Director: Steven Soderbergh. 1989. EE.UU. Color
Intérpretes: James Spader, Andie McDowell, Peter Gallagher, Laura San Giacomo
John es un abogado “yuppie” con pocos escrúpulos casado con la bella Ann. Ann se siente segura de su relación, aunque muestra poco interés en el sexo. Por el contrario John se muestra muy interesado en el sexo y está teniendo una aventura con la hermana de Ann, la extrovertida Cynthia, cuya personalidad resulta ser opuesta a ella. La llegada del enigmático Graham, un antiguo compañero de la universidad de John, cambiará todo.


Cautivadora ópera prima de un jovencísimo Soderbergh que narra, con singular ritmo y puesta en escena, las relaciones personales y sexuales de cuatro treintañeros (dos antiguos amigos de la universidad y dos hermanas muy diferentes). Escrita en 8 días, rodada en un mes y montada en otro, con un presupuesto de apenas 1,2 millones de dólares… toda una exhibición de talento recompensada con una inesperada Palma de Oro en Cannes.

La cinta aborda la forma de vivir y sentir la sexualidad de cuatro treintañeros muy disímiles. Se desarrollan sus debilidades, miserias, traumas, instintos más carnales y resulta al menos interesante cómo interactúan estos 4 personajes, cómo mienten y sobrellevan las inmoralidades, las inhibiciones y las perturbaciones de índole sexual.
El guión es sencillo, aunque deja en su desarrollo un panorama bastante profundo sobre la complejidad del tópico sexual, tratando de bosquejar qué significa el mismo y cuáles son sus atractivos mediante una interesante interacción de sus personajes principales.

La cinta es sencilla en sus variantes: tenemos un matrimonio que no funciona que adolece de sexo, aventuras carnales y descaradas mentiras, impotencia sexual y traumas psicológicos de un excéntrico que viene a despertar inquietudes, y una patológica competencia entre dos hermanas que no se soportan. No obstante, hay mucho trasfondo psicológico muy complejo detrás de cada personaje, lo cual hace que la cinta termine siendo un interesante acercamiento descriptivo y sobrio -para nada explícito- de ese tema tabú como es la sexualidad en el ser humano.


No hay nada mejor, sobre todo de cara a valorar el cine realizado en las últimas décadas, que dejar madurar sus propuestas con el paso del tiempo. Será siempre la obligada “prueba de fuego” que nos permitirá finalmente calibrar la verdadera valía de películas que en su día fueron aclamadas como un prototipo de modernidad. Y es que desde la apuesta arriesgada de Wim Wenders -presidente del jurado del Festival de Cannes 1989, para que se concediera a Sexo, mentiras y cintas de vídeo, la Palma de Oro de la edición, además del galardón a la mejor interpretación masculina a James Spader- y que, sobre todo, sirvió para manifestar al realizador alemán que con Sexo, mentiras y cintas de vídeo se vislumbraba el futuro del cine.
Evidentemente, aquello queda como una no demasiado afortunada “boutade”, ya que analizando el producto comentado dos décadas después, podemos concluir sin mucha dificultad que no es más una propuesta cercana al vodevil -ese entrecruzar de los cuatro personajes en litigio-, envuelta en esos “tics” que poco a poco se adueñarán en el cine de su realizador: Steven Soderbergh. Esta circunstancia sin duda le ha permitido ser considerado entre bastantes comentaristas cinematográficos como un “autor” o simplemente un director que goza de una cierta personalidad, aunque también no pocos aficionados disintamos de ese reconocimiento -mas allá de que esporádicamente haya firmado alguna película más o menos solvente -El rey de la colina (1993), entre las que he visto)-. Bajo mi punto de vista, Soderbergh tiene una relativa habilidad en ofrecer “gato por liebre” y pretender que nos encontramos ante propuestas profundas, cuando en realidad estas son de lo más convencionales, jugando el director con la experimentación fotográfica de la que generalmente se suele responsabilizar personalmente, y la tendencia a un pretencioso uso de la banda sonora. Estos rasgos se han extendido en su posterior devenir cinematográfico, pero ya se encuentran presentes en este tan laureado como limitado debut como realizador para la gran pantalla.

