EL IMPERIO DE LOS SENTIDOS (Ai no corrida)

Película estrenada entre 1976-1978

Director: Nagisa Oshima. Japón-Francia. 1976. Color
Intérpretes: Tatsuya Fuji (Kichizo Ishida), Eiko Matsuda (Sada Abe), Aoi Nakajima (Toku), Yasuko Matsui (TagawaInn Manager)


Ambientada en Tokio en 1936 y basada en una historia real, la película narra el encuentro de un hombre casado y una mujer a la que conoce en un burdel. Allí, rodeados de otras geishas que cumplen el papel de familiares, celebran un simulacro de boda que termina en una fiesta desenfrenada.
Los amantes se van a vivir a una casa alquilada, donde el amor y los contactos sexuales se hacen cada vez más exigentes y absolutos, generando una relación que oscila entre el erotismo y la ritualidad.





( Por las calles de Tokio, hacia finales de la primera década del siglo pasado, una mujer deambula arrastrada por el desvarío llevando en la mano el sexo cercenado del amante )
Más que la prolija o reiterada descripción de una intensa y delirante relación sexual, con todas las posibilidades y variantes que establece el erotismo, El imperio de los
sentidos
(1976, del japonés Nagisa Oshima), traspone los límites, es decir, conduce el acoplamiento de la pareja a un nivel absoluto y pocas veces franqueable: lleva al erotismo a su última dimensión que es la muerte. El deleite alcanza su mayor plenitud en la agonía y la pareja de El imperio de los sentidos conoce esa experiencia límite a la que pocos se atreven a llegar.
En un final impactante y dramático, la demencia, la muerte y la liberación se entrelazan para el goce de la última experiencia erótica.
Es uno de los raros filmes que explora no sólo el universo erótico de la pareja sino las repercusiones que ellas van ofreciéndose como camino para constatar la definición que George Bataille diera del erotismo: “Aprobación de la vida incluso en la muerte”.
Es un filme cerrado, confinado a la habitación de la mujer a la que el hombre acude en busca de placer. Son escasos los momentos en que la cámara sale de la habitación.

Cuando lo hace es para acentuar aún más el carácter delirante de lo que allí ocurre. Está construido en base a un ritmo que es propio del cine japonés que crea, afortunadamente, un tiempo lento y sostenido que enriquece la atmósfera de gestos, rituales, perversidades, olores acumulados y agonías que, a su vez, permiten al espectador asistir a procesos eróticos intensos y fascinantes hasta que la pareja llega a un clima y a una atmósfera límite en la que lo que hay más allá es la muerte.
Su absoluta madurez técnica y formal hizo que se convirtiera en una obra hermosa y dramática que muestra, sin falsedades o hipocresías, intensos climas eróticos.
Se dice que los ahorcados experimentan una erección en el momento de la muerte y es justamente esta experiencia la que vive la pareja de El Imperio de los Sentidos.
Su final queda grabado en la memoria del espectador: una mujer arrastrada por la locura llevando en la mano, el cercenado sexo de su amante como última y suprema experiencia erótica.
Cuando el hombre muere, la mujer arrasada por el mayor oleaje de desvarío erótico que hayamos visto en el cine, secciona el miembro viril y con él en la mano recorre las calles de la ciudad.
El propio Nagisa Oshima se encargó de atajar la polémica que originó su obra entre quienes la consideraban “pornográfica” o “erótica” “Hice una película pornográfica” -dijo-”; y al hacerlo, evidenció la inconveniencia de tratar de dar definiciones y mucho menos de establecer diferenciaciones entre erotismo y pornografía simplemente porque nadie sabe, a ciencia cierta, cuál es el límite o la imprecisa frontera entre ambas experiencias.
Raymond Lefèvre en su trabajo: “El “porno” no ha alcanzado su edad de oro”, trata sin embargo de establecer una distinción exclusivamente fílmica con su teoría de la “estética del “close up”. Dice que “lo que separa, en el cine, al erotismo de lo pornográfico es la elección entre el plano medio, usual en las escenas eróticas, y el “close up”, muy empleado en el cine “porno”. Más que un problema estético, es una cuestión de mirada porque el plano semi-general simula y el “close up” revela. Por eso el “porno” aseguró el triunfo del “close up” y logró que el sexo perdiera ese misterio preservado por el puritanismo. Pero el “close up” es eficaz en la medida en que la duración de la visión es limitada porque el espectador no resiste la “hipertrofia de la duración”.
Pornográfico o erótico, El imperio de los sentidos es un filme magistral que se reestrena en la cartelera con frecuencia.”

