LA MOSCA (The Fly)

Película estrenada entre 1983-1986

Director: David Cronenberg. 1986. G.B.-Canadá-EE.UU. Color

Intérpretes: Jeff Goldblum (Seth Brundle), Geena Davis (Veronica Quaife), John Getz (Stathis Borans), Joy Boushel (Tawny), George Chuvalo (Marky), Michael Coperman (hombre del bar), David Cronenberg (ginecólogo), Carol Lazare (enfermera)


El último descubrimiento del joven cientí­fico Seth Brundle va a revolucionar de forma radical el campo de la fí­sica: todo cuerpo puede trasladarse de un lugar a otro en décimas de segundo a través de unas cápsulas que desintegran la materia y la vuelven a reintegrar en otro lugar. Todo parece ir bien hasta que decide probar con él mismo como conejillo de indias. En ningún momento se pudo imaginar que una mosca común que viajó con él durante el experimento iba a producirle una espeluznante metamorfosis que acabarí­a convirtiéndole en una mezcla de humano e insecto.

Nadie duda de que La mosca es una de las cintas de ciencia-ficción más turbadoras de los últimos tiempos. La versión que Kurt Neumann realizó en 1958 sugerí­a ya las inquietantes posibilidades del relato de George Langelaan, y no era difí­cil adivinar que la mente de Cronenberg era una de las más propicias para llevar al extremo la impresionante odisea del cientí­fico que, teletransportado junto con una mosca en uno de sus experimentos, mezcla sus genes con ella y sufre una terrible transformación. Transformación fí­sica y psicológica, y que es acentuada en esta versión tanto en uno como en otro aspecto.

Si en el excelente filme de Neumann la metamorfosis psí­quica del desdichado cientí­fico es revelada con unos breves detalles que, por sutiles, resultan sumamente interesantes -en esa feroz lucha que mantiene el personaje con la “mosca que lleva dentro” y que se niega a morir, indicada sobre todo a través de ese brazo que actúa con voluntad propia-, en la versión de Cronenberg es mostrada de una manera menos evidente pero no por ello menos acertada -con ese deambular de Seth Brundle por los suburbios, en busca de la satisfacción de sus más bajos instintos… animales-. Será éste un punto importante en el desarrollo de la historia, pues la evolución de su relación con la periodista Veronica Quaife se verá empeorada por esa degradación de la personalidad. La metamorfosis fí­sica, obviamente, jugará un papel de mayor relevancia, sobre todo en la segunda mitad del filme.


Cronenberg deseaba que su versión fuese cientí­ficamente más creí­ble que su predecesora. No querí­a caer en la ingenuidad de algunos aspectos del filme de Neumann, sobre todo en lo que se refiere a la apariencia fí­sica de la criatura generada a partir del experimento: así­, el director canadiense no se explicaba cómo de la mezcla de un humano y un insecto podí­a resultar un humano con una enorme cabeza de mosca. ¿Por qué la cabeza y el brazo?, se preguntarí­a Cronenberg como muchos otros espectadores acerca del filme de 1958. ¿Y cómo puede tener la cabeza de mosca ese enorme tamaño, si el invento lo único que hace es transportar moléculas de un lugar a otro? De esta forma, optó por mostrar la metamorfosis de Seth de una forma más sutil: primero con pequeñas pinceladas -por ejemplo, una repentina inclinación por los dulces- y luego con una transformación fí­sica, que comienza con unos sospechosamente gruesos pelos en la espalda y acaba con la conversión total en insecto, que se desprende, como una larva, de su anterior piel -la del propio Seth-.


La gradual transformación de Seth alcanza un punto clave a mitad de la pelí­cula: cuando el cientí­fico advierte los primeros sí­ntomas fí­sicos de su cambio, mantiene un diálogo con su computadora -en una excelente escena donde la información se nos dosifica de forma violentamente frí­a y que hace temer lo peor en cuanto al destino del protagonista- que le revela que sus genes ya no son los de Seth Brundle, sino los de Seth Brundle cruzados con los de una simple mosca. Justo en este momento Cronenberg realiza una inquietante elipsis y nos lleva, en la escena siguiente, a otro escenario, cuando se supone que han transcurrido algunos dí­as, o incluso semanas: el personaje de la periodista, con quien mantení­a una relación, duerme en su habitación y recibe una llamada de teléfono -de manera similar a como comienza precisamente el relato de George Langelaan, cuando al personaje del hermano del cientí­fico le comunican su muerte-. Al otro lado de la lí­nea, la debilitada voz de Seth le pide auxilio. Cronenberg no muestra su aspecto hasta la escena siguiente, pero el espectador puede imaginarse lo que ocurre. Este brillante punto de giro logra aproximarse al ejercicio de sutileza que significaba el filme de Neumann en cuanto a las pistas que se van dando al espectador de la transformación del protagonista -recordemos las notas que entrega a su esposa por debajo de la puerta, negándose a mostrarle su aspecto-. En el remake de Cronenberg, al igual que en el anterior filme, el protagonista recurre a la ayuda del personaje femenino cuando la desagradable situación ha llegado a un punto en que todas las posibilidades de resolverla por sí­ mismo, sin implicar a nadie más, han sido frustradas. El cientí­fico reconoce la dolorosa realidad de que su única salida es la muerte.


Así­, los dos filmes poseen la virtud de ir dosificando la información de forma que el terror se desarrolla in crescendo, de manera progresiva hasta el trágico desenlace -el mismo en las dos versiones, ejecutado de diferente forma-, pero una y otra versión han optado por diferentes maneras de enfocar el escalofriante relato de la transformación: uno, haciendo hincapié en la intriga que el suceso ocasiona en su entorno -familiar, sobre todo- y, el otro, de forma explí­cita y mostrando a vista de microscopio, como si de un diario cientí­fico se tratase -y recreándose en el lado más desagradable del proceso-, todas las fases de la degradación. Tanto uno como otro constituyen admirables ejercicios de suspense, pero lo que en uno da como resultado una sugestiva narración folletinesca, en el otro compone una aterradora metáfora sobre la degeneración -que la fallida secuela convertirá, paradójicamente, en generación de la degeneración- y la enfermedad.


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