Director: Steven Spielberg. 1982. EE.UU. Color
Intérpretes: Henry-Thomas, Dee Wallace-Stone, Robert MacNaughton, Drew Barrymore, Peter Coyote, C. Thomas Howell, Erika Eleniak

Un pequeño visitante de otro planeta se queda en la Tierra cuando su nave se marcha olvidándose de él. Tiene miedo. Está completamente solo. Está a 3.000.000 de años luz de su casa. Aquí se hará amigo de un niño, que lo esconde y lo protege en su casa. Juntos intentarán encontrar la forma de que el pequeño extraterrestre regrese a su planeta… antes de que los científicos y la policía de la Tierra lo encuentre.
Esta es la historia de una amistad muy especial que se desarrolla entre Elliott, un chico joven y solitario que reside en un barrio a las afueras de una ciudad californiana, y un visitante sabio y de gran corazón procedente de otro planeta que se pierde en la Tierra. Mientras Elliott intenta ayudar a su compañero extraterrestre a contactar con su planeta natal para que le rescaten, deben escapar de científicos y agentes del gobierno que desean apresar al alienígena. El resultado es una aventura mucho mayor de lo que ninguno de los dos podría haber imaginado.
La peculiar historia de amistad entre un pequeño ser extraterrestre abandonado y un simpático niño sigue siendo, dos décadas después, una de las películas más tiernas y conmovedoras del cine americano “moderno”. Aunque peque de sentimentalismo, “E.T.” es un filme sumamente entretenido que arrasó en las taquillas de todo el mundo, y que supuso la coronación de Spielberg -un joven director con alma de niño (todavía hoy) y un el talento suficiente para conquistar a los adultos (particularmente americanos- como el indiscutible rey de la taquilla del cine mundial. Marcó a toda una generación, y por ello, sin ser perfecta, se trata de una obra absolutamente imprescindible de ver.


Dicen que una película es independiente cuando su principal instigador logra imponer su forma de pensar frente a las presiones de un gran estudio. Si esto es así, no hay duda de que E.T. el Extraterrestre es una obra personal, un reflejo de una infancia solitaria que sólo se ve colmada por la aparición de un suceso extraordinario. De hecho, Universal no creía en esta historia (incluso fue rechazada por otras “majors”, que preferían que los alienígenas fueran belicosos), y ni siquiera sus creadores sospechaban que les iba a reportar tan altos beneficios.
Tras revisar por enésima vez la obra cumbre de Steven Spielberg, no puedo hacer otra cosa que rendirme nuevamente ante su encanto. Nos encontramos frente a una de las películas más sinceras de la Historia del Cine, un sueño hecho realidad que, a pesar de su trasfondo mágico e infantil, oculta una triste desesperanza: la perdida de los anhelos (por cierto, tema recurrente en la filmografía de Spielberg: Hook. El Capitán Garfio, El Imperio del Sol(cintas, por otro lado, de las más flojas de Spielberg que también las tiene. Y no sólo flojas, sino flojísimas, que se apoyan totalmente en efectos especiales ).


Han sido muchas las voces que han acusado al realizador de Salvar al Soldado Ryan de caer en numerosas ocasiones en el sentimentalismo más barato. No seré yo quien los contradiga, pero una mayoría piensa que sus emociones son sinceras, una cascada de alegrías y padecimientos que logra transmitir de forma adecuada al espectador. Pongamos por caso el comienzo de E.T. el Extraterrestre, donde Spielberg narra la aflicción de un ser de otro mundo que es olvidado por sus compañeros en un planeta desconocido. La complicidad que se origina entre el visitante extraterrestre y el niño que lo recoge es expuesta con una elegancia inusitada, un ejemplo incuestionable de lo que debiera ser la verdadera amistad. No hay, pues, lloriqueos banales, sino un cúmulo de escenas brillantes que describen profusamente la relación de amistad que se va generando entre el niño y E.T. Algo que, por cierto, podemos ver ampliado en esta edición especial del vigésimo aniversario de la obra. Así, hay nuevo metraje en el que observamos con una sonrisa en la boca cómo el protagonista pesa, mide y baña a su nuevo compañero de aventuras.