Pocas veces habré abogado por el hecho de que el título de una película se traduzca de una manera que no sea la literal. En el caso de esta cinta, tengo que hacer una honrosa excepción a mi purismo. Y es que el título original en japonés (“Ai no corrida”) significa literalmente “Corrida de amor”. Por supuesto, se refiere al tipo de corrida que se da en la plaza de las Ventas, no a la otra más prosaica, pero, visto el contenido de la película, habría sido una provocación mayúscula y motivo para cachondeo generalizado haberlo traducido fielmente. Hechos que indefectiblemente se añadirían al escándalo que suscitó en 1976 esta cinta del japonés (aunque es una coproducción japonesa y francesa) Nagisha Oshima. Por cierto que el título original puede que os suene bastante a los más talluditos, ya que a principios de los 80 Quincy Jones sacaría una canción con este nombre que alcanzaría el n¬∫ 1 en las listas de varios países. El caso es que la película se estrenó en España con la traducción literal del título inglés. Lo que no se entiende tanto es el motivo de que los países de habla inglesa no la tradujeron como “Bullfighting of love”, que habría sido lo correcto
La leyenda de Abe Sada
La película está basada en un hecho real. El 21 de mayo de 1936, la policía de Tokio arrestó a una mujer que se paseaba con unos testículos y un pene envueltos en papel de periódico. Abe Sada, era una antigua prostituta que se había enamorado del dueño del restaurante donde trabajaba. Tres días antes, lo había estrangulado y emasculado. Según contó la policía, tras su arresto, Sada irradiaba felicidadEl hecho trastorno la sociedad japonesa de la época y se convirtió en una de los mayores escándalos vertidos por la prensa de este país. Condenada a seis años de prisión, fue liberada en 1940 y tras contraer de nuevo matrimonio (bajo una identidad diferente), acabó convirtiéndose en actriz, recreando para la pantalla el accidente que le hiciera famosa. Inexplicablemente, desapareció en 1970 y no se volvió a saber de ella. Diversas películas narran este célebre escándalo sexual, la más famosa de ella la que actualmente nos ocupa, llevada a la pantalla con gran éxito en 1976 por Nagisha Oshima.
Con ella llegó el escándalo
La fama de polémica de esta cinta es de las que han llenado páginas y páginas de los periódicos. Su estreno fue extremadamente controvertido y en muchos lugares se proyectó de forma bastante mutilada, variando la longitud de los recorte según el grado de tolerancia a la visión de la epidermis humana que hubiera en cada país. En algunos países como Irlanda, la prohibición sigue estando vigente y la cinta nunca se ha llegado a proyectar en salas públicas. Realmente ¿es para tanto? En realidad, eso depende de cada uno y de la distinta reacción que uno tenga frente a imágenes de sexo explícito. Para mí, es muy diferente de una película pornográfica, pero habrá quién no piense lo mismo. Muchos la han comparado con una cinta contemporánea, El último tango en París, por su elevado voltaje sexual y por su utilización del sexo como una salida a la angustia vital. En cualquier caso, el argumento no es un mero pretexto para mostrar gente en porretas sino que el sexo es un elemento esencial del desarrollo narrativo y las imágenes, aunque explícitas, se limitan a mostrar lo que pasa en escena y no son provocativas por sí mismas.
Apología del huevo duro
Nagisga Oshima, director y guionista de la película, es uno de los máximos representantes de la “nouvelle vague” japonesa, una generación de realizadores marcados por la post-guerra y la ocupación americana. La acción de la cinta transcurre en los años previos al conflicto mundial, pero Oshima no se entretiene demasiado en mostrarnos el contexto social de la época. Casi toda la acción transcurre de puertas adentro, en el marco de la relación cada vez más tempestuosa entre ambos amantes. Una de las cosas curiosas, sobre todo viniendo de una sociedad tan machista como es la japonesa, es que el papel que ocupa la sexualidad femenina es mucho más importante. Ichi se limita a ser un comparsa de las apetencias sexuales, cada vez desbocadas, de una Abe presa de auténtico “furor uterino”.
Por lo demás, el tema está tratado con buen gusto, siempre teniendo en cuenta que no se le ahorra al espectador el mínimo detalle de las proezas amatorias de los dos protagonistas. La escena más famosa, sin duda, junto con la emasculación final, es aquella en la que Abe se introduce un huevo duro en la vagina y se lo da a su amante para que se lo comaNo es para todos los gustos (me refiero a la película, no al huevo) y más de uno se sentirá ofendido por las imágenes, pero es un magnífico retrato de una pasión amatoria de aquellas en las que la muerte es poco más que una nota a pie de página. En cualquier caso, un clásico.


