Director: Jean-Jacques Annaud. 1986. Francia-Italia-Alemania Occidental. Color
Intérpretes: Sean Connery (Fray Guillermo de Baskerville), F. Murray Abraham (Bernardo Gui), Christian Slater (Adso de Melk), Helmuth Qualtinger (Remigio de Varagine), Elya Baskin (Severinus), Michael Lonsdale (el Abad), Feodor Chaliapin Jr. (Jorge de Burgos), Ron Pearlman (Salvatore, sirviente jorobado)

Siglo XIV. Todo comienza un día de finales de noviembre del año del señor 1327 cuando Fray Guillermo de Baskerville (Sean Connery), un monje franciscano y antiguo inquisidor, y su inseparable discípulo el novicio Adso de Melk (Christian Slater), que es quien relata la historia, acuden a una abadía benedictina situada en el norte de la península italiana para intentar esclarecer la muerte del joven miniaturista Adelmo da Otranto. Durante su estancia en la abadía van desapareciendo misteriosamente más monjes, a quienes encuentran muertos al poco tiempo. Lentamente, y gracias a la información aportada por algunos monjes, Guillermo va esclareciendo los hechos. El móvil de los crímenes parecen ser unos antiguos tratados sobre la licitud de la risa que se encuentran en la biblioteca del complejo, de la cual se dice que es la mayor del mundo cristiano. ¿Quién es el asesino? ¿Qué hicieron sus víctimas para morir asesinadas? Nadie lo sabe…
“Todos los libros nacen para ser probados, algunos para ser degustados, pero muy pocos para ser tragados y digeridos” (Umberto Eco)

A mediados de la década de los años 80 el director Jean Jacques Annaud afrontó el difícil reto que suponía llevar al cine el conocido éxito del escritor Umberto Eco “El Nombre de la Rosa”. La complejidad que de por sí entraña la adaptación cinematográfica de textos literarios se multiplica en esta ocasión al estar ante una novela repleta de referencias filosóficas, históricas y literarias, y en la que además los libros son verdaderos protagonistas de la historia. Para salir airoso de la empresa, el director se rodeó de un numeroso equipo de guionistas, entre los que se encontraba el propio Eco, y contó con los medios propios de una gran superproducción. Annaud plantea el filme como una intriga detectivesca, y se vale principalmente del montaje para crear el deseado clima de suspense. Estamos en líneas generales ante una adaptación más que notable, pese a que el guión traicione por momentos el desarrollo argumental del texto de Eco, y no llegue a captar totalmente su esencia filosófica. La película describe con acierto una época oscura en la que la superstición seguía estando muy por delante de la razón (!y lo que le quedaba!) Guillermo de Baskerville, inconmensurable como siempre Sean Connery, es una especie de Sherlock Holmes medieval que desafía con las artes de la lógica las leyes de su tiempo. En el capítulo interpretativo también merece destacarse una de las primeras apariciones en el cine del entonces desconocido Christian Slater dando vida a Adso de Melk, el joven novicio que acompaña al protagonista.

Como no podía ser menos en este tipo de producciones los aspectos técnicos están muy cuidados, desde la fotografía hasta la puesta en escena, sobresaliendo de ésta última la suntuosa recreación de la abadía en donde se desarrolla la historia. Una gran película a la altura de una gran novela, ciertamente compleja.
En toda época de la humanidad, existe una batalla de intereses por establecer un dominio simbólico o concreto sobre las poblaciones. A partir del siglo XVIII, por medio de la Ilustración, o incluso antes, la batalla se juega en el tablero del discurso científico, quien puede probar más hechos sea de manera racional o empírica es quien se queda con el discurso. Al día de hoy sólo confiamos en lo que podemos ver, o al menos en lo que creemos que nos pueden probar, y sentimos que la salida de estos lugares, que son base de nuestro pensamiento, nos deja sumidos en nuestro infierno, es decir la irracionalidad o la incoherencia del error, el peor castigo posible para una ideología que colocó al hombre en el centro del pensamiento.
Sin embargo en la Edad Media los valores que se manejaban eran sustancialmente distintos, a pesar de que el hombre era el mismo; con esto me refiero a que a pesar de que la forma de pensamiento y los valores que movilizan al ser humano eran otros ese afán de poder siempre recorrió a las personas, al menos a una buena parte.
Pero dado que el pensamiento era otro, la forma de dominar las instituciones más importantes de un estado, también era muy diferente, si hoy tememos caer en el error como es sabido en la Edad Media el miedo era caer en el infierno, el fin del mundo, el castigo eterno, tan magníficamente retratado por Dante Alighieri.


