TESS

Película estrenada entre 1979

Director: Roman Polanski. 1979. Francia-G.B. Color

Intérpretes: Nastassja Kinski (Tess Durbeyfield), Peter Firth (Angel Clare), Leigh Lawson (Alec d’Uberville), John Collin (John Durbeyfield), Rosemary Martin (Joan Durbeyfield), Carolyn Pickles (Marian), Richard Pearson (Vicario de Marlott)

 

John d’Uberville ya no soporta su triste condición y decide enviar a su hija Tess, una joven y bella campesina, a la casa de Trantige donde vive la familia d’Urbeville, para que pueda encontrar trabajo, utilizando este lazo de parentesco. Seducida por su primo, Alec d’Uberville, Tess se queda embarazada.


 

A la hora de valorar la desigual filmografí­a de Roman Polanski con la debidd distancia habrí­a que olvidarse en buena medida de los rasgos que en su momento fueron considerados para ensalzarla y que el propio cineasta ha ido abandonando de forma intermitente. Es decir, no son mejores algunos de sus filmes por adentrarse en temáticas tortuosas y malsanas -1992, Lunas de hiel- que otros en los que el polaco se dedica a lo que debe aspirar todo hombre de cine; dirigir bien -Chinatown (1974)- ¿Que en ocasiones ambas vertientes -mundo personal e impecable factura fí­lmica- coinciden con armoní­a -2002, El Pianista-. Pues mejor que mejor. En cualquier caso estimo que es hora de recuperar la obra de Polanski sin esas anteojeras que pueden en ocasiones impedir el separar el polvo de la paja. Creo que ese fue el caso que sucedió con Tess en el momento de su estreno. Aunque galardonada incluso por la academia de Hollywood -estoy convencido que fue valorada más en su condición de “gran producción” que en sus intrí­nsecas cualidades-, quedan testimonios sin embargo de la relativa frialdad con que fue recibida por aquellos sectores crí­ticos que anteriormente habí­a “santificado” su obra y veí­an traicionados sus propios esquemas de cómo debí­a de ser la andadura como director de Polanski. Es por ello que la consideración de esta pelí­cula siempre fue relativa, máxime en un periodo en el que cualquier producto era -en lí­neas generales-, analizado en mayor medida por lo que contení­a que por su puesta en escena. En esa tesitura era hasta cierto punto casi obligada la tibieza con que fue recibida este -me apresuraré a dar mi opinión-, buen melodrama, en un periodo en el que además le reivindicación del género aún era muy incipiente. Es por ello que se olvidó valorarla como lo que en realidad es: un trabajo de buen cine.


Afortunadamente, su reciente edición en DVD ha permitido a los aficionados acercarnos un cuarto de siglo después de realización a las enormes virtudes de Tess, una pelí­cula que ha resistido con enorme soltura la inclemente prueba del paso del tiempo.


Basada en una de las más prestigiosas novelas de Thomas Hardy -especialista en obras literarias de ambiente victoriano-, considero que más allá de su propia configuración histórica, melodramática y crí­tica con la sociedad que retrata, Tess se ofrece cinematográficamente como la lucha de un personaje perfectamente integrado y criado en un entorno natural por evadirse de las convenciones sociales que a de una forma o de otra quieren anular su personalidad. Es así­ como el personaje que encarna Nastassja Kinski es mostrado a través de una caligrafí­a fí­lmica caracterizada por un carácter telúrico. A partir de una excepcional fotografí­a e iluminación (Geoffrey Unsworth y Gislain Cloquet, galardonados con un Oscar por su trabajo) -y este es un ejemplo perfecto para calibrar como separar una fotografí­a preciosista o esteticista (para entendernos, lo que un profano señalarí­a como “preciosa fotografí­a”) de otra en la que su profunda belleza emerja por necesidad del relato-, Polanski logra con la plasmación visual de esta pelí­cula una de sus más altas cotas de su filmografí­a. Con un perfecto, reposado sentido del ritmo, las más de dos horas y media de duración de Tess se hacen cortas, puesto que prácticamente no sobra un solo plano en su metraje. Tal es el poder de condensación -la presencia reiterada de ese caballo blanco para recordar en determinados momentos al ausente padre de Tess en la parte final del filme-, composición en sus planos, la relación de los actores dentro del encuadre -un ejemplo al azar; en el primer encuentro entre Tess y Alec cuanto estos se declaran como supuestos familiares se abandona el plano/contraplano y ambos se incorporan juntos en un mismo plano-, o la presencia de esa elipsis que en ningún momento nos muestran en pantalla las diversas muertes que se suceden, proporcionando una mayor fuerza dramática en su ausencia.


