Director: Peter Greenaway. 1989. Francia-Holanda.G.B.
Intérpretes: Richard Bohringer, Michael Gambon, Helen Mirren, Alan Howard, Tim Roth, Ciarán Hinds, Gary Olsen, Ewan Stewart, Ron Cook

Richard es el sádico dueño de un restaurante. Su fuerte carácter y las tiránicas formas que aplica en el trabajo hacen que todos los empleados estén sometidos a un continuo régimen de esclavitud, incluida su esposa, a quien ridiculiza.

Detrás de ese título tan largo se esconde una película aun más larga.
Desde su estética hasta sus sobreactuaciones, pasando por su violencia y por su música, todo es gratuitamente excesivo. El fin perseguido no me queda claro, porque entre tanta exageración, nada me importa, nada me creo; y, claro, nada me sobrecoge ni nada me da asco.
Las relaciones a escondidas se pueden salvar, pero la parte final es totalmente ridícula.
Sólo apta para colgaos vanguardistas seguidores del director. Parecen disfrutar mucho con los colorines, los eructos y las vomitonas.

Se abre el telón. Pocos imaginamos lo que estamos a punto de presenciar. El ABC del guionista habla de presentar al personaje principal en los primeros minutos con unos rasgos que le caractericen y justifiquen parte de su comportamiento o su toma de decisiones durante la historia. La presentación de Robert (el ladrón) es más que suficiente para saberlo todo sobre él. Para temerle y para apiadarse de aquel que esté en deuda con él. Deja clara su posición con respecto a la vida, a la mujer y al hombre, alzándose como un absurdo y patético semidiós.
Todo en El Cocinero, el Ladrón, su Mujer y su Amante está decorada al límite de lo incómodo. (Como su título). Una película que casi puedes oler. Una voz que no puedes dejar de oír. Robert es empalagoso, acapara toda la conversación con discursos banales y seudo técnicos sobre las formas, la alimentación y la historia, convirtiéndose en el comensal que nunca querrías tener a tu lado en una comida. Su mujer es humillada y apaleada continuamente por él. Pero absorbe con estoica parsimonia esos palos y la canaliza flirteando con otro hombre, contrapunto perfecto a su marido. El amante. El único que viste de manera inocua y desapercibida. Un hombre que lee en lugar de hablar y que folla mejor que su marido. Sus encuentros son en la cocina, bajo el consentimiento de Richard, el cocinero y su plantilla, sometidos por Robert que acaba de comprar ese restaurante y se entretiene con él. La tragedia y la rebelión están servidas.
En realidad, es una película inclasificable. Llena de simbolismos. Comedia negra. Esperpento. Barroca por lo emperifollada. Tres decorados teatrales. Artística hasta la indigestión. Alusiones explícitas a una etapa pictórica. La cocina recuerda más a lo humano de Velásquez y el comedor a lo sofisticado de Rembranndt. La fotografía excelente (el momento en que Robert descubre los líos de su esposa y su ira impregna toda la pantalla en un rojo terrorífico es impagable). Sorprende lo ambiguo de su tratamiento tan explícito de una época (cinquecento) y a su vez la intención de ser dadaísta y deconstructivista. No sabes si alabar la estética o detestarla y acabar con ese decorado tan absurdo y empalagoso como su dueño.
Película en la que no consigues la identificación ya que todos sus personajes a excepción del cocinero parecen esperpentos oníricos sacados de la peor pesadilla. Personajes incómodos en un escenario inverosímil pero atrayente.
El Cocinero, El Ladrón, su Mujer y su Amante, es un logro estético y fotográfico. Es innovadora en su tratamiento argumental y sus personajes y al verla uno no puede sino recordar películas posteriores de Jean Pierre Jeunet o de Wong Kar Wai que beben del imaginario visual de Greenaway. Incluso pensar en Homer Simpson como un Robert “reformado”.. No es tan descabellado si ahondas en la naturaleza del Sr. Simpson. Matt Groening vio esta película.