La iglesia ejercía un atosigante dominio sobre su rebaño, a finales del siglo X gran parte de los seres humanos esperaba de manera resignada el fin del mundo. Debido al el horror a la muerte la posibilidad de salvarse a través de la religión y la vida supraterrena eran el único consuelo posible, el terror engendraba miedo, el miedo engendraba la copa de poder de la cual bebía la iglesia. El mileranismo, denominación del año 1000) cargaba ese miedo al Apocalipsis que supuestamente se acercaba; esta fecha fue un poderoso propulsor de la fe cristiana, y la iglesia movía las montañas de la fe la gente.
Como sabemos el mundo siguió siendo mundo, y las profecías apocalípticas quedaron como una falacia, la reacción fue de tranquilidad, pero luego se dio paso a un acontecimiento crucial en lo que sería el arte y la sociedad en lo que quedaba de la Edad Media, el carnaval; la muerte del miedo a través de la risa. La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento el orden de la sociedad se invertía y las categorías desaparecían, las jerarquías de perdían, el pobre podía burlarse del rico, el esclavo de su amo, y el bufón de su rey. Por supuesto que el nuevo pensamiento, mucho más valiente y arrogante que antes de la supuesta llegada del Apocalipsis había perdido el miedo a la muerte, el paraíso cristiano se había devaluado notablemente, el carnaval fue un poderoso estímulo para muchas formas de arte.



La literatura, lugar por excelencia de la subversión del poder, por supuesto no se iba a quedar de brazos cruzados, gran parte de las obras que recorren la edad media llevan impresa en sus letras la marca distintiva del carnaval, ese rasgo burlesco que descaradamente ridiculizó los postulados más solemnes establecidos durante tantos años por el pensamiento secular.
El espíritu de gran parte del pueblo, perdió el miedo al infierno, si bien no se había extinto del todo (nunca lo hace) ya había atenuado mucho sus flameantes llamas de punición.

A continuación intentaré realizar un análisis de la situación referida, que puede verse reflejada en la novela de Eco.

El Nombre de la Rosa y el poder de la iglesia
A pesar de que El Nombre de la Rosa es una novela escrita en 1980, la información de Eco del estado de la sociedad y su posición frente a Dios lo hace lucir como un contemporáneo del siglo XIV. Cada uno de los datos que recupera, es un pedazo de historia italiana, de aquel pasaje de la Edad Media, pero no sólo lleva a cabo una recuperación de nombres, fechas y hechos históricos, sino también un fresco tan elocuente de lo que puede haberse sentido en aquella época que uno llega a dudar que Eco no haya estado en la Abadía que describe.
El Nombre de la Rosa recupera muchas de las características formantes de la sociedad del siglo XIV en Italia, sus hechos, sus historias, los conflictos políticos expresos entre la guerra que se llevaba a cabo entre el Papa y el Emperador; pero sin lugar a dudas la novela hace hincapié en un punto que hace converger a todos los anteriores, el poder.
El poder o la ambición del mismo es la base que mueve todo el trasfondo, político, social o religioso; los representantes de las diferentes facciones, buscan establecer una batalla para poder desestabilizar, o en caso contrario, mantener el poder político.
Cuando Umberto Eco inserta a Jorge de Burgos, ese bibliotecario ciego, protector de una biblioteca hexagonal, estaba haciendo más que homenajear Borges; el personaje aterrador que cobró su nítida imagen visual a través de Feodor Chaliapin Jr. en gran filme de Jean-Jacques Annaud es el vivido reflejo de la forma de pensamiento más herméticamente secular de la Edad Media.

