FRANCES
Director: Graeme Clifford. 1982. EE.UU. Color
Intérpretes: Jessica Lange (Frances Farmer), Kim Stanley (Lillian Farmer), Sam Shepard (Harry York), Bat Burns (Ernst Farmer), Jonathan Banks (Hitchhiker)

Frances tiene sólo 23 años cuando debuta en el cine. Es hermosa e inteligente, y muchos consideran que llegará a ser una gran estrella. Pero Frances Farmer es, además, una persona poco convencional, algo que en el Hollywood de los años treinta no se considera precisamente una cualidad. Tras su fracaso sentimental se vuelca en la bebida e inicia un camino de destrucción sistemática. Su madre, una mujer autoritaria, obtiene su custodia legal y la interna en un hospital psiquiátrico, donde es sometida a electrochoques y a una cura de insulina. Frances se encuentra al borde del abismo y no le queda más que una esperanza: su mejor amigo, Harry York.

Cada cierto tiempo, Hollywood juega a la endogamia. En positivo, casi siempre, pero también en negativo. Casi siempre que, como en Frances, se propone un ejercicio de cine dentro del cine, el resultado es una feroz película que deja al descubierto la miseria que la meca del cine oculta bajo sus alfombras rojas y en los pliegues del glamur que la caracteriza.
Frances, cine dentro del cine y despiadada crítica al papel de los estudios cinematográficos tradicionales, es la historia de cómo la maquinaria de Hollywood destroza carreras profesionales, mina a personas y destruye el futuro a no pocos profesionales con la rebeldía necesaria para vivir sin ciegos asentimientos.
La película es una recreación de la atormentada y enrevesada vida de Frances Farmer, mujer de impresionante belleza, desaparecida en 1970 cuando sólo tenía 57 años. La actriz se negó a aceptar las reglas del juego tradicionales en Hollywood y prefirió, también se la forzó en cierta manera, caminar por los arcenes del negocio, anteponer sus intereses y dignidad a cualquier otro propósito espúreo y ajeno, y tratar de ser ella misma. Lo consiguió a veces pero le costó la carrera y la vida.
A Frances Farmer, diáfano ejemplo de autodestrucción silenciosa, la laminó la industria con el concurso, como bien muestra la película, de una madre opresiva, obsesiva, de cuya custodia por razones médicas en repetidas ocasiones a lo largo de su vida.
Ningún aficionado al cine pone en duda que el gran mérito, de los muchos que contiene Frances, fue el acierto a la hora de elegir la actriz protagonista. Jessica Lange era en aquel momento un valor en alza. Se había estrenado como actriz con King Kong, había impresionado a medio mundo con su difícil personaje en All That Jazz y enamorado al otro medio con su canto del cisne, su arrebatador trabajo en El cartero siempre llama dos veces.
Con Frances le llegaba el momento de ir un poco más allá, de asumir un protagonismo difícil, de componer un personaje que pocas veces se le presenta a una estrella de cine. Y lo logró: conforme avanza la película, los espectadores que conservan un vago recuerdo del rostro de la Frances Farmer real eliminan para siempre esa imagen porque a los 10 minutos de película Frances Farmer es ya para siempre Jessica Lange.
Frances no es una biografía al uso, huye de estúpidas complacencias y se recrea en los episodios menos agradables de la vida de la actriz que tantas veces circuló en dirección contraria. Jessica Lange sostiene la película a pulso, envejece con el personaje, no echa mano de efectismos interpretativos y transmite a golpe de gesto y mirada el horror interior que experimentan las personas acorraladas, la gente a quien la vida conduce irremisiblemente a callejones sin salida. Su interpretación está entre las mejores del cine estadounidense del último cuarto del siglo pasado.
Pero los académicos de Hollywood (un par de docenas de votantes conoció a Frances Farmer en los momentos más duros de su vida y no hicieron nada por ella, que acabó sus días presentando un programa de televisión de mala muerte) no lo entendieron así.
Premiar Frances era para la Academia algo así como asumir la existencia de un Hollywood sombrío, humillante e hiriente con algunos de sus profesionales. De manera que Frances se quedó prácticamente fuera de los Oscar. Jessica Lange y Kim Stanley (en la película, la madre de la actriz) fueron las únicas nominadas y ninguna de las dos obtuvo estatuilla. Sin embargo, Jessica Lange, también nominada en la categoría de actriz de reparto por su trabajo en Tootsie, se llevó el Oscar por esta última película. Así son las extrañas paradojas de Hollywood: como la vida misma, como la vida real de Frances Farmer.

