SALÓ O LOS 120 DÍAS DE SODOMA (Salಠo le 120 giornate di Sodoma)

Película estrenada entre 1973-1975

Director: Pier Paolo Pasolini. 1976. Italia-Francia. Color.

Intérpretes: Paolo Bonacelli (El Duque), Giorgio Cataldi (El Obispo), Umberto Paolo Quintavalle (El Magistrado), Aldo Valleti (El Presidente), Caterina Boratto (Señora Castelli), Hélí¨ne Surgí¨re (Señora Vaccari), Sonia Saviange (La Pianista), Elsa de Giorgi (Señora Maggi)

Pasolini pasó parte de su infancia en la República de Saló. Durante este tiempo fue testigo de muchas crueldades por parte del ejército italiano. Muchos de sus recuerdos de la experiencia condujeron a la conceptualización de Saló. También proclamó que la pelí­cula era altamente simbólica y metafórica; por ejemplo, la escena en que se comen heces serí­a una acusación a los alimentos producidos en masa, a los cuales él llamaba “basura inútil”.

Saló (como la pelí­cula es comúnmente abreviada) se desarrolla en la República de Saló, en 1944-45, en el norte de Italia, durante la ocupación nazifascista. La pelí­cula está dividida en cuatro segmentos que aproximadamente hacen paralelo con el Infierno de Dante: Anteinfierno, Cí­rculo de Maní­as, Cí­rculo de Mierda y Cí­rculo de Sangre.

Cuatro hombres poderosos, llamados el Presidente, el Duque, el Obispo y el Magistrado, acuerdan casar a las hijas de cada cual en un ritual libertino. Con la ayuda de varios colaboradores, secuestran a dieciocho jóvenes (nueve hombres y nueve mujeres) y los conducen a un palacio cerca de Marzabotto. Con ellos están cuatro ex-prostitutas, también colaboradoras, cuya función será la de contar historias que exciten a los hombres poderosos, quienes entonces explotarán sexual y sádicamente a sus ví­ctimas.



La pelí­cula presenta tres dí­as transcurridos en el palacio, tiempo durante el cual los cuatro hombres poderosos van concibiendo cada vez más aberrantes torturas y humillaciones para su propio placer. En una de las escenas más infames de la pelí­cula, una joven es forzada a comer las heces del Duque; más tarde, a las otras ví­ctimas se les ofrece una comida gigante de heces humanas -como curiosidad, las heces fueron creadas con salsa de chocolate y mermelada de naranjas-. Al final de los tres dí­as, las ví­ctimas que decidieron no colaborar con sus agresores, y las hijas de los agresores son asesinadas de varias espantosas maneras: desolladas, ahorcadas, marcadas, con penes y tetas quemadas y con lenguas y ojos extirpados. Los que sí­ colaboraron, con la condición de que continúen colaborando, serán conducidos con ellos a Saló.

La controversia acerca de la pelí­cula existe hasta hoy, con muchos elogiando la pelí­cula por su intrepidez y talante en contemplar lo impensado, mientras otros la condenan rotundamente por ser poco más que una pretenciosa pelí­cula de explotación de las pasiones humanas más vergonzosas.

La pelí­cula ha sido prohibida en varios paí­ses debido a su gráfico retrato de la violación, la tortura y el asesinato (principalmente de personas sospechosa de ser menores de 18 años de edad). Se han formulado muchas preguntas acerca de la legalidad de la pelí­cula; por ejemplo, si los actores o actrices que participaron en los actos (evidentemente simulados) sexuales o violentos de la pelí­cula eran mayores de edad.

Fue prohibida en Australia en 1976, permitida en 1993 y recensurada en 1998.

Por mucho tiempo esta pelí­cula no estuvo disponible en muchos paí­ses, aunque en la actualidad está disponible sin cortes en DVD en el Reino Unido, Francia, Finlandia, Holanda, Italia y Chile.

Existen varias versiones de la pelí­cula. Originalmente duraba 145 minutos, pero el mismo Pasolini cortó 25 minutos para ayudar a mantener el ritmo. La versión más extensa disponible es el ampliamente vendido DVD producido por la BFI, el cual incluye una breve escena usualmente no incluida en otras copias: durante la primera ceremonia de bodas, uno de los maestros cita un poema de Gottfried Benn.

