EL AVENTURERO DE MEDIANOCHE (Honkytonk Man)

Película estrenada entre 1980-1982

Director: Clint Eastwood. 1982. EE.UU. Color

Intérpretes: Clint Eastwood, Kyle Eastwood, John McIntire, Alexa Kenin, Verna Bloom, Matt Clark, Barry Corbin, Jerry Hardin, Tim Thomerson, Macon McCalman


Red Stovall (Clint Eastwood) es un cantante de country que se enfrenta a la falta de dinero y a su dependencia del alcohol cantando en bares polvorientos durante la Gran Depresión. Su única pasión es el sueño que le mantiene vivo: tocar con el legendario Grand Ole Opry. Así­ comienza un emotivo viaje junto a su sobrino (el debut cinematográfico de su hijo Kyle Eastwood) que le llevará de Oklahoma a una audición que le han concedido en Nashville.


Una familia está arando un campo de cultivo. De repente una fuerte ventisca les obliga a refugiarse en casa.

En un momento dado aparece de entre el fuerte viento la silueta de un coche que a duras penas se encamina hacia la casa.

Se apea Red Stovall (Clint Eastwood), hermano de la madre de la familia, Emmy (Verna Bloom), madre de cuatro hijos y esposa de Virgil (Matt Clark). Además con la familia convive también el padre de Virgil (John McIntire ).

Emmy que sabe que su hermano está en las últimas pues padece de tuberculosis, siente compasión por él, a pesar de que intuye que su forma de vida no conviene en nada para la educación espartana que ella desea para sus hijos.

Red, cantante de country, les comenta que ha sido invitado a una audición al prestigioso Grand Ole Opry de Nashville.

La ventisca, que ha arruinado los últimos ahorros de la familia, motiva la marcha de ésta a California, para dedicarse al cultivo de los campos de algodón.

Pero Whit (Kyle Eastwood), uno de los hijos de la familia pide encarecidamente a su familia que le dejen marchar con su tí­o, ya que él no desea ese tipo de vida, y sí­ le gustarí­a ser cantante de country.

Whit está embelesado con su tí­o a pesar de los frecuentes accesos de mala baba de Stovall a causa de la tuberculosis.

Finalmente Emmy consiente a su hijo acompañar a su tí­o a Nashville con la única condición de regresar con ellos a California después de estar en Nashville.

Así­ inician los dos, en compañí­a del abuelo paterno del muchacho un periplo en el coche de Stovall conducido por Whit, de Oklahoma donde se encontraban, a Nashville.

El abuelo querí­a regresar a morir a su tierra natal en Tenesse.

Por el camino Stovall llevará de putas a su sobrino, robarán gallinas, reclamarán deudas pendientes a morosos sin arrepentir, e incluso reclutarán esporádicamente a una joven esclavizada por un amo demasiado incondesdecendiente con sus peticiones, Marlene (Kyle Eastwood). Una muchacha de 16 años que dice ser aspirante a cantante de country y que suspira porque la lleven con ellos a Nashville.

El dí­a de la audición, la tos tuberculosa de Stovall le juega una mala pasada y la oportunidad se va al traste. Unos productores musicales sin embargo le ofrecen la posibilidad de grabar un disco sin derechos de autor.

Éstos serán los últimos dí­as en la vida de Red Stovall.


Año 1982, Eastwood acababa de rodar dos años antes su irregular Bronco Billy, y ahora se proponí­a llevar a la gran pantalla las aventuras de este peculiar cantante de country un sinvergüencilla aficionado al aguardiente y tuberculoso en estado terminal, a través de su periplo de Oklahoma a Nashville en compañí­a de Whit “Jos” (que supuso el debut frente a las cámaras de su hijo biológico Kyle Eastwood), su sobrino, además del abuelo paterno del crí­o (John McIntire), y Marlene (Alexa Kenin) una muchacha de 16 años que “recogen” por el camino.

Basado en una novela de Clancy Carlile quien también firma aquí­ como guionista, ambientada en la época de la gran depresión, Eastwood aprovecha la coyuntura para mostrar los lazos de unión entre tí­o y sobrino y nieto y abuelo, así­ como mostrar el desarraigo de un hombre que se sabe muerto pero que aún tiene una última oportunidad en lo suyo, como cantante de country, al darle la oportunidad de una audición en el prestigioso Grand Ole Opry de Nashville.

Ese simpático personaje de Red Stovall (Clint Eastwood), hará suya esa máxima latina del “carpe diem”, instruyendo a su embelesado sobrino, también aspirante a cantante de country, en lo práctico de la vida, mejor dicho, de la vida de un hombre de aquel mundo, como era Stovall.

Así­, Stovall le llevará de putas, le llevará a infringir una y otra vez la ley (robando gallinas, ayudándole a fugarse de la cárcel, a conducir en minorí­a de edad, a extorsionar, etc…).