La historia de la pelí­cula se centra en la andadura de su protagonista, que muy pronto traba contacto con los auténticos depositarios del apellido d’Uberville -lo han comprado para adquirir con el mismo una cierta relevancia social que su dinero por sí­ solo no puede ofrecer-. En ese contacto Tess provoca la fascinación del heredero de la misma, que se enamora locamente de ella y la deja embarazada sin que él lo sepa. La joven retorna a casa de sus padres y allí­ da a luz a un hijo que muy pronto muere por enfermedad sin lograr que sea enterrado en tierra consagrada, lo cual provoca su ruptura con la Iglesia. Poco después se pone a trabajar en una casona, donde conoce al joven y atractivo Angel Clare (Peter Firth) con quien finalmente se casará. Sin embargo la relación no logra consolidarse cuando esta le confiesa la experiencia de su perdido hijo, noticia que hace que este abandone a Tess marchando a Brasil y provocando que esta prolongue su andadura hasta que finalmente encuentra de nuevo a Alec. Pese a su rechazo en este reencuentro finalmente accede a que el acaudalado granjero sea su amante. Pasado el tiempo el joven esposo retorna y logra encontrar a Tess, rechazando esta inicialmente volver con él. No obstante el sentimiento que aún alberga llevará a la protagonista a matar a Alec y retornar con su marido en una huí­da que sabe no va a tener ninguna continuidad y solo queda como un último gesto de rebeldí­a. Finalmente Tess será encontrada por la policí­a de la época en unas ruinas megalí­ticas, finalizando su lucha contra una sociedad que quiere ahogar un ser lleno de afán de libertad. Un ser además que encuentra en la belleza y la sensualidad de Nastasja Kinski una encarnación idónea. Tal es así­ que por momentos la entonces joven actriz parece haber nacido para encarnar este personaje, en una de las muestras más claras que en las últimas décadas ha ofrecido una actriz en la vertiente de sensualidad cinematográfica.

Como antes señalaba, Tess se impregna en el espectador por su sentido telúrico, que tiene cotas de especial intensidad en momentos tan hermosos como la secuencia que tiene lugar en el jardí­n de los d’Uberville en donde el rostro de Tess se encierra entre rosas y fresas ante la mirada enamorada de Alec; el instante en el que la joven incorpora una sencilla cruz y un ramo de flores ante la tumba anónima de su pequeño hijo o aquel intenso momento en el que tras una huí­da la protagonista se derrumba en pleno bosque, pasando ante ella un cervatillo y diciendo “todo es vanidad”. Prácticamente todos los momentos de esta hermosa pelí­cula aparecen tamizados por la bella impronta y sabidurí­a narrativa de Polanski, que otorga la debida modulación, planificación y composición plástica, siempre destacados por su extrema sensualidad. Un aspecto al que hay que añadir la belleza de la partitura ejecutada por Philippe Sarde, una impecable ambientación que respira veracidad por todos sus poros y un ritmo muy reposado que apenas tiene altibajos.


Ciertamente cabe oponer pocos reparos al logro de esta pelí­cula. Señalarí­a únicamente tres de no muy amplia significación. Por un lado las limitaciones que ofrece el por otro lado aplicado Peter Firth en su encarnación del marido de Tess -hací­a falta un intérprete menos blando-. Al mismo tiempo cabe resaltar el efectismo que supone el instante en que nuestra protagonista descubre que la carta que ha escrito a Angel contándole su “pasado oculto” no ha llegado a sus manos -un destello de sol impregna la pantalla-. Finalmente, cabe oponer que en una producción de tan generoso metraje, resulta algo descompensado que cuando el esposo de Tess regresa y lee las cartas que le ha ido enviando su mujer dicha secuencia transcurra con tanta rapidez.


