FITZCARRALDO

Película estrenada entre 1980-1982

Director: Werner Herzog. 1982. Perú-Alemania Occidental. Color

Intérpretes: Klaus Kinski, José Lewgoy, Miguel Ángel Fuentes, Grande Otelo


La historia de Fitzcarraldo es la historia de un sueño. La historia de un hombre enamorado de la ópera y la cultura que decidió llevar el arte a un lejano pueblo de la selva peruana. Una aventura muy costosa que le obligarí­a a explotar el caucho de una recóndita zona de la jungla, algo imposible sin un barco. El gran problema: ¿cómo trasladar un barco a través de las montañas? Aquí­ es donde una vez más, la ilusión y el genio humanos parecen ser la única esperanza… y el único peligro.



Después de haber visto una ópera con Caruso, el irlandés Fitzcarraldo decide llevar ese espectáculo a sus amigos, que están en la selva de Iquitos trabajando por el boom del caucho. El único modo de llegar hasta ellos con semejante cargamento es pasando el barco sobre la montaña, para luego llegar al rí­o… Herzog ganó el premio al mejor director en Cannes por esta labor, que le demandó tantos esfuerzos como al protagonista de la historia. Una de las importantes pelis de Herzog, con una historia atrás casi tan increí­ble como lo acaecido en su momento con Aguirre…, ya que en principio, los protagonistas del filme iban a ser: Jason Robards, y Mike Jagger -cantante de los Rolling Stones-, pero luego de unas tomas, y algunas filmaciones, el calor, inclemencias del tiempo, o en parte el trato de Herzog a sus actores, hizo que ambos partieran de los decorados naturales para no volver. Así­ con un montón de complicaciones más, el realizador germano tuvo que pilotearla, y otra vez pedirle a su amado-odiado: Klaus Kinsky que le sacara las castañas del fuego.


Fitzcarraldo forma con Aguirre, la cólera de Dios un dí­ptico con muchas cosas en común en la filmografí­a del imaginativo y particular Werner Herzog: 1) las dos están centradas muy marcadamente en dos seres humanos oscurecidos, a la par que iluminados hasta la ceguera y la locura, por la consecución de un sueño, con más pinta de pesadilla; 2) ambas están interpretadas por Klaus Kinski; 3) las dos se desarrollan en la selva amazónica, un contexto, mezcla perfecta de aventura exterior e interior, de peligros e improvisadas situaciones.

Aquí­ el sueño/pesadilla es la construcción por un millonario irlandés arruinado, gran amante de la ópera, de un palacio de la í“pera en Iquitos, en el corazón de la selva amazónica, para que lo inaugure su adorado Enrico Caruso.

Secuencias como las de transportar caucho de la zona más inaccesible del Amazonas, cruzando el barco de rí­o a rí­o, ¡a través de una montaña!) son de lo más llamativo en una pelí­cula tan singular como de infernal rodaje, con un Kinski insoportable, pero dónde el resultado, quién sabe si precisamente por esto, es muy sólido, dónde lo quimérico, la locura, la obsesión como único asidero vital, la megalomaní­a, se dan cita al convite preparado y condimentado por un cineasta francamente muy poco común en sus nada conservadores proyectos.


Después de ver la locura emocional que desarrolla en Aguirre y el gran Nosferatu que nos hizo olvidar por momentos a Schreck, Klaus Kinski se nos vuelve a presentar en esta pelí­cula para realizar otro papelón utópico. En esta ocasión es un tal Fitzcarraldo quien pretende realizar una empresa que a ojos de cualquier mortal resulta simplemente impensable, pero además, es que la manera de conseguir los fondos para ello es incluso más descabellada. ¿el fin justifica los medios… o… los medios justifican el fin? en cualquier caso tal grado de excentricidad adquiere tintes de realidad durante la trama. El gran trabajo en la dirección del maestro Herzog mezclada con la mirada infinita de Kinski nos transporta a la credulidad de hechos extraordinarios enmarcados en la tenebrosa bruma amazónica.

El cuadro técnico sigue siendo el mismo que en Aguirre, la cólera de dios, por motivos obvios, con lo que el montaje final sigue teniendo la magia y el especial sabor dejado por esta pelí­cula. La fotografí­a es excelente y la música acompaña perfectamente a las imágenes.

Quizás se le puede achacar que en la parte final la velocidad narrativa aumenta sustancialmente, con lo que se puede entender cierta precipitación durante este tramo. La realidad es que durante las dos primeras horas degustamos las imágenes con tranquilidad, creando una atmósfera de tensión alrededor de esa lentitud. Esa sensación desaparece en cierta forma en los últimos minutos aunque sin llegar a notarse en demasí­a en el resultado global final.


Realizar una crí­tica medianamente objetiva de Fitzcarraldo es para mí­ algo complejo. La pelí­cula me emociona con la misma intensidad que me repele. Desde luego es distinta. La obsesión disparatada de un loco por la ópera de Caruso, que pretende hacer dinero con el negocio del caucho para construir el mejor teatro de Iquitos en plena selva amazónica es un argumento, cuando menos, de un enfermo mental. Si además de constatar ese dato colocamos a Kinski en el papel principal, la pelí­cula que salga será para morirse. Y así­ fue.

Cuando alguien quiere arriesgar su patrimonio o su libertad por un sueño al uso, esto es: una casa, una vida mejor, pan para su familia, etc…, uno lo entiende perfectamente. Ahora bien, si montas un cristo impresionante por la mera obsesión de una idea abstracta -ópera en la selva-, y además debes de subir un barco enorme por una montaña… pues te quedas perplejo sobre lo que estás viendo, sobre sus motivaciones y sobre la absurda belleza que contiene todo aquello. La perseverancia de un hombre por conseguir aquello que desea. Un filme de y para locos.


 


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