Hace mucho tiempo que vi El imperio de los sentidos, sin embargo, hay imágenes de esta película que se han quedado para siempre impregnando “esa retina visual-cinematográfica” que todos los que amamos el cine tenemos almacenada.
En aquellos años de recién estrenada libertad en España, pudimos ver la película de Oshima casi al mismo tiempo que El último tango en París de Bertolucci. Para los españolitos se convirtieron en dos referentes de películas eróticas cargadas de contenido. Pero si Bertolucci nos hablaba de la introspección, de la soledad y el sexo que exponía era sugerente, Nagisa Oshima nos ofrecía sexo explícito, frío, en un “in crescendo” que nos llevaba hasta ese final donde todo es lícito con tal de conseguir el absoluto placer físico.
En una primera vuelta, la película de Oshima nos narraba, uno por uno, los innumerables coitos que Sada y Kichi realizan a lo largo de los 105 minutos que dura la cinta. El sexo es mostrado sin ocultación, como sólo lo hace el cine pornográfico, lo que hizo que las autoridades japonesas llevasen a juicio a su director en 1979. Durante el proceso, Nagisa Oshima no aceptó nunca establecer la diferencia entre obra de arte y obscenidad. Su defensa se basó en el uso de la liberad en su sentido más amplio, afirmó que la obscenidad sólo existe en la mente de los fiscales y en quién la reprime y que en el mundo no hay ninguna cosa que sea en sí misma obscena.
El tratado sobre sexo que se hace en El imperio de los sentidos no es ni más ni menos que una búsqueda desesperada por conseguir el máximo placer desde el ejercicio más puro de la libertad de los protagonistas. La anécdota del mutuo “encoñamiento” por parte de Kichi y su criada Sada con el posterior abandono de la esposa por parte del primero y el comienzo de un peregrinar marcado por las relaciones sexuales en pareja, en trío o en grupo, se queda en nada cuando la película va demostrando que lo que se pretende es comenzar, en relación de igualdad el hombre y la mujer, un viaje hacia el placer total, absoluto, que, en el fondo, es lo que todos hemos soñado alguna vez y que gracias al cine podemos “vivirlo”. En este camino, nos encontramos escenas inolvidables como la del huevo en la vagina de Sada. Como no puede ser de otra manera, incluso en una mente tan poco burguesa como la de Oshima, esta insaciable búsqueda del deleite acaba en una locura desbordada que hace que podamos presenciar la película sin asustarnos de nosotros mismos. Este duelo entre un hombre y una mujer, mal que me pese porque no me gustan los toros, el director lo vio como una corrida (de toros). Un ruedo, esas habitaciones japonesas sin apenas muebles, y dos personajes enfrentados el uno al otro para darse placer. Llegando, al final, a la inmolación de uno de ellos con el corte (perdonen el chiste malo) de “las dos orejas y el rabo”. No hay que olvidar que la película, en japonés, se llama Ai no corrida y, evidentemente, la última palabra está sacada de un correctísimo español. Cuando se tradujo a otros idiomas se siguió el título con la que el productor francés Anatole Dauman la comercializó en el país vecino. Nagisa Oshima conoció un éxito sin precedentes para el cine nipón en Occidente con esta cinta que, para algunos, a pesar del sexo explícito, no le encuentran ningún erotismo e, incluso, la perciben con cierto desagrado debido a la crudeza del contenido.
Con unas imágenes bellísimas y un dominio de los colores fríos, el director japonés volvió, cuatro años después de El último tango en París a remover los cimientos de la sociedad burguesa de los finales de los años 70.
A mí, 30 años después, aún me sigue perturbando esta insólita historia, basada en un hecho real que ocurrió en 1936 y que nos sirvió para descubrir que la imaginación tiene muchos campos para ser disfrutada.
Después de ver la película, comerse un huevo duro tiene una dimensión insospechada.

Quizá la película más conocida -por diversas razones- del cine japonés, todo el mundo prácticamente ha oído hablar de ella, bien sea de una manera o de otra, tanto en el plano positivo, como en el negativo, no obstante paso a analizarla, siempre contando mi inclinación favorable a lo que es en general el cine venido de las latitudes asiáticas, no obstante como decía tanto como el que la ha visionado como el que no, emite una opinión sobre ella, por supuesto más o menos acertada, dependiendo de cada uno.
Las ideas principales del filme, son la muerte y el sexo, ambas conviven de una forma totalmente unánime, formando una férrea simbiosis, no nos engañemos que no solo trata de sexo, lo que ocurre es que las imágenes son totalmente explicitas en cuanto a este género incluso si se me permite decirlo, la insistencia en el tema sexual se hace exagerada en ocasiones, llegando a ser obsesiva, no solo por los protagonistas, sino también por el propio director, en algunas escenas se hace bastante reiterativo, sin aportar mucho más a la obra.
Por supuesto, que de alguna manera el cineasta japonés lo que intenta es una película, provocadora, y a fe que lo consigue, ya que es imposible que nos deje impasibles ante la visualización de la misma. La historia de amor entre los protagonistas, es lo único que se nos muestra durante el largometraje, es tanto tan presentes las figuras de la muerte y el sexo, que podríamos incluso decir que son dos personajes más.

La historia acaba sumiéndose en una espiral desenfrenada que solo puede llevarnos a un trágico final, al que cualquier espectador puede notar que los amantes se ven avocados, ese afán de superación de llevar todo al extremo, no puede acabar sino de la manera que termina, eso sí, prepárense, porque aun así Oshima, nos prepara un regalo final, expresado en el objeto de culto y veneración de la misma protagonista.
Siempre hago la misma apreciación, indico que las películas orientales hay que verlas a veces con los ojos de los que las realizan, aunque en este caso, la mayoría de las escenas son tan explicitas, que damos poco margen a la interpretación de los hechos, siempre he pensado la capacidad de los actores, para realizar dichas escenas, ya que muchas tienen su mérito, y cualquiera no sería capaz de hacerlas.
Por tanto nos situamos enfrente de un producto, no muy habitual dentro del cine oriental, con esbozos muy tenues del Japón de la época de preguerra, aunque sinceramente es lo que menos interesa, por supuesto, me queda la duda de si como se indica al final de la misma, está basada en hechos reales.