Tess Durbeyfield (Nastassja Kinski) es una jovencita que lleva una vida en apariencia jovial, pese a ser hija de una familia de campesinos en la Inglaterra del siglo XIX.
Un dí­a su vida dará un vuelco cuando su padre se entera a través del párroco del lugar de que su familia desciende de la gloriosa estirpe de los d´Urberville, y de que tienen parientes adinerados no muy lejos de donde viven. Por ello, Tess será enviada a casa de estos parientes, para lograr un trato de favor. Será a partir de ahí­, cuando conozca a su pérfido primo, cuando su vida se verá afectada irremisiblemente.

Tess supuso un cambio total de registro para el realizador polaco Roman Polanski, al ser su primer filme de época, y el primero que hizo tras su huida de Estados Unidos a causa de un escándalo sexual. Acostumbrado a dirigir pelí­culas a contracorriente respecto a las convenciones de su época, el firmar un filme tan clasicista como lo es este sí­ que resulta novedoso, aunque quizá Chinatown como homenaje al cine negro ya planteaba una adopción de formas más convencionales, en las antí­podas de pelí­culas como Repulsión o La semilla del diablo (mejores para mi gusto, por su originalidad).

La pelí­cula es una adaptación de la novela homónima de Thomas Hardy, escritor británico de la época victoriana, que ha conocido en la década de los 90 otras adaptaciones de obras suyas en cintas como Jude o El perdón. Las novelas de Hardy suelen denotar crí­ticas a la sociedad de su tiempo, pero eso es algo que Polanski deja de lado en esta ocasión.

Al director polaco le interesa más el narrar las aventuras y desventuras de una serie de personajes que luchan por su supervivencia, tanto a un nivel fí­sico como emocional. La protagonista es una joven sin grandes pretensiones en la vida, que más de una vez deja patentes sus deseos de morir, que confí­a en el amor como redentor, pero sin mucha convicción. El amante de Tess (Peter Firth) es un pobre diablo que pasa de las convenciones sociales, pero que repudia a la chica cuando descubre su pasado, en el que tiene mucho que ver el infame Alec (Leigh Lawson), un ricote con pretensiones de señor.

De este modo, Polanski nos ofrece un mosaico de pasiones contenidas, rodado con exquisitez y sensibilidad, sin llegar a caer en lo zalamero y pasteloso. A ello ayuda no poco la excelente labor del director de fotografí­a, que capta las tonalidades de la naturaleza según la estación, así­ como el compositor, autor de una lí­rica partitura, para nada barroca y recargada. Polanski narra con sencillez y ritmo pausado (casi demasiado), para poco a poco ir desgranando los sucesos, que curiosamente se desencadenan a través de coincidencias poco afortunadas.

Así­ pues, el autor de El baile de los vampiros nos brinda todo un tratado sobre la predestinación y el fatalismo, en el que brilla con luz propia su protagonista, la actriz alemana Nastassja Kinski. Pocas veces lució la teutona tan bella en una pantalla, dotando de humanidad a su personaje por medio de una gran economí­a gestual, ya que por su expresión o las variaciones en la caí­da de sus ojos adivinamos sus estados de ánimo. En el apartado de defectos hay que reprocharle un final algo artificioso y teatral, que rompe algo con el tono más realista del resto de la cinta. Nos hallamos ante un producto muy recomendable, que quizá no haga las delicias de los seguidores del Polanski más bizarro, pero que resulta ser una de sus mejores pelí­culas. En su momento, el filme obtuvo tres Oscar en premios menores, quedándose sin galardón en las categorí­as de mejor pelí­cula o mejor director, siendo la vencedora la inferior Kramer contra Kramer (1979, Robert Benton), pero ya se sabe que la distribución de los eunucos dorados no siempre es la más merecida.

Los gozosos nueve meses que duraron el rodaje, seguidos por los dos años de calamidades, me dejaron tan desilusionado que nunca más querrí­a volver a hacer otra pelí­cula.” (Roman Polanski, a propósito de Tess)

Extraños prejuicios nos hacen pensar que ciertos autores no están capacitados para abordar determinadas temáticas (cuando si hay alguna cosa que asegura la autorí­a es la capacidad para sorprender las veces que sean necesarias a la crí­tica, siempre necesitada de adjetivos inequí­vocos y definiciones simplificadoras).

Y lo que más acostumbra a dejarnos fuera de juego son las demostraciones de sensibilidad -que poco tiene que ver con rodar una ñoña y edulcorada pelí­cula de amor, no confundamos- por parte de directores a los cuales presuponí­amos otros intereses, aquellos a los que tení­amos ya cómodamente encasillados en otros menesteres.

