EL ASESINATO DE UN CORREDOR DE APUESTAS CHINO (The Killing of a Chinese Bookie)

Película estrenada entre 1976-1978

Director: John Cassavetes. 1976. EE.UU. Color
Intérpretes: Ben Gazzara, Timothy Carey, Seymour Cassel, Robert Phillips, Morgan Wooodward, John Kullers, Al Ruban, Azizi Johari, Virginia Carrington, Meade Roberts

Cosmo Vitelli, ex-veterano de la Guerra de Corea, propietario de un club de striptease de Los Angeles, contrae una deuda de juego con la Mafia. Teniendo que pagar en muy poco tiempo, es obligado por los deudores a asesinar a un corredor de apuestas chino. Tras una primera negativa, cumple finalmente el encargo.

Quién podría decir que de una línea argumental tan típica de thriller se pudiese hacer una película tan personal. El estilo de Cassavetes, mezcla de cine independiente americano y cinéma verité, hace que lleguemos a la intimidad de los personajes observando sus largos silencios meditativos, sus gestos personales, su manera de hablar… Hay ciertas frases que me resultaron un tanto chocantes, que no venían a cuento. Poco a poco me di cuenta de que son frases como las que decimos en la vida cotidiana, cosas que creemos que tienen sentido, pensamientos que se dicen en voz alta por decir algo…
El uso de teleobjetivos y cámara en movimiento refuerza esa idea de que se está rodando la vida real y no algo ficticio, y también nos hace recordar que detrás de la cámara hay un sabio director que sabe con precisión qué movimiento quiere y para qué.
Y también a destacar la original manera de presentar un local de striptease, bastante alejada de lo que vemos en el cine convencional.
Por las complicaciones del reparto cultural creado por la modernidad, el acceso al cine de Cassavetes, no siempre es el deseado. El cinéfilo debe emprender una busca en contra de mecanismos de saboteo cada vez mayores. Erradicado de las grandes salas, apenas perceptible en formatos VHS o DVD, la obra de este neoyorkino indescifrable requiere mayor atención. Cosillas de la época. La tendencia a considerar lo histórico como algo muerto y sepultado, incapaz de originar el dinamismo de lo presente, tiende a asimilar los actos de la memoria como un raro incidente, mensurable, estático, como una sustancia muerta. La época actual no sabe qué hacer con el cine de Cassavetes, no sabe cómo poseerlo. Piensa sin relacionar, reflejando la incapacidad de mirar una obra prometida a una continua transformación.
Transformación dada por la capacidad reflexiva que la obra nos transmite. Cine al que hay que volver una y otra vez, siempre que se quiera ser transformado, reiniciado en la via regia que lleva implícita la noción de encuentro, de unión con un orden de significados. El acercamiento a Cassavetes, ha sido poco feliz, la catalogación, llamémosla académica, de su obra, ha ocurrido demasiado rápidamente. Inventario cerrado por los creadores de espejismos, de moldes y poses. Abierto por la dolorosa vigencia de la condición humana que pide ser proyectada. El tema de Cassavetes es el amor, pero sobre todo, la condición inagotable del amor. Sobre sus personajes impera una energía invisible y pavorosa. Su cine es la manifestación de una potencialidad, que resume la premisa de que no hay caminos ni formas para el arte sin libertad pura.
En los hechos de una vida, en sus actos, se advierte cómo esa libertad allana el deseo interior del que se expresa. Se advierte en cada fotograma el aspecto complejo y sutil, que los episodios de la vida del Cassavetes pre-fílmico configuran. En un medio en que las palabras no alcanzan para representar esa totalidad, celebramos a uno de los negadores acérrimos del arte por el arte. Su cine no se puede resumir, ni adaptar, ni simplificar, por lo tanto no se lo puede superar en un sentido positivista. Para comprenderlo hay que captarlo en el origen de su voluntad creadora, en el instante en que marca su ruptura, su partida y su singularidad. Su cine es un trabajo indirecto, fragmentario, parcelario, que simula la inmediatez de una naturaleza representada. Su mundo es un mundo fantástico al que sin embargo creemos reconocer como personal y cotidiano. Esto sucede porque la puesta en escena trabaja alineada con un nivel de inmediatez de lo real, que simula trabajar con la improvisación de las situaciones.
Orientación que está reforzada por el uso del plano secuencia, la cámara alejada, la intromisión del zoom en el ambiente de una escena, el uso del falso “raccord”, la fragmentación, que juegan a favor de un encubrimiento de lo real. Lo que comúnmente se confunde con “improvisación” o “aire de realidad” al hablar de los filmes de Cassavetes, es un juego perfecto, una construcción de contrastes, dada por las expresiones personales de los diferentes niveles de percepción de Cassavetes y sus colaboradores. Cuanto más “real” parece, es más alucinatorio también. Se ha escrito muchas veces que Cassavetes no es un gran artista visual, que su cine es desprolijo, que su sensibilidad no se ocupa del manejo del encuadre, de construir mediante recursos visuales la narración. Esto no es así. Hay planificación detallada de lo visual en todos sus filmes. Se advierte una curiosa confusión, cuya misión pareciera ser la de componer el material, de manera de no romper el encanto que supone la transmutación mágica de lo que se cuenta. Y lo más fascinante: la carga emocional, lírica, dramática, que su personalidad artística administra.
