LA COSA (The Thing)

Película estrenada entre 1980-1982

Director: John Carpenter. 1982. EE.UU. Color

Intérpretes: Kurt Russell (MacReady), Wilford Brimley (Blair), T.K. Carter (Nauls), David Clennon (Palmer), Keith David (Childs), Richard Dysart (Dr. Cooper), Charles Hallahan (Norris), Richard Massur (Clark), Donald Moffat (Garry), Joel Polis (Fuchs), Peter Maloney (Bennings)


Un grupo de cientí­ficos de una estación americana en la Antártida comienza a ser diezmado por una entidad extraterrestre, que ha vuelto a la vida después de permanecer durante siglos enterrada bajo el hielo…



Un hombre acosado, independiente, en permanente lucha con el entorno en el que habita, héroe a la fuerza… es el personaje principal de casi todas las pelí­culas de John Carpenter. Y La Cosa no constituye una excepción, localizándose en ella las constantes temáticas de un director que se ha caracterizado desde sus inicios por un inusitado interés en crear un cine visceral, generador de fuertes e instantáneas emociones en el espectador. El suspense es la herramienta fundamental que emplea Carpenter para lograr su objetivo, y en este filme se pueden encontrar algunos de los mejores momentos del cine del realizador norteamericano en la inquietud y vulnerabilidad que ofrece el puñado de personajes obligados a enfrentarse a una amenaza aliení­gena que no pueden distinguir, pues tiene la facultad de imitar el aspecto de toda forma de vida. La historia atrapa desde un primer momento, cuando el talento para la acción del realizador nos presenta una vibrante secuencia en la que contemplamos, sin entender qué pasa, cómo un perro huye de un helicóptero que trata de abatirle.

Inspirada en El enigma de otro mundo (1951), clásico de la ciencia ficción de 1952 producido por Howard Hawks, el filme de John Carpenter se aleja sobremanera de los postulados del original (una parábola sobre el “maccarthysmo y la caza de brujas”) y apuesta por el terror puro -acércandose más, al tiempo, al original literario de John W. Campbell-, personificado en una criatura insaciable y mutante, que deja sin aliento al público en sus súbitas, nauseabundas y sangrientas apariciones. Cualquiera de los cientí­ficos que pueblan la desolada base puede ser el ente, hasta el supuesto héroe, MacReady (Kurt Russell), y la situación que mejor ilustra esta incertidumbre es aquella en la que los supervivientes han de probar su humanidad con una muestra de sangre. La tensión se hace insoportable hasta la revelación de la identidad de la criatura, y esta escena permanece en nuestras retinas como una de las mejores de la filmografí­a del director americano. No obstante, gran parte de la efectividad de esta y otras secuencias de la pelí­cula donde hace acto de presencia “la Cosa” se debe al brillante trabajo de Rob Bottin, responsable de los “ví­vidos” efectos especiales, que seguro harí­an las delicias de un David Cronenberg tan obsesionado con las mutaciones y descomposición de la carne.

Es en la labor de Bottin donde los detractores de la pelí­cula basan sus crí­ticas, argumentando que los efectos ahogan la historia. Quizá sea así­ en otras cintas, pero aquí­ la imaginerí­a visual creada no hace sino contribuir a dar especificidad en momentos puntuales al enemigo, fogonazos violentos e impactantes al servicio del suspense creado momentos antes.

En cuanto al reparto, al protagonista Kurt Russell, demostrando una vez más que es un actor infravalorado, le secunda un grupo de veteranos que, con aplomo y veteraní­a, saben ocultar los estereotipos y el esquematismo que encierran algunos de sus personajes. Sobresalen por derecho propio las interpretaciones de un ajustado Richard Dysart, un ecléctico Donald Moffat (el robot de la serie La fuga de Logan) y el actor fetiche del realizador, Keith David, el más inquietante del elenco.