La pelí­cula ha sido sometida a intermitentes problemas legales en EE.UU. Ediciones en Laser Disc y DVD fueron publicadas en Norteamérica; el DVD esta actualmente descatalogado debido a conflictos con la familia de Pasolini acerca de la licencia de la pelí­cula. La edición de The Criterion Collection de la pelí­cula en DVD en 1998 ha sido objeto de gran interés a causa de su escasez. Es tan escasa que ha sido catalogada por algunos como la pelí­cula en DVD posiblemente más escasa del mundo. Poco después de que la edición de Criterion fuera publicada, los derechos del DVD no fueron renovados por el distribuidor y Criterion se vio forzado a no continuar su producción, como ya habí­a ocurrido en el pasado con algunos de los tí­tulos de su catálogo. Según su presidente, Peter Becker, Criterion llegó a producir 2.000 copias del DVD. Mientras muchos de los tí­tulos descatalogados de dicha compañí­a han llegado a ser muy cotizados, Saló generalmente ha tenido precios para una copia original tan bajos como de entre 250 y 1.000 dólares americanos. Debido a la escasez del tí­tulo, a menudo muchas copias piratas se hacen pasar por originales.

Irónicamente y a pesar de todo esto, la ampliamente disponible edición de BFI es generalmente considerada superior, con un “tránsfer” superior y una escena adicional inexistente en la edición de Criterion.

Muchos de los nombres de los personajes de la pelí­cula, tienen el nombre del actor que lo interpreta. Las ví­ctimas varones tienen todos el mismo nombre que el actor salvo 2, Froilo: (Franco Merli) y Carlo: (Gaspare di Jenno). Las ví­ctimas hembras conservan la mayorí­a su mismo nombre salvo: Fátima (Faridah Malik), Doris (Dorit Henke) y Eva (Olga Andreis). Los militares y colaboradores también tienen el mismo nombre que el actor que lo interpreta.


La puesta en escena del horror

“Hay un proverbio -y los proverbios son algo muy bueno-, hay uno, digo, que pretende que el apetito se abre comiendo. Este proverbio, por grosero que sea, tiene, sin embargo, un sentido muy amplio: quiere decir que a fuerza de cometer horrores se desean otros nuevos, y que cuantos más se cometen más se desean. Esa era la historia de nuestros insaciables libertinos” (de Saló o los 120 dí­as de Sodoma)

“Nosotros, los fascistas, somos los únicos verdaderos anarquistas una vez -naturalmente-, que nos hemos adueñado del estado. De hecho, la única verdadera anarquí­a es la del poder” (de Saló o los 120 dí­as de Sodoma)



No es sencillo explicar la sensación que experimenté al visionar por vez primera Saló o los 120 dí­as de Sodoma de Pier Paolo Pasolini. Las imágenes de Pasolini me abrasaron, indefenso ante el catálogo de horrores mostrados en la pantalla, me sentí­ en completa inferioridad ante lo expuesto –no estaba preparado-. A su manera, Pasolini, ejercí­a de libertino contra mi figura, una especie de sodomización a mi mente, donde el lí­mite entre el horror y la fascinación habí­a, simplemente, dejado de existir. Me sentí­ aturdido, perdido, confundido, mareado. Horrorizado ante lo narrado, pero -me sorprendí­ a mí­ mismo- fascinado ante lo expuesto de manera explí­cita.


Ha pasado ya bastante tiempo de todo aquello. Hoy en dí­a, revisitado el filme varias veces, poco a poco, a base de inundar mis ojos con saturación de imágenes explí­citas, no tanto por el cine y sí­ por la televisión, verdadero “castillo sadiano de excesos diarreicos y harén de opio para yonkis con rulos y crema de pepino”, éste sigue manteniendo intacta su dureza representativa, su arrollador discurso moral, su absoluta negación de la felicidad en vida y sí­ su retrato del ser humano como hombre entregado a las alegrí­as que crea la vejación más absoluta del resto del género humano. Incluso después de leer a Sade, la experimentación vuelve a ser recurrente. Sade escribió Las 120 jornadas de Sodoma en una celda de la cárcel de “La Bastilla” cuatro años antes de la Revolución Francesa en un solo folio de proporciones inabarcables para así­ poder sacarlo de la prisión para su publicación. La lectura de la novela es de una agresividad similar al efecto de la contemplación del filme de Pasolini.





Los 120 dí­as de Sodoma es ya desde la primera de sus páginas un libro inadaptable al cine: Su catálogo de vejaciones fí­sicas y morales que contemplan “un espeluznante festí­n de aberraciones sexuales: del incesto a la necrofilia, pasando por la coprofagí­a, la urolagnia, el bestialismo, la paidofilia o la gerontofilia, sin olvidar un notable surtido de torturas, como la castración,, la extracción de ojos, la amputación y/o quema de pechos, nalgas, manos .” expuestas en una pantalla se convertirí­a en pornografí­a escatológica bizarra sólo apta para degenerados amantes de las “snuff movies”. Pasolini lo entendió a la perfección y, seguramente, ni existió, ni existe, ni existirá realizador más adecuado para poner en escena el cuento de Sade. Y es que milagrosamente Saló o los 120 dí­as de Sodoma no resulta la obra maestra que es por acumulación, como podrí­a pensarse (o como le ocurre, tal vez, por momentos al cuento de Sade), sino por capacidad de sí­ntesis, por cómo mostrando la esencia de la perversión hace innecesaria la pornografí­a explí­cita.