Pero es que además Eastwood como acostumbra casi siempre, cede parte del protagonismo en los secundarios, por í­nfima que sea su participación.

Así­, cede su pequeño minuto de gloria al abuelo que desiste de acompañar a su familia a la tierra prometida de California, para remontar su época de juventud y reencontrarse con su Tenesse natal, cuando en un momento del viaje, el abuelo narra a su nieto uno de los capí­tulos cruciales de su vida con aquella lí­nea imaginaria que supuso el inicio de “La gran carrera blanca”, esto es cuando los cherokes entregaron sus posesiones en territorio de Oklahoma a los colonos de raza blanca.

Sombrí­a, de tintes crepusculares, seguro que la pretensión de Eastwood no era todaví­a la de conseguir una obra maestra, sino la de pasar con sigilo y sin demasiadas estridencias. Pero como ocurrirí­a con su casi reciente Million Dollar Baby, aunque a menor escala, el asunto se le escapó de las manos y terminó firmando este brillante y emocionante filme sobre el desarraigo humano.

Una obra que supuso un rotundo fracaso de taquilla y que a resultas de los cual motivó que la Warner se resarciera pidiendo a Eastwood una nueva entrega de las aventueras de Harry Callahan. Ésta vez firmada por él mismo con el tí­tulo de Impacto súbito, reencontrándose de nuevo con Bruce Surtees y con su amigo y admirado Lalo Schiffrin.



Crónica terminal de un artista torturado

Siempre es un placer sumo para un amante del cine tener la oportunidad de hablar de una pelí­cula que le afecta de modo particularmente personal, y el placer se hace aún más intenso si se trata de un filme que, por diversas causas, se encuentra minusvalorado, ha sido atacado sin razón, o, simplemente, apenas es recordado por nadie. Me agrada, por tanto, tener el honor de poder firmar este comentario sobre El aventurero de medianoche, una pelí­cula con la que Clint Eastwood, convertido ya en prometedor director desde su primera obra, la audaz Escalofrí­o en la noche (1971), confirmó que detrás de su paso a la dirección no habí­a egocentrismo alguno y sí­ verdaderos intereses artí­sticos. Y es que a Clint, aunque ya se le han reconocido sus méritos como cineasta -sobre todo a raí­z de Sin Perdón (1992)-, parece que aún se le profesa cierto, si no menosprecio, sí­ desinterés intelectual(oide), desde sectores de la crí­tica más dispuestos, tal vez, a aclamar al nuevo director llamativo de turno, ignorando la modestia de gente mucho más experimentada y poco amiga de ruidosos despliegues de artificio. De hecho, en España al menos, hay quienes siguen considerándole una especie de “tipo duro” venido a menos, como demuestran los equivocados doblajes que aún hoy siguen haciéndose de los personajes que interpreta -un vozarrón atronador muy distinto de su timbre real, al cual recurre incluso Álex De la Iglesia, para el chiste con el que culmina su 800 balas (2002)-, y que conviene evitar siempre que sea posible. Se ignora, pues, que Eastwood es un hombre de cultivado gusto musical y cinematográfico, además de un pertinaz lector, con buen ojo para escoger aquellas obras ajenas que mejor se adaptan a sus maneras, y que ya en 1971 fue capaz de proponerle a su amigo Don Siegel, tras leer la novela correspondiente, un proyecto tan personal y alejado de su imagen más tópica como El seductor, filme que, a tenor de lo visto después, bien podrí­a haber realizado él mismo.

El retrato de la América profunda, tan presente en su obra como el western o el thriller, hace acto de presencia a lo largo y ancho de El aventurero de medianoche, crónica del desarraigo de un artista sureño durante los años de la depresión, los cuales vivió Eastwood en la infancia, y cuyo recuerdo nunca ha tratado de idealizar en sus filmes. La pelí­cula, además, narra la historia iniciática de Whit, un niño (interpretado por Kyle, hijo de Eastwood en la realidad) que emprende un viaje al lado de su tí­o Red Stovall (papel que se reserva el director), un cantante de country que planea viajar a Nashville para buscar una oportunidad en el afamado Festival de Opry. Este viaje en el que el chico comenzará a contactar con el mundo adulto coincidirá con otro viaje, en este caso crepuscular, del abuelo de la familia, un hombre que, viéndose en el final de su vida, desea volver a Tennessee, lugar que dejó cuatro décadas atrás, para terminar allí­ su vida. Este último rol está interpretado, o, mejor dicho, encarnado, por John McIntire, cuyo pasado actoral en westerns memorables como Apache (1954, Robert Aldrich); Tierras lejanas (1955, Anthony Mann) o Dos cabalgan juntos (1961, John Ford) otorga un carácter único al personaje, pues basta verle mirar, hablar o callar, para percibir todo ese pasado, toda esa experiencia previa. Es un acierto absoluto de casting, pues no podemos imaginar a otro intérprete para el papel, como cuando Paul Newman contó con Henry Fonda para Casta indomable (1971), o cuando David Lynch rescató a Richard Farnsworth en Una historia verdadera (1999).