Creo que más allá del aspecto que tiene de crónica y denuncia sobre los excesos de una industria del cine sometida en el pasado a la dictadura de los estudios y cerrado a la presencia de una voz “que piense”, de la visión desencantada de unos intelectuales progresistas incapaces de llevar sus planteamientos ideológicos al límite de sus posibilidades o, finalmente, de la denuncia de unos salvajes modos de actuación en sanatorios mentales. Por encima también del retrato de una figura real –la actriz Frances Farmer−, la película de Graeme Clifford tiene muy claro su objetivo. Este no es otro que plasmar la dificultad de un individuo creativo, rebelde a La sumisión de unas normas sociales, para poder salvaguardar y mantener, contra viento y marea, su propia personalidad.
Conocida fundamentalmente por el éxito personal que para Jessica Lange supuso su magnífica encarnación de la actriz Frances Farmer –uno de lo más lamentables ejemplos de “juguete roto” emanados del Hollywood clásico−. Creo que por encima de ese elemento concreto –cierto es que la labor de la Lange es un gran aliciente−, el filme de Clifford –posteriormente centrado en el mundo televisivo− se mantiene como una película dotada de un gran revulsivo, que logra prender la atención del espectador desde el primer momento, y que afortunadamente logra sortear buena parte de las trampas que este tipo de relatos presentan en la pantalla.
Y ello se debe a varios factores, el primero de los cuales podría ser su propia factura clásica, valorando la planificación y huyendo de cualquier efectismo habitual en el cine de aquellos primeros años ochenta. El diseño de producción es excelente, pero esencialmente funcional, por lo que la tendencia “retro” queda bastante mitigada –la acción de la historia está ubicada primordialmente en los años treinta y cuarenta del pasado siglo−. Por su parte, y a pesar de ciertas licencias dramáticas –el personaje que encarna Sam Sheppard, futuro esposo de la Lange−, sobre todo en la primera mitad del filme ofrece una crónica veraz no solo del entorno cinematográfico en el que se sustentó su breve carrera, sino fundamentalmente en su lucha por vincularse con las tendencias teatrales más progresistas de Broadway –representadas en su romance con Clifford Oddets y la relación profesional con Harold Clurman−. Allí se llevará su primera gran decepción al comprobar que ambos hombres de teatro no están tan comprometidos como parece –”hay que ser prácticos”, le dirá Clurman al anunciarle que finalmente otra actriz encarnará el papel previsto para ella−.
A ello pronto habrá que añadir su deseo de abandonar su contrato con la Paramount, decisión esta que le costará ser el centro de una conspiración –incluso mediática− que hará aflorar su fuerte carácter concluyendo en su internamiento en una residencia psiquiátrica, donde sufrirá una metodología atroz. Llegados a este punto, Frances prácticamente abandonará el mundo del espectáculo, pero curiosamente en ocasiones tendrá que escenificar e interpretar ante los tribunales psiquiátricos la mejoría que ellos desean –ella nunca ha estado loca−, para poder salir de allí. Sin embargo, la tutela legal que sobre ella mantiene su madre –espléndida Kim Stanley− le impedirá llevar una vida libre en la que pueda ejercer como le indica su propia personalidad. Precisamente en todo momento su madre ha vivido con más intensidad que su hija la superficialidad de la fama –cuando su hija está ingresada, abre y contesta la correspondencia de sus admiradores que Frances recibe−.
Como se puede comprobar, en este último fragmento es donde se describen los pasajes más crueles –narrados, eso sí, con la mayor sutileza posible−, hasta llegar al infierno de estar encerrada en auténticos “recintos para locos”, donde incluso es explotada sexualmente por sus enfermeros−. El punto de inflexión será sufrir una lobotomía, que será mostrada en la pantalla de forma muy inteligente, insertando un fundido en negro –parece que la película va a finalizar−. Sin embargo, llegan imágenes de un programa televisivo, al que acude Frances envejecida. La imagen no deja de tener un significado disolvente y han pasado algunos años en esta transición narrativa. Pero pese a su aparente frialdad aún queda en ella la fuerza de su personalidad. En el programa se le regalará un automóvil, mientras que el presentador anuncia una cena-homenaje –la falsa caridad también en el mundo de Hollywood−.
Pese a cierto exceso de metraje y a algunos altibajos en su ritmo –sobre todo en la transición de su parte inicial al inicio del infierno de su protagonista−, creo que Frances es una propuesta compleja trasladada con acierto a la pantalla y servida por una gran actriz. La película de Clifford resulta, por poner un ejemplo, mucho más valiente, corrosiva y mejor narrada, que propuestas finalmente autocomplacientes como, por ejemplo, Fedora (1978, Billy Wilder)
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