Como sabemos, gran parte del debate que se abre entre franciscanos y benedictinos, más exactamente entre Guillermo de Baskerville y Jorge de Burgos se establece a partir de la idea, del signáculo divino tan diversamente interpretado diría Eco, de si Jesús reía o no, el tema es recurrente en la obra, vemos este ejemplo:
“-Y valga esto para los marginalia de que se hablaba hoy -no pudo dejar de comentar Jorge en voz baja-. Juan Crisóstomo ha dicho que Cristo nunca rió.
-Nada en su naturaleza humana lo impedía -observó Guillermo-, porque la risa, como enseñan los teólogos, es propia del hombre.”
“( ) dijo Guillermo -haciéndose el santo-. San Lorenzo sabía, pues, reír y decir cosas risibles, aunque más no fuera para humillar a sus enemigos
-Lo que demuestra que la risa está bastante cerca de la muerte y de la corrupción del cuerpo -replicó con un gruñido Jorge-, y debo admitir que su lógica era irreprochable.”
Son algunas de las discusiones que mantienen Guillermo y Jorge, ambos con muchas características en común (sagaces, perspicaces y retóricos) pero esencialmente distintos. Cada uno representa a su facción y se convierte en el rostro de toda una estructura de pensamiento.
Por un lado Guillermo, franciscano, con un pensamiento más abierto, jamás negando por absoluto a Dios, pero tomando una postura mucho más mesura en cuento a sus preceptos, adoptando constantemente una postura racional de la mano de Francis Bacon. Incluso mucho más adelante Jorge de Burgos reconocerá las dotes argumentativas de Guillermo cuando recuerda qué este lo obligó a hablar de lo que no quería, es decir de la disputa por la risa de Jesús. Burgos mantenía la postura en la abadía a partir de un silencio que se ve roto cuando Guillermo llega con Adso.
Por el otro sendero tenemos justamente a Jorge, benedictino, herméticamente cerrado en una exégesis impiadosa y rígida que al final sabremos dirigida a mantener los intereses de la institución cristiana.
Su punto de divergencia se adscribe a la cuestión central de nuestra investigación, el temor de la iglesia al humor, un temor que nace de la imposibilidad de seguir causando temor en la gente común.
Como vimos, ambos justifican sus discursos en citas de gran erudición, pero el argumento básico al parecer no es ni filosófico, ni siquiera teológico sino histórico, ambos contrincantes están conscientes de que el discurso histórico posee un nivel de legitimidad que puede volver creíble cualquier proposición, la única condición es que entre en los cánones del discurso de la historia, lo que incuestionablemente sucedió.
La discusión es para probar si Cristo reía o no, ambas posturas reviven el debate de la humanidad de Cristo, no sólo a partir de su humor, sino de su vida terrenal en general; como esas teorías que postulan que Jesús había tenido familia y una vida mucho más humana que la que le atribuye la Biblia. Como pudimos leer, la postura de Baskerville está mucho más cerca de estas teorías que acentuaban justamente la humanidad de Jesús. En principio la discusión parece nítidamente definida como eso, una simple disputa más de las miles que hubo, entre dos religiosos eruditos que no logran ponerse de acuerdo en un tema. Pero la progresión de la novela nos mostrará que lo que están disputando tiene un trasfondo mucho más fuerte, vinculado a la recuperación de un poder que la iglesia perdía.