Es absolutamente imprescindible, antes de aventurarse a un análisis de El Imperio de los sentidos, establecer públicamente que Nagisa Oshima es un “artista consumado, tal vez uno de los 10 ó 12 nombres que pueden citarse como permanentes en el cine contemporáneo. Por lo tanto habría que afirmar, de una vez, la arbitrariedad total, la Ignorancia universal y el desinterés incorregible de una industria, de la distribución y exhibición que cuenta con esta película con únicos y exclusivos intereses de especulación, exhibiéndola en un país donde no se ve nunca cine japonés, donde no se ve nunca cine asiático, donde no se ve nunca más que cine americano y unas cuantas de sus mimesis, en un país donde las 23 películas de cine y las 15 para la televisión realizadas por Oshima no son ni siquiera una centella en la conciencia de nadie; en un país, pues donde esta película cae del cielo como un ovni, sin ningún tipo de referencias, con la única información de unos cuantos comentarios de dudosos intelectuales franceses. Si a esto añadimos el hecho de que la copia, o que las copias, que en Colombia se están exhibiendo de la obra son reproducciones falsificadas, copias “reversibles” que alteran por completo los valores cromáticos de la imagen, podemos decir que la exhibición de El Imperio de los sentidos en Colombia no es, por razón misma del enfoque de quienes la venden, un acto de cultura sino un gesto más de ese sistema especulativo”, que ha pasado a ser nuestro modelo económico y que exhibe esta película con los mismos intereses que acaparan los víveres o compran el cine de Ronald Reagan o ponen a engordar la propiedad raíz o manipular y serruchar los medios públicos.
“Ya que me ocupo completamente en ser un japonés, no sabría cómo hacer una película que no tuviera japoneses como objeto, que no tenga como tarea investigar como somos nosotros”
Nagisa Oshima nació en Kyoto en 1932 y después de comenzar como asistente de dirección en la compañía productora Shochiku, realizó allí mismo su, primera película. Permaneció hasta 1962 en la Shochiku y al mismo tiempo empezó a realizar documentales para televisión. En 1962 fundó una compañía independiente de producción (La Sozosha) para la cual comenzó a realizar películas de argumento, con frecuencia varias en un mismo año. Estas películas están lejos de ser todas obras maestras, la calidad estilística y de contenido es muy variable de unas a otras. Mientras unas son francamente malas otras son lo mejor que se haya realizado en el Japón contemporáneo y colocan a Oshirna a igual nivel de los más grandes realizadores del cine japonés, Kenji Mizoguchi y Yasujiro Ozu (cuyas obras, no siendo “escandalosas”, no se han visto nunca en Colombia). Las obras de Oshima tienen una característica común, todas son una rebelión contra las tradiciones cinematográficas japonesas y un fino y complicadísimo estudio de la identidad nipona. Oshima desarrolla en la forma y el contenido un tipo propio e irrepetible de cine político de ficción. Películas como El Ahorcamiento y La Ceremonia son sus momentos más acabados y tienen una complejidad difícilmente accesible al espectador occidental. La inteligencia cinematográfica de Oshima y su fascinadora estrategia formal es en estas películas original y profunda. Un crítico japonés, define el interés, la elaboración cinematográfica de Nagisa Oshima como “nacionalismo dialéctico y crítico,” y esta característica es, por extraño que pueda parecer, el centro mismo de una película como El Imperio de los Sentidos. Con esta película y las demás de Oshima habría que emprender, pues, la tarea de situarlas, de leer en ellas adecuadamente la descripción y análisis de opresiones, heridas, contradicciones y rompimientos, en el Japón moderno, de verlas como un cine independiente y con criterios critico-nacionales, como una cirugía de formas tradicionales de dominación en lo político, en lo sexual en sus contextos de relaciones internacionales, estado, televisión, educación. Todo esto parece muy lejos de los florilegios seudo-anárquicos, de los éxtasis mitificadores, de los delirios drogómanos ,con que algunos contemplan la película que hoy nos ocupa. Lo que pretendemos es, sin duda alguna, utópico, pero debería ser así: Que se tuviera en cuenta el contexto social y estético de esta película, que se conocieran ampliamente sus motivaciones y que luego se procediera a un juicio que, en el caso nuestro, no es necesariamente positivo aunque si respetuoso de una posición artística y humana.
Oshima y el Japón



Hace 100 años luchaban en el Japón guerreros samurái, todavía con arma blanca, como los caballeros en el temprano medioevo europeo. Hace 100 años no había en el Japón ni máquina de vapor, ni naves marítimas, ni ferrocarril, ni Universidad. Hoy los japoneses construyen los barcos más grandes, los radios más pequeños, los trenes más rápidos, las ciudades más grandes del mundo. Japón se convirtió en potencia económica mundial no solo a causa de haber absorbido el influjo occidental sino, fundamentalmente, por una característica de su “japoneidad”: empresarios, obreros y sindicalistas, profesores y estudiantes, ministros y directores trabajaron juntos, como una población acostumbrada desde siglos a la disciplina y completamente desacostumbrada a las libertades democráticas, en forma obsesiva., completamente fatalista. En 1890 el Tenno Meii declaraba para todo su pueblo: “Nuestros súbditos han estado, siempre de completo acuerdo en la inquebrantable fidelidad al soberano y en el amor a los padres. Esta hermosa mentalidad se ha transmitido de generación en generación en el actuar de todos. Esta es la noble flor de nuestro estado y al mismo tiempo la fuente de la que surge nuestra educación. Aunque parezca paradójico, pese a lo que la guerra trajo consigo ( derrota de un ejército “invencible”, desdivinización del tenno, cuestionamiento en un instante de dos mil años de tradición…) puede decirse, que el Japón sigue siendo hacia adentro tan hermético e inalcanzable como siempre. Ni siquiera China en el momento de su aislamiento maoísta más fuerte puede compararse con la inabordable esencia del pueblo japonés. Esto explica explosiones incomprensibles de arcaísmo como el suicidio ritual de Yukio Mishima y sus colaboradores y el siempre renovado recurso a las muertes realizadas, kamikaze, harakiri y shinju. En medio del gran florecimiento industrial y consumista Mishima hacia un llamado en contra de los que olvidaban el “auténtico y verdadero Japón” y se retorcía de ver que su patria ” se aleja de sus fundamentos” y “entrega su futuro a las potencias extranjeras”. El literato militante, que se veía a sí mismo como renovador espiritual del Japón invitaba a sus compatriotas a reflexionar sobre sí mismos y a devolver al Tenno y al ejército todo el poder. En el núcleo de la identidad japonesa está, sin duda alguna, también el origen del fascismo japonés.
Nagisa Oshima no es, como Mishima, un nacionalista excéntrico y místico. Su preocupación es más racional y analítica, su preocupación es más una búsqueda que una proclamación de banderas. Para Oshima el Japón comenzó un proceso de influencias extrañas en todos los campos a partir de la era Meiji, que introduciendo en el país la industrialización se vio en la tarea de exterminar todo lo que no correspondiera al nuevo orden social o pudiera impedirlo. Oshima considera que entonces una moral cristiana era un instrumento bienvenido para el estado y que la represión de una sexualidad secularmente corpórea y desproblematizada comenzó a hacerse presente en todos los niveles sociales. Los personajes de El Imperio de los Sentidos como los de El Imperio de la Pasión (la película posterior) son considerados sobrevivientes de un modo de ser japonés extinguido violentamente. En este sentido El Imperio de los Sentidos sería una parábola más en la serie de parábolas de Oshima sobre la esencia japonesa, sobre el imperialismo (el titulo “Imperio” de los sentidos no es el original pero puede ser ilustrativo al respecto) como espíritu y modo de ser, sobre una nación se representa más fácilmente con la muerte que con la vida, sobre una nación en islas que tiene grandes dificultades en convivir con otras razas y pueblos y que llega con facilidad a límites de violencia con ellos. El cine de Oshima es, pues, ante todo, la búsqueda del misterio del Japón desconocido, la necesidad de una clarificación sobre la propia esencia. Los métodos con que lleva adelante esa investigación están presentes en todas sus películas y no pueden ser más japonesas: Ritual y emoción.
Corrida de amor y muerte


