BRASIL (Brazil)

Película estrenada entre 1983-1986

Director: Terry William. 1985. EE.UU. Color

Intérpretes: Jonathan Pryce, Robert De Niro, Catherine Helmond, Ian Holm, Bob Hoskins, Michael Palin, Kim Greist


Sam Lowry (Jonathan Pryce) es un tecnócrata en una sociedad futura del todo ineficiente. Sueña con una vida en la que pueda escapar de su trabajo tecnológico y de la aplastante burocracia, y dedicarse a la mujer que siempre se imagina. Un dí­a encuentra a esa mujer, pero la burocracia le acusa de no haber evitado que unos terroristas lanzasen unas bombas. Lowry y su nueva compañera viven ahora bajo una constante amenaza.


El director, Terry Gilliam se refirió a esta pelí­cula como la segunda de una trilogí­a formada por: Time Bandits (Los bandidos del tiempo (1981) y Las aventuras del Barón Munchausen (1989). Las tres pelí­culas mantienen como tema común la lucha por la imaginación y la libertad de pensamiento en un mundo que se opone a dichas ideas. Esta pelí­cula contiene numerosos temas complejos y sutiles aderezados con una mezcla de humor cruel e ideas que dificultan un seguimiento lineal de la trama pero que contribuyen a crear un filme rico que puede ser visto en varias ocasiones. La pelí­cula posee una importante riqueza visual presentando una visión inusual del futuro y con imágenes oní­ricas que admiten diferentes interpretaciones. También contiene numerosas referencias a la serie de televisión británica de los años 60 y a la novela de George Orwell1984“. En su estreno la pelí­cula tuvo importantes dificultades en taquilla. Sin embargo permanece como una pelí­cula de culto entre los fans de Gilliam.


En un extraño y deprimente universo futurista donde reinan las máquinas, una mosca cae dentro de un ordenador y cambia el apellido del fontanero subversivo Harry Tuttle (Robert De Niro) por el del tranquilo padre de familia Harry Buttle, que es detenido por el complejo aparato represor del Estado y muere en sus manos. El tranquilo burócrata Sam Lowry (Jonathan Pryce) es el encargado de devolver un talón a la familia de la ví­ctima, pero al hacerlo conoce a Jill Layton (Kim Greist), la mujer de sus sueños, y, mientras la persigue, se encuentra, hace amistad y se convierte en cómplice de Harry Tuttle.

Terry Gilliam (ex-Monthy Python) dirige lo que algunos llaman su obra cumbre. Se trata de una cómica y me atreverí­a a decir cí­nica alegorí­a de la sociedad de la Tecnologí­a y el control social.

Sumamente influenciado por “El proceso” de Kafka, que Orson Wells llevarí­a a la gran pantalla, así­ como por “1984″ de George Orwell construye un universo retro-futurista repleto de barroquismo visual (lo que ya caracteriza el cine de Gilliam) al más puro estilo Tim Burton. Escenarios oní­ricos, mezclando la estética de los años 50 con los adelantos tecnológicos.



El filme toca temas en clave de humor como son la sociedad del espectáculo, la cirugí­a estética y la moda. También nos muestra el control social (al estilo Minority Report,
1984,
Un mundo feliz,…), la sociedad mecanizada de la que intenta escapar el protagonista mediante sus sueños de libertad y heroí­smo.

A veces parece que la pelí­cula no es más que una sátira de 1984 (de hecho se barajó titularla 1984 y 1/2). Su humor en ocasiones resulta acertado y en otras muchas infantil y facilón. Para aquellos espectadores que les interese el tema, sean seguidores de Gilliam o el tema sea novedad puede que disfruten con el filme, pero existen bastantes pelí­culas del género que tratan el tema bastante mejor.

¿Qué es Brasil?, esa misma pregunta se hací­a todo el equipo completo de la pelí­cula en el galardonado y precursor documental What is Brazil? sobre el rodaje de la misma, que acompañó a su estreno allá por el año 85. Y ¿Qué es Brasil?, bueno, técnicamente, podemos hablar de un filme de culto rodado a mediados de los ochenta por un miembro de los “Monty Phyton” en concreto por Terry Gilliam, al que acompañaron algunos de sus antiguos compañeros de correrí­as (Michael Palin, entre otros); una pelí­cula encuadrada falsamente en la ciencia-ficción en ese “not too distant future” que sin embargo está impregnada de un fuerte aroma retro en su diseño de producción, y que nos habla del presente.

Brasil es una ácida crí­tica social, es como dice el propio Gilliam, mitad sueño y mitad pesadilla, es un espejo inquietante, es una parábola terrorí­fica, una defensa de la locura, o una actualización de los temas de Kafka, una defensa del individuo frente al sistema, una ventana abierta en una habitación con un aire irrespirable y nauseabundo, una huida hacia las bandas, una fantasí­a pesimista que sostiene que no existe un mañana, porque el mañana ya pasó, tal y como reflejan las palabras de la canción que da tí­tulo al filme “tomorrow was another day “.