Sobre el final de la novela, y después de muchos sacrificios, Guillermo y Adso logran llegar hasta el libro por el cual se desatan todos los crímenes, el segundo libro de la Poética de Aristóteles, la Comedia. Cuando consiguen el texto escrito, Guillermo comienza a leerlo, esto es parte de lo que lee:
“En el primer libro hemos tratado de la tragedia y de cómo, suscitando piedad y miedo, ésta produce la purificación de esos sentimientos. Como habíamos prometido, ahora trataremos de la comedia (así como de la sátira y del mimo) y de cómo, suscitando el placer de lo ridículo, ésta logra la purificación de esa pasión. Sobre cuán digna de consideración sea esta pasión, ya hemos tratado en el libro sobre el alma, por cuanto el hombre es de todos los animales, el único capaz de reír. De modo que definiremos el tipo de acciones que la comedia imita, y después examinaremos los modos en que la comedia suscita la risa, que son los hechos y la elocución. Mostraremos como el ridículo de los hechos nace de la asimilación de lo mejor a lo peor y viceversa, del sorprender a través del engaño, de lo imposible y de la violación de las leyes de la naturaleza, de lo inoportuno y de lo inconsecuente, de la desvalorización de los personajes, del uso de las pantomimas grotescas y vulgares, de lo inarmónico, de la selección de las cosas menos dignas. Mostraremos después como el ridículo de la elocución nace de los equívocos entre palabras similares para cosas distintas y palabras distintas para cosas similares, de la locuacidad y de la reiteración, de los juegos de palabras, de los diminutivos, de los errores de pronunciación”
Aristóteles en la Poética definió a la tragedia como la ” imitación de una acción esforzada y completa, con cierta amplitud de lenguaje sazonada ( ) que mediante comprensión y temor lleva a cabo la purgación de tales afecciones ”
El efecto que causa la tragedia es la catarsis, que vendría a ser un efecto de misericordia o temor en los espectadores. Se deben purificar estos males que el espectador presenció en la tragedia.
En la Comedia Aristóteles plantearía la disposición a la risa como algo positivo, que incluso podría tener facultades cognitivas, obligándonos a inferir metáforas y otros recursos artísticos que si bien no muestra los objetos como son, impulsa y estimula la posibilidad de que a partir de nuestras habilidades y esfuerzos podamos verlos aun mejor. El poder de la Comedia generaría un efecto diferente en sus interlocutores por medio de su correspondiente fuerza elocutiva, supuestamente en el libro de la Comedia, Aristóteles versaría sobre aldeas populares donde hombres comunes y corrientes llevarían a cabo celebraciones burlescas de espíritu carnavalesco. No terminaría con la muerte de los protagonistas. Llegaría al punto de producir el ridículo mostrando las debilidades de los humanos simples y sencillos, no los de alta estirpe. Se llegaría a la verdad por medio de observar representaciones de mundo mucho peor de lo que nos mostraban las tragedias, anteriormente descriptas.
Jorge de Burgos se siente aterrorizado por la expansión de este libro, ya que cree que así como la risa trastocó la imagen de Jesús, estos conceptos trastocarían la imagen de Dios. Pero no puede haber palabras más elocuentes sobre el tema que las del mismo Jorge de Burgos:
“La risa libera al aldeano del miedo al diablo, porque en la fiesta de los tontos
también el diablo parece pobre y tonto, y, por tanto, controlable. Pero este libro
podría enseñar que liberarse del miedo al diablo es un acto de sabiduría.
Cuando ríe, mientras el vino gorgotea en su garganta, el aldeano se siente
amo, porque ha invertido las relaciones de dominación: pero este libro podría
enseñar a los doctos los artificios ingeniosos, y a partir de entonces ilustres,
con los que legitimar esa inversión. Entonces se transformaría en operación del
intelecto aquello que en el gesto impensado del aldeano aún, y
afortunadamente, es operación del vientre. Que la risa sea propia del hombre
es signo de nuestra limitación como pecadores. ¡Pero cuántas mentes
corruptas como la tuya extraerían de este libro la conclusión extrema, según la
cual la risa sería el fin del hombre! La risa distrae, por algunos instantes, al
aldeano del miedo. Pero la ley se impone a través del miedo, cuyo verdadero
nombre es temor de Dios. Y de este libro podría saltar la chispa luciferina que
encendería un nuevo incendio en todo el mundo; y la risa sería el nuevo arte,
ignorado incluso por Prometeo, capaz de aniquilar el miedo. Al aldeano que ríe,
mientras ríe, no le importa morir…”
La postura del bibliotecario es clara: la propagación del libro de Aristóteles rompería con la idea de que la vida sólo puede ser seria y que el temor a Dios es el único camino de hallar la verdad. El gran miedo del monje es que se pierda el miedo. El sustento de la religión, una de sus bases más poderosas es la vida imperdurable, para poder acceder a ella es necesario seguir una serie de reglas descriptas en los mandamientos, que por supuesto maneja la iglesia, la desaparición del miedo de caer en el infierno desaparecería consecuentemente el miedo a pecar, ergo la iglesia perdería casi la totalidad del poder de su discurso.