Pasolini mueve a los libertinos de tiempo y espacio. Pasan de ser nobles franceses absolutistas a los últimos nazis que quedan en Italia en 1944 -la república de Saló fue el último bastión nazi antes de la victoria de los aliados en Italia-, pero conservan sus nobles cargos -un Duque, un Presidente, un Monseñor y una Excelencia-, por lo que el discurso sobre la depravación del poder está intacto. De hecho, tanto en Sade como en Pasolini, todos los protagonistas de las narraciones de las alcahuetas son nobles, ricos, curas o altos funcionarios del estado. Su descripción fí­sica y moral es inenarrable y la de sus ví­ctimas rozan lo angelical, con lo que la mezquindad de los hechos siempre es superlativa. Pasolini era Pasolini, por eso entre otras cosas, fue brutalmente asesinado, y si bien adapta el discurso sadiano sobre la necesidad de negar la virtud para alcanzar el placer, este coge un cariz mayormente polí­tico: la imagen icónica del filme es claramente reveladora, el joven Enzio levantando el puño justo antes de ser acribillado por los libertinos fascistas. Hacer el mal, dice Sade en boca de sus protagonistas, no sólo es más sencillo que hacer el bien, sino que siempre se alcanzan mayores placeres con él. Sade negaba la vida.

Pasolini, que vení­a de realizar su “Trilogí­a de la Vida” -El decamerón (1971), Los cuentos de Canterbury (1972) y Las mil y una noches (1974)-, renegarí­a de ella poco después ante los continuos ataques que sufrí­a su figura tanto de enemigos polí­ticos como de sus supuestos acólitos. Así­, confesó: “Aunque quisiera continuar haciendo filmes como los de la “Trilogí­a de la Vida”, no podrí­a porque ahora odio los cuerpos y los órganos sexuales ( ) la degeneración de los cuerpos y de los sexos ha asumido un valor retroactivo ( ) la vida es un montón de insignificancias e irónicas ruinas”.


Saló o los 120 dí­as de Sodoma es un filme lí­mite. Pasolini, realizador proclive a desdeñar la técnica cinematográfica en aras de un mayor acercamiento a lo poético, emplea en su última pelí­cula una mirada geométrica sobre el espacio del infierno. Su posicionamiento es frí­o, en planos secuencia durí­simos, por lo general lejanos, haciendo que las figuras permanezcan inmóviles a excepción del foco de atención de la narración. Pasolini no tiene compasión, no deja respiro al espectador, no hay nada a lo que se pueda amarrar este ante tanto horror. Para culminar la enajenación del espectador, el realizador de Teorema (1968), utiliza el fondo sonoro de la cinta para enturbiar aún más la imagen cuando una vejación se está llevando a cabo -por ejemplo, la escena en que se obliga a una joven a comer las heces del Duque, que excitado por las lágrimas de ésta, ha defecado en el salón-, pero dicho efecto, lejos de ser un aporte fantástico, adquiere realismo cuando se entiende que es el ruido que provocan los aviones del ejército aliado. Pasolini potencia el realismo para hacer más descarnado el terror de lo expuesto. Pero es mentira que no exista ninguna fuga en el filme. De una manera absolutamente brillante, Pasolini, inocula en tres momentos del filme actos totalmente absurdos que llevarí­an al espectador a plantearse lo veraz de lo narrado, sino se encontrara este totalmente subyugado a la fuerza de las imágenes. En mi opinión, estos son dichos momentos:

  1. La señora Castelli increpada por su Excelencia ante lo poco concreto de sus descripciones, ejercita un baile hasta acercarse al lado de su apelador.
  2. La pianista, figura totalmente marciana en el contexto del filme, rompe a gritar tras una estrambótica representación junto a la señora Castelli.
  3. El Duque, el Presidente y el Monseñor bailan “can-can” en mitad de las ejecuciones del último tercio de pelí­cula.

El cadáver de Pier Paolo Pasolini apareció brutalmente apaleado el 2 de noviembre de 1975 en un barrio de la periferia de Roma, muy cerca de Ostia. El realizador habí­a ya completado su pelí­cula e incluso estaba preparando el doblaje para la versión francesa. El escándalo que se originó de todo ello ha hecho que -la sin embargo, obra importante que es Saló o los 120 dí­as de Sodoma- permanezca hasta hace bien poco como un filme maldito, casi invisible. Es impresionante comprobar cómo 30 años después el filme sigue resultando tan brutal como el primer dí­a, a la vez que su discurso tras las aberraciones sigue siendo totalmente necesario.

 


 


Subscribe to comments Responses closed, but you can trackback. |
Post Tags:

Comentarios cerados.


© Copyright 2005 Claqueta TE RECOMIENDA COCINA Y Recetas de cocina