Ultimátum a la Tierra

No nos podemos quitar de la cabeza el final de esta pelí­cula. Dos hombres en el Polo Sur deciden que lo único que pueden hacer es sentarse a hablar mientras sus cuerpos se congelan y el mundo se salva (o se condena) por lo que ellos acaban de hacer. No nos podemos quitar de la cabeza lo que hubiera hecho Emmerich o cualquiera de los popes de cine de acción catastrofista de hoy en dí­a si hubieran tenido este guión entre las manos. Hubieran aplicado la lógica haciendo aparecer un helicóptero con bandera americana para rescatar a estos dos señores que, por el bien de la humanidad, no habí­an pedido ayuda. Pero si John Carpenter hiciera eso no estarí­amos escribiendo sobre él, porque si él hiciera eso nos encontrarí­amos ante un director del montón y no ante una de las piezas claves del cine de las últimas décadas.

Si nos aproximamos superficialmente a su trayectoria descubrirí­amos un territorio personal muy caracterí­stico, deudor del espí­ritu y la técnica del cine clásico, desarrollado en los lí­mites del cine fantástico y de terror de bajo (o mediano) presupuesto. Una mirada más atenta revela que el responsable de Vamipros (1999) es un cineasta capaz de aunar el más vibrante entretenimiento, el sentimiento más visceral y las digresiones más perturbadoras, todo ello a partir de un dominio prodigioso del lenguaje cinematográfico. En definitiva John Carpenter hace cine. Un cine que pasará inadvertido para los que buscan otra cosa y que en EE.UU. es menospreciado tanto por el público como por la crí­tica. (“En Francia soy un autor, en Alemania soy un director de cine, en Inglaterra soy un director de pelí­culas de terror y en Estados Unidos soy una puta mierda”, ha llegado a declarar Carpenter.)

Después de realizar tres pelí­culas brillantes (1978, La noche de Halloween; 1980, La niebla; 1981, 1997: Rescate en Nueva York) y haberse presentado con la delirante y portentosa Asalto a la comisarí­a del distrito 13 (1976), Carpenter estrena en 1982 La Cosa que es, con poco margen de error, una de sus más memorables obras y un hito del cine fantástico contemporáneo, clásico o de cualquier época. El filme es una adaptación de un relato de John W. Campbell titulado “Quién hay ahí­” (“Who goes there?”, 1948), que ya fuera el punto de partida para un modesto trabajo (en ningún caso despreciable como algunos aseguran con muy poco rigor) de Howard Hawks y Christian Nyby, El enigma de otro mundo (1951). John Carpenter habí­a manifestado su descontento ante esta versión del cuento y acometió el proyecto con gran ambición artí­stica, convencido en todo momento de las posibilidades que tení­a aquél y de su propia capacidad para aprovecharlas.


La Cosa desconcertó al público del momento, relegando al filme a un pobre resultado comercial, y superó a una poco inteligente crí­tica (hay cosas que no cambian), que no alcanzó a apreciar sus numerosos aciertos; al respecto Carpenter comentaba a Gabriel Lerman: “(…) hice lo que pensaba que era una gran pelí­cula, y fui condenado por hacerla, porque la gente pensó que era muy exagerada. Tuve que quedarme solo, defendiéndola. Todos los que me rodeaban me dijeron que tení­a que modificarla. (…) Todos me preguntaban por qué habí­a hecho una pelí­cula tan oscura y desagradable”. Un recibimiento injusto, desafortunadamente prolongado en el tiempo y en el propio realizador: en la actualidad no somos demasiados los que defendemos la valí­a y la trascendencia del cine del director, olvidado o menospreciado por un público preparado (tras grandes sesiones de entrenamiento) para aceptar (y aplaudir) los productos más estridentemente convencionales del mercado, y también por una determinada crí­tica empeñada en alabar (y aplaudir) cualquier propuesta que carece de circuitos de distribución (¿qué fue antes el huevo o la gallina?), de carácter experimental y/o proveniente de industrias etiquetadas como prestigiosas. La consecuencia, en su momento, para Carpenter fue, desde el punto emocional y artí­stico, significativa: sus siguientes tres pelí­culas Christine (1983), Starman (1984) y Golpe en la pequeña China (1986) continúan siendo muy probablemente las menos estimulantes y las más insustanciales de toda su filmografí­a, tal vez junto a Memorias de un hombre invisible (1992), probablemente el trabajo más impersonal del realizador. Y no por casualidad son las que de alguna manera buscan más directamente al gran público y a la crí­tica más complaciente, mí­nima y estúpida (desgraciadamente mayoritaria tanto en periódicos como en revistas especializadas).