Tema recurrente: la aflicción de su héroe porque el resto del mundo, junto a él, encuentre los significados profundos de lo que está pasando, y de lo que le pasa a él. También, en esa busca, se crean, modifican y destruyen relaciones y familias mediante peticiones de compromisos, fallas de comunicación, ensimismamientos y vacíos, que forman parte del mundo “cassavetiano”. Cassavetes dice que lo que pasa, es signo de algo mucho mayor cuya dilucidación nos compete a todos. El héroe “cassavetiano” es un héroe cercado, acorralado por circunstancias que su personalidad acrecienta. El cine de Cassavetes se sabe inmerso en una sociedad que lo ha excluido del poder, que lo ha etiquetado, catalogado, clausurado en términos cómodos y autoritarios como “independiente”, “aficionado”, “primitivo” y otros. Reduccionismos insensatos a la hora de contemplar una obra, a la que, por lo menos, le debemos el reconocimiento de una contradicción: el derivado de la pasión de una fe en su propia existencia y, por otro lado, el constante escepticismo respecto de los aspectos en los que esa existencia se ve inmersa. De esa lucha de mundos, nace la compulsión que demuestra el poder del arte “cassavetiano”. Sacrificio, poder y fe. Esto es lograr que las permanentes crisis que las representaciones ponen en escena, deriven su poder teatral, no en un sentido estético, sino tradicional.
El asesinato de un corredor de apuestas chino es un filme inclasificable, testamentario. Filme inscrito en la corriente desesperada de la década de los 70, del afán testamentario por alcanzar el filme último, por decirlo todo antes de morir, por mostrarlo todo como si fuese la última vez. Es la historia de una pesadilla fantástica que se desarrolla imperceptiblemente, y se va armando como el filme que más habla de la muerte de todos los de Cassavetes, del horror por la finitud, por el alcance de nuestros actos. Cosmo Vitelli (Ben Gazzara), el dueño de un club de strip-tease, el “Crazy Horse West”, club parece ser su hogar, es una metáfora del cine. Creador, autodidacta, postergado, solitario, dado a la bebida y al juego, su vida al límite lo lleva a ser deudor de la mafia. Hasta tal extremo que es forzado a cometer un crimen como pago de su deuda. Dueño también de un modo de vida basado en la ilusión, la pertenencia y la posesión, es un hombre con ambición de estilo, de reconocimiento.
Las actividades de Cosmo lo llevan a deambular de acuerdo a designios que ni él mismo comprende. Entre sus pasiones figuran las mujeres hermosas, de las que se rodea haciéndolas prácticamente damas de compañía rutinarias y partícipes de sus esfuerzos y desesperaciones. Cosmo Vitelli, uno de los personajes más perturbadores de la historia del cine, es otra posibilidad de Travis Bickle. Actúa, no para pertenecer, para acceder a mundos externos, sino para preservar su mundo artificial, su ilusión de libertad. Vitelli, es un resumen: viscoso, espectral, suave, ininteligible, magnánimo, precario, angustiado, todo en la máscara gestual fascinante y única de Ben Gazzara.
La precariedad de su mundo es clara. El club, el encuadre de su frente, siempre recortado, sus fascinantes claroscuros de papier-maché, la condensación “kistch” de su decoración, su trastienda laberíntica, la sensación transhumante de su camarín, son las manifestaciones de una ley de equilibrio escrita por alguien al borde de la desesperación. Desesperación por dilucidar una visión, manifestante de entelequias y callejones sin salida. De alguien que piensa en la posibilidad de que la vida sea absurda, y sin embargo piensa también en el deber de encontrarle un sentido. A lo largo del filme, Vitelli, se pierde en la noche, va y viene al corazón de las tinieblas, del que sabe pagará un precio. Lo efímero, lo ilusorio, lo inaprensible, se transmite mediante el particular estilo de fotogramas y de la puesta en escena. El paseo en limousine, el champagne, las burbujas, las orquídeas en los vestidos, signos de momentos felices, efímeros e interrumpidos, son las claves “cassavetianas”. Hay violencia, pero no es física referida a la acción. Lo violento es lo que sucede, lo que se vive. La ficción es violenta y amenaza los mundos cerrados que la forman y luchan por constituirse. El asesinato de un corredor de apuestas chino es también un filme sobre la iniciación y sobre la orfandad del iniciado en los tiempos modernos. Vitelli es maestro de su mundo, un mundo que para él representa una acotación de la realidad. Un mundo donde inicia a sus empleados, en la vida y en la puesta en escena. A su vez él es sometido a una iniciación en otro mundo (la mafia) cuyos referentes son ilusorios. Y ese viaje fantasmagórico e iniciático que emprende en la noche da la pista que se trata de una iniciación falsa porque es una trampa.

