Director: Robert Harmon. EE.UU. 1986. Color
Intérpretes:
C. Thomas Howell, Rutger Hauer, Jennifer Jason Leigh, Jeffrey DeMunn, John M. Jackson

El joven Jim Hasley (C. Thomas Howell) recoge con su cadillac a un autoestopista, John Ryder (Rutger Hauer), en una carretera de Texas. Cuando John le confiesa a Jim que es un asesino y que espera que le recojan y le lleven para matar, Jim lo deja en la cuneta y sigue adelante, pensando que lo ha dejado atrás. A partir de este momento, los dos empiezan a jugar al gato y al ratón. El asesino sigue matando y dejando pistas que inculpan al joven Jim de los asesinatos. Jim además de luchar por su vida, se ve obligados a enfrentarse a sus peores miedos.

La metafísica del “psychokiller” tuvo uno de sus paradigmas más perdurables en este estimable thriller de carretera que nos descubrió que eso de recoger autoestopistas puede ser algo muy peligroso. Harmon y su guionista van más allá del simple divertimento terrorífico para anclar raíces en el insondable, incomprensible misterio del “Mal”, un “Mal” que necesita al “Bien” para subsistir… y para contaminarle con su diabólico poder de atracción. Rutger Hauer es un interrogante, un enigma que depara más enigmas para acabar hablando de todos nosotros. Pocas veces una relación de dependencia (por mucho que vaya disfrazada de juego macabro) había resultado tan extraña y desconcertante.

A Carretera al infierno hay que contemplarla desde este punto de vista, que es el que el propio Harmon subraya en incómodos momentos de quietud y reflexión que apelan a un nivel de profundidad similar al que experimentó el mismo Rutger Hauer en el celebrado monólogo final de Blade Runner (1982, Ridley Scott). Si se prefiere prescindir de este discurso metafísico también se puede disfrutar mucho, porque Carretera al infierno es divertida, imprevisible y trepidante. Hay diálogos para el recuerdo, inesperadas y brillantes escenas de acción y quiebros de guión que dejan en muy mal lugar al cuerpo policial norteamericano. Además, Harmon se revela como algo más que un simple artesano al filmar con imaginación y maestría una de esas raras películas ochenteras que, como Near Dark (1987, Kathryn Bigelow), supieron aunar trascendencia y entretenimiento de género sin perder los estribos. El trabajo de Rutger Hauer es extraordinario. Y la película, hoy es considerada de un “culto” merecidísimo.


El autoestopista que se iba cargando a todo aquel que le recogía en su coche. En un momento dado es recogido por un muchacho, el cual consigue librarse de él. Desde entonces el autoestopista se dedicará a perseguirle para agobio del espectador. El filme, dirigido con mano maestra por Robert Harmon, quien nunca sería capaz de igualar esta película, era una maravilla en cuanto a suspense, tensión, y sobre todo en el retrato de un psicópata salido del mismísimo infierno, John Ryder, encarnado magníficamente por Rutger Hauer, que por aquel entonces gozaba de cierta fama. Le acompañaban en el reparto, C. Thomas Howell y Jennifer Jason Leigh.

Como en Hollywood hay que tocarlo todo, y volver a rehacer las mismas películas una y otra vez, pues le ha llegado el turno a este clásico moderno. Michael Bay, que desde que se mete a productor ha destrozado más cosas que cuando le da por dirigir, y eso que tiene dos películas buenas, es uno de los productores de una nueva
The Hitcher (Carretera al infierno) que contará la misma historia. El director es el novato Dave Meyers, hasta ahora director de vídeos musicales de gente como Jennifer Lopez o Britney Spears y con Sean Bean protagonizando al autoestopista homicida. El resultado es previsible. mediocre.