VINIERON DE DENTRO DE… (Shivers)

Director: David Cronenberg. 1975. Canadá. Color

Intérpretes: Paul Hampton (Roger St. Luc), Joe Silver (RoHo Linsky), Lyon Lowry (Forsythe), Alían Migicovsky (Nicholas Tudor), Susan Petrie (Janine Tudor), Barbara Steele (Betts), Ronald Mlodzik (Merrick), Barrie Baldero (detective Heller), Camille Ducharme (Mr. Guilbault), Hanka Posnanka (Mrs. Guilhat), Wally Martin (el portero), Al Rochman (Parkins), Julie Wildman (Miss Lewis), Arthur Grosser (Mr. Wolfe), Edith Johnson (Olive), Dorothy Davis (Vi), Fred Doederlein (Emil Hohhes)


En el complejo residencial de la torre Stareliner, un científico crea, por medio de unas modificaciones genéticas, unos seres parecidos a las babosas que penetran en los cuerpos humanos, convirtiéndolos en unos enfermos portadores de una “rabia” que les hace tener un insaciable instinto sexual, además de ganas de matar.



Su estilo narrativo es todavía algo tosco y convencional, tengamos en cuenta que el cineasta era por entonces un autodidacta todavía en proceso de formación. Su estilo es únicamente narrativo con escasos movimientos de cámara y algunas ralentizaciones innecesarias. Pero a pesar de ello el contenido ya refleja algunos puntos que serán constantes en sus siguientes largometrajes:

− El filme nos cuenta como una extraña enfermedad convierte a los personajes en zombis hambrientos de sexo. Por primera vez aparece claramente uno de los elementos clave de su cine: la enfermedad. Quizá porque durante el rodaje del filme la enfermedad degenerativa de su padre le había llevado finalmente a la muerte.

− El estreno del filme crea un gran impacto en Canadá: la crítica lo vapulea y la taquilla es un éxito. Aunque llena las arcas de la Canadá Filme Development Corp. que le había ofrecido la subvención, su nombre empieza a ser incomodo en círculos estatales, ganándose Cronenberg el apelativo de: “enfant terrible” del cine canadiense.

− La historia está ambientada en uno de los asépticos escenarios “cronenberguianos”: las torres Starliner. Este complejo residencial podría compararse perfectamente a la clínica de Rabia.

− La ambigüedad sexual también está presente en el filme. Los personajes una vez contaminados tienen toda clase de relaciones, ya sea homosexual como más adelante reincidirá en M. Butterfly, Inseparables y Crash, o incluso pederasta como ya había incluido en el videoclip Stereo.

− Los efectos especiales explícitos y “gore”, son algo incómodos para la época. Cronenberg reincide una y otra vez en ellos como método de expresión en sus sucesivas películas. Esto le colgará una etiqueta de director de “clase B” de la que no logrará desprenderse hasta Inseparables.

Las primeras imágenes de Vinieron de dentro de… corresponden a una serie de diapositivas en las que se muestran las instalaciones del edificio de apartamentos Starline, escenario absoluto de la película. Acompañando estas imágenes, una voz de marcado tono publicitario nos informa de las ventajas de esta urbanización auto-suficiente situada en una isla sólo comunicada con la civilización a través de un puente. Tras los créditos, un matrimonio visita el edificio con intención de mudarse. Paralelamente a estas escenas, asistimos a una violenta lucha entre un hombre mayor y una joven vestida de uniforme escolar. Con este comienzo, David Cronenberg nos da varias pistas sobre el desarrollo de su opera prima: las primeras escenas nos familiarizan con el escenario de la acción, pero, además, ya subrayan el carácter aséptico, casi profiláctico de la comunidad: un lugar de impoluta limpieza, en el que predominan las formas rectangulares, en el que se transmite una atmósfera de seguridad y orden. Pero como nos demuestra el forcejeo entre el hombre y la chica, una agresiva fuerza se incuba en el interior de tanta tranquilidad. La pelea tiene un tono inequívocamente sexual, hasta el punto de dar la impresión de ser una violación. Al culminar con la muerte de la chica y el suicidio del asesino, Cronenberg ya ha desvelado el procedimiento de la enfermedad que asolará a la comunidad: unos parásitos que provocan una gran euforia sexual a quienes están infectados, llevando a los enfermos a un estado de demencia finalmente mortal.


Hay quienes han visto en Vinieron de dentro de… un filme moralista. Desde luego, esta visión del filme es el resultado de empatizar con los protagonistas humanos. En realidad, Cronenberg se pone de parte de los parásitos. Los habitantes de la torre Starline son seres aburridos y apagados, instalados en una comodidad burguesa, habiendo perdido cualquier sentimiento de afecto o pasión entre ellos, como si hubiesen perdido sus instintos más elementales para su supervivencia, condenados a vegetar en su propia apatía existencial: la escena en la cual el Dr. St. Luc descubre el origen de la epidemia es revelador: mientras le comunican la noticia por teléfono, su atractiva enfermera se cambia de ropa delante de él, sin que éste muestra la más mínima atención ante la desnudez de ésta. Pero el apocalipsis creado por estos parásitos no sólo despertará el deseo sexual de los vecinos del bloque, sino el propio instinto de supervivencia: el protagonista tendrá que despertar de su letargo para huir de la amenaza venérea. El hecho de que se conviertan en despiadados criminales o que ese deseo desorbitado les lleve a la muerte es, simplemente, parte de las funciones de los parásitos, los cuales, como los virus, tienen como objetivo eliminar, terminar con el cuerpo que habitan, aunque ello conlleve su propia extinción.


