Director: Blake Edwards. 1982. EE.UU. Color
Intérpretes: Julie Andrews, James Garner, Robert Preston, Leslye Ann Warren

En el París de los años treinta, Victoria, tras el fracaso de su actuación en un cabaret, camina hambrienta por las calles de la ciudad. Está a punto de prostituirse para poder comer pero, finalmente, decide darse un gran banquete y, después, colocar un escarabajo en la ensalada, para no tener que pagarla. Allí conoce a Toddy, un homosexual que le ofrece hospitalidad y que tiene la brillante idea de convertir a la artista en Víctor, un célebre travestí que triunfa en la capital francesa.
El arte es ambiguo. Partiendo de esta base, constatada a través de la historia del cine, Blake Edwards nos propone una indagación sobre la personalidad del ser humano y de sus circunstancias, en clave de comedia y con el aliciente de presentarnos los años treinta antes del colapso del nazismo con ayuda de música.
Inspirada en una película alemana del mismo título -bastante mediocre- de 1933, entonces Edwards tenía diez años, nos introduce en el mundo del cabaret y del gangsterismo a través de un personaje paradigma del conflicto entre el ser y la existencia. Tody (un Robert Preston excelente y memorable) nos lleva de la mano hasta la secuencia magistral del restaurante de la ensalada con la cucaracha, con plano general exterior del restaurante viendo la reacción de sus comensales, para engarzar con la transformación de Victoria en Víctor, como la cosa más natural del mundo y su debut como cantante Víctor/Victoria, una Julie Andrews arrebatada y cómplice de las sutilezas humanas, juega su rol sin complicaciones hasta que llega King, un James Gardner mejor que nunca, del que se enamora, poniendo en juego el entramado de las relaciones humanas, con sus apariencias y sus grandezas, sus miserias y sus sumisiones, generando de paso las situaciones más hilarantes y al tiempo más inteligentes entre dos seres humanos. Llega a su cenit en la naturalidad con la que Squash, un Alex Carras en estado de gracia, le muestra sus inclinaciones y le hace ver que las apariencias, a veces, son meros arquetipos del inconsciente.

Burla burlando, Blake Edwards ha jugado la carta de la tolerancia y la pasión, la crítica y el discernimiento sin olvidar al inspector Clousseau ni a los camareros enloquecidos, para decirnos que ya sea Víctor, ya sea Victoria, lo que cuenta es el ser humano. Habrá muchos que digan que el final tiene algo de “happy end”, o una concesión a las taquillas, o al bien pensar americano, con el personaje de Leslie-Ann Warren, justísima, poniendo la guinda de la pasión femenina. Discrepo. Todo en la película está medido, incluido ese final acomodaticio, pero totalmente humano, porque redondea la idea matriz del filme, al margen de la diversión.
Esa idea de la ambigüedad del arte, y de la cámara, la puesta en escena, las secuencias, la planificación de las canciones, las elipsis, los sobreentendidos, los guiños, se encargan de decirnos que todo ser que piensa y vive tiene que adentrarse en su mundo, y en el de los demás, desde la tolerancia y la reflexión, desde la inocencia y la picardía, para desentrañar de qué estamos hechos y porque somos como somos.

Hay una canción, a cara descubierta, que lo dice todo. “Crazy world”. Y hay otra, antología del disparate, “Lady from Sevilla”, que resume, por decirlo así, hasta dónde se puede llegar cuando se juega con el arte desde las raíces humanas hasta las implicaciones sociales.
Blake Edwards crea con Víctor o Victoria una pieza insustituible en la historia del cine: las imágenes también son ambiguas cuando tienen la necesidad de contarnos ese poso de misterio que rodea nuestras relaciones con los demás; y que lo son cuando quien lo narra tiene en cuenta que la vida es tan ambigua o más que el arte.


Algunos recordarán esa estupenda comedia musical de los años 80, dirigida por Blake Edwards, y ambientada en la década de los años veinte en París, en la que una magnífica Julie Andrews, en plena madurez interpretativa y haciendo gala de una estupenda voz, encarna el papel de Victoria, una cantante de ópera que no consigue trabajo y que está sumida en la pobreza.
Pero con la ayuda de un cantante de cabaret (Robert Preston) se disfraza de hombre y adopta el nombre artístico de Víctor y así consigue trabajo en un cabaret de moda parisino actuando como “gay”, local donde cada vez tiene mayor éxito con ese papel de cantante ambiguo. Nadie sospecha en el local que realmente Victor es una mujer, ni siquiera un rico y estúpido gángster estadounidense (James Garner), un patán que se enamora perdidamente de “él” sin saber que en realidad es “ella”.
Y es que este equívoco, ahora deportivo, en el que nos tiene sumidos el Athletic de esta temporada tiene grandes similitudes con esa ambigüedad sexual que con tanta maestría y humor se aborda en este ingenioso vodevil de Blake Edwards a través de numerosos gags… Y ya no sabes que es comedia o realidad…
Es justo de todo punto que felicitemos con efusividad a nuestro “Robert Preston”, el joven cirujano plástico que ha hecho posible la transformación y que hayamos disfrutado de este milagro dominical… Y es que a pesar de la dificultad del embite, al eminente y prometedor Dr. Martínez no le ha temblado el pulso a la hora de hincar el bisturí del nº 15 sobre la amojamada piel y disecarla con trazos bien firmes y continuos, mostrando una destreza inusitada para su edad… A mí esta película me divertió mucho.