DRUGSTORE COWBOY
Director: Gus Van Sant. 1989. EE.UU. Color
Intérpretes: Matt Dillon, Kelly Lynch, James LeGros, Heather Graham, Eric Hull

Estados Unidos, principios de los 70. Bob Hughes es el jefe de una banda de toxicómanos, integrado por su mujer, Diane, y otra pareja, Rick y Nadine. Viajan a lo largo y ancho del país atracando farmacias para cubrir su imperiosa necesidad de droga. A raíz de la muerte de Nadine por sobredosis, Bob se replantea su situación; decide rehabilitarse y comenzar una nueva vida. Las cosas, sin embargo, no le resultan sencillas, ya que se encuentra con la total incomprensión de su mujer y con la sombra de la tentación acechándolo día y noche.

Película narrada en un esquema similar a Serpico (1973, Sidney Lumet), con reminiscencias setetenteras pero con el sello inconfundible del cineasta Gus Van Sant.
Un viaje metafísico por el proceloso mundo de las drogas industriales, a través de las vivencias de cuatro pobres diablos comandados por el talentoso y carismático Dillon.
A través de su personaje el espectador atisba un agujero de esperanza al fondo… En el camino sin embargo quedan atrás víctimas e ignominia.
Narrada en tercera persona con la voz “en off” de Dillon, viajamos con él y su grupo, través de espirales serpeantes de sordidez y desesperanza de una sociedad arquetípica presente en todos los espacios.
Dillon interpreta a un don Nadie que ve el peligro a tiempo y se agarra a
l último vagón de un tren llamado esperanza, mientras ve como sus compañeros de miserias se quedan en el camino.

Lo curioso es que pasa de ser un don Nadie, a otro don Nadie pero respetable.
Sus charlas con el capellán maculado hablan de esperanzas y desesperanzas, mezcladas en una coctelera que al final nos brinda un leve guiño de esperanza escéptica.
A través de sus pensamientos y divagaciones, nos damos cuenta que el personaje de Dillon bebe de la sabiduría popular, de sus miedos y sus “firmes” convicciones delirantes y paranoicas susurrados por la vocecilla de su amiga la droga.
No hay que esperar ver en esta película la sordidez y la dureza del turbulento mundo de los ácidos y los estupefacientes, rostros demacrados y ojerosos, picados por la viruela y con el rictus cadavérico de cualquier yonqui del barrio de las 3.000 viviendas en Sevilla o el de la Mina en Barcelona porque entonces se llevará un fiasco.
“Yo antes era un drogadicto convencido…”, así comienza la película…
En el transcurso un bonito alegato y canto a la esperanza en un mundo demasiado duro.
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