Todo el periplo vivido por los personajes es aprovechado para indagar en las relaciones que les unen. La fascinación del chico por su tí­o, el pasado de éste y su incapacidad para asentarse en un marco familiar, y la dura vida del músico errante, siempre de taberna en taberna y componiendo canciones mientras viaja en el asiento trasero de un vetusto coche descapotable, se expresan en fragmentos tan logrados como la conversación nocturna on the road, en la que Red le confiesa a su sobrino una vieja relación amorosa, truncada, y le revela la existencia de una hija fruto de esa relación, a la que no conoce. El humor también tiene cabida en diferentes momentos del film, como la secuencia del robo de gallinas, la peripecia con el toro mientras Red se toma un baño, el atraco al bar, o los diferentes encuentros con la policí­a. Sin embargo, el tono cómico siempre es moderado (refleja fundamentalmente cierto patetismo de la época), y el desgarro siempre está a flor de piel, como aquella mirada que la madre (una escalofriante Verna Bloom) clava sobre su hijo, entendiendo que se irá de su lado sin remisión, o el instante en el que el viejo abuelo observa una pradera desierta llenándola con sus recuerdos fantasmales de otra época, por no hablar del último y magistral tercio del filme, capaz de zarandear nuestro interior, provocando que, con un perpetuo nudo en la garganta, nos planteemos esas preguntas (las verdaderamente inquietantes) que quizás nos hacemos con demasiada poca frecuencia, y pensemos en aquellos momentos de la vida que han significado algo más de lo habitual.

Aunque Eastwood, insisto en ello, se muestra ampliamente generoso con el resto de intérpretes y personajes, otorgando a muchos de ellos, incluso siendo secundarios, momentos de primer orden, no hay que olvidar que el suyo es el personaje protagonista, muy bien escrito por cierto (Clancy Carlile firma la novela y el guión), y a través de él se reflexiona sobre el arte verdadero, es decir, sobre aquel que surge como necesidad personal intransferible, y cuya generación carece de grandeza espectacular, pues, en ocasiones, tiene que ser alumbrado en medio de las condiciones más desfavorables. “Stovall es, como indica el tí­tulo original del filme, el honkytonk man de la cultura americana: bebedor, romántico, perdedor, sin compromisos sentimentales, pero con unos deseos irremediables de querer y ser querido (…)“. El sufrimiento como motor creativo y la necesidad de elegir nuestro propio modo de vivir y morir (la autodestrucción como opción vital), dentro de un discurso que escapa a cualquier ideologí­a formalizada (la propia figura de Eastwood, considerada en su conjunto, y aunque ambigua en ocasiones, tampoco admite, finalmente, este tipo de etiquetas),
y a través de un personaje que, si todo fuese más justo, deberí­a pasar a la historia del cine moderno como uno de los más grandes, y en esto, por supuesto, toma importancia suprema la composición de Eastwood
(siempre le he creí­do un actor competente, incluso en sus primeros filmes como intérprete y en aquellos de pocas pretensiones, aunque es cierto que ha evolucionado con el tiempo), la cual, a no ser que a uno le cieguen oscuras motivaciones, no puede ser menos que merecedora del mayor de los aplausos.

En esta pelí­cula sombrí­a y emocionante, Eastwood es capaz de captar cada matiz de las situaciones, incluso de las más difí­ciles de abordar, como puede ser la visita al burdel, cuando Red pretende que su sobrino se desvirgue, filmada con pulso firme, y en la que incluso se aprecia una extraña ternura maternal (en el encuentro entre el chico y la prostituta que le atiende), desmarcándose de la temible tendencia concupiscente de tí­tulos como Verano del 42 (1971, Robert Mulligan), por no poner otros ejemplos aún más picajosos.

Y otro auténtico highlight del filme (de esos que se quedan grabados en la memoria) es el instante en el que Marlene (Alexa Kenin), la chica a la que recogen en su camino hacia Nashville, decide cantar, en desafortunada -aunque no premeditada- elección, el tema “My Bonnie Lies Over the Ocean” en presencia de Red y los demás. Este momento, al igual que los finales, es espeluznante, único, brillantí­simo. Como el resto de la pelí­cula, un filme con vocación de obra pequeña, pero que habla profundamente, en voz baja y serena, de temas fundamentales, de los temas mayúsculos. Fue un absoluto fracaso en taquilla, razón quizás de su deficiente difusión posterior en televisión y ví­deo, y propició que la Warner reclamase de Eastwood una nueva entrega de las andanzas de Harry Callahan, concretamente Impacto súbito (1983), de la que también fue director.


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