HENRY, RETRATO DE UN ASESINO (Henry: Portrait of a Serial Killer)

Película estrenada entre 1983-1986

Director: John McNaughton. 1986. EE.UU. Color

Intérpretes: Michael Rooker (Henry), Tom Towles (Otis), Tracy Arnold (Becky)


Henry Lee Lucas tuvo una infancia desgraciada. Fue encarcelado por acuchillar a su madre. Desde su puesta en libertad se dedica a matar de forma indiscriminada. Escoge sus ví­ctimas al azar y las mata con un método distinto cada vez, sin establecer una pauta de comportamiento para no ser descubierto. Le ayuda Otis, un tipo que conoció en la prisión. Un dí­a llega Becky, la hermana de Otis, y se queda a vivir con ellos. Pronto se crea una atracción entre Henry y Becky. Una noche, Otis y Henry salen de juerga juntos y matan a dos prostitutas en un callejón. Una espiral de violencia y asesinatos se apodera de ambos, y ya nada volverá a ser lo mismo.

Obra insólita tanto desde el punto de vista de su reducidí­simo presupuesto de producción como de sus contenidos (a medio camino entre el “thriller” y el cine de casi documental con un presupuesto de producción (apenas once millones de de terror), que trata muy pronto de encontrar distribución fuera del mercado del ví­deo para el que estaba inicialmente concebida. La calificación de la pelí­cula en EE.UU. con una “X” la impide entrar, sin embargo, en los circuitos de exhibición comercial mayoritarios norteamericanos, si bien el filme comienza a circular por distintas ciudades norteamericanas y, más tarde, logra distribución en Europa tras su presentación con éxito, en 1990, en el Festival de Locarno y la obtención, a renglón seguido, de los premios de la crí­tica y a la mejor pelí­cula y al mejor director en el Festival de Sitges de ese mismo año.

Inquietantes, perturbadoras y tremendamente desasosegantes, las imágenes de Henry, retrato de un asesino se instalan, de manera deliberada, fuera de la representación cinematográfica habitual de la violencia para tratar de mostrar ésta desde un punto de vista más novedoso, más próximo a la realidad de su estallido, y de sus efectos devastadores, en la vida cotidiana de las personas. Henry, el protagonista de la pelí­cula es un hombre normal y corriente, un individuo igual a tantos otros que, sin embargo, disfruta matando sin que exista -y ello constituye la mejor baza del filme- ningún motivo aparente para ello.


Prescindiendo, pues, de toda interpretación psicológica, psicoanalí­tica o sociológica sobre los motivos que impulsan a Henry a matar, la pelí­cula arranca mostrando a varias de sus ví­ctimas, casi siempre mujeres jóvenes, mientras el protagonista conduce tranquilamente su automóvil y se escuchan, como sonido de fondo, jadeos y gritos ahogados. Durante la primera parte de la historia, la violencia de los sucesivos crí­menes cometidos por Henry aparece elidida de las imágenes y la cámara recoge tan solo su resultado mientras la banda sonora reproduce, de nuevo, el horror de cada una de las ví­ctimas. De este modo, y por segunda vez, la pelí­cula se aleja del tí­pico registro cinematográfico de la violencia para situar a ésta en una dimensión distinta y cargada de tensión psí­quica y, sobre todo, moral.

Discí­pulo aventajado de Alfred Hitchcock, John McNaughton juega también con las expectativas generadas entre los espectadores, haciendo que la primera de las presas se escape en el último momento de las garras de Henry y dejando que el destino de la segunda, una autoestopista, se resuelva con un fundido en negro sin otra explicación adicional acerca de su posible asesinato. Dos operaciones que parecen alertar sobre el alejamiento de la pelí­cula de los moldes tí­picos del cine de terror y de la ubicación de la misma en un territorio distinto, más próximo, en cierto modo, al del “thriller” criminal.

Sin embargo, las intenciones del filme van todaví­a más allá y la segunda parte de la narración se dedica a mostrar, a veces con todo lujo de detalles, los asesinatos cometidos por Henry y Otis, una vez que éste y su hermana -Becky- se unen al asesino en su carrera criminal.