Gran parte de la exégesis cristiana rebatía la idea de la risa y lo lúdico en general, Jorge es sólo un rostro de la inmensidad de una institución en la que muchas de las políticas se extienden hasta el día de hoy.
Uno de los más importantes hombres de la iglesia que mantenía este pensamiento era Ambrosio quien sostenía que la gente reía indeclinablemente porque lloraría. Este hombre creía que debía prescindirse no sólo de los excesos sino también de todos los juegos pero como no había nada, según él, que pudiera realizarse virtuosamente cuando había que abandonarlo, por tanto no podía haber ninguna virtud que se ocupe del juego. También San Juan Crisóstomo se levantaba contra el juego y el humor en general, decía que al juego no lo daba Dios, sino el diablo; que el pueblo se sentaba para comer y beber y se levantaba para jugar, y que no se podía desplegar ninguna virtud que se ocupara del juego.
Contra estas ideas se encuentran las de San Agustín, quien se levanta a favor de la risa y de los juegos:
“Quiero que seas indulgente contigo mismo, porque conviene que el sabio relaje de vez en vez el rigor de su aplicación a las cosas que debe hacer. Ahora bien: esta relajación del ánimo respecto de las cosas que deben hacerse se realiza mediante palabras y acciones de recreo. Luego conviene que el sabio y el virtuoso recurran a ellas alguna vez. El Filósofo, por su parte, pone una virtud que se ocupa de los juegos, que él llama eutrapelia y que nosotros podemos llamar alegría.”
Así que ya en el siglo IV había pensamientos que no estaban de acuerdo con aquellas posturas abiertamente plantadas en contra del humor y lo lúdico en general. Uno de los santos que más fuertemente se lanzará a favor de la risa es Santo Tomás en su “Suma Teológica”.
A las razones de Santo Tomás él mismo pondrá tres límites que no chocan con su discurso anterior; el juego debe evitar: Que el juego no caiga en palabras torpes ni nocivas, hay que evitar que la gravedad del espíritu se pierda totalmente, y en tercer lugar hay que procurar, como en todos los demás actos humanos, que el juego se acomode a la dignidad de la persona y al tiempo. Tres ideas razonables para no caer en la desmedida, pero ya introduciendo al juego y a la comicidad dentro de las posibilidades convenientes para el alma.
Podemos ver un combate argumentativo entre diferentes hombres pertenecientes a la iglesia, el concepto del humor está en debate a lo largo de la historia del cristianismo.

La iglesia y su ignorancia
En la abadía donde transcurre el filme se están suscitando varias muertes misteriosas, un monje y su aprendiz deberán investigar estas muertes. Ese es el resumen del argumento, muy simple pero que luego sé ira llenando de hechos y circunstancias muy interesantes. La narración es excelente, ya que nos permite seguir todos los acontecimientos con simpleza. La parte técnica del filme es muy buena, la fotografía es excelente, los pasillos oscuros iluminados con velas abundan. También están muy bien cuidados todos los aspectos de la iglesia como su ignorancia, sus ideas irrefutables y su falta de cristianismo, además de las supersticiones propias de los mismos hombres. Las actuaciones son buenas, Sean Connery y los demás actores cumplen con sus papeles.
Para terminar resaltar muchos contenidos del film, como los del valor a la filosofía y la escritura (claro que hay muchos libros ocultos, por el hecho de que contradicen a la religión que ellos nos quieren imponer). El valor a la vida y las personas entre otras. Un filme recomendado.
Hablar que el filme me pareció deslumbrante de principio a fin, es el cuarto visionado que hago de esta obra y cada vez que la veo me gusta más y saco mejores conclusiones de esta adaptación del libro de Umberto Eco.
Aporto algunas ideas al respecto para caracterizar la cinta: Posee un atractivo clima opresivo que no da respiro. Escenarios lúgubres, oscuros y que encierran misterio y guardan secretos vetustos. √âsa es la atmósfera que nos propone el director
La película adquiere mucha fuerza desde su trama. Una especie de laberinto de suspicacias que van generando en el espectador un creciente interés a medida que la narración entra en detalle.