¿Qué es Brasil? Brasil, según Gilliam es un hombre tumbado sobre una playa de arena completamente negra debido a los vertidos industriales, con la radio encendida, en bañador, sobre su toalla, escuchando precisamente esa canción que da tí­tulo al filme. ¿Y qué es Brasil? Una de las canciones más emblemáticas del siglo XX, siempre asociada al paí­s carioca, a la alegrí­a de sus gentes, a su samba, pero no en realidad, es una canción americana, que no habla de nada de eso, sino de un lugar ensoñado, de un paraí­so mental imaginado para escapar de la monotoní­a y crudeza de la realidad gris, la realidad de esa playa negra, por ejemplo. La mente libera al cuerpo a través de la fantasí­a, cuando el cuerpo se encuentra condenado al tormento de la existencia diaria.

Por lo tanto, la pelí­cula tiene por tí­tulo el de una canción, que simboliza el mensaje y la historia de una pelí­cula, y que habla de los sueños como la única arma posible contra las pesadillas reales.

La canción, de hecho, o sus versiones instrumentales orquestadas por el magní­fico Michael Kamen, se reproducen continuamente a lo largo de la pelí­cula, por ejemplo, la versión de Geoff Muldaur que suena cuando Sam Lowry, nuestro protagonista va a trabajar cada mañana, y que empieza como un suave silbido, como el de esa pequeña ilusión que escondida en nuestro subconsciente nos da fuerzas para levantarnos y seguir adelante cada mañana. Esa versión de Muldaur, actúa como recordatorio de la primera vez que en la pelí­cula suena la canción, que es, en los sueños de Sam, donde cual caballero andante alado, vive un amor de novela con su dama (caracterización de Jill, a la que Sam acabará conociendo en la vida real). En el sueño, la versión de “Brazil” que escuchamos es la de Kate Bush, mucho más etérea y dulce, acorde a la escena a la que sirve. En la oficina, sólo escuchamos los compases iniciales que nunca permiten iniciar la sintoní­a principal y que producen cierta frustración en el espectador comparable a la de Sam en ese trabajo que no le llena.


Pero vayamos con la historia. Gilliam comienza a escribirla con la superestrella de la pluma Tom Stoppard, y como era evidente, las dos fuertes personalidades chocan, y acaban como el “Rosario de la Aurora”, así­ que el director-guionista tiene que sustituir a su prestigioso partenaire por Charles McKeown, que por cierto, habí­a intervenido como actor en La vida de Brian (1979), de los Monty. Juntos acaban de darle forma a la idea original de Gilliam y a ese mundo carente de lógica, pero demasiado real como para no tomarlo en serio, una sucesión de desfases mentales, que son la marca del director tal y como ha demostrado en sus filmes anteriores como Los caballeros de la mesa cuadrada (1975), La bestia del reino (1977), Los héroes del tiempo (1981) y posteriores como Las aventuras del barón Munchausen (1988), El rey pescador (1991), Doce monos (1995) o Miedo y asco en Las Vegas (1998).

La historia de Sam Lowry es por lo tanto también la del mundo en el que vive y al que se contrapone, (ese samurái de hormigón y acero al que se enfrenta en sus sueños), es la historia de una sociedad enferma, vací­a y superficial, donde “todo va bien” hasta que tu destino por ejemplo y el de tu familia, cambia por el simple hecho de que un funcionario mate una mosca durante el trabajo, o hasta que inexplicablemente, tu máquina de aire acondicionado, deja de funcionar.

Estos dos desencadenantes aleatorios (demasiado inquietantes como para no identificarse en nuestra fragilidad existencial, con la posibilidad de que hechos similares no nos puedan afectar igualmente algún dí­a como a los personajes), son el origen de una bola de mierda, que no de nieve, que va a abrir los ojos de los dos protagonistas, Sam y Jill (su en principio platónica y oní­rica amada), y nos va a descubrir los podridos entresijos de una sociedad con una burocracia y maquinaria de estado castrante de la identidad humana, un consumismo alienante, y un pensamiento individual extirpado y sustituido por la ambición, las ansias de triunfo profesional y la obsesión por la eterna juventud y el sexo.

Vista con perspectiva, Brazil que es una auténtica bomba incendiaria contra lo establecido, responde sin duda a un cabreo monumental y a la frustración de una mente sensible como es la de Gilliam frente a lo que la sociedad que le rodea le ofrece; y es por ello, que la pelí­cula deja esa sensación en el espectador, la sensación de haber asistido a una autopsia en directo de un cadáver en completa descomposición.