Cassavetes hace un cine dionisiaco, excesivo y nocturno. En El asesinato de un corredor de apuestas chino, la oscuridad fluye como el whisky. En la primera escena lo vemos con un traje blanco, perfecto para su artificialidad. Cosmo, vestido de blanco, se encuentra en un bar, al aire libre, con un cobrador de la mafia, al que le paga una de las últimas cuotas de una deuda que odia. “No tienes estilo le dice al matón, quién solamente sonríe. Y esta es una de las claves de la relación Cassavetes-industria del cine: el salir a la luz a pagar cuentas, para poder volver a su mundo, a su oscuridad catártica y sensual. El saco blanco es un disfraz, como quien se viste para realizar un trámite. Apenas concluye, Cosmo, da vuelta la esquina y se introduce en un bar como su ambiente, oscuro, rodeado de bebedores y sus historias secretas. La singular cadencia del filme, en parte debida a la arritmia del montaje que estira y acorta los planos más allá de lo narrativo, participa de la fascinación del mundo “cassavetiano”. Es como si la narración estuviese presente pero oculta en un mundo de ficción, al cual estamos accediendo con la cámara, participando de su armado, entrando sólo para suministrarle sustento al filme, para construirlo, siendo testigos de que hay mucho más que no nos será dado. Nos hace participar junto a Cassavetes en una gran sala de montaje, de una película en la cual El asesinato de un corredor de apuestas chino es apenas una nota a pie de página. Cosmo y su relación con lo que le rodea, es un espejo de Cassavetes y su relación con el mundo de Hollywood. La mafia -pensemos que eran los años de las multiaclamadas películas de Coppola y todos los estudios querían subirse a ese tren-, una organización ilícita, curiosamente portadora de reglas, papeleo y burocracia como un estudio de cine, que entorpece la labor de nuestro héroe. Por otro lado el público que deben soportar Cosmo, y particularmente, Mr. Sofisticación, el maestro de ceremonias -conocido como Teddy, es otro alter ego de Cassavetes, incómodo y serio con su arte fuera de contexto-, que ejerce la crítica parcial, inmediata y feroz. El arte de Cassavetes deriva de una considerable impetuosidad, marcada por el ejercicio personal en el mundo profesional de Hollywood. Ese profesionalismo le dio aprendizaje, paciencia y contradicción. Pero también moldeó su visión del arte y del medio. Para Cassavetes, el profesionalismo era una mera convención social, por momentos alejada de su propia experiencia, una mera vestimenta de la clase dirigente. Muchas veces, el Cassavetes actor, y luego el director, sintió la mano dura e intransigente de la clase gobernante. El capitalismo corporativista provocó una experiencia limitada que permitió las excursiones excéntricas y selectivas del alma “cassavetiana”. Aquella sentencia de San Alfred: “los actores son ganado”, debía ser constantemente desmantelada por Cassavetes, el ganado de sacrificio que no es ni ofrenda ni expiación, para reducirla de convención social a estímulo, delante y detrás de la cámara. Así, el nombre del héroe “cassavetiano”, contiene la esencia de su visión de la relación con el arte y el medio. “Cosmo Vitelli”, por un lado el “cosmos”, la idea de lo bello, de la totalidad inabarcable de la trascendencia, de la creación; y por el otro el “vitello”, el becerro, el animal para sacrificio, condenado por ese mismo cosmos que ya le ha reservado un papel indeseable en la vida. Pero Cassavetes, en un acto de valentía se convirtió en su propia ofrenda, se donó a sí mismo para morir y renacer en su cine. No otra cosa que la idea de trascendencia se muestra en la escena en la cual Cosmo se dirige a lo desconocido, dispuesto aparentemente a asesinar al apostador chino. Detiene el taxi en una cabina telefónica, en el medio de la nada, para llamar a su club. Para dar instrucciones de cómo el show debe seguir, para asegurarse de su mundo, mantener lo que importa, la razón que da origen a la existencia. Al final, vemos a Cosmo saliendo del club, bajando las simétricas escaleras como cuando lo vimos por primera vez. Hay sangre en su ropa debido a la bala recibida. Nada sabíamos de su pasado, excepto que estuvo en Corea y que “había matado algunos hombres”. Nada sabremos de su futuro o si sobrevivirá. Nos queda solamente el sabor de su angustia, su mirada final al mundo de afuera, mientras dentro del bar, Mr. Sofisticación canta “Sólo puedo darte amor”.
Es probable que la muerte de Cassavetes haya modificado la percepción que uno tiene de su obra. La lucidez, la modestia y la verg√ºenza siempre estuvieron allí. Pero había algo más. Su obra, ahora cerrada, vive en la soledad de la gloria oficial, sabiéndose no terminada. Allí, cada vez que se proyecta, continúa representando su pugna, su incomodidad de transferencia como una forma de oración. Y allí está esta joya, de título poético: El asesinato de un corredor de apuestas chino. Cada vez que termina, Cassavetes nos dice adiós, y nos quedamos pensando en su fugacidad, en qué significa eso.

