Director: Francis Ford Coppola. 1982. EE.UU. Color
Intérpretes:
Nastassja Kinski, Frederic Forrest, Teri Garr, Rebecca de Mornay, Tom Waits, a, Lainie Kazan, Harry Dean Stanton, Allen Garfield

Frederic Forrest y Teri Garr son una pareja infeliz que rompe en su quinto aniversario. Ella es cortejada por un camarero pianista (Raul Julia), que la promete llevarla lejos de vacaciones. Mientras él consigue una cita con una bella artista de circo (Nastassja Kinski). Así, por caminos separados, las dos parejas bailarán por las calles de Las Vegas un 4 de julio.

Me ha costado al principio el llegar a comprender que tanto las interpretaciones, como la música y los decorados eran un todo armónico mediante el cual el maestro Coppola trataba de sumergirnos en esta pequeña gran historia de amor y desamor. Al principio se hace un poco torpe la narración, pues da la impresión que el director, demasiado ocupado en la ambientación y los decorados, pasa por alto la dirección interpretativa, además que el montaje está supeditado a los cuadros que componen las imágenes, y no a la acción dramática. Es este un punto que destaca en los primeros 40 minutos de película, hasta que el espectador toma parte en el asunto y pone un poco de su parte (al principio simplemente el espectador se deja llevar, hasta que se da cuenta de que la película exige algo más. ¿Es esto un pequeño favor que le hacemos a Coppola?), entonces ahí llega la verdadera ampulosidad coherente, el “tour de forcé” lumínico y decorativo y musical con el que conseguimos vivir la paralela aventura extra-matrimonial de estos dos cándidos personajes.
Da gusto ver que el mismo director que supo adentrarnos poco a poco y sin compasión en el corazón de las tinieblas, también es capaz de recrear una historia de amor con la bella ingenuidad de un niño maravillado. He ahí la intensidad del sentimiento. He ahí la incomparable visión del más grande de los modernos.

Fantasía creativa de un genio
Pocos directores tienen la capacidad de “crear arte” y Coppola es, sin duda, uno de ellos, quizás el último gran creador que ha dado el cine. Como toda obra de arte Corazonada ha sido y es un filme discutido, “cult movie” para unos, película fallida para otros, apasiona o genera rechazo sin término medio, se entiende o no, pero jamás deja indiferente a nadie.
Como plasmación fílmica de un sueño largamente acariciado, un sincero y sentido homenaje de Coppola al sistema de estudios que hizo grande a Hollywood, Corazonada se nos presenta como un fascinante y arriesgadísimo ejercicio de estilo que solo la imaginación de un visionario como Coppola podía acometer. Nadie como él podía atreverse a realizar en un estudio esta extraordinaria recreación de la ciudad de Las Vegas, con esa catarata de luz y de color que inunda la pantalla de forma casi permanente. Historia de amor en apariencia convencional, un Coppola que destila pasión y romanticismo por todos sus poros va mucho más allá de lo que nadie jamás se había atrevido y nos ofrece una personal, lírica y melancólica visión de la relación de pareja. Un guión trasgresor e imaginativo, una fotografía fascinante, irreal y preciosista del gran Storaro, una cámara que se desliza de forma precisa en amplios y deslumbrantes movimientos de grúa, trufada de secuencias inolvidables, y con la maravillosa y envolvente banda sonora de Tom Waits como telón de fondo hacen de Corazonada una experiencia visual y anímica inolvidable para todos aquellos que aman la belleza.
Historia de una pareja (ajustadas interpretaciones de Teri Garr y Frederic Forrest) que después de cinco años de relación deciden romper su relación y buscar la felicidad lejos el uno del otro, y que vivirán a lo largo de unas horas experiencias anímicamente intensas, ella con un camarero que la hará soñar (espléndido R. Julia) y el con una joven y bella artista de circo (impagable y bellísima Nastassia Kinski) que le hará conocer un universo desconocido para él, acabarán descubriendo finalmente que no pueden vivir el uno sin el otro, y comprenderán y asumirán la incapacidad que a menudo tenemos para valorar lo mucho que nos da la persona que tenemos a nuestro lado compartiendo la vida, que nos ama y a la que amamos como a nadie, hasta que la perdemos. Esta historia de amor de aparente esquema clásico se transforma en manos de Coppola (coautor del brillante guión), sustentada en una envoltura visual arriesgada pero arrebatadoramente bella, y bajo su magistral dirección en una de las obras de arte más subyugantes e innovadoras que nos ha dado el cine en los últimos veinticinco años. Imperecedera e imprescindible obra maestra a reivindicar.
Romanticismo en una ciudad de cartón
El mayor fracaso comercial de Francis Ford Coppola es explicable por tratarse de una película con un contenido muy poco atractivo para el gran público y porque su puesta en escena y montajes requerían una enorme inversión. Después de ver la película, uno piensa porqué es tan injusto que peliculones como éste no triunfen en taquilla mientras que gilipolleces como A todo gas o Underworld se forran a su paso por las carteleras, lo que dice mucho del conocimiento cinematográfico del público.
La película cuenta una historia de amor y desamor, de separaciones y reencuentros en la ciudad de Las Vegas que sería convencional si no fuera por el originalísimo tratamiento que hace Coppola de la acción: cobran muchísima más importancia la dirección artística y los decorados que la historia en sí. Además los números musicales y las coreografías imaginativas así como la espléndida música de Tom Waits enriquecen aún más un espectáculo admirable e imaginativo, lleno de luces y con aspecto teatral, en donde el director se arriesgó en montar en sus propios estudios los grandiosos y luminosos decorados que simulan la jovial ciudad de Las Vegas.
En cuanto a interpretación, son mucho más convincentes los secundarios Allen Garfield, Raúl Julia y Harry Dean Stanton, que los anodinos protagonistas Frederic Forrest y Teri Garr.
Visualmente fascinante, poética y romántica, es otra muestra más del enorme talento de Coppola en la dirección.