EL REY DE LA COMEDIA (The King of Comedy)

Película estrenada entre 1980-1982

Director: Martin Scorsese. 1982. EE.UU. Color

Intérpretes: Robert De Niro, Jerry Lewis, Dianhnne Abbott, Sandra Bernhard


Amarga comedia que narra la historia de Rupert Pupkin, un cómico obsesionado con convertirse en el mejor en su trabajo. Un dí­a Rupert conoce a su í­dolo, Jerry Langford, y le suplica la oportunidad de aparecer en su show, pero éste se la niega. Sin embargo no cejará en su empeño, acechando a Jerry hasta que consiga lo que quiere. Finalmente y con la ayuda de su amiga Masha secuestrarán a Langford para poder conseguir sus propósitos.


Scorsese firma esta cinta con parte de su impronta inconfundible, adentrándose en los abismos siderales que son las mentes de los marginales, aquellos insatisfechos de la vida que no gozaron de la oportunidad justa, en el momento justo.

El actor fetiche de Scorsese en aquella época, De Niro, vuelve a bordar el papel de este personaje sutilmente perfilado por los encuadres de la cámara de Scorsese, y los magistrales diálogos llenos de sabia ironí­a y rabia contestataria.

Desde el primer fotograma donde la enloquecida Marsha (espléndida Sandra Bernhard) irrumpe histérica en el coche particular de la estrella del late-night Jerry Langford (fantástica la interpretación contenida y distante de un habitualmente histriónico Jerry Lewis), el espectador presencia desde la barrera los impulsos irrefrenables de la masa alienada, que se agarra a la vida a través del culto irrazonable hacia í­dolos con pies de barro.

Con su habitual y abrumadora elegancia y estilo en el manejo de la cámara (ningún encuadre ni movimiento de cámara está de más en toda la filmografí­a de este monstruo del séptimo arte, un tipo prodigio en el mundo del celuloide). Cada paso que da en cada una de sus cintas parece como si estuviera milimétricamente estudiado, sin perder por ello ni un ápice de sinceridad, emotividad y compromiso.


Robert Pupkin será por siempre la encarnación de un mito como lo fue a sí­ mismo el Travis Bickle también interpretado por De Niro y para el mismo director en la gloriosa Taxi Driver. Su filosofí­a de vida queda resumida o compendiada en la frase que un momento de la cinta Robert espeta a un barman en presencia de los policí­as que le custodian: “…prefiero ser rey por un dí­a que bufón toda una vida…”.

Después de todo Robert no era el tipo de fan enloquecido que es capaz de matar a su í­dolo para notoriedad y onanismo autocomplaciente.

Aunque de menor entidad que la recién citada, el Rey de la Comedia, se ha convertido con el transcurrir del tiempo en toda una pelí­cula de culto para los buenos aficionados al cine, y en particular para los miles y miles de incondicionales de ese genio del cine llamado Martin Scorsese.

Observar la perseverancia de Robert a la hora de acercarse a Jerry con la sana intención de pedirle una oportunidad para darse a conocer al público y poder demostrar su talento es conmovedor.

No creo que la actitud de Robert sea para nada similar a la de la histérica Marsha, simplemente una persona insatisfecha con algún desequilibrio mental, aunque fuera Robert quien optara finalmente por dar un paso más allá de la legalidad a la hora de cometer un acto delictivo para captar la atención del í­dolo, ante las continuas y frustrantes negativas de los asistentes de Langford por concederle siquiera la oportunidad de hablar con él.

Conmueve observar a Robert ensayar en los decorados construidos por él mismo en la casa que comparte con su madre (una madre que en ningún momento vemos aparecer en pantalla, y que a todo lo más escuchamos desde la parte de arriba constantemente vociferando en forma de reprimendas a su vástago un tanto abstraí­do).

Realmente impactante y sugerente la sabia propuesta a iniciativa del gran director Scorsese.


Considerada menor en la filmografí­a del dúo Scorsese-De Niro (competir con Taxi Driver o Casino no es fácil) es esta sin embargo una muy valiosa y perturbadora comedia-sátira.

Robert de Niro nos deleita con una de sus mejores y más inusuales caracterizaciones como un cómico lunático del tres al cuarto obsesionado por convertirse en celebridad del humor.

El Rey de la Comedia, es cómica y a la vez muy inquietante. Ver a De Niro improvisando una entrevista imaginaria con Liza Minelli divierte, pero estremece. También la escena en que delira imaginando su boda en directo por TV mientras el cura le pide perdón en nombre de todo el mundo por no haber reconocido su talento. Si, definitivamente éste está incluso más perturbado que el Travis Bickle de Taxi Driver. Hay una escena que quiero mencionar, por su tremenda intensidad y tensión, que es aquella en que De Niro y la chica irrumpen en casa de Jerry.

Tengo cierta debilidad por los antihéroes. Cuanto más destinados al fracaso y, paradójicamente (o no tanto) más obcecados, mejor. En pocas palabras, esta aclaración explicarí­a mi absoluto fanatismo por Rupert Pupkin, aspirante a “relator de chistes” televisivo -una suerte de Juan Verdaguer a la usanza norteamericana- y protagonista de una de las pelí­culas más ocurrentes, y también menos apreciadas, de Martí­n Scorcese.

No recuerdo si El rey de la Comedia se estrenó después de su rodaje en 1983. En todo caso, estoy seguro de que no la vi en aquella época. Al contrario, la descubrí­ por casualidad hace un par de años mientras hací­a zapping en la TV. En ese momento ni siquiera habí­a oí­do nada de ella; tampoco recordaba quién era su director. Pero es un hecho: desde entonces, la veo cada vez que la pasan.

A decir verdad, aquella primera vez me quedé prendada de la pantalla por culpa de un Robert de Niro casi irreconocible, con bigotitos, vestido con trajes un talle más grande, y atosigado por una serie de rictus tragicómicos. Ni hablar de cuando vi entrar en escena al avejentado Jerry Lewis, encarnando un papel muy alejado de los que lo hicieran famoso en sus años dorados.



Al igual que Taxi driver o Toro salvaje, El rey de la Comedia también retrata a un personaje anónimo, marginal o border, cuyo único objetivo es alcanzar el éxito. Entonces, así­ como el conductor Travis Bickle busca erigirse en un parapolicial defensor de la Ley y el boxeador Jake La Motta pelea por ser campeón, el mencionado Rupert Pupkin se obsesiona con la idea de convertirse en una estrella del show business.

En este arduo camino a la fama, Pupkin/De Niro debe enfrentar la indiferencia y el desprecio de quienes tanto admira, incluido su í­dolo Jerry Langford/Lewis (es sorprendente ver al ex compañero de Dean Martin en el rol de celebridad hastiada), y de todos quienes forman parte del engranaje televisivo: desde productores, directores y conductores hasta las secretarias y recepcionistas del canal En este sentido, las desventuras de Rupert son la excusa para describir de un modo satí­rico al mundo de la TV, y a una sociedad exitista que suele adorar í­dolos de barro.

Resumiendo Si llegan a toparse en la TV con El rey de la Comedia (la pasan cada tanto), no dejen de verla. Además de disfrutar de una excelente comedia ácida, tendrán la posibilidad de reencontrarse con el Scorcese perspicaz, preciso, irónico y, por lo tanto, de compensar la eventual desilusión causada por su reciente trabajo, El aviador.


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