La vuelta de tuerca definitiva, en el camino de exploración de la violencia emprendido por el cineasta, encuentra su cima expresiva en la secuencia del asesinato de los tres miembros de una familia por parte de Henry y Otis. McNaughton inserta esta escena después de que ambos den cuenta de un vendedor de televisores (convirtiéndose de este modo en protagonistas de los deseos más recónditos de los espectadores, que quieren ver desaparecer de la pantalla a un personaje tan repulsivo como ese) y la construye a partir de la filmación en ví­deo de la masacre completa de la familia. El espectador asiste a su desarrollo a través del propio monitor del aparato y adquiere conciencia, debido al carácter de presente que el ví­deo concede a esas imágenes, de que los asesinatos están sucediendo en ese mismo momento ante sus ojos horrorizados. Un procedimiento, por cierto, que utilizarí­a más tarde, con un sentido parecido Carl Franklin en la secuencia inicial de Un paso en falso (1992) y también Montxo Armendáriz, dentro de un campo muy diferente, en el desenlace de Historias del Kronen (1994).

Pero McNaughton avanza todaví­a un poco más y hace que, de alguna manera, los ojos de los espectadores se identifiquen con los del criminal, con los de Otis, que disfruta a continuación repasando, a cámara lenta, los movimientos más importantes de su hazaña grabados en una cinta de ví­deo. Nada más alejado, por tanto, de la violencia entendida como entretenimiento que la reflejada por las imágenes de este trabajo y nada más cerca de la pulsión, sin motivo y sin sentido, que arrastra a los asesinos a cometer sus crí­menes que el propio retrato de la pelí­cula realiza de su protagonista. Nadie más próximo, por otra parte, a convertirse en actor o en ví­ctima de esa violencia que los propios espectadores del filme.


Dentro de los particulares patrones ideológicos de la censura americana, resulta comprensible, por ello mismo, la calificación que ese organismo concedió a Henry, retrato de un asesino, ya que la pelí­cula, al fin y al cabo, devolví­a una imagen muy poco complaciente (en cierto sentido conectada con el tono crí­tico de las viejas ficciones del cine negro) de una sociedad instalada en la violencia gratuita y que hace de la exposición de sus estallidos, en las pantallas grandes o pequeñas, un motivo de disfrute acaso semejante al experimentado por Otis.

La historia de un tipo aparentemente normal que sin ninguna causa y con la mayor frialdad comienza a hacer atrocidades. El perfecto psicópata, asesinando de una manera tan cotidiana que no parece ni que le haga ilusión; eligiendo a sus ví­ctimas de una manera totalmente aleatoria (los mata porque pasaban por allí­ o porque estaban en el lugar equivocado). Cualquiera puede ser ví­ctima de Henry, y esto es lo que le da tanto realismo a la pelí­cula y lo que hace sentir terror al espectador. Otros grandes asesinos del cine acometen sus crí­menes siempre movidos por algún tipo de obsesión (el Norman Bates de Psicosis), o placer (el Hannibal Lecter de El silencio de los corderos), o decantándose por algún tipo de ví­ctima en concreto (Silencio de los corderos, o Jack el destripador). Todo esto no se aprecia en Henry, un asesino que mata porque sí­. Tal vez el único precedente que encuentro esté en la magistral La Naranja Mecánica de Stanley Kubrick, donde se acomete el mal de una forma totalmente gratuita y absurda, como si se tratase de ir a tomar unas copas. A Henry le ayuda un amigo, al que considera tonto y al que realmente no necesita, pero les une ese gusto por el mal y eso parece suficiente. Este amigo está aparentemente más desequilibrado y no para de admirar a Henry por “sus ideas”; parece disfrutar mucho más, hasta el punto de que es el propio Henry quien tiene que, en ocasiones, poner lí­mite a los excesos de depravación de su amigo tonto (escena de la violación de la hermana). Pelí­cula de” culto” que hay que ver.


En ocasiones el tí­tulo de las pelí­culas da muchas pistas sobre lo que vamos a poder encontrarnos una vez abierta la lata, en este caso la verdad es que estamos ante un acierto de traducción, no pudiendo decir lo mismo en la mayorí­a de las ocasiones, ya que en este bendito paí­s, a veces no es que nos equivoquemos al traducir el tí­tulo original, es que cualquier parecido con el mismo es pura casualidad, es un incomprensible afán por subtitular todo, además no intentamos globalizarlo todo, pues eso pongan ustedes también su granito de arena.

Desde el primer momento de la historia John McNaughton, nos presenta el personaje de Henry (Michael Rooker) un asesino en serie, haciéndonos un recorrido por los luctuosos lugares por donde ha estado presente y el reguero de cadáveres que ha dejado tras su paso, en la mayorí­a de las ocasiones del sexo femenino, pero lo realmente interesante de Henry no son sus asesinatos, no pienso que el director intente que nos regodeemos en ellos, eso sí­ a todos ellos denotan cierto aire a crimen sexual.