“Ai no corrida”, “La Corrida del Amor“, es el título original de la película El Imperio de los Sentidos. Quién sabe por qué Oshima y sus co-productores franceses no hayan encontrado adecuado este nombre para las versiones occidentales, ya que en toda su crudeza describe mejor lo que en hora y media desfila ante nuestros ojos que cualquier otro título. Los suicidios, la muerte, la desesperanza y la fascinación con estos hechos, la presencia de la muerte en todas las expresiones vitales puede ser una manera en el modo de ver y del arte japonés. Pero lo es más explícitamente aún en el cine de Nagisa Oshima. En todas sus películas hay asesinatos, suicidios, ejecuciones, accidentes mortales, etc. Oshima aclara esta circunstancia así: “desde mi infancia me he visto confrontado con frecuencia con la muerte. Ante todo, naturalmente, durante la guerra. Yo mismo pienso con frecuencia que me gustaría mejor estar muerto-, tantas personas mueren a mi alrededor, personas que conocí muy bien y cada vez muere algo de mí con ellos. Por ello es este tema tan importante para mí: Morir y no -poder- morir. La muerte es algo absoluto, no se puede dejar tras dé si sino muriendo”. Al hablar de El Imperio de los Sentidos, Oshima se refiere con mucha frecuencia a la muerte, a la presencia que todo lo invade (el cine es observar a la muerte mientras trabaja decía un famoso director) y podríamos decir que esta es la clave de interpretación de toda la obra, la “Mise a mort” como dicen los franceses, el ritual, la corrida en la que la muerte es, al mismo tiempo, culminación y destino inevitable. La historia de El Imperio de los Sentidos, su forma escueta y su radicalidad son conocidas de todos: Una muchacha de servicio y su patrón, hombre de cierto nivel social, inician una relación obsesiva, interminable, posesiva, continua, más allá de todos los límites conocidos. El caso de Abe Sada y Kichizo Ishida, de crónica, conocido, por todo el mundo en el Japón, ocurrido en 1936, en pleno auge del imperialismo y del fascismo japonés. También se sabe cómo termina, con una muerte “deseada”, con una mutilación ritual: Sada ahorca a Kichizo y procede luego a cortarle los genitales. Según una voz fuera de campo, la de Oshima probablemente, es encontrada días más tarde deambulando estática por las calles de la ciudad, estrechando su botín de guerra, o de amor.

Lo primero que habría que decir con respecto a la narración que de este caso hace Nagisa Oshima es que no puede simplemente ser asimilada sin matices a la pornografía común. La forma de esta película es de extremo cuidado, de gran belleza formal y las imágenes no están condicionadas por una actitud voyeurística (parece que el concepto de voyeur casi no existe en el Japón) sino por una narración lógica, funcional, directa y distanciada. El tipo de composición debe obtener un valor muy importante de parte del color y esta dimensión nos ha sido amputada en copias que vemos en Colombia, gracias al tipo de interés que ha primado en la exhibición. El manejo de los actores es también apreciable y el montaje aunque a veces aparezca brusco y extraño es siempre original y dominado. Esta historia, que en la representación de la sexualidad explícita va más allá de todas las otras películas de circuito normal, pero que se queda muy acá de lo que están acostumbrados a ver los espectadores del porno genérico, ha despertado polémicas muy grandes en muchos países, se ha convertido en piedra de escándalo y en motivo de acciones antes insólitas. En Alemania por ejemplo, donde el cine pornográfico es algo cotidiano, el juez mando confiscarla, no de los teatros de circuito sino del mismísimo Festival de Berlín. ¿Las razones? Son complejas y de naturaleza variada. Ante todo El Imperio de los Sentidos es la primera película de un director respetado que muestra escenas “hardcore”. Saló de Pier Paolo Pasolini no alcanzaba a transgredir las fronteras de lo tolerable en la forma en que esta lo hacía y Vicios privados y virtudes públicas de Jancsó era un simple divertimento erótico ligero en comparación. Pero la razón fundamental no es la de las escenas explícitas sin la actitud misma de la película frente a su tema. Probablemente si todas la escenas de sexo hubieran sido representadas con un máximo de pudor la obra hubiera causado un escándalo semejante; porque los estados no se preocupan demasiado de lo que no cuestiona su ser mismo; la pornografía cotidiana (el cine rojo de los Betamax caseros) es un mundo de fábula, de ejercicios gimnásticos sin consecuencia que se hacen, se lavan, se pagan y se acaban.
Ante El Imperio de los Sentidos hay dos actitudes igualmente irracionales: La primera es la del insulto y el juicio fanático, sin matices, con odio con un mínimo de razón. Esta actitud la conocemos y contra ella hemos tomado partido con frecuencia. La otra es otro tipo de mitificación que debida en parte a la mitificación que de su tema hace el mismo Oshima, la enajenación estricta de los valores y los antivalores que la película representa, la tendencia a hacer de lo que muestra un modelo de comportamiento por moda o por otras razones.