Hagamos un sencillo pasatiempo. Si digo Clint Eastwood, algún desinformado todaví­a contestará: “un tipo duro”. ¡Ep! Pero ahí­ están Primavera en otoño (1973) o Los puentes de Madison (1995). Si escribo Lynch, David…. “ah, si, el tipo ese de atmósferas opresivas y pelí­culas ininteligibles”. ¿Y dónde colocamos Una historia verdadera (1999)? La lista estarí­a plagada de sorpresas, de binomios en apariencia impensables: artesanos modestos que se desmarcan con inopinadas maravillas (Attenborough con su Tierras de penumbra (1993), frecuentadores de barrios bajos y malas calles que toman un sorprendente atajo (Scorsese y La edad de la inocencia (1992), desarraigados aficionados a rodar destripes a cámara lenta que convierten a Jason Robards en el más arrebatador de los fracasados (Peckimpah con La balada de Cable Hogue (1970)), o… sí­, o Polanski y su Tess.

He aquí­ un breve resumen argumental del propio director, para ir entrando en materia: “Tess d’Urberville es la historia de la inocencia traicionada en un mundo en el que la conducta humana está regida por las barreras de clase y los prejuicios sociales (…) Todos los males de la vida de Tess son el resultado de las pequeñas pero trascendentes coincidencias que conforman nuestro destino. Si no se hubiera producido el encuentro casual entre su padre borracho y el clérigo que le dice que por sus venas corre sangre aristocrática, la tragedia no hubiera ocurrido. Tess hubiera llevado la plácida existencia de una campesina de Dorset. Jamás hubiera conocido a Alec d’Urberville, jamás hubiera sido violada por este y jamás hubiera acabado ejecutada por la justicia”.


Podrí­a hablarles de la fantástica factura de la pelí­cula, a veces, casi pictórica.. O de una actriz -la Kinski- que nunca ha vuelto a brillar con tanta intensidad. Pero no, vamos a centrarnos en esta primera parte en aquello que se nos cuenta.

Porque Tess es una de las pelí­culas más genuinamente feministas que recuerdo haber visto. El amargo retrato de una mujer prisionera de su tiempo, de unas convenciones sociales que dejan bien claro cuál es el papel en este mundo de un animal bello pero desclasado.

Una sociedad dispuesta a malearla y putearla hasta lo indecible, lanzándola en brazos de un miserable que marca su sino arrebatándole la honra y arrojándole… un hijo. Frustrando su matrimonio con un hombre capaz de perdonarle todo… menos el ser mujer. Y convirtiéndola finalmente en la amante de un ser despreciable, asco infinito que concluirá en asesinato, legí­tima defensa y postrero acto en plena libertad de una desdichada abocada desde un principio a la tragedia.

Ni la vuelta a destiempo del único hombre al que amó -atenazado por la culpa y la vergüenza- servirá para aminorar la terrible responsabilidad de una masculinidad victoriana e hipócrita, misógina y orgullosamente opresora.

Cuando prenden por fin a nuestra heroí­na entre los druí­dicos vestigios de Stonehenge, epicentro telúrico de extrañas fuerzas que escapan a nuestra comprensión -como muchos de los comportamientos humanos que pueblan la pantalla-; cuando se despide en un atardecer infinitamente triste del único representante del sexo masculino que no se granjeó su desprecio, cuando la autoridad competente se lleva al cadalso a una mujer cuyo único pecado fue tratar de sobrevivir, cuando todo esto ocurre, digo, uno ya no está seguro de si Thomas Hardy nos cuenta cosas de hace siglo y medio o la crónica negra de un paí­s como el nuestro, que ve morir cada año a casi un centenar de Tess… siempre a manos de quienes más dicen quererlas.

Sobre el rodaje de Tess

El rodaje de Tess, fue una nueva odisea fí­sica y mental, padecida por un hombre demasiado acostumbrado al tormento y al éxtasis. Polanski llega a Parí­s en calidad de fugitivo de la justicia y se encuentra en un lance harto apurado (examiné mi situación económica. Era desesperada).

