YAKUZA (The Yakuza)

Película estrenada entre 1973-1975

Director: 1975. EE.UU.-Japón. Color

Intérpretes: Robert Mitchum, Ken Takakura, Brian Keith, Herb Edelman, Richard Jordan, Keiko Kishi, Eiji Okada, James Shigeta, Kyosuke Mashida, Eiji Go


Harry Kilman (Robert Mitchum) es un norteamericano que vive tranquilamente en su paí­s tras haber regresado de Japón, donde residió como soldado durante los años de ocupación. Allí­ dejó a su mujer amada, Eiko (Kishi Keiko), un hecho del cual nunca ha podido recuperarse emocionalmente. Sin embargo, un viejo amigo llamado Tanner (Brian Keith) le pide que vuelva a ese paí­s para que rescate a su hija, que ha sido secuestrada por un grupo de yakuzas con los que realizaba negocios. Al llegar, Kilman debe enfrentarse con su pasado, con su amor platónico y sobre todo con el hermano de ella, Tanaka Ken (Ken Takakura), ex-yakuza callado pero de fuerte personalidad que impidió que su hermana contrajera matrimonio con él.


La atracción que en la actualidad existe hacia las culturas asiáticas es realmente increí­ble. Ya sea el “tai-chi”, las artes marciales, el sushi o las pelis de Takashi Miike, lo cierto es que lo oriental está de moda. Los resultados de la globalización ya están aquí­ y nosotros (los occidentales) vemos en aquellas tierras nuestra oportunidad para distanciarnos de lo común, de lo tí­pico, como bien dice en particular Josep Lluí­s Fecé en su escrito sobre el cine de Kore’eda (perteneciente al libro “El principio del fin”), cuando afirma que “el cine japonés de los años 90 actúa como signo de distinción para un selecto y casi exclusivo grupo de seguidores”.

Fue precisamente este mundo tan exótico en general, unido a la explosión del cine de yakuzas de los años 70, lo que propició el interés de los hermanos Schrader (Paul y Leonard) para escribir un guión que uniera la sociologí­a del yakuza con el pragmatismo del norteamericano, y que a la vez fuera de fácil consumo para el público estadounidense. El director que se hizo cargo del proyecto fue Sidney Pollack, un realizador que si bien ha tenido una carrera llena de altibajos, en aquel momento (recordad que hablamos del año 1974) contaba con una buena reputación ganada a pulso con tí­tulos como Danzad, danzad, malditos, Las aventuras de Jeremiah Johnson, o Tal como éramos. Vista hoy en dí­a, Yakuza no ha envejecido demasiado, y se podrí­a afirmar que es uno de los grandes tí­tulos de este director, algo impersonal para mi gusto (su creador, obviamente).

En primer lugar, hay que reconocer que el guión del filme es sumamente sólido. No sólo porque narra una historia donde mezcla con maestrí­a temas como la amistad, el amor o el honor, sino por conceder tanta importancia a aquello que no se ve y solo se percibe.



Precisamente Yakuza está estructurada en base a un momento dramático que sucedió en el pasado, y que solo conocemos mediante los comentarios de sus protagonistas, hecho vital para conocer los sentimientos de los personajes así­ como ese aura melancólica y decididamente crepuscular que rodea al filme, agravada por la dirección sobria de Pollack y la inclusión de una banda sonora basada en temas jazzí­sticos propios de un tugurio del Bronx.

El carácter decadente de Yakuza, propio de unos protagonistas a los que la vida ha golpeado sin piedad y que ya no tienen casi nada que perder, no se convierte en un sí­mbolo de desmitificación de la propia ideologí­a o códigos yakuza. Más bien todo lo contrario, ya que el filme gira precisamente en torno a toda esta ética de la lealtad y la expiación de los errores, tratándola con respeto desde esa mirada del observador distante, que dirí­a Nöel Burch. El ritmo nostálgico de la pelí­cula también se deja entrever en las escasas secuencias de acción, con una planificación magní­fica que, sin quitar espectacularidad, sí­ se contemplan sin perderse en la confusión de planos de los largometrajes actuales. No puedo olvidarme de destacar al trí­o protagonista, unido por el dolor y por un secreto que a modo de “final twist” se desvelará a su tiempo y nos obligará a replantearnos de nuevo su desarrollo. Robert Mitchum se muestra como un tipo tranquilo en su papel del “gaijin” -término utilizado en Japón para nombrar a todo extranjero término utilizado en Japón para nombrar a todo extranjero término utilizado en Japón para nombrar a todo extranjero- más japonés de todos los tiempos, Kishi Keiko está muy contenida en su rol de fuerte dama nipona, pero secuestrada emocionalmente por el machismo de una sociedad y por las decisiones familiares, y por último, Ken Takakura (icono del cine de yakuzas) realiza una actuación espléndida en su faceta de hombre maniatado por los códigos de honor de su paí­s, y con un secreto tan doloroso que no le ha permitido vivir en armoní­a con lo que le rodea.

Quizá se le pueda achacar algo negativo al filme, si bien es un hecho aceptable dado el público al cual va dirigido. Éste es la figura de Dusty (Richar Jordan), acompañante de Kilmer en su viaje, que es no es más que cualquiera de nosotros, observadores distantes y legos en materia de cultura japonesa. Es el personaje que no sabe de ese mundo, y al cual, como a la audiencia en general, se le explica con detalles varios entresijos del mundo yakuza, y del modo de vida nipón, explotando ese aura de exotismo.

De todos modos, no es más que una ligera licencia totalmente perdonable. Yakuza es una magní­fica pelí­cula, intimista y muy dolorosa, que explora tanto los códigos de honor japoneses como un tema tan universal como es el choque cultural entre dos mundos que parecen condenados a entenderse… ¿o quizás estas diferencias son tan irreconciliables?


En la turí­stica población costera de Amity Island los ataques de un tiburón blanco está causando el pánico entre sus residentes y visitantes.

El jefe de la policí­a local Brody (Roy Scheider), requerirá la ayuda del ictiólogo Hooper (Richard Dreyfuss) y de un veterano marino llamado Quint (Robert Shaw) para acabar con el temible pez.

Después de su brillante telefilme El diablo sobre ruedas y su primera y fallida incursión en pantalla grande con Loca evasión, el joven Steven Spielberg facturó con esta pelicula su primer gran trabajo y monumental éxito de taquilla.

Tiburón es un meritorio aunque sobrevalorado filme, valioso en muchos aspectos. Se trata de un notable ejemplo de cine de aventuras más que de terror. La pelí­cula se sostiene con intensidad durante todo su desarrollo, con tenso pulso narrativo y conseguida sensación climática, alcanzando su punto culminante en las impresionantes secuencias de la cacerí­a del escualo, llevada a cabo por el estupendo trí­o protagonista, un honesto e hidrófobo policí­a, un afable cientí­fico y un malhumorado y vehemente marino.

Basado en un best-seller de Peter Benchley, aquí­ también co-guionista y con ecos de la perturbadora novela de Melville, Moby Dick, especialmente en el personaje de Shaw, el filme ofrece también una ácida mirada al choque entre los intereses económicos y el sentido del deber, así­ como a la diferenciación entre la teorí­a y la práctica, la presunta bisoñez y la agria experiencia.

La pelí­cula, con un notable montaje y trabajo de producción (el tiburón fue diseñado por Joe Alves) y contando con la galardonada música de John Williams, se convirtió en un fenómeno social que provocó que las playas se poblaran de medrosos bañistas.

Fue posteriormente imitada hasta la saciedad, seguida por unas secuelas muy inferiores.

 


 


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