Sam, funcionario del ministerio, forma parte de la maquinaria, no busca el progreso social, y es por eso que su madre en parte lo rechaza (madre obsesionada con volver a los quince años), es por lo tanto a su manera un “outsider” que vive con la ilusión de sus sueños de caballero andante (no parece ahora muy extraño los intentos de Gilliam por adaptar una y otra vez la obra magna de Cervantes al cine). Presionado por su familia, accederá a formar parte del “castillo kafkiano”, pero la puesta patas arriba que supone la entrada de Jill en su mundo, y el contratar a un fontanero ilegal que le “soluciona” sus problemas con el aire acondicionado (que magní­fica presencia la de Robert De Niro en ese papel), le hacen colocarse al borde del abismo, aún teniendo los pies inmersos en esa misma maquinaria de la que forma parte y de la que finalmente será ví­ctima. Es más, acabará en las manos de su propio compañero de pupitre, eterno objeto de comparación del éxito social, que debe su progreso a sus dotes como torturador.


Jill en cambio es una ciudadana con conciencia, dispuesta a no tolerar las injusticias, la de que por ejemplo se hayan llevado a un vecino suyo por un error administrativo. Su espí­ritu combativo espolea y complementa el de Sam, ella es el catalizador que le abre los ojos, y por ello, será condenada por el Estado.

En Brazil, la máquina de consumo, es la máquina del estado, porque el consumo está instrumentalizado y es utilizado y controlado por el gobierno para tener poder sobre las personas. Es por ello, que el primer gran error de Sam, es no esperar a que los técnicos oficiales gubernamentales (miedo da, la semejanza entre esos “Servicios Centrales” y el por ejemplo, cada dí­a más institucionalizado “Corte Inglés”) y confiar en un ilegal reparador de máquinas que encarna más bien a la resistencia contra el sistema, para solucionar su problema. Es duro, pero es así­ salirse de la burocracia y de lo establecido, supone colocarse contra el sistema, algo que nos suena de todas las dictaduras que han poblado este ancho mundo, pero no de las democracias (¿o sí­?).

¿Y vale la pena pertenecer a un mundo basura donde los reactores de las centrales nucleares se pintan de azulito con nubecitas para ocultar lo que son, y se nos vende una felicidad de plástico que sustituye a nuestros esfuerzos por realizarnos? De una forma un poco tópica, Gilliam muestra siempre exteriores en descomposición, entornos marginales, que son la imagen de una sociedad que empieza a descomponerse por abajo (al estilo de Stanley Kubrick en La naranja mecánica), lugares donde niños sin futuro ejercen la violencia, y donde no existe esperanza, puesto que son los directos objetos de represión de la maquinaria estatal. De esta manera surgen fenómenos como el terrorismo, las bombas que estallan en restaurantes de lujo, y diezman a los siervos pasivos de esa maquinaria (¿tampoco les suena?).


Para el resto de la sociedad, para esos siervos pasivos, está el “no merece la pena que te esfuerces, ya te damos nosotros la felicidad, y mira, se parece a este anuncio de televisión” es una desgraciada realidad en la que hemos caí­do de lleno. La pantalla, como elemento instrumentalizador de la imagen, el gran yugo del pasado siglo XX y del presente, se muestra en la pelí­cula de dos formas las pantallas de ordenador que ofrecen una panorámica distorsionada del individuo que las utilizan en su reverso, que sirven para trabajar y controlar a los semejantes, en ese trabajo ministerial que Sam desarrolla, y las televisiones, en las que a veces se transforman, y donde los empleados siguen atentamente la evolución de vaqueros e indios (¿?). Trabajo y televisión, ocio y deber, las dos caras de una misma maquinaria alienante. O dicho de otra manera, una metáfora de esos, nuestros trabajos anodinos y masificados, anverso, y esos centros comerciales donde todos vamos en masa a comprar en masa, anodinos y masificados, y que se suponen que son nuestro ocio, reverso.

Brazil tiene por ello, ese carácter de filme premonitorio, pero no tanto como de crí­tica social realista y actual. Y todo ello tratado con una estética años 30-50, que de alguna forma amortigua el impacto, con sensación de algo pasado que no puede reproducirse.

¿Y qué salida tiene todo esto? Gilliam es claro y valiente en su apuesta, pueden poseer mi cuerpo, pero no mi mente. Cuando no existe ninguna esperanza, cuando el Estado te controla completamente y sabes que sólo el dolor y el sufrimiento son lo que te espera hasta la muerte más terrible, la única salida posible es la locura. Cuando la playa de tu pueblo se ha convertido en un lugar infecto repleto de excrementos industriales y tu pequeño paraí­so se ha venido abajo, sólo queda ponerse el bañador y escuchar música de samba, para darle a la mente alas, y que vuele lejos de ese lugar.

Así­ hace Sam, cuando lo ha perdido todo, y ya no es dueño de su cuerpo, sólo le queda soñar con Brazil, con su mundo imaginario, donde por siempre, en un mundo verde y libre, puede estar junto a su amada.

Viendo esta obra maestra de Terry Gilliam, a uno, no se le ocurre otra salida posible para huir de lo que cada dí­a le toca, que eso mismo, bueno algunos prefieren el cine a la locura.


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