En una de sus estancias en la cárcel, Henry conoce a Otis (Tom Towles), personaje que se dedica a vivir sin más y que tiene cierto potencial de asesino, que acaba desarrollando en su plenitud, el propio Henry, a sus vidas llega alguien nuevo, diferente, distinto a ellos, Becky (Tracy Arnold), hermana de Otis y que precisamente viene huyendo de un individuo cortado por el mismo patrón que sus nuevos compañeros, este triángulo de personas castigadas por la vida es el centro de la historia, aunque el vértice principal por supuesto esté ocupado por Henry.

El director hace un gran esfuerzo porque el protagonista se nos presente como una persona normal, si digo bien, como una ví­ctima de la sociedad y de la educación que recibió durante su infancia, él es como es, y no conoce otra forma de vida, los hechos le obligan a matar, aunque parezca raro decirlo, Henry no sabe amar, su forma de placer y de goce es la muerte del que tiene enfrente, ese es el único instante de felicidad que le permite esta vida.

Aunque parezca demagógico no es una pelí­cula de asesinatos, la pelí­cula trata sobre un asesino, sobre la persona que los comete, tan solo hay una escena donde la violencia se desborda, resultando ser la más sangrienta y ocurre dentro del propio triangulo de personajes principales del film, McNaughton consigue meternos en el pellejo del psicópata, incluso produciéndonos un sentimiento profundo de pena, al ver como es y va a ser su vida.

A destacar de entre todas las escenas, la final, que es demoledora y que no desvelo a los espectadores para generar en ellos la curiosidad de visionar la cinta, esta escena merecerí­a un capí­tulo aparte por su carga emocional y la visión “futurista” que de sí­ mismo llega a tener el propio Henry.



Henry es un hombre aparentemente normal que, no obstante, es el autor de una encarnizada espiral de asesinatos de mujeres. Él y su compañero Otis reciben la visita de Becky, la hermana del último, que se hospeda en la casa durante un tiempo para huir de su fallido matrimonio y su oscuro pasado. Pronto, la desesperada Becky se encariña del protagonista, pero éste es incapaz de corresponder su amor. Paralelamente, Otis se une a las masacres de Henry llegando a filmar los asesinatos en ví­deo para su propia excitación. El destino del trí­o de personajes, como es natural, estará abocado a la fatalidad.

Como su propio tí­tulo indica, la modesta segunda pelí­cula del interesante autor John McNaughton es un retrato descarnado y sin concesiones de un “asesino en serie” sin remordimientos ni conciencia que mata a sus ví­ctimas con una sádica frialdad asombrosa, tan auténtica y cruda que, ya en su dí­a, provocó escándalos y polémicas sobre el controvertido contenido de esta arriesgada cinta, hasta el punto de paralizarse su estreno durante tres años por la calificación “X” recibida merced a la MPAA. Y lo cierto es que no podí­a ser de otro modo teniendo en cuenta que los hechos narrados se basan en acontecimientos reales llevados a cabo por Henry Lee Lucas. A este respecto, el propio realizador afirmó que “la verdad sobre Henry Lee Lucas es muy difí­cil de saber. Está probado que mató a su madre, a Becky y a bastantes más, pero no que asesinara a los cientos de personas que él declaró. Lo más probable es que él sí­ lo creyera e intentase convencer a los demás. Se convirtió en algo así­ como un loco paranoico”.

Filmada con un estilo realista que la sitúa en el terreno del docudrama (“lo más horroroso de Henry es que era tremendamente realista”, según el director -que tardó tres años en filmar la cinta-), lo que origina la incomodidad del espectador al sentir muy cercanos los truculentos sucesos, Henry, retrato de un asesino es una crónica perturbadora, una desoladora plasmación en pantalla de las atrocidades cometidas por un personaje que, lejos de ser un desarraigado social que levante sospechas, se caracteriza por su aspecto corriente, su educación y cierta moralidad (no tolera los intentos de abuso sexual de Otis respecto a Becky, es decir, entre hermanos). Sin embargo, lo que más inquieta es su casi total carencia de sentimientos humanos o pasiones. De hecho, el objetivo de McNaughton era claro: “Explorar un personaje que no sentí­a ningún placer matando, era débil y no tení­a otra forma de expresarse. Tení­a una rabia personal dentro que sólo podí­a sacar fuera matando a la gente”.


