1984 (Nineteen Eighty-Four)

Película estrenada entre 1983-1986

Director: Michael Radford. 1984. EE.UU. Color

Intérpretes: John Hurt, Richard Burton, Suzanna Hamilton, Cyril Cusack, Gregor Fisher, James Walker, Andrew Wilde, Shirley Stefox, Phyllis Logan

El futuro, año 1984. Winston Smith (John Hurt) soporta una abyecta existencia bajo la continua vigilancia de las autoridades en la Oceanía totalitaria. No obstante, su vida se convierte en una pesadilla cuando prueba el amor prohibido y comete el crimen de pensar libremente. Enviado al siniestro “Ministerio del Amor”, se encuentra a merced de O’Brien (Richard Burton), un cruel oficial decidido a dominar sus pensamientos… y a quebrantar su voluntad.


No es una gran adaptación, no es una gran película, pero capta la esencia de la novela. Por eso debemos ser compasivos con esta película. Está hecha con buenas intenciones, cierto que éstas no bastan para hacer una buena película (incluso son mejores las malas intenciones) pero las ideas básicas están ahí y no son pocas ni banales. Sólo toca esperar a una mejor versión, la definitiva.

Por otro lado no creo que sea una película sobre el comunismo extremo, como se ha dicho por ahí. El comunismo no es eso, por mucho ruido que metan ciertos neoliberales (nada que ver con la libertad) ansiosos por la relectura y, como hace Winston en la película, revisión de la historia. Podemos tomar la película como una crítica total al totalitarismo soviético, lo cual es eso, totalitarismo soviético, y este no es
nada menos que una interpretación del comunismo, pero a años luz de él. Sé que esto no gusta a la derecha de hoy, la cual, histérica como una niña mimada por sacudirse responsabilidades y limpiar su conciencia de tanta calamidad histórica, acaba espetando incluso que el fascismo era de izquierdas y demás chorradas.

Por lo demás, esperaremos a una mejor versión de este buen (que no gran si lo juzgamos literariamente) libro, por otro lado imprescindible para comprender mucho mejor la película pues puede hacerse aburrida, sin sentido ni estética e interpretaciones poco notables. Pero hay que comprender que meter un novela en de este calado en dos horas no debe ser nada -pero nada fácil-. Quizá sea la mejor adaptación posible. Tal vez. Pero no es suficiente.

Cuando llegó el año 1984 pudimos respirar aliviados: el mundo planteado por George Orwell en su sombría novela 1984 (publicada en 1948) no se hizo realidad. De hecho, en su momento Orwell mismo jamás se planteó realizar una obra de anticipación sino una fuerte crítica social al totalitarismo, pero también a su propio sistema social. La novela había causado sensación y en los años 50 se realizaron una adaptación televisiva dirigida por Rudolph Cartier para la BBC, y poco después una cinematográfica dirigida por Michael Anderson. El cine nos debía una versión que al mismo tiempo fuera fiel a la novela y planteara una propuesta original cinematográficamente hablando.

Así que llegado el año de la novela, se realizó una película y su director fue el británico nacido en India Michael Radford, de 34 años. Radford logra una visión tenebrosa del mundo de 1984, y, a diferencia de las anteriores versiones, 1984 no es un mundo del futuro, sino una “actualidad paralela”. Al margen de los gigantescos televisores, la película no muestra otros decorados que sugieran avance tecnológico sofisticado ni nada que se le parezca. Las calles sombrías, los vestuarios grises y sin relevancias de color, las expresiones de las personas en los lugares de trabajo, los muebles de madera desvencijados, las sucias pocilgas donde viven los obreros y empleados y los lúgubres centros de detención, todo se conjuga para dar una fuerte sensación de desánimo, la misma que surge al comprender el orden social impuesto por “El Gran Hermano”.

En este futuro paralelo y pesadillesco, el todo es la nada y viceversa. “La guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza”, por lo tanto las personas manifiestan sonrisas en lugar de lágrimas y admiten su culpa en vez de exigir un juicio justo. El “Gran Hermano” es un hombre maduro de bigotes es emitido por enormes monitores de TV y que permanentemente “mira” a todo el mundo. Esta “mirada” tal vez pueda ser interpretada como de cuidado y los “mirados”, no necesitan reflexionar, no necesitan dudar, no necesitan pensar, y ni siquiera están en necesidad de amar, ya que la especie se mantiene por inseminación artificial. Pero la mirada es también una vigilancia, y los vigilados no pueden realizar ninguna de las anteriores actividades, de lo contrario serán considerados “subversivos” y condenados a autohumillarse a través de las pantallas.

El clima imperante en tal sociedad es exactamente el que nos muestra Radford en su película, auxiliado por las actuaciones de Richard Burton y John Hurt. Ambos brindan retratos muy personales de O’Brien, miembro del partido gobernante que puede llegar a ser un subversivo y de Winston Smith, un empleado del gobierno que comienza a preguntarse si su trabajo de tergiversar noticias no estará alterando su propia visión de la realidad. Cuando Smith se codea por primera vez con O’Brien, surgen dudas y tímidamente comienza a reflexionar. Se enamora de Julia, una compañera de trabajo, con quien hace el amor (uno de los crímenes más aberrantes de esta sociedad). El desafío es grande, y Winston adquiere otra personalidad, adquiere individualidad. Pero rápidamente la realidad lo golpea, ya que rebeldía no es conformismo: rebeldía es rebeldía y el “Gran Hermano” (o sus representantes) castigan con toda su fuerza y potencia a Winston Smith, quien resiste hasta donde pueden llegar sus fuerzas. Su derrota final es el mejor mensaje, implica que el totalitarismo, una vez instalado, no puede ser vencido ni erradicado por un hombre solo. Implica que nunca las personas podrán desarrollarse como tal en tanto sus destinos estén siendo controladas por terceros. No importa el signo político, ya que 1984 puede tranquilamente aplicarse en contra del comunismo (que se propagaba alarmantemente luego de la derrota del nazismo), pero también es un golpe duro al capitalismo, ya que en ambos casos, sea el control ejercido por el estado o por la empresa, el resultado es similar.

1984 de Michael Radford es también un buen complemento de la lectura de ese libro tan criticado y polémico. Sin desechar el aspecto visual y la narración propia del cine, Radford también brinda una honda zambullida en el mundo de la novela, evadiéndose del camino de ciencia-ficción que siguió el filme de 1954. 1984 es casi una película filosófica en tal sentido, y la conclusión la elabora el espectador en su intelecto. Pero también es una película asfixiante, que plantea climas dramáticos y emotivos, como la secuencia de la tortura de Winston Smith, comparable en grandeza a “La Tortura de la Esperanza” de Villiers de L’Isle-Adam o “El Pozo y el Péndulo” de Edgar Allan Poe.

Hoy en día, 20 años después de esta película, el término “Gran Hermano” ha sido acuñado por una juventud ignorante de la siniestra significancia del término a través de un programa televisivo cuyas versiones se ven en varios países del mundo y tienen toda una significancia sociológica y tal vez, evolutiva, en torno a la historia de los medios. En este caso, el mensaje sería “lo trivial es importante y lo importante es trivial”.


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