Es por ello que Sexo, mentiras y cintas de vídeo queda como la primera clara demostración de la poco afortunada entronización de un realizador que entonces firmaba su primer largometraje tras una larga experiencia publicitaria -¡y como se nota en sus películas!–, pero que ha tenido la astucia de camuflar ese pequeño bagaje en “temas profundos” -la mediocre y casi insufrible Traffic (2000), aunque en los últimos tiempos haya prestado armas y bagajes al servicio de vistosos -e igualmente cargantes- vehículos para el “clan Clooney” (las dos entregas de Ocean’s Eleven ).
Nadie diría sin embargo que contemplando Sexo, mentiras y cintas de vídeo esta circunstancia tendría lugar, ya que muchos cayeron rendidos ante la pretendida “profundidad” del retrato de cuatro personajes, en las que se pretendía desde la radiografía del “vouyerismo”, una disección de las neuras existentes en las emergentes clases sociales norteamericanas, y una posible visión de la realidad de las relaciones afectivas. En todo caso, creo que lo que hoy día resta de la propuesta de Soderbergh es más bien una pequeña película, interesante en la medida que se ciñe a una sencilla historia y un reducido compendio de retratos personales, pero a la que finalmente le aflora las insuficiencias de un tratamiento cinematográfico que apenas da para una duración convencional.
Sexo, mentiras y cintas de vídeo se centra en la cuádruple relación -que generalmente de ofrece siempre de dos en dos personajes-, establecida entre el matrimonio formado por Ann (Andie McDowell) y John (Peter Gallagher). Ambos forman una pareja joven, aparentemente triunfadora y socialmente acomodada. Él es un abogado atractivo, narcisista y de éxito, mientras su mujer contempla con recelo la vivencia del sexo y entre los dos esposos no hay relación afectiva alguna, que John solventa teniendo como amante a Cynthia (Laura San Giacomo), la vulgar y atractiva hermana de Ann, al contrario que esta, siempre ávida de sexo. Un día llega a casa del matrimonio un antiguo amigo de estudios de John. Se trata de Graham (James Spader), un extraño joven que pronto revelará una personalidad introvertida y que sufre de impotencia tras una experiencia traumática mantenida con una antigua relación femenina. El recién llegado pronto provocará una extraña relación en Ann -inicialmente recelosa a su presencia en la casa como invitado-, descubriendo que este trabaja en un proyecto -jamás explicitado convenientemente en la película- para el que graba las impresiones de mujeres voluntarias en torno a su experiencia con el sexo. En ese entorno sucumbirán también en primer lugar Cynthia y posteriormente Ann, participando ambas del experimento y logrando entre las dos que se rompa el entramado que les unía por separado a John -la primera como amante y la segunda como esposa-.
Creo que lo que más puede atraer hoy día de Sexo, mentiras y cintas de vídeo es indudablemente la espléndida dirección de actores que se plantea en todo su metraje por medio de los cuatro actores protagonistas -en especial cabe destacar la labor de Andie MacDowell y James Spader-. Por medio de una planificación adecuada aunque quizá excesivamente fría -como frío ha sido en lo sucesivo el cine de Soderbergh-, este sirve su cámara a un entorno confesional y por momentos sincero en el que el cuarteto desnuda paulatinamente sus intimidades -como si de una terapia se tratara-, y con ello va desprendiéndose de prejuicios e inhibiciones que quizá no había sabido hasta entonces derribar, mientras que el único personaje que engaña y usa con prepotencia su aparente atractivo exterior, es el que finalmente será derrotado en este improvisado “combate a cuatro”.
Ni que decir tiene que la propuesta dramática -obra también del director-, tiene progresivamente bastante de “pompa de jabón”, que se ofrece de manera bastante artificial como propuesta de “autor” y que se buscan las fugas de luz y efectos lumínicos posteriormente consustanciales al cine del realizador. Pero pese a ello, creo que el título que nos ocupa sigue manteniendo una cierta sinceridad -la fuerza de algunos de sus primeros planos sobre los rostros de los actores; el instante en que Ann descubre el pendiente de su hermana bajo su cama de matrimonio- y poder de fascinación que al menos la permite ser contemplada con cierta simpatía, aunque -reitero- el paso del tiempo le haya otorgado otra significación; la de ver cómo aquello que se pretendía moderno y renovador, no ha dado pie más que a una andadura posteriormente rentabilizada y reconocida por la industria, pero finalmente limitada y bien poco atractiva en resultados cinematográficos.

