Director: Louis Malle. 1978. EE.UU. Color
Intérpretes: Keith Carradine (Bellocq), Susan Sarandon (Hattie), Brooke Shields (Violet), Antonio Fargas (Profesor), Frances Faye (Nell), Gerrit Graham (Highpockets), Diana Scarwib (Frieda), Barbara Steele (Josephine), Matthew Anton (Red Top), Seret Scott (Flora), Cheryl Markowitz (Gussie), Laura Zimmerman (Agnes), Miz Mary (Odette), Don Hood (Alfred Fuller), Pat Perkins (Ola Mae)

El director Louis Malle debutó en América con esta historia inquietante y visualmente bella. En la Nueva Orleans de 1917, cuando la prostitución aún era legal, un fotógrafo se dedica a retratar a las trabajadoras de un burdel del distrito rojo de la ciudad. Una de ellas se casa y decide dejar a su pequeña hija de 12 años con sus compañeras. La pequeña comienza a trabajar en el burdel y se enamora del fotógrafo, quien la lleva a vivir a su casa. La relación del hombre con esta “niña-mujer” que lo llama “papi” es tan compleja como sórdida.




La acción tiene lugar en Nueva Orleans en 1917, a lo largo de varios meses. La lujosa casa de madame Nell (Frances Faye) acoge a una decena de prostitutas, que trabajan y viven en ella, en compañía de sus hijos e hijas menores de edad. Allí se encuentra -entre otras- “Hattie” (Susan Sarandon), y su hija de 12 años. Belloq (Keith Carradine) un fotógrafo aficionado a las instantáneas femeninas, traba amistad con “Hattie” y siente especial simpatía por Violet (Brooke Shields). Ésta es traviesa, locuaz, juguetona, lista, vivaracha e ingenua.
La película explica en forma de fábula idealizada la vida cotidiana en el interior de un burdel, en el que se celebran banquetes en honor de los clientes habituales, tertulias, reuniones informales, audiciones de música y bailes, en un ambiente de tono familiar, distendido y confortable. Los clientes confraternizan entre ellos, con las chicas de la casa y con la madame. La clientela incluye personajes acaudalados, empresarios de éxito, altos funcionarios, militares de carrera y jóvenes de fortuna. La explotación de la mujer, su situación de encierrro forzoso y el régimen de esclavitud en el que viven, se explican con sutilezas, referencias indirectas e indicios atenuados por la falsa normalidad de lo que se hace habitual por reiterativo y monótono. La visión de los hechos corresponde a la de Violet, una niña preadeolescente, inocente e ingenua, que ha nacido en la casa y en ella ha vivido siempre, sin ir a la escuela y sin recibir ningún tipo de formación. Es analfabeta y sólo ha aprendido las artes de atraer la atención de los hombres y de agradarles.
Recibe cachetes, bofetones, desaires, regañinas y palizas, éstas a manos del casi invisible matón de la casa. La falta de afecto que padece, la suple con su cariño por los animales (el gato, la rata, el perro, el jilguero), la primera muñeca, que recibe a los 12 años, y el fotógrafo con el que juguetea con su gracia natural y sus cómicas ocurrencias. Para él posa con frecuencia y en una instantánea evoca la figura goyesca de la maja desnuda. Su infancia se ve rota súbitamente, con maltrato y abusos sádicos, que quedan fuera de pantalla, pero se revelan a través de su postura e inmovilidad en la cama, la salida precipitada y descompuesta del cliente y el reproche que ella dirige a las chicas. Los labios pintados atestiguan su incorporación al trabajo profesional, en el que consigue un éxito notable, dejando en el aire el estremecimiento de la prostitución infantil y la práctica abierta de la pedofilia. El fenómeno se sitúa a principios del XX, pero sigue siendo cruelmente válido en la actualidad.
Pretty Baby es el título de la canción de Tony Johnson que se oye en el filme y que la película hace suyo. La música, original de Ferdinand Morton, adaptada por Jerry Wexler, compone una excelente banda, interpretada por varios vocalistas e instrumentistas y por The New Orleans Ragtime Orchestra. La fotografía, del gran Sven Nykvist (1982, Fanny y Alexander), contribuye a crear el halo idílico que envuelve al relato. El guión esboza las envidias y disputas entre las chicas semicautivas en un espacio cerrado y sus ansias de liberación.
El relato fluye como un bello cuento infantil, que atesora de modo contenido un drama desolador, dicho de un modo susceptible de llegar a un público muy amplio. Cuando la niña ha de optar entre el fotógrafo Bellocq y la madre, prevalecen en ella los sentimientos de la niña que es.
todo por medio de golpes de efecto antes que debido a la fluidez narrativa; casi parece más una película de sketches que una narración única.