Para Oshima, Sada y Kichizo son los herederos, ya lo hemos dicho, de una cultura japonesa oprimida por las exigencias de la era Meiji y subversivos en cuanto que llevan a las últimas consecuencias su forma de comprender la vida y la sexualidad contra toda clase de presiones externas. Según el director la gran fascinación de Sada reside en que esta mujer va hasta el final en la tarea de “ser fiel a sus instintos y solamente a ellos” unos instintos y unos deseos que encuentran solo en sí mismos su plena satisfacción. Para la pareja de El Imperio el último placer es la muerte la única razón de la vida es ir hasta el extremo, ensayar lo más lejos que se pueda en los límites de la vida aunque ello implique la autodestrucción o la destrucción de otros. La actitud de Oshima ante esta fascinación es muy ambigua y no claramente definible. Para él es muy importante estudiar objetivamente los elementos del ser japonés, pero al mismo tiempo tiene que esforzarse por enfrentarse objetiva y críticamente a estos elementos.
En una entrevista anterior a la realización El Imperio de los Sentidos y, probablemente, antes que fuera concebida la película, el director afirmaba algo que podría oponerse a lo que él mismo u otros han querido emprender con la película, es decir una admiración sin condiciones del comportamiento de los amantes: “Hay que decir que antes de la guerra el deseo se consideraba sencillamente como algo malo que había que reprimir. Después de la guerra la cosa se invirtió y todos se apresuraron a aprobar toda clase de deseos y codicias. No es posible aprobar todo tipo de deseos, aún si ello era explicable con la atmósfera de entonces. En mis películas quería protestar contra esta actitud y aclarar que las acciones que proceden de falsos deseos resultan deformadas, desfiguradas. El deseo o la exigencia de algo debe tener un fundamento y hay que preguntar por este fundamento antes de decirle sí a todas las cosas. “Una tal declaración nos hace sospechar que Oshima , va más allá de sus intérpretes y que El Imperio de los Sentidos sea una película más deformada por sus intérpretes y admiradores que por su realizador.



Se trata ante todo de discutir el valor de una actitud, más que el de existencia o no de pornografía en El Imperio de los Sentidos. ¿Cuál es esa actitud? Kichizo y Sada se aman, copulan durante días y noches sin pausas, obsesivamente.
Ello los lleva a aislarse de sociedad, familia, ambiente, trabajo, responsabilidades, a limitar su vida por completo y en la forma más literal al acto sexual. Después de un tiempo este ritmo comienza a poner otras exigencias: La búsqueda del placer comienza a mezclarse con la experiencia del dolor hasta que se llega por fin a la muerte, a la destrucción en búsqueda de siempre nuevas sensaciones. Vienen entonces los argumentos. ¿Es esto una especie de experiencia “mística”, una forma incomprensible de plenitud vital? (Oshima dice que sus protagonistas son santos, como lo eran los mártires o los místicos cristianos). Los defensores de esta posición esgrimen nombres: Bataille, Genet, Mishima, Sade naturalmente, Artaud… hablan de absoluto, dicen que la cultura oriental nos es completamente ajena y que, por tanto, es un absurdo pretender juzgarla con nuestros decadentes conceptos judeo-cristianos de mal, pecado, etc. Para los “occidentales” (“nosotros somos los griegos” decía Ortega) las coordenadas son diferentes: En Sada y en Kichizo obsesiones, manías, sicopatologías de diversos nombres: Ninfomanía, sadismo, para los resultados de la obsesión el nombre de asesinato perverso, barbarie. etc.
Con la argumentación que describe El Imperio de los Sentidos como un producto de una cultura inaccesible, o por lo menos no susceptible de ser juzgada con criterios occidentales, coincide lo que podríamos llamar un antropologismo mecanicista, que puede existir en parte en la actitud de Oshima acerca de la identidad del Japón el querer rescatar elementos puros de una cultura, él pretende que todo lo que es auténtico y originario es de por si valor, es una tentación que con frecuencia sale a relucir en nuestro indigenismo y en otros campos. Suponiendo que el Japón anterior a la era Meiji haya tenido una forma sexual de expresarse que coincida con la de esta película (cosa muy de dudar), habría que decir que, no solo desde el punto de vista occidental y moderno, una sociedad tiene que moverse en un delicado balance entre los diversos instintos humanos y aquellas áreas de la vida humana que exigen un rol social, entre la exigencia de felicidad privada y la exigencia comunitaria. El marxista Oshima no será el último en saberlo. Estamos convencidos de que la unidad entre “instinto mortal” y líbido es directamente anticultural, ya que cultura es, o debería ser, el control del instinto de destrucción. Si Oscar Wilde dice que todos destruimos lo que amamos, no lo pone como ideal sino como amarga constatación de un todavía no alcanzado estado de equilibrio. Es ya un lugar común del pensamiento contemporáneo (desde Freud) que la cultura, (es decir, también la sociedad) reposa sobre el control de los instintos y la sublimación de los mismos. El aislamiento de Sada y Kichizo, la inmolación del mismo a un Dios que exige todo, no puede ser, con toda la voluntad del mundo, algo deseable y admirable. Si los aztecas hacían millones de sacrificios humanos este “valor” cultural antropológico no puede ser propuesto como principio de identidad de un pueblo. Los anti-valores también existen.

