de la esclavitud de los negros, que ya de antemano se distancia de las visiones dulcificadoras o maniqueas propuestas anteriormente sobre la cuestión. En este caso, la mirada de tinte naturalista y sus personajes son mostrados en la cotidianeidad de sus acciones -eso es precisamente lo que nos importa más-. En la mansión de los Maxwell, será normal que su patriarca -Warren Maxwell (James Mason)- utilice un niño como cojín para apoyar sus pies en el suelo e intentar trasladarle los reumas que porta. En ese entorno todos saben quiénes son los amos y los esclavos. Para los primeros, el que un esclavo sepa leer es motivo de castigo, y las negras se ofrecen como concubinas de los hijos de los propietarios.
En ese contexto -Hammond (Perry King)- será el “amo” que poco a poco muestre una mayor consideración hacia los esclavos, protegiendo y amando secretamente a Ellen (Brenda Sykes). Pero la ambición de padre e hijo será la de lograr un buen “mandingo”, un luchador con el que puedan competir, y que Hammond logrará en su relación con Ellen, precísamele cuando va a casarse con Blanche (Susan George). Ambos llegarán como nuevos inquilinos del rancho, descubriendo el joven propietario que su esposa no era virgen, y por ello dedicándose a su amante negra, que se queda embarazada. En un viaje realizado para hacer luchar al mandingo, Blanche agredirá a la amante de Hammond, y logrará finalmente que esta pierda el niño que llevaba en su vientre al caer bruscamente de las escaleras.
Tras la brutal pelea que finalmente vence el luchador que ellos tienen, Hammond regresa al rancho y allí se entera de que Ellen ha perdido su hijo. Sin embargo, tampoco su esposa ha dejado de vengarse de la amante de este, provocando relaciones sexuales con el mandingo, que la harán finalmente quedarse embarazada con unos resultados que serán el detonante de la tragedia con la que -paradójicamente- concluirá fríamente la película.
Anteriormente hablaba de lo incómoda de ver que resultaba el filme de Fleischer, y creo que es ese precisamente uno de los rasgos de estilo de esta propuesta, que más allá de recrearse en un periodo oscuro de la historia norteamericana, muestra una mirada realmente demoledora sobre los bajos instintos de la condición humana, que muy bien podrían aplicarse a nuestros tiempos actualizando condicionamientos de época. Y es que Mandingo muestra una galería de personajes realmente despreciables en el terreno de los blancos, pero también cuestionable para unos negros que siguen aceptando con naturalidad “su inferioridad” al ser tratados como animales. Quizá el gran acierto de la película proceda al ofrecer esa mirada con la suficiente distancia, sin tomar partido por lo que vemos, y de alguna manera intentando reflejar lo que “de cotidiano” tenía esa abominable esclavitud de negros.
De forma paralela el filme de Fleischer se beneficia de un reparto muy adecuado -incluso esa mediocre actriz que es Susan George, está impecablemente utilizada-, y al mismo tiempo propone el acierto de incluir como personaje falsamente positivo a Hammond (muy eficaz Perry King), hijo del dueño. Este siempre se mostrará más condescendiente con ellos, pero no dejaremos de verle disfrutar en las peleas que disputa su mandinga, o haciendo gala de su superioridad de raza en las secuencias finales. Sin duda alguna, la psicología de su personaje es compleja y, sobre todo, definitoria de una personalidad finalmente endeble.
Y retomando ese rasgo de crueldad inherente en la película, no se puede omitir el desarrollo de una brutal pelea de negros, utilizando todos los medios más primitivos posibles, y en las que resulta quizá más duro ver las muchedumbres y los señoritos divirtiéndose al ver como dos esclavos se matan a mordiscos. No menos dolorosa es la secuencia en la que Blanche azota a la amante negra de Hammond y esta huye, cayendo por las escaleras y perdiendo el hijo que llevaba en su vientre. Duro es igualmente es el chantaje que la repugnante esposa del joven hacendado lanza al mandingo, teniendo este que acceder a sus deseos sexuales, y que fructificará en quedarse embarazada de un niño negro, que el propio médico asesinará una vez nacido, de la forma más flemática posible.
Esta circunstancia será el detonante y abrirá el clímax final. En el mismo Hammond revelará el atavismo de clase “blanca” que porta en sus genes -incluso empuja a su amante negra y le reprueba su raza-. Una catarsis final que a mi juicio resulta mucho más eficaz que la de la excesivamente pirotécnica de Grupo salvaje (1969, Sam Peckimpah), y que culmina un recorrido lleno de desasosiego por los meandros de esta historia. Una película esta que quizá no depura algunos elementos estéticos muy deudores del cine de la época -planos con cámara al hombro-, pero que aún hoy día sorprende y merece ser destacada por su singularidad. Y también por recuperar en sus imágenes varios de los rasgos visuales y composiciones cinematográficas que cimentaron la personalidad de Richard Fleischer desde sus primeros pasos en la década de los años 50.

La acción tiene lugar en la plantación Falconhurst (Louisiana), en torno a 1840, antes de la Guerra Civil. Narra la historia de Warren Maxwell (James Mason), propietario esclavista de una plantación y, a la vez, tratante de esclavos, que los explota inhumanamente, los dedica a luchar en espectáculos públicos, fomenta la natalidad de las mujeres para vender los bebés a precios de mercado muy ventajosos, los somete a abusos sexuales, les inflige castigos físicos y mutilaciones y dispone de sus vidas como si fueran animales de granja. Deseoso de tener un nieto, arregla el matrimonio de su hijo Hammond (Perry King) con Blanche (Susan George), hija del propietario de una plantación vecina. La unión de ambos provoca una cadena de incidencias dramáticas.
La película ofrece una visión brutal del trato que recibían los esclavos de color en las plantaciones del Sur de EE.UU. antes de la Guerra Civil. La obra levantó una amplia polémica, protestas y críticas, que fomentaron su éxito comercial, pero determinaron su olvido progresivo hasta el punto que en los años 90 del XX sólo se pudo encontrar una copia de la cinta. Muchas descalificaciones se focalizaron en los desnudos frontales, las relaciones interraciales de amor y sexo, las relaciones incestuosas entre blancos, la ninfomanía de Blanche y otros aspectos más relacionados con el mundo de los prejuicios que con el análisis de la obra, calificada por algunos como “una bocanada de aire fresco”, reflexiva, crítica y desmitificadora de la historia esclavista americana. Son destacables la escena del linchamiento de un sirviente colgado de los pies, la fría administración de un vaso de brandy con estricnina, el rechazo de Blanche por no llegar virgen al matrimonio, el castigo mortal de Mede en agua hirviente.
La música, de Maurice Jarre, enriquece la ambientación con melodías de aire sudista muy adecuadas, a las que se añade la canción “Born In This Time”, a cargo del grupo Muddy Waters. La fotografía, de Richard Kline, recrea con sobriedad de medios la atmósfera de opresión y crueldad del relato. El guión acentúa los tintes melodramáticos con una denuncia despiadada del trato que recibían los esclavos en casos extremos, pero posiblemente no infrecuentes, especialmente en el ámbito de los tratantes (compradores y vendedores) de seres humanos, una de las actividades de Maxwell. Las interpretaciones se mueven en un gran nivel de credibilidad y verosimilitud. La dirección imprime al relato una grata fluidez narrativa.
La película, situada probablemente más cerca de la denuncia sin hipocresías que de la exageración, aporta una reflexión a tener en cuenta a la hora de revisar la historia de una lacra que nunca debió existir.