EL T√â DEL HAR√âN DE ARQUÍMEDES (Le Thé au harem d´Archimͬ®de)

Película estrenada entre 1983-1986

Director: Mehdi Charef. 1985. Francia. Color

Intérpretes: Kader Boukhanef Madjid), Rémi Martin (Pat), Laure Duthilleul(Josette), Sa√≠¬Øda Bekkouche (Malika), Nicole Hisss(Solange), Brahim Ghenaim(le père), Nathalie Jadot(Chantal), Frédéric Ayivi(Bengston), Pascal Dewaeme(Thierry), Sandrine Dumas(Anita)


Primera realización de su director, en la que adaptó su propia novela, publicada tres años antes. Los problemas de marginación de los argelinos residentes en Francia están expuestos con momentos de considerable intensidad, aunque el conjunto evidencia los balbuceos y la tendencia a la dispersión propios de un primer trabajo cinematográfico.

El profesor de geometría hace pasar al chico al pizarrón. Le dicta: “El teorema de Arquímedes” (Le theorème d’Archimède); el chico escribe “Le thé au harem d’Archie Ahmed”. Las carcajadas de los compañeros rebotan contra las paredes de la clase. El filme, producido por Costa-Gavras y dirigido por Mehdi Charef, se basó en la novela del propio Charef, llamada así mismo: “El té del harem de Arquímedes”. El libro era de 1983, la película se estrenó en 1985 y Charef es un argelino criado en Francia, que trabajó durante diez años como obrero metalúrgico. La película tiene raíz y raigambre argelinas.“El té…” hablaba de los jóvenes desocupados, de la “fascistización” de la baja clase media francesa y sobre todo de los hijos de inmigrantes, un cóctel explosivo desarrollado en los suburbios, en las ciudades dormitorio, en las pajareras de cemento donde “los chicos crecen como parte del cemento. Crecen y toman las características del cemento, seco y frío. Ellos son secos y fríos también, duros, aparentemente indestructibles. Pero hay grietas en el cemento”. La grieta es producto del forcejeo de “dos culturas, dos razas, dos lenguas”.


Fue en 1983, con la marcha de Marsella a París “por la igualdad y contra el racismo”, que, dicen, los franceses hijos de magrebíes (tunecinos, marroquíes, argelinos) se hicieron visibles; los llamaban “inmigrantes de segunda generación”, como si “inmigrante” fuera una nacionalidad, un mal irreversible y sin fin. Desafiantes, ellos se autodenominaron beur. Nadie escapará al beur, ni siquiera los que luchan por sacar la cabeza fuera de la realidad asfixiante porque ellos son la beurgeoisie; ni los aplicados, los meritorios, los sobreadaptados, los beur de service. Hay una cultura beur, un cine beur, novelas beur, música beur.

¿Y qué es beur? Simplemente “árabe” (arabeu). Es la palabra “árabe” manipulada, dada vuelta, contraída, estrujada, un producto del “verlan”, (l’envers, el revés, o sea el revés de “revés”), el “vesre”. Leila Sabbar muestra en una de sus novelas el desconcierto de la madre inmigrante que confunde beur con beurre (manteca) y pide explicaciones: “Yo no sé por qué dicen Radio Beur. ¿Por qué beur? ¿Es la manteca que los franceses comen con el pan? No entiendo. ¿Por el color? No son así, ése no es el color de los árabes. Los jóvenes saben, yo no lo sé. No me animo a preguntar. Tal vez significa “país”. El Ber, entre los árabes, quiere decir país. El hijo le enseña a la madre que beur es la palabra “árabe”, al revés. Le resulta difícil convencerla de que “árabe” al revés, empezando por la última sílaba, da beur. ¿Dónde se fueron las “a”? No se las escucha más y había dos”.