El relato “¿Quién hay ahí­?”, cuyos precedentes se sitúan en la literatura del maestro Howard Phillips Lovecraft (1890-1937), es un genuino y brillante camino por el horror, sugerido ["(...) tení­a algo así­ como una existencia mucho más lenta, una existencia que le permití­a, con todo, tener vagamente conciencia del transcurso del tiempo, de nuestra llegada, después de interminables años. Soñé que ese ser podí­a imitar cosas ( ) En el sueño, ese ser podí­a leer los pensamientos y las modalidades personales" confiesa con inquietud uno de los personajes), orgánico ("Kinner -o mejor dicho, lo que habí­a sido de Kinner- yací­a en el suelo, partido en dos por el gran cuchillo que mostrara McReady. El meteorólogo estaba de pie contra la pared y del cuchillo que tení­a en la mano goteaba sangre. Van Wall se moví­a apenas en el suelo, gimiendo, y su mano se frotaba de un modo casi inconsciente la mandí­bula. (...) Los brazos de Kinner se habí­an convertido en una extraña pelambre escamosa, y la carne se habí­a retorcido. Sus dedos se habí­an acortado, su mano redondeado, sus uñas convertido en garras largas y afiladas"] y sensorial [("Aquello hedí­a. Con un hedor extraño, el hedor de una mezcla de olores que sólo conocen las cabañas sumergidas en los hielos de un campamento antártico, y en el que se advierten el olor a sudor humano y el denso dejo a aceite de pescado de la esperma de foca derretida")]. Sin duda una base excelente y llena de posibilidades para, en las manos adecuadas, conseguir un gran filme de género. La mencionada adaptación que Nyby y Hawks hicieron mediante el guión del gran compinche del segundo Charles Lederer Los caballeros las prefieren rubias (1953), La novia era él (1949), Bride (1949), Luna nueva (1940), Me siento rejuvenecer 1952) podrí­a catalogarse de muchas maneras menos de fiel. Enérgica, chistosa, “hawksiana”, entretenida, pero no fiel. Todo lo inquietante de la novela de Campbell se pierde dentro de los convencionalismos del cine de serie B y de su lectura anticomunista y belicista más elemental. El juego de identidades que Siegel sí­ supo aprovechar en la imprescindible La invasión de los ladrones de cuerpos (1955) queda aquí­ anulado por la corporeización del visitante en una especie de luchador de “lucha libre” torpón, lento y mecánico. Lo único que se atreve a esbozar que se encontraba en la novela (y que luego en Carpenter forma parte esencial de su discurso) es la confrontación entre la ciencia y el hombre, entre el conocimiento y el poder militar, entre sacrificar algunas vidas para que otros vivan mejor o disparar en el entrecejo. Lo demás no es más que una pelí­cula pequeña, entretenida y frugal.


La Cosa es un relato tenso e inquietante donde prima la violencia y la locura, detonantes y efectos de ese medio a lo desconocido e inexplicable que a cualquier persona le atenaza en algún momento de su existencia, y del cual siempre huye aterrorizado ante la inimaginable posibilidad de que se convierta en algo corpóreo, tangible, “verdadero”. Para llegar a este estadio, Carpenter da comienzo a la pelí­cula acudiendo a una constante ineludible del género, esto es, el derrumbamiento de la rutina y el primer contacto con lo extraño: en un inhóspito paraje nevado de la Antártida surge un helicóptero que persigue a un perro con el objetivo de matarlo; éste logra llegar a una base norteamericana, donde algunos de sus miembros son momentáneamente testigos estupefactos de tan inaudito escenario; el perro busca cobijo entre ellos, mientras uno de los integrantes del helicóptero desciende a tierra y, sin mediar palabra, comienza a disparar en dirección al animal, pero fracasa en su propósito al ser abatido de inmediato por uno de los americanos; el otro cazador habí­a muerto segundos antes al estallarle un explosivo que intentaba emplear contra la criatura. Esta secuencia trasmite un malestar que va en continuo aumento debido también a la concreción e idoneidad de la puesta en imágenes, que bascula de lo general a lo particular (por ejemplo, las tomas áreas generales al comienzo de la persecución, los planos detalle del tiroteo final), transportando la inquietud a un estado más cercano y por tanto más amenazador.

La Cosa a partir de este momento se construye por medio de elipsis y cambios de punto de vista, reforzando la angustia en la que se hallan los personajes, que no tardarán demasiado en conocer, no sin horror, los motivos que alentaban a aquellos hombres aparentemente enloquecidos a acabar con la vida del perro: éste esconde en su interior a un ser monstruoso venido de un tiempo y mundo remotos, capaz de imitar por completo otras formas de vida. La representación en primer término de esa cosa como un masa amorfa, viscosa y repugnante manifiesta, de una manera terrible, un miedo real al que se puede vencer, pero que paradójicamente puede convivir entre nosotros sin que lo sepamos (detalle que es el motor de Están vivos (1989); empero esta truculencia presente en el filme no es más que un medio, nunca un fin (incluso estas escenas de acción se pueden ver como una proyección en bruto de la crueldad y violencia del relato). El desasosiego que produce La Cosa tiene más que ver con la planificación y la atmósfera impregnada en el relato que con la recreación del ente; y es por ello que la narración paulatinamente se enfurece hasta dislocarse: los planos inquietantes del perro observando y deambulando por el complejo; la soga que cuelga al lado de Blair a la vez que suplica, encerrado tras su acceso de demencia, que le dejen salir; el espeluznante instante en el que el vientre de un cadáver cercena las manos del doctor Cooper; la modulación de las transiciones entre escenas y del propio devenir de la historia; el eximio travelling del interior de las instalaciones que desvela que algo marcha mal (no parece haber nadie y una puerta abierta deja paso a la nieve); la caracterí­stica música carpenteriana (compuesta para la ocasión por Ennio Morricone) edificada sobre constantes percusiones… Carpenter vuelve a demostrar que el terror cinematográfico es una cuestión puramente de estilo, de formas, no de enunciados teóricos, convenciones narrativas o corsés argumentales.


El realizador de La niebla (1980) consigue algo muy complicado, ser fiel y a la vez desmarcarse de la “lovecraftiana” composición de Campbell, y así­ tocar todos los temas que le preocupan, partiendo para ello de su situación preferida: la incomunicación de un grupo formado por diferentes individualidades que se ven forzadas a colaborar de la mejor manera si quieren sobrevivir. Sólo hay que echar un vistazo a la filmografí­a de Carpenter para comprobar que en el interior de una pecera él se siente como pez en el agua. Salir fuera es el final de la partida, la solución está dentro. McReady y compañí­a saben que por poco o por mucho la tierra está en las últimas. Se sientan, miran y casi nada más pueden hacer. No es Carpenter hombre de rezos ni de limosnas, así­ que sus hombres tampoco. Siempre tan cerca, y tan a punto, para un final que ni justifica los medios ni casi a los delanteros. Snake tira el cacharrito, John Trent sale de un cine, traicionan irremisiblemente a Nada. Y así­ podrí­amos contar hasta mil o hasta mil millones. O quizá, si no nos espabilamos, no lleguemos ni a siete.

El ácrata neoyorkino que eligió el terror y la ciencia ficción antes que la comedia y la verdad del banquero, nos muestra su desconsuelo pero también el sabor del aire que aún sigue respirando y transmitiendo. Ya nada queda de nadie y algo nuevo está en todas partes pero necesita al hombre para ser hombre (igual que al perro lo necesitó para ser chucho). Allá a lo lejos sin otras personas que lo lleven dentro (que pinten, escriban, besen, hagan cine), puede que el final nos alcance o que el principio nos supere. Y quizá sea hora de que vayamos apagando el ordenador, ya que de eso casi ni entendemos. Creemos más en los ciclos vitales y en los otros (sobre todo en el de Edgar G. Ulmer de Cinemaní­a Clásico). Y si hablamos de vida y de cine hablamos de Carpenter. No queda casi nada que hacer más que encender un cigarrillo e iluminar lo que nos rodea. Dar cera, pulir cera, que decí­a el otro. Mantenernos vivos, plantar un árbol, dirigir otra pequeña pelí­cula, la guerrilla de las guerras a esta constante amenaza a los vivos, a este insensato ultimátum a la Tierra.


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