Pero esta enfermedad no será maligna para todos: el personaje de Tudor inaugura la galería de héroes de la “Nueva Carne” “cronenbergiana”: al igual que, por ejemplo, Rose en Rabia, la Lona Carver de Cromosoma 3, Max Renn en Videodrome o el protagonista de La mosca, Tudor no verá la epidemia como una amenaza, sino como un paso para la evolución del ser humano, los cimientos de la Nueva Carne: Tudor llegará a tratar a los parásitos como si fueran hijos suyos, remitiendo de nuevo a Cromosoma 3 y la relación de Nola con sus “hijos”. Por otro lado, la escena en la cual la enfermera Forsythe relata un sueño que ha tenido, concluyendo con una teoría por la cual, según ella, todo aquello que nos rodea, todas nuestras acciones tienen un principio y final puramente erótico, una razón de ser sexual, parece una declaración de principios parecida a la que Brundle-Mosca desarrollará con su discurso de la política de los insectos.

Como se puede comprobar, ya en sus inicios (porque, repito, Vinieron de dentro de… es la primera película del director canadiense pese a algunos listillos que nos remiten a sus experimentales mediometrajes Stereo y Crimen of the Future para dar muestras de su erudición), Cronenberg ya desarrollaba ideas y elementos que conformarán su filmografía posterior. Lástima que este concepto tan interesante sobre el papel tenga una plasmación visual tan tosca como torpe. El propio Cronenberg ha confesado que se acercó al cine más como un medio artístico en el cual desarrollar sus obsesiones que como un medio narrativo, lo cual explica su despreocupación por los personajes en particular y, en fin, el guión en general.

Con todas sus irregularidades, no faltan buenos momentos a lo largo del metraje (la escena de la bañera con el encuentro entre Barbara Steele y uno de los parásitos o el final en la piscina) y, desde luego, no carece de interés un filme que parte como una versión venérea de La noche de los muertos vivientes para acabar realizando una metáfora profética acerca del SIDA.


La invasión de los parásitos afrodisíacos reptantes

La idea original es de William Burroughs y consiste en un virus que se aloja en el interior del hombre, logrando suplantar alguna de las funciones de su organismo. De esta manera entre este virus y el humano se genera una suerte de relación simbiótica, no pudiendo vivir uno sin el otro. Pero el hombre, creyendo tener absoluto dominio sobre el virus, no se da cuenta de que este ha usurpado sus patrones de comportamiento, y quien controla su vida es este virus/parásito y no él. Segun la concepción de Burroughs este virus no es otra cosa que el lenguaje, al que nosotros creemos dominar, cuando en realidad condiciona nuestras maneras de pensar, nuestros modos de relacionamiento, nuestra vida entera.

Esta idea de fusión “burroughsiana” resumida aquí en forma tan atropellada tiene sus ecos en la mayoría de las películas de Cronenberg, quien homenajea al escritor en forma obsesiva e insistente. Buscar en Vinieron de dentro de…alusiones al lenguaje es sin duda forzar demasiado la lectura; Cronenberg parece hacer pie en Burroughs para crear este engendro, pero no lo copia. Sus películas toman entonces la dimensión que sólo un autor enormemente talentoso puede darles, logrando significaciones diferentes a las de las fuentes originales de inspiración.

Otro referente inevitable para Vinieron de dentro de…es la película La noche de los muertos vivientes (1968, George A. Romero), pero la lógica de zombis caníbales traídos a la vida por un mutante no parece haber convencido demasiado a Cronenberg, quien reformuló la historia imprimiendo en ella sus inquietudes personales, y dándole además una base algo más científica: el causante de “zombificar” a la gente ya no es un mutante sino parásitos que una clínica experimental ha generado para curar enfermedades terminales, y que se colocan en el lugar de ciertos órganos defectuosos de los pacientes con el objeto de que cumplan eficazmente sus funciones.

El asunto adquiere tintes inequívocamente “cronenbergianos” cuando los portadores de los parásitos comienzan a ser víctimas de una lujuria irreprimible (y aquí el lenguaje y los prejuicios me traicionan; pongo “víctimas”, pero lo cierto es que los zombis no parecen pasarla nada mal), e intentar contagiar este flagelo a quien se les cruce. Es llamativo que en esta relectura del relato de los zombis, estos no padezcan de una “muerte cerebral”, por la que desaparece todo vestigio de humanidad, sino que hasta parecen comportarse como gente “normal”, pero liberada de las rígidas ataduras de la autorrepresión.