A grandes problemas, grandes remedios. Nuestro atribulado personaje se lanza en los brazos del director-productor-amigo Claude Berri (ay, “amistad y negocios: aceite y agua!, como bien decí­a Michael Corleone), que acababa de adquirir los derechos franceses de Apocalypse Now (1979). [Menudo olfato de productor... ¡Coppola y Polanski juntos en tu cartera de inversiones! Vamos, que al pobre hombre estaban a punto de crecerle todos los enanos a un tiempo].

Eso sí­, quedaba bien claro que la acción de la pelí­cula -aun adaptando algo tan inglés como Hardy- se localizarí­a í­ntegramente en Francia (por la conocida razón de que en Inglaterra podrí­an extraditarlo a los EE.UU. y no era cuestión de quedarse sin director a medio rodaje). Se lanzan pues a la compra de los derechos -resulta que del libro ya se habí­a hecho una versión muda en 1924, ¡qué cosas!- y se ponen manos a la obra.

La única manera de transmitir el ritmo de la obra era utilizar el ambiente como parte integrante de la pelí­cula, marcando el paso del tiempo y el cambio operado por las estaciones. Tras haber elegido los exteriores rurales, tendrí­amos que rodar a lo largo de todo el año, desde principios de primavera, pasando por la caní­cula, hasta llegar a los rigores invernales. Este plan de rodaje, tan insólitamente largo, se traducirí­a de manera inevitable en una pelí­cula muy cara”.

Pues sí­, Roman. Un poquito. Con sus 12 millones de dólares, Tess fue la pelí­cula más cara jamás rodada en Francia. Los motivos para tamaño presupuesto: se trató de la primera pelí­cula mezclada en Francia con el sonido dolby-stereo, reconstruyó Stonehenge en un campo situado a unos 80 km. al norte de Parí­s (aunque el siempre defendió que esta solución era bastante más barata que trasladar todo el equipo de filmación a Inglaterra), etc.

Roman puso toda la carne en el asador. “Recorrí­ unos 30.000 km. en busca de exteriores adecuados para rodar”. Aunque lo más crudo estaba por llegar. Forzado por las fechas de estreno que iba marcando su “amigo” capitalista, “el montaje y la mezcla se convirtieron en una pesadilla. Estábamos trabajando contra reloj con cuatro salas de montaje funcionando simultáneamente y sin interrupción”.

Y total… ¿para qué? El productor decide que la pelí­cula es demasiado larga. Hay que eliminar una hora. La crí­tica alemana (primer paí­s donde se estrenó) tampoco fue muy benévola que digamos, echando más leña al fuego: “la pelí­cula es válida tan sólo como documental acerca de la vida de una granja lechera del siglo XIX”.

Ya que el descalabro parecí­a evidente, se decide eliminar 45 minutos para que al menos se pudiesen hacer cuatro pases diarios en lugar de tres (¡ah, el arte!). Polanski deja la labor de recortarla en manos de otros y se larga al Himalaya (no, no es broma).

Y es que de este filme corren más versiones que del asesinato de Kennedy. Una que hoy se encuentra en DVD de 190 minutos, a que hoy llamarí­an, pomposamente, “el montaje del director” (y personalmente me pareció un pelí­n larga), otra de 170, 150, 134… qué pena.

Para discutir su distribución en EE.UU. a través de Zoetrope, la leyenda habla de un mano a mano Coppola-Polanski en plena sala de montaje, sugiriendo el primero cambios a mansalva y estando el segundo a punto de mandarlo… rí­o arriba, con Kurtz. Al final Coppola no distribuyó la pelí­cula (a pesar de la jugosa oferta de un millón de dólares… a cambio de “ciertos sacrificios”, claro).

A propósito, finalmente logró estrenarse en un par de cines norteamericanos. ¿Y saben qué? Fue nominada a 11 Oscars… para quienes estas cosas importen. Se trató de la celebérrima concesión de premios de 1980. Digo celebérrima porque competí­an Martin Scorsese con Toro salvaje (1979), David Lynch con El hombre elefante (1980), Polanski con Tess… el Oscar a la mejor pelí­cula y mejor director fue para Gente corriente (1980) de Robert Redford, una pelí­cula que con los años ha ido ganando, pero que sigue estando a cierta distancia de ese glorioso triplete de competidoras, donde un par (a elegir por el lector) eran claramente obras maestras.


Subscribe to comments Responses closed, but you can trackback. |
Post Tags:

Comentarios cerados.


© Copyright 2005 Claqueta TE RECOMIENDA COCINA Y Recetas de cocina