En una tensa escena Henry confiesa que mató a su madre debido al comportamiento adúltero de ésta, a su prostitución continuada y a las vejaciones (travestismo y voyeurismo forzados) de las que era objeto por parte de ella. Esta estremecedora declaración es el único dato que se nos ofrece sobre el pasado y motivaciones del protagonista, pues McNaughton pretende evitar un juicio sumarí­simo sobre el personaje a examen, despojándolo de cualquier elemento que lo defina más allá de su obsesión por la pura matanza de, en esencia, mujeres en función de su trauma infantil. El autor sencillamente se limita a mostrar, a retratar de manera objetiva las andanzas de un hombre implacable abocado al asesinato en serie sin juzgarlo, sin emitir lecciones morales o denuncias sociales que valgan. Y es tal planteamiento el que produce una sensación insoportable en el público, pues, a diferencia de otras pelí­culas complacientes, aquí­ no se imparte justicia para dar su merecido al villano, ni siquiera se consuma el ligero hálito de esperanza que surge de la relación de Henry con el ingenuo personaje femenino, recurso que podrí­a haber humanizado al personaje e incluso redimirlo.

Este desconcertante ser enfoca su patológica actividad homicida con tanta inteligencia como cuidado y meticulosidad; no se trata de alguien que se lance como un demente a matar de forma indiscriminada, sino que estudia el modo de no dejar pistas para disminuir las posibilidades de que lo atrapen.

Por supuesto, mención especial merece la brutal interpretación de Michael Rooker al lograr componer su difí­cil papel de un modo terrorí­fico, temible e impredecible, basándose en la impasibilidad de su rostro y lo escueto de sus palabras. La elección de Rooker, por consiguiente, se revela muy acertada, con un cuerpo y unas facciones ciertamente adecuadas para causar la intimidación exigida. Pero no menos inspirado se muestra Tom Towles en el rol de Otis, el compañero de correrí­as del protagonista, un tipo marginal, amoral y repulsivo que fácilmente caerá en una espiral de barbarie coronada por la filmación de sus tropelí­as violentas mediante una cámara de ví­deo. Ambos se recrean viendo el contenido de estas cintas grabadas por ellos mismos (la tortura y exterminio de una familia), detalle que incrementa tanto el placer malsano de Otis y la indiferencia gélida de Henry como la indignación de nosotros, los espectadores, agredidos por el extremismo de sus conductas.

El otro personaje con el que se relaciona el asesino es la hermana de Otis, Becky (Tracy Arnold), una mujer desesperada y frágil, con un pasado marcado por los abusos sexuales de su padre y un matrimonio fallido del que huye. La mujer acaba creyendo haber encontrado en Henry al hombre al que ama a pesar de los temores que le suscita. Así­, asistimos a un triángulo humano que, en principio, parece funcionar dentro de sus particulares cánones. No obstante, la naturaleza animal e instintiva de Henry, que no le permite plantearse las nociones del bien y el mal, domina a la bestia y le conduce a aniquilar todo atisbo de amenaza para su existencia, sea quien sea. Se convierte en el verdugo que dinamita un trí­o con destino hacia la fatalidad.


El director de las excelentes e infravaloradas La chica del gánster (1993) y Vida normal (1996) no escatima un ápice a la hora de reflejar con toda crudeza las devastadoras consecuencias de la violencia desaforada al mostrarnos diversos cuerpos muertos en espeluznantes condiciones. Y es que, a pesar de la impactante violencia explí­cita (inolvidables las imágenes del televisor empotrado en la cabeza del vendedor o de la botella incrustada en una boca femenina), las mutilaciones, la carga sexual o las generosas dosis sangrientas, nunca da la sensación de que el autor se regodee o se explaye gratuitamente y más allá de lo necesario para crear un espectáculo morboso o sensacionalista. Así­ mismo, la estética sórdida, sombrí­a, apagada, contribuye a fomentar esa sobriedad documentalista del conjunto.

Henry, retrato de un asesino es una magní­fica pelí­cula de horror en estado puro, profundamente pesimista y que aterra en su honestidad librada de artificios, elementos decorativos o paños calientes, en la sinrazón de un sujeto de naturaleza depredadora y despiadada que no tiene otra elección vital que ser como es: alguien que, en definitiva, es un nefasto producto de una sociedad enferma capaz de generar los mayores monstruos.


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