Director: John Carpenter. 1976. EE.UU. Color
Intérpretes: Austin Stoker (Ethan Bishop), Darwin Joston (Napoleon Wilson), Laurie Zimmer (Leigh), Martin West (Lawson), Tony Burton (Wells), Charles Cyphers (Starker), Nancy Loomis (Julie), Peter Bruni (vendedor de helados), John F. Fox, Kim Richards, Marc Ross, Alan Koss, Henry Brandon, Frank Doubleday, Gilbert de la Pena, Peter Frankland, Al Nakauchi, James Johnson

Un grupo de presos es trasladado y, durante unos momentos, paran en la comisaría del distrito 13. Al poco se inicia un tiroteo por parte de unos pandilleros, que asolan el precinto.

Escenificada con un funcionalismo excento de adornos en el que ningún enfoque está de más, ningún plano se desvía del camino.
Lo que mucha gente sabe es que John Carpenter es un maestro del género del Terror y Ciencia-Ficción y que en particular, esta película causó un impacto apabullante al mostrar la violencia y la brutalidad en toda su crudeza. Lo que poca gente sabe es que esta película pretende ser una revisión de la mítica Río Bravo, de Howard Hawks, director idolatrado por Carpenter, utilizando como referencia la no menos mítica, La noche de los muertos vivientes.
En todas ellas un grupo de personas tienen que resistir a los ataques indiscriminados de gente del exterior con la muerte como único objetivo. Carpenter, evita todo tipo de moralina y metáforas socio-políticas, y nos ofrece un thriller de culto, dosificando a la perfección, humor, acción y violencia, para disfrute tanto de público como de crítica.
Sí, en efecto, Asalto a la comisaría del distrito 13 (1976), tal como se ha dicho de forma insistente, es una nueva versión del emblemático Río Bravo (1959), de Howard Hawks; de ese modo, el larguísimo clímax final del filme con los policías encerrados en la comisaría y la pandilla de delincuentes acribillándolos sin compasión es una referencia directa al acoso que sufren John Wayne, Dean Martin y Walter Brennan cercados por los malos en la oficina del sheriff. También se ha querido ver una referencia a La noche de los muertos vivientes (1968, George A. Romero), que disfruta de un remate similar, y donde el papel de los zombis lo tomarían los delincuentes; y es que, pese a tratarse, en apariencia, de un mero filme policial, la tensión y densidad que se alcanzan equipara a esta excelente película con una cinta de terror.

Aún con el uso del formato panorámico -constante de Carpenter a partir de esta película, y que no traicionará en momento alguno, salvo en las producciones televisivas, obvio es-, el realizador confiere a la cinta un sentido claustrofóbico encomiable, a base de integrar en un mismo plano diversos motivos o ahogar al personaje contra los bordes del fotograma; a ello ayuda, de igual forma, la excelente fotografía de Douglas Knapp, cuya lobreguez acosa de un modo casi físico a los intérpretes. De ese modo, el agobio de los personajes al sentirse cercados por los asesinos logra ofrecer una identificación empática con el espectador, quien seguirá las incidencias expectante y lleno de interés. Posee el filme, de igual modo, una de las escenas más atroces que hayan sido ofrecidas en película alguna, como es el frío y despiadado asesinato de la niña que va a comprar un helado.