En una escena crucial de la película, la actriz Lynn Lowry se desahoga contándole al protagonista: “Tuve un sueño preocupante anoche. En él me encuentro haciendo el amor con un extraño, pero tengo problemas porque es viejo y moribundo y huele mal y lo encuentro repulsivo. Pero entonces él me dice que hasta la carne vieja es erótica, que la enfermedad es el amor de dos criaturas entre sí, que morir es un acto de erotismo, que hablar es sexual, respirar es sexual, y que incluso la existencia física es sexual. Y yo le creo y hacemos el amor de maravilla”. En esta cita y a lo largo de su obra Cronenberg parece decir que las verdaderas pulsiones no conocen una orientación sexual definida, y los tabúes, las prohibiciones, los gustos estéticos, son pautas culturales adquiridas y grandes escollos para que el individuo alcance su plenitud sexual.

Es innegable el goce que se siente al ver en la película a quienes otrora habían sido yuppies correctos y pulcros convertidos en verdaderos sexópatas desbocados, sumergidos en una orgía sangrienta. La anarquía sexual causada por los parásitos deriva en violaciones, lesbianismo, homosexualidad, incesto, pedofilia, y hasta en coprofagia, si se tiene en cuenta que los parásitos se asemejan a heces reptantes. El director había dicho en una entrevista para la Rolling Stone “El artista quiere darte lo que tú no sabes que quieres, algo que la próxima vez ya podrás saber que te gusta, pero que nunca supiste que querías”. Lo viscoso, lo carnal, lo orgánico en su cine producen tanto rechazo como fascinación; Cronenberg tiene la extraña facultad de saber transmutar una situación aparentemente desagradable en algo inquietantemente placentero.


La amplia mayoría de las películas del cine “gore” desde sus comienzos hasta ahora no tiene el poder de impresión que aún conserva Vinieron de dentro de…. Cronenberg siempre ha sido muy meticuloso en lo que refiere al cuidado estético de sus filmes, y esta película no ha envejecido a nivel técnico ni en su temática. No se debe dejar de lado tampoco que las primeras obras del director sentaron las bases y fueron pasto de inspiración para otros grandes productos viscosos como Eraserhead (1978, David Lynch) o Alien (1979, Ridley Scott) y más adelante para obras maestras del videoclip como las del oscuro y grandioso grupo norteamericano Tool (entre otras joyitas Prisonsex (1994) y Stinkfist (1996, Adam Jones) o Sober (1993, Fred Stuhr).

Es evidente la arremetida del director contra una clase social a la que probablemente considere falsa e hipócrita. En cierto momento el espectador se entera de que el científico suicidado que había creado y esparcido a los parásitos guardaba un profundo rencor contra la humanidad, y veía al hombre como un ser abyecto que hasta tal punto lo sobrerracionalizó todo, que se ha vuelto incapaz de satisfacer sus más elementales instintos. Este científico loco probablemente no sea otro que el mismo Cronenberg, creador de toda esta desestructurante parábola sobre las propias limitaciones del ser humano.

Según el crítico Bob Stephens, el complejo habitacional donde transcurre la acción, que habría sido ideado arquitectónicamente para aislar los sonidos y crear un ambiente apacible y confortante, opera en forma contraria a su razón de ser cuando el ataque de los zombis, confinando y causando la incomunicación entre las víctimas. La alienación del individuo en apartamentos compactos se revierte cuando la liberación sexual, en una vuelta del hombre a sus orígenes, culmina por integrar a perfectos desconocidos en orgías colectivas.

Dato bizarro: durante la filmación la actriz Susan Petrie rogó a Cronenberg que la golpeara, ya que le importaba mucho el papel y lo lograba llorar por voluntad propia. Luego de dudarlo un rato, y vista la insistencia de la actriz, Cronenberg accedió y la abofeteó, pero ella pidió que lo hiciera aún más fuerte. Esto se fue convirtiendo en un ritual al que se fue acostumbrando todo el equipo de producción. Cada vez que se debía rodar una toma con la actriz, Cronenberg le daba unos golpes, ya que la mayoría de las escenas en la que ella figuraba debía aparecer llorando. Cuando la hermosa actriz Barbara Steele, (todo un icono del cine de terror de los años sesenta) vio a Cronenberg en semejante despliegue de violencia, armó un escándalo y amenazó con denunciarlo a las autoridades. Sólo se calmó cuando la propia Susan Petrie le explicó que había sido ella misma quien había pedido al director que la golpeara (tal vez esto le haya terminado por gustar a Cronenberg, quien por lo general incluye en sus películas escenas en las que se violenta a alguien del sexo femenino).

 


 

Tags:

Si te gustó esta entrada anímate a escribir un comentario o suscribirte al feed y obtener los artículos futuros en tu lector de feeds.

Comentarios

Aún no hay comentarios.

Escribe un comentario

(requerido)

(requerido)