El Imperio de los Sentidos ha desencadenado una serie de admiraciones superficiales, basadas en la pretendida poesía de ir hasta las experiencias límites. Esta actitud coincide con el aislamiento de una clase intelectual -universitaria, pequeño – burguesa e insatisfecha, que no ha encontrado en el presente los estímulos que las desleídas luchas políticas y los compromisos sociales otorgaban. No es la culpa de El Imperio de los Sentidos, pero hay una actitud frente a esta película y a otras que tiene que ver con la droga, con las sectas, con las insatisfacciones. Hay catalizadores y ya lo han sido desde hace algunos años las novelas de Hesse, las películas de Werner Herzog, Castañeda, Los niños de Dios, Bilitis, la meditación trascendental, Pink Floyd. En unos es dulzarronería y en otros el placer de los extremos irracionales. En los más fuertes la cosa toma fácilmente la forma más obvia: El fascismo. Los más débiles irán más tarde. Las mistificaciones, las irracionalidades son el campo abonado.
La libertad, la “muerte por amor” de Wagner puede, ser algo ya trasnochado… El Imperio de los Sentidos es una especie de Liebestod, de wagneriaslimo moderno y tan cuestionable como el del siglo pasado. La historia de la alienación de Sada y Kichizo se vuelven estímulo para la alienación de otros. Dos ejemplos, ambos de críticos de’ cine franceses, esnob, estáticos ante el gran orgasmo de Abe Sada: Pascal Bonitzer en “Cabiera di Cinema”, con un tono frecuente de 1933 a 1945, escribe: “habrá que aplastar todavía los sobresaltos inmundos de la carroña cristiana”… y Sean-Loup Passek en “Cinema” extasiado, místico: “la muerte es la recompensa del orgasmo. Ya no es la destrucción física sino el pasaje hacía el reino donde el amor es de esencia divina y no solo carnal.
Un lenguaje tal no puede ser tomado en serio pero no es sintomático. No es posible tachar de fascistas o de fanáticos o de seudo-misticos a todos lo que viajan en estas olas intelectuales y en sus fenómenos concomitantes, pero la progresiva desracionalización, las fascinaciones por los excesos son cosas preocupantes y regresivas en una sociedad. No es lo mismo encontrar sublime el amor perverso del verdugo Bogarde y la víctima Charlotte Rampling en Portero de noche (1973, Liliana Cavani) o participar en los juegos de la muerte de todos los fascismos, pero hay un parentesco. No hay duda alguna que el bárbaro suicidio de Yukio Mishima deja sin aliento, perplejo, pero no es lo mismo convertir esta perplejidad ante una aberración en culto y en admiración.
Brando y la Schneider se aíslan en El último tango en París (1972, Bernardo Bertolucci) en un ritual “a la occidental” de alejamiento del mundo y búsqueda de experiencias.
Pero la Schneider descubriría al final la elemental insignificancia de Brando, su completa perversidad y lo matará en un acto de liberación. En Sal√≠¬≤ Pier Paolo Pasolini hacía del salvaje ritual de los “honoratiores” de una ciudad la parábola misma del fascismo, de la explotación inmisericorde de una juventud, de placer libertino que aplasta bajo el principio del placer a todo el que se le pone por delante. Y aún Marco Ferreri veía en la orgía destructiva de La Gran Comilona la salida desesperada de una sociedad sin remedio. En Oshima apunta un comentario similar cuando se sugiere que Sada y Kichizo no tienen una forma más potente de protestar que su propia indiferencia y aislamiento. Pero esta posibilidad es muy tenue y sin gran peso. Para Oshima la pareja no es gente en una situación especial sino el paradigma de un tipo de heroísmo, de santidad…
Kichizo es un héroe positivo del priapismo y es característico que su actividad se va reduciendo cada vez más a una erección, mientras todo lo demás de su ser es pasivo. Por eso al final el falo devasta a Sada. Una concentración del ser humano en esta forma no creo que pueda ser aceptable. Curiosamente no se ve un solo momento en el que Kechizo experimente placer en sí mismo. En su creciente pasividad le basta que el gozo de Sada crezca, siempre más devorante. La secular condición de la mujer-objeto no puede llegar a cambiar por la inversión de términos, un hombre objeto es algo igualmente absurdo y rechazable.