No hay que olvidar, sin embargo, que E.T. el Extraterrestre también habla de los adultos, de cómo la realidad nos hace olvidar lo que fuimos: niños inocentes eternamente sumergidos en inagotables fantasías. Al respecto, ver la tierna escena en la que Mary lee a Gertie el cuento de Peter Pan, o el revelador final, justo cuando E.T., tocándole la frente, le dice a Elliot: “Estaré aquí mismo”. √âse es el verdadero sentido de la cinta, la frase que resume con exactitud el mensaje que se haya oculto en algunas bellas y poderosas imágenes.
Es una magistral combinación de humor (Gertie viendo a E.T. por primera vez; la aparición de Yoda), drama (el encuentro de Mary con su hijo y E.T., ambos agonizando) y amistad (el hermoso momento final en el que el extraterrestre dice “ven” y el niño “quédate”).
Indudablemente, el director da muestras de su genio, algo que demuestra especialmente en los minutos iniciales, ya que oculta al público la figura de E.T., buscando con ello nuestra expectación ante la inminente revelación. Además, se aleja del infantilismo más fácil en los soberbios pasajes en los que aparecen los agentes gubernamentales y los científicos que buscan a E.T., otorgándole así una apreciada seriedad al filme. Su entrada en el hogar de Mary y de sus hijos es sobrecogedora, al igual que su posterior visión, acercándose amenazadoramente desde la carretera. Por último, y por muy trivial que parezca, destacar su imaginación a la hora de hacer volar a los niños en bicicletas, en especial cuando Elliot lo hace con la luna de fondo. Una hermosa estampa que permanecerá en el recuerdo de incontables generaciones. Por otra parte, notoria es su magnífica dirección de actores, y en particular lo naturales que resultan los niños que se someten a sus órdenes. Henry Thomas está muy bien (algunos `piensan que un poco pesadito, quizá debido a su doblaje ), tanto en los momentos cómicos (los divertidos acontecimientos de la escuela) como en los dramáticos (Elliot y E.T. mostrando sus dedos y gritando “au” para manifestar el dolor que les produce su separación). Incluso la pequeña Drew Barrymore está espléndida, tal y como se puede comprobar en los momentos en los que el extraterrestre se está muriendo.

Finalmente, tengo que reconocer que hay algunas escenas de esta edición especial que no mejoran con el uso del ordenador; al contrario, el E.T. infográfico resulta muy forzado y se parece demasiado a un monigote de cualquier película de animación. No obstante, los resultados son mucho más adecuados cuando sólo se retocan algunos de los rasgos del muñeco original (su boca, su cuello al tragar la bebida). Y el nuevo doblaje, aspecto que muchos temían, no es tan malo como pudiera parecer. Cierto que Elliot tiene una voz que en ocasiones resulta un tanto molesta, y que la de E.T. es verdaderamente desastrosa, pero pronto te acostumbras al resto de los personajes (de hecho, la de Gertie puede que sea la mejor). Que conste, eso sí, que me parece muy exagerado decir que la película es distinta porque tiene unas voces distintas a las que todos pudimos escuchar de pequeños. La magia de E.T. el Extraterrestre permanece inalterable y, en todo caso, con el DVD y podemos hartarnos de escuchar la versión original. Así que, , dejen los fanatismos a un lado (si Spielberg quiere quitar las pistolas, hágase su voluntad), y disfruten de este espectáculo, que tiene su emoción.


Precisamente la banda sonora de John Williams es la que más gana con su remasterización y exhibición en cines con sonido digital. Es un ejemplo de cómo una partitura ha de integrarse en unas determinadas imágenes; toda ella merece ser resaltada, sin excepción. Atención, por ejemplo, a la llegada de los extraterrestres, con esa tenue música descriptiva que introduce de lleno al espectador en la historia. Inefable es el trabajo de Williams (como siempre) cuando da alientos a los niños mientras pedalean en sus bicicletas, y trágicas sus notas cuando desarrolla con ellas la enfermedad de Elliot y E.T. Spielberg tenía razón cuando decía que no era otro sino el compositor el que mantenía a los protagonistas en el aire cuando iban montados en sus bicicletas.