Durante noches una mayoría de jóvenes beurs tuvo en vilo a Francia e hizo surgir el clasismo de Nicolás Sarkozy, el ministro -hoy presidente- francés de lengua afilada que los ha calificado de chusma, escori… Mientras tanto, el periodismo habla de “la Intifada europea”. Quizá los jóvenes de los suburbios, anónimos en sus buzos con capucha, fanáticos del rap, se hayan hartado de los rechazos en las puertas de las discotecas, de las detenciones “por la cara”, de que aun esa ínfima minoría que consigue obtener un título terciario esté condenada de antemano: las estadísticas cantaban hasta hace poco que “entre los beur profesionales la desocupación es cuatro veces más alta que la media de los franceses con diplomas equivalentes”. El lunes, una fatwa los convocó a la calma, legitimó las causas pero condenó la violencia. Quienes piden el fin de la agitación son los padres, los mayores, los resignados, los que llegaron para trabajar y callar; los que creyeron que la estadía sería breve e hicieron de su exilio “un tiempo que no cuenta, no productor de memoria, alimentado por el mito del retorno”. “Soy consciente de ser el hijo de un inmigrante argelino -planteaba a modo de declaración de principios el escritor Azouz Begag, un beur integrado que, según declara, empezó a escribir por haber leído “El té…”-, pero soy igualmente consciente de ser hijo de pobre, analfabeto, campesino; es el deslizamiento del origen étnico a la apertura social.” El deslizamiento que propone Bega quizá sea el tobogán que lo ha convertido en el actual ministro delegado para la Promoción de la Igualdad de Oportunidades del gobierno conservador francés. Y no son sólo las noches de fuego y sirenas las que le han dado con un canto en los dientes al ministro de lo que no existe, al delegado del fracaso. Un pequeño incidente vino a hacer su aporte para recordarle que no es sencillo escapar a la “portación de cara”. El 13 de octubre los funcionarios del aeropuerto de Atlanta separaron al caballero de la Orden del Mérito y de la Legión de Honor Azouz Begag del resto del pasaje. Dudaban de la autenticidad de su pasaporte diplomático A-1 y de la invitación de la universidad de Florida para disertar sobre “políticas contra el racismo”. Para los tipos que con insolencia lo interrogaron en dependencias de migraciones, Azouz Begag no era más que un árabe.

Las conmovedoras y duras imágenes del filme nos muestran la historia de dos adolescentes, uno un inmigrante de origen magrebí y el otro de origen francés, que viven y luchan en esos auténticos ghettos de marginalidad y exclusión que fueron levantados en los años sesenta (hasta un total de más de 700 en toda Francia), y que algunos llaman “cités” (ciudades), y que han sido rebautizados, de modo ciertamente eufemístico, como “zonas urbanas sensibles”.

En el pasaje más impactante de la ya antigua película se nos muestra la impotencia y la rabia del muchacho inmigrante al recibir toda la burla e incomprensión de sus compañeros de clase y de su propio maestro. El chico es interpelado por su profesor a escribir en la pizarra el Teorema de Arquímedes (Le théoréme d’Archimede). Con mano temblorosa e insegura, el joven magrebí traza sobre el tablero la frase: “Le thé au harem d’Archie Ahmed” (El té en el harén de Arquímedes). Todo un signo de falta de integración cultural y fracaso del sistema educativo, y una clara muestra de cómo el repliegue en las propias señas culturales sirve como barrera y como defensa ante un entorno que se percibe como hostil y extraño.

En un momento en el que la prensa europea está usando parecidos métodos de descalificación-: vándalos, delincuentes, traficantes de drogas o radicales islámicos, no está de más recordar que éste fenómeno, la exclusión y la represión de los inmigrantes, pobres, por supuesto, no es nuevo en Francia ni en el resto de Europa. Las imágenes que nos han llegado por medio de la televisión en los últimos días nos mostraban como abigarrados policías, fuertemente armados, efectuaban auténticas incursiones, “batidas”, en las que se apuntaba directamente contra pacíficos vecinos que estaban en sus portales, ¿en este caso está “en suspense” el sacrosanto derecho a la propiedad privada?, ¿para los pobres no rige el derecho de inviolabilidad del domicilio? Las imágenes eran muy claras para todo el que tenga ojos y quiera ver, los elementos que determinaban hacia donde apuntaban los agentes sus armas eran muy claros: el color de la piel y la posición en la escala social.