Puede que sea difícil salir de la corteza (gruesa o delgada) de una cultura cristiana, de un pensamiento “griego”. Pero esa es la perspectiva que nos ha sido dada y parece muy complicado asumir otra. En este caso pienso que la perspectiva cristiana no está nada mal: Que el amor es vida, que un amor verdadero puede hacer que se dé la vida por lo que se amó pero nunca destruirlo. No puedo aceptar tampoco que la completa realización de la pasión sea su propia justificación, porque el hombre está situado en muchos y muy variados niveles de vida y existencia y cada uno de ellos tiene que armonizarse con los demás. Una vida monotemática, obsesiva, destructiva es perversión, es castración de posibilidades, es muerte en el peor sentido. Pensar que esta puede ser una posición válida ante la realidad actual es algo por lo menos anti-humano. Que en esta película de amor y deseo de la muerte sean idénticos, que el amor encuentre su punto culminante y su última plenitud en la muerte del amante es una perspectiva nihilista, deshumanizadora, con la cual se me hace imposible Identificarme. Esto hay que decírselo al Señor Nagisa Oshima, el mejor director Japonés del cine contemporáneo. Para El Imperio de los Sentidos habrá que esperar, tal vez unos cuantos años. Ahora parece muy difícil definir si es algo Importante o no.
La hipoxifilia, una técnica para exacerbar la sensación de placer sexual, deja a muchos en el camino.
“Busco un hombre que me torture sexualmente hasta matarme”, escribió en Internet Sharon Lopatka, un ama de casa de 35 años de Hampstead, EE.UU., días antes de ver su sueño cumplido. El 13 de octubre de 1996 se citó con el analista de sistemas Robert Glass, un padre separado de 45 años, y sostuvo con él relaciones violentas hasta que su cuerpo no resistió más: murió estrangulada con un hilo de nailon.

Diez años después, el caso es célebre no sólo por haber sido uno de los primeros homicidios acordados por Internet, sino por tratarse de uno de los más contundentes ejemplos de hipoxifilia o asfixiofilia: placer sexual que aumenta por asfixia inducida.
Gozar al borde de la muerte es una desviación sexual sobre la cual no hay estadísticas, pues por lo general, los casos sólo salen a la luz pública cuando hay muertos. Y no son pocos. El 22 de noviembre de 1997, Michael Hutchence, líder de la banda INXS, fue encontrado muerto, desnudo y ahorcado con su propio cinturón en su suite del quinto piso del hotel Ritz Carlton, en las afueras de Sydney, Australia. Aunque el juez concluyó que se trataba de un suicidio, la desnudez y el lugar elegido para colgarse dejaron la sospecha de que la causa había sido por asfixia cuando estaba realizando prácticas autoeróticas.
Dos años antes, la víctima de este placer extremo había sido el parlamentario conservador británico Stephen Milligan, quien fue encontrado muerto en su casa, vestido con liguero y una bolsa plástica en la cabeza atada al cuello con un cable eléctrico. Según el informe forense, al borde del orgasmo producido por masturbación, el diputado tiró del cable para que la disminución de la irrigación en el cerebro le produjera una sensación extrema. No quería suicidarse pero dejó pasar más tiempo del que podía aguantar sin aire.
La historia de sada y Kichizo de desarrolla ante el espectador como una misa católic hasta el 2Ite misa esta2 final y nada sorprendente.
Pasión extrema
La hipoxifilia es más común de lo que parece y es probable que se haya disparado gracias a la Internet, donde ya tiene terminología propia: “breath control play” o juego de control de respiración; “terminal sex” o sexo terminal; “scrafing” o estrangulación; “bagging” o asfixia provocada con bolsas; “gasper” o juegos de estrangulación con otras parejas. Según un informe del FBI de 1999, entre 500 y 1.000 personas mueren cada año por esta causa en EE.UU., la mayoría hombres menores de 30 años.
La hipoxifilia, es considerada por algunos como una parafilia o desviación, y en muy pocas sociedades es castigada penalmente, como sí ocurre, por ejemplo, con la pedofilia. Más allá de si hay problemas psicológicos detrás del que acude a esta técnica, la verdad es que con este método se incrementa la sensación de placer. “La técnica produce cambios momentáneos en el cerebro que inducen estados de euforia semejantes a los producidos por el óxido nitroso o gas de la risa -asegura Luis Alberto Ramírez Ortegón, director del departamento de Investigación Científica del Instituto de Medicina Legal y autor de dos artículos sobre el tema-. La persona experimenta sensación de mareo, disminución del control del yo, vértigo, júbilo, regocijo e incremento de las sensaciones de la masturbación, la intensidad del orgasmo, el placer y la excitación”.
Frente a este fenómeno tampoco faltan las interpretaciones psicoalaníticas. Como sostiene el psiquiatra y sexólogo Mario Alberto Peña, “sus seguidores podrían haber tenido una distorsión de la realidad durante la infancia que los llevó a creer, por ejemplo, que existe un papel completamente activo y otro completamente pasivo en las relaciones y, en consecuencia, que uno debe agredir y el otro sufrir”. Peña sugiere, además, que quienes disfrutan de coquetear con la muerte en busca del placer sexual, también sienten deleite por la descarga de adrenalina que provoca la situación extrema.
La hipoxifilia genera mucha controversia, pero no todos consideran que deba tratarse en el consultorio de un psiquiatra. “Si el asunto es consentido y no provoca patología o distorsión en la calidad de vida, simplemente es una forma diferente de obtener placer -sostiene Peña-. El problema es que como en estos actos están involucrados factores de riesgo, a algunos se les va la mano”.
12 personas fallecieron en Colombia entre diciembre de 1998 y diciembre de 2000 por asfixia mecánica relacionada con actividades sexuales, según el Instituto Nacional de Medicina Legal. Todos eran de sexo masculino y nueve eran homosexuales.


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