Jean-Jacques Annaud aborda una crítica cruda contra la iglesia medieval y su carácter de institución suprema irrefutable, dogmática y autoritaria en ciertos aspectos que conciernen a la fe y las creencias. √âpoca donde la prohibición y censura al conocimiento estaba a la orden del día, donde los estratos más profundos supuran pus y corrupción. La Inquisición es claro ejemplo de ello, con sus prácticas de castigo, de veredictos inapelables, de administración fraudulenta.
Se puede vislumbrar en el filme que la Iglesia como institución está en un período oscuro, de decadencia, de posturas antagónicas. Por un lado la pobreza franciscana que se opone a la política del Papa de turno, por el otro situaciones poco transparentes dentro de una abadía.
Es magnífico como el horror sale de un lugar sacro, esta ambivalencia le da un valor agregado al filme, nos desorienta y nos transforma en un espectador-investigador que deberá seguir los pasos de un asesino en serie o de un fenómeno paranormal atribuido a fuerzas malignas. Sin mucho presupuesto, Jean-Jacques Annaud recrea un ambiente excepcional, donde el mal habita en un libro oculto. La supuesta llave a la verdad. Una verdad que permanece muy oculta entre los paredones de la vieja abadía y que ni siquiera la luz divina puede alumbrar el camino para resolver el conflicto.
Las actuaciones son magníficas desde todo punto de vista: Sean Connery, nos recrea un monje que trae en pasado oculto. Un personaje muy astuto y atento a las vicisitudes de la realidad circundante para descifrar enigmas. El papel está perfectamente interpretado. Con convicción, es una actuación sumamente convincente. F. Murray Abraham, actúa media película pero en los momentos que le toca entrar en escena logra un personaje maléfico, simbiótico en su accionar. Con palabras que alaban a Dios y con actitudes y juicios de valor dignos de una persona sin escrúpulos.
En definitivas, una distinguida obra cumbre que mezcla mucho de la crónica medieval y sus improntas y parte de la novela policíaca de investigaciones a través de pistas. Un filme con alto contenido teológico y filosófico además con un considerable, suspense y oscurantismo.
El Nombre de La Rosa, cautivo al mundo con su historia de intriga, durante la Edad Media, la película nos lleva a presenciar los hechos extraordinarios ocurridos en una abadía benedictina en el norte de Italia durante el año de 1327 bajo el papado de Juan XXII, y que marcaron la vida del novicio Adso de Melk al lado de su maestro Franciscano Fray William de Baskerville.
El director Jean-Jacques Annaud nos transporta a un mundo feudal donde la iglesia cobra rigurosamente el diezmo, y la temida Santa Inquisición se erige mediante su régimen de terror como juez supremo. Una serie de misteriosas muertes se suceden, y solo el ingenio detectivesco de Fray William podría encontrar la respuesta a estas muertes que se ven como señales del Apocalipsis o bien como autoría del demonio
Annaud sorprende con una intriga extraordinariamente ambientada, adaptada de la exitosa novela de Humberto Eco donde la teología y el misterio se mezclan con la crónica y el amor para producir un filme cautivador que llega al borde del éxtasis místico y erótico.
Personalmente yo pasé esencialmente miedo; mucho miedo.