Cualquiera que simplemente tenga un mínimo de sensibilidad, verá claro, también, el actual paralelismo entre estas incursiones punitivas de los cuerpos de seguridad -por ejemplo franceses -, fuertemente penetrados de elementos fascistas y racistas, y las que, hace bastante más tiempo, efectuaban las SS en los numerosos ghettos, fundamentalmente de Europa Oriental, a la caza de judíos, o también, a las más recientes expediciones de castigo que continúa llevando a cabo el ejercito israelí contra el pueblo palestino. En el caso de los ghettos de los años 40 y en el más actual del pueblo palestino existen muros en el sentido físico de la expresión, en la Francia y en la Europa actuales esos muros son seguramente, al menos, igual de infranqueables, aunque su visibilidad sea menor. Unos muros que se basan en la exclusión social y cultural, en una polarización social cada vez más acusada y en un moderno modo de exclusión espacial a través de la privatización y la precarización del transporte urbano y de la construcción de diversas barreras arquitectónicas.

Nos enfrentamos ante nuevas realidades pero al mismo tiempo con el empleo de viejos métodos, actualizados, por supuesto, por parte del sistema. La misma existencia de las “banlieues” -suburbios)- la criminalización de sus habitantes o el hecho de atribuir los acontecimientos que están sucediendo a una suerte de caudillismo delincuencial o a la actuación de grupos integristas islámicos señalan una estrategia cuyo fin último es la división de clase, impedir la recomposición de la clase es su objetivo central y contra el que debemos dirigir nuestros esfuerzos. Si una importante porción de los miles de inmigrantes que pueblan la Europa de este comienzo de siglo no está proletarizada o no se siente parte de una clase social no es por su culpa, no podemos caer en esa trampa que nos tiende el sistema. Si ellos ven en el Islam radical un elemento liberador de primer orden y con un potencial revolucionario y modernizador que nos sorprende no es tampoco porque sean un caso perdido. Las organizaciones de izquierda seguramente han fallado en su tarea y no han sabido entenderles, y no han sabido qué armas emplear para integrarlos y dotarles de conciencia de clase, ese debe ser nuestro empeño.

La paciencia y la clara comprensión de los fenómenos sociales serán la única guía que pueda dotar de una solución de clase, la única posible, para la cuestión de la inmigración en nuestro Continente. Primero debemos ser conscientes que el estallido francés es solamente un aviso, el fenómeno es de carácter europeo y la represión, la existencia de ghettos y las exclusión de los inmigrantes presenta un carácter casi uniforme en el conjunto de Europa. La adopción como lugar de residencia por parte de los inmigrantes, de las zonas más degradadas de las grandes urbes es cada vez más acentuada, si a eso unimos una política de inmigración restrictiva y que no facilita la integración y unas fuerzas de seguridad que comparten parecidos postulados ideológicos en casi toda Europa podemos encontrarnos con un peligroso cóctel que augura un futuro muy similar para las ciudades -por ejemplo- del estado español por su situación geográfica.

Este brote de rabia y de rechazo es una señal muy clara del potencial constituyente de la negación ante la propia realidad y ante el sistema que la hace posible. Estamos viendo como surgen nuevos métodos de guerrilla urbana, como esos grupos de jóvenes utilizan las modernas tecnologías para luchar contra unas fuerzas represivas que les atacan también usando la tecnología, como usan los medios de autoidentificación que conocen: “no somos delincuentes, somos creyentes”.

En fin un filme interesante que intenta retratar con verosimilitud este espinoso e importante problema social.


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