La mayoría de frases y situaciones que no tienen sentido son por la pretensión de Cassavetes de plantear un paralelismo entre ese club de “striptease”, el Sr. Sofisticación y el cine. Me pareció un gran hallazgo al principio, pensé: “qué cabrón este Cassavetes; una película de género, su estilo desorganizado y afilado de siempre, improvisación, interpretaciones no sé si buenas pero tremendamente intensas… Y nos da la suya sobre el cine, sobre su condición de fugitivo del cine, a través de ese extravagante espectáculo erótico, sobre la lucha por preservar la libertad cueste lo que cueste, asumiendo el riesgo a lo bestia, sobre las falsas apariencias…” (conclusiones que están en los diálogos y que dan una visión que encaja a la perfección con el enfoque del director más independiente de los últimos 40 año).
El problema es que, una vez pillado todo, Cassavetes se empeña en rodar un desenlace de puro trámite y en volverse insufriblemente redundante alargando los shows, las charlas de Mr. Sofisticación y las reflexiones finales de Ben Gazzara. Y se pasa. Se mira el ombligo demasiado en un baboso exceso de autocomplacencia.
Todo ello será ininteligible para muchos (que verán en esos recursos un mero relleno), otros se dejarán llevar por la pátina de libertad creativa de esas secuencias y su expresividad… Y todos llevarán razón.
Sin embargo yo me siento decepcionado. Y probablemente estaré equivocado pero Cassavetes, en esta película, se repite. Hasta la saciedad. Y la reiteración mata la sensación de confesión, de sinceridad, de entrega. De declaración de intenciones y, de alguna forma, de recapitulación sobre sí mismo y su concepción del cine como un “solo ante el peligro”. Mata el testimonio que es, por encima de todo, lo fundamental en esta cinta.
Cassavetes trató de hacer su película más personal. El problema, quizá, es que ya era lo suficientemente independiente como para ir un poco más allá. El cine de Cassavetes siempre llevó implícita esa condición de cine autodestructivo, condenado al fracaso, a la marginación e incomprensión. Esa marca era lo suficientemente indeleble ya como para ponerse a rodar una pataleta de forma enigmática.
Ahora bien, de lo que no cabe ninguna duda es que si el cine de Visconti se podría comparar con una ópera, el cine de Cassavetes encuentra perfecto acomodo en ese desvencijado club de “striptease” que conjuga un decadente glamour y un brillo de alucinada y fascinante excentricidad. Ahí el tío estuvo más que acertado. En ese malsano trío que forman Mr. Sofisticación, Cosmo y el propio Cassavetes.


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