QUERELLE (UN PACTO CON EL DIABLO) (Querelle)

Película estrenada entre 1980-1982

Director: Rainer Werner Fassbinder. 1982. RFA-Francia. Color

Intérpretes: Brad Davis (Querelle), Franco Nero (Teniente Seblon), Jeanne Moreau (Lysiane), Laurent Malet Roger Bataille), Hanno Pöschl (Robert / Gil), Günther Kaufmann (Nono), Burkhard Driest (Mario), Roger Fritz (Marcellin)


La historia gira alrededor de Querelle, un marinero de fuerte personalidad que encarna a la bella y la bestia en uno: tan bello, apuesto y seductor como egocéntrico, ladrón y asesino.


Poco después de ganar el Oso de Oro en el Festival de Berlin con La ansiedad de Veronika Voss, Fassbinder rueda Querelle, su obra póstuma y la tercera adaptación literaria que hizo de forma muy libre para la gran pantalla. “Querelle de Brest” era la cuarta novela de Jean Genet, escrita inmediatamente después de la II Guerra Mundial. En contra de la ética tradicional y con gran fuerza lingüí­stica e imaginativa, el autor creó un mundo mágico de maldad que obedecí­a a sus propias leyes. Homosexualidad, asesinato, traición y nostalgia de la muerte son sus temas principales. Esta obra, definida como “un punto crí­tico del análisis existencial del hombre moderno”, fue considerada durante mucho tiempo no apta para filmar. El productor Dieter Schidor se la ofreció a directores como Bernardo Bertolucci -que la rechazó por escabrosa-, Sam Peckinpah -que también dio un no por respuesta- y finalmente a Werner Schroeter, el cual habí­a comenzado los preparativos en el año 1981. Sin embargo, debido a los numerosos problemas económicos que estaba planteando y los continuos aplazamientos, la producción fue encomendada a Fassbinder, quien sin dudarlo aceptó rodarla y la llevó a su terreno personal: “En mi opinión, no se trata de asesinato y homosexualidad, sino de una persona que con todos los medios posibles en esta sociedad intenta encontrar su identidad. Tal es, a mi juicio, el tema de la novela. Y a fin de ser fiel a sí­ mismo, Querelle tiene que ver todo lo que hace desde dos ángulos: desde el que la sociedad califica de criminal -es decir, desde la miseria- no saca nada en limpio, así­ que tiene que engañar desde el otro. Sólo de este modo puede dar un paso hacia delante”.


El marinero Querelle, un ángel exterminador que ejerce un irresistible poder de fascinación y seducción sobre las personas con las que se cruza brindándoles una gran intensidad vital pero también la muerte, llega a la ciudad de Brest a bordo del naví­o El Vengador cuyo capitán, el teniente Seblon, lo ama en secreto. Al desembarcar, Querelle se dirige al famoso burdel La Feria, donde se encuentra con su hermano Robert al que le une no solo un asombroso parecido fí­sico sino también una relación de amor-odio, amante a su vez de Lysianne, la dueña del local (y posterior amante también de Querelle) casada con Nono, un corpulento hombre de color que -además de encargarse de servir copas- es famoso por las apuestas con los dados que mantiene con los clientes: si éstos ganan, pueden elegir a una puta y acostarse con ella, pero si pierden tendrán que dejarse follar por él. En ese burdel también se encuentra el corrupto comisario de policí­a Mario, garantí­a de seguridad con respecto a los turbios negocios que allí­ se dan cita. Después de degollar al marinero Vic, su compañero de contrabando, Querelle se deja perder a los dados (“sentencia de muerte”, dice) y Nono le sodomiza, lo que provoca en el policí­a tal excitación que más adelante, tras ser masturbado por el marinero, también lo posee. Por otra parte, se cuenta la historia del obrero de la construcción Gil (interpretado por el mismo actor que encarna al hermano de Querelle, pues de ese modo Fassbinder quiso resaltar la relación amor-odio que mantienen), enamorado de la hermana de su amante el joven Roger, y constantemente herido en su honor de hombre por su compañero Theo, al cual acaba asesinando, momento en que Querelle, viéndose reflejado en sí­ mismo, entra en su vida ofreciéndole ayuda: le propone robar un maletí­n lleno de dinero que lleva el teniente Seblon a una cita y así­ poder huir de la ciudad en el tren. Querelle, tras decirle que está enamorado de él y hacerle el amor no sin titubeos (pues siempre habí­a adoptado una actitud pasiva en sus relaciones con los hombres y nunca activa), lo delata a la policí­a, constituyendo así­ una especie de pacto con el diablo: entregarle a un amigo para santificar su crimen y poder autoafirmarse.


El rodaje de Querelle planteó no pocos problemas: en primer lugar, algunos de los actores de talla internacional que figuraban en el reparto se mostraban reacios a rodar algunas de las escenas más comprometidas. Brad Davis, que daba vida al marinero protagonista, hizo saber a Fassbinder en alguna ocasión que no era partidario de la crudeza de algunas secuencias que iba a protagonizar, aunque como dice Harry Baer “en privado no parecí­a disgustarle el trato con el sexo masculino”. Franco Nero se negó en un principio a pronunciar la frase referida a que “sus manos formaban senos en su pecho”, aunque finalmente la dijo sin problemas ante la monumental bronca gratuita que el director echó a un pobre electricista. En cambio, sí­ que se salió con la suya cuando se negó a dar el beso final en la boca que deberí­a de dar a Querelle, beso que fue sustituido por un abrazo, pues argumentó que de haberlo dado, la imagen que de él tení­a la comunidad italiana se habrí­a resentido. Del mismo modo, el actor Günter Kaufmann tení­a que rodar una escena de sexo con Brad Davis en la que debí­a verse un primer plano de su cara que reflejara toda la perversión que exigí­a el personaje de Nono. Tras ser repetida varias veces la toma, Fassbinder mandó poner a todo volumen una canción que tení­a por estribillo un repetitivo “Soy el negro alemán… Soy el negro alemán”. Kaufmann se enfureció tanto que al final ofreció la expresión que buscaba el director, el cual le espetó: “¡Siempre lo digo! Con vosotros solo hay una forma de actuar: poneros ante la alternativa de ser despellejados vivos para que actuéis como nunca lo habéis hecho”. También hubo dificultades con el guión y su co-autor Burkhard Driest, que daba vida al policí­a corrupto del Feria. Éste querí­a introducir numerosos primeros planos de penes erectos a lo largo de la pelí­cula, pero Fassbinder le dijo en su cara que era un “macho cretino”, que la visión de la homosexualidad que planteaba era demasiada barata para su gusto. Por último, hacia el final del rodaje, Rainer se empeñó en reducir el calendario previsto en tres dí­as e imprimió un ritmo frenético que hubo de ser seguido por todos los componentes del equipo: se puso a dirigir prácticamente de memoria e improvisó cambios en el guión que no hací­an más que confundir al cámara y a sus ayudantes. Dado que en el rodaje no se habí­a seguido un orden cronológico, no habí­a en todo el plató quien fuera capaz de seguir lo que estaba haciendo. El último dí­a de rodaje, mientras rodaba una escena tras otra, fue despidiendo a los actores una vez éstos concluí­an sus intervenciones.


Pese a estos avatares, Fassbinder logró crear una obra radical, innovadora e inclasificable donde se daban cita la grandiosidad de los sentidos, la representación pura, una religiosidad mí­tica, una sensualidad colorí­fica que rayó el kitsch, unos gestos, unas miradas que siempre significaban algo más. Por todas estas razones, el Querelle de Fassbinder no admití­a ni admite términos medios a la hora de ser valorado: o se le ama o se le odia. íntegramente rodada en los estudios CCC de Berlin, en Scope y en inglés, el director dio lugar a una fantasí­a de estilo altamente expresionista sostenida por la teatralidad de las actuaciones de los actores; por un erotismo ante todo conceptual y nada explí­cito subrayado por la extrema dureza de los diálogos y por sí­mbolos tales como afiladas navajas, pistolas y joyas en forma de anillos; por la inclusión continuada y aleatoria de intertí­tulos referidos directa o indirectamente a la pelí­cula, los cuales funden al blanco (igual que en Effi Briest); por una fotografí­a casi pictórica de tonos ocres, anaranjados, pardos, que baña con su sensación crepuscular a todo el film; por la abigarrada y espléndida partitura de Peer Raben; y por unos decorados de Rolf Zehetbauer que, caracterizados por una exagerada artificialidad, reproducen el encanto pecaminoso de un imaginario e irreal puerto de Brest flanqueado por torres en forma de falos y un faro-pene supradimensional.


La obra póstuma de Fassbinder es ante todo una gozosa expresión de libertad creativa que contiene frases casi premonitorias de la muerte de su autor. Viéndola, se tiene la sensación de que el personaje de Querelle o el omnipresente narrador hablan por boca de Fassbinder. Así­, en un determinado momento el narrador dice: “Querelle no se acostumbraba a la idea de ser un monstruo. A pesar de su juventud, conocí­a el horror de estar solo, atrapado en un mundo de seres vivos”. Aunque Rainer tení­a en los últimos años de su vida a su montadora Juliane Lorenz como pareja y continuó contando con una gran parte de su equipo, le aterraba la idea de verse sin nadie. De hecho, aun hallándose rodeado de tanta gente, tení­a la sensación de estar solo, experimentaba la soledad del jefe o del guí­a que tiene que administrar la vida de muchos pero al que le resulta imposible -dada su responsabilidad- disfrutar de las vivencias, las circunstancias o la simple “normalidad” de aquéllos. Del mismo modo, hacia el final de la pelí­cula, Querelle dice a Seblon que “tengo una sensación de otoño, de heridas mortales, y he sido vencido, totalmente vencido, y mis pensamientos son tristes”. A esas alturas, Fassbinder llevaba un tiempo padeciendo los efectos de los excesos cometidos durante años y, ante la imposibilidad de desprenderse de ellos, de dar marcha atrás, sabí­a que no podrí­a continuar durante mucho tiempo viviendo de esa forma, que su organismo estaba prácticamente destruido por dentro y por fuera. El escrito sobre el acta de nacimiento de Querelle con que finaliza la pelí­cula es realmente significativo: “…En los libros no se dice nada más de él: solamente que la fecha de su muerte se supone próxima”.


Cuando fue estrenada en la Bienal de Venecia, fallecido ya su autor (el cual se vio obligado a cortar -a pesar de una feroz resistencia inicial- tres minutos de los veinte que exigí­a la Gaumont, que la co-producí­a), provocó un enorme escándalo ante la dureza que desprendí­a la trama, y solo fue defendida por el director francés Marcel Carné, quien afirmó que algún dí­a serí­a considerada y respetada como la auténtica obra de arte sobre el tema que es.


 


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