EL ÁRBOL DE LOS ZUECOS (L´albero degli zoccoli)

Película estrenada entre 1976-1978

Director: Ermanno Olmi. 1978. Italia-Francia. Color
Intérpretes: Luigi Omaghi, Francesca Moriggi, Omar Brignoli, Antonio Ferrari

Dos recién casados de la región de Lombardía deciden marcharse de viaje de novios a Milán, donde visitan a una tía monja que vive en un convento. Allí, las religiosas les piden que adopten a un recién nacido que ha sido abandonado por sus padres. El párroco de una pequeña aldea insta a una humilde familia de campesinos lombardos – en 1890- para que el miembro más joven acuda a un colegio que se encuentra a bastante distancia del pueblo. Una mirada hiperrealista a los habitantes de una campiña italiana, donde Ermanno Olmi propone una ficción sin dejar de mirar a la realidad, algo que consigue empleando actores no profesionales de la zona, los cuales no sólo dan lo mejor de sí, sino que otorgan frescura y naturalidad a una historia cotidiana.


Un árbol da frutos, sombra, abrigo. El árbol imaginado por Ermanno Olmi da zuecos, calzado duro para pisar mejor la tierra dura, para afirmarse y seguir caminando.
En las vidas de estos campesinos todo es duro y todo es útil. El estiércol es el abono para la huerta, el árbol se transforma en calzado, pero también en fuente de desgracias: uno de ellos es expulsado de la granja por derribar el árbol del que fabricaría los zuecos para su hijo. La vida de un puñado de familias, compuestas por casi siervos de la gleba en una granja cercana a Bérgamo, gira en torno de las transformaciones y los ciclos de la naturaleza y la brutal explotación de los señores.
Un clásico del cine italiano y europeo, Palma de Oro en Cannes, y ejemplo diáfano del cine de Ermanno Olmi. El director cuenta la historia de un grupo de campesinos lombardeses a fines del siglo XIX (y son estos mismos campesinos los actores no profesionales del filme) con austeridad, cristiana serenidad y en tono a veces puramente documental y no cinematográfico (claro que el documental es un subgénero del cine).
Se aprecian así una mezcla de Dreyer por lo austero (aunque no llega a su altura) y de Bergman por lo místico (lejos del nivel del sueco) con reminiscencias por el reposo y determinados pasajes en el Erice de El espíritu de la colmena (1973), por lo poético (y lo mismo ocurre que con los otros dos). Así, El árbol de los zuecos es una película más que lenta, aburrida; más que brillante, color sepia; más que admirable por su opción elegida, discreto ejemplo de esa misma opción.
Tiene méritos, obviamente; como el hecho de la dirección de actores no profesionales, o el valor que otorga a la cotidianiedad y el tradicionalismo familiar, así como la importancia de las cosas nimias. Pero no deja de ser una homilía de universal mensaje de paz y armonía, que ni convence ni parece vigente, más bien todo lo contrario.

Esta película no gustará a aquellos que busquen acción trepidante o contenidas emociones filosóficas. A mí me ha parecido maravillosa. Con la excusa de contar la historia de unos zuecos, de los que te llegas a olvidar a lo largo de la película, nos muestra la vida campesina de finales del s. XIX de una manera tan emocionante, tan contenida, que es imposible olvidar sus imágenes, ni sus escenas. El noviazgo, la boda campesina, el nacimiento de los hijos, los juegos de los niños sin escuela, la vida de una viuda con seis hijos pequeños, el papel del abuelo en la transmisión de la cultura y el conocimiento, las fiestas populares, la evolución de los trabajos en el campo según las estaciones, las canciones de la recogida de la cosecha, la reunión entorno al fuego contando cuentos en las largas noches de invierno, los aperos de labranza, el cuidado de los animales de granja y su importancia económica, la matanza del cerdo, la del pato, el mobiliario en las casas, la comida, el respeto a la religión y a sus representantes, el convento de monjas, la importancia de la resignación cristiana, el rezo del rosario, la relación con el poderoso propietario de las tierras, las trampas de los campesinos para sobrellevar las duras condiciones de vida, la figura de los capataces, la casa colectiva, el pequeño comercio, los hospicianos que en Italia recibían el nombre de “niños del pan”, la relación con la ciudad de referencia, Milán. Me recordó la película “Dónde está la casa de mi amigo” por el modo de reflejar la vida sencilla de la gente, pero es mucho más ambicioso, un impresionante y magnífico retrato de la vida cotidiana de los campesinos lombardos de finales del siglo XIX.
La película recibió la Palma de Oro en el Festival de Cannes el año de su estreno, fue protagonizada por campesinos lombardos que actúan tan bien